Introducción: El mito de la mutua comprensibilidad
Me gustan las palabras que me gustan. Me gustan como los paisajes, la música, las llamas, las olivas... con independencia de lo que dicen. Me gusta verlas, oírlas, paladearlas... toda la erótica y la organoléptica de las palabras. Quejigal, lubricán, trampantojo, Wetter, Erlebensfall, друг, злой, торжэственно, 春, キッス, ところで, réspede, bouleversant, glissando, overbrimming, gong-tormented, 車, 煙, la erizada 嵐 y el zumbante 虫... Y qué decir o qué no decir de la sabrosa moron, que es como hacer rodar un bombón en la boca, si bien significa el áspero imbécil.
Me gustan también (algunas) por lo que dicen... y por lo que callan y sugieren, con un dedo sobre la boca enmudecida y el otro señalando su propia imperfección, que es parte (o contraparte) de su virtud. Pero sobre todo me gusta crearlas, o recrear en alguna de mis lenguas las que otros crean en idiomas distintos... acristalar en ellas como en ámbar una intuición del mundo. Me confieso un neologicofílico empedernido (: creo que el Estado no castiga (todavía) esta perversión filologicosexual).
A lo largo del tiempo he oído muchos argumentos a favor y en contra de los neologismos, pero uno de los más alucinantes, a mi humilde modo de ver, se cimenta en el principio (y necesidad) de la comprensión recíproca: a mayor número de aportaciones subjetivas introducidas en el habla —propone ese argumento—, a mayor número de palabras hurtadas a otras lenguas, mayor confusión en el idioma y menos posibilidades de comprenderse los hablantes. Este argumento es, desde luego, una cortina de humo: esconde muchas cosas e ignora otras. Pero lo que a mí me llama la atención sobre todo es ese mito subyacente de que los que compartimos una misma lengua nos entendemos al hablar.
Es cierto que, si entro en una panadería y pido una barra de medio y se dan ciertas condiciones medioambientales en el local, y otras psíquicas y fisiológicas en la persona que me atiende, recibiré algo aproximado a lo pedido. Ahora bien, si tengo cierta amistad con la panadera y tras darme el pan me pregunta algo del estilo de qué, cómo van las cosas y le respondo bien, ahí, en ese mismo punto, la comprensión mutua se ha terminado porque es imposible que la panadera, por muy amiga mía que sea (mi amiga Rosita la panadera, pongamos por caso) sepa lo que quiere decir estar bien para mí (no lo sé ni yo). Así que, si Rosita es perceptiva ( y no debe de serlo con ese nombre), lo que entenderá de mi bien será algo así como déjame en paz y no me vengas con hostias... cosa que habría entendido perfectamente si le hubiese respondido con silencio o con un gesto hosco. Y si Rosita la panadera no es absoluto perceptiva, proyectará sobre mi bien su propia noción de estar bien y se quedará tan amplia. Por lo que a mí respecta, los lingüistas y otros taxones de civiles, militares y/o académicos pueden hablar aquí de comunicación: para mí sólo lo es en la medida en que un hablante dice aquí empieza mi burbuja y el otro le responde pues, tío o tía, aquí termina. Dicho con más énfasis: el recurso a la lengua es la prueba de nuestras trascendentalidad e inalcanzabilidad recíprocas; es el intento desesperado por llegar al cerebro del otro... y su fracaso.
Cierto, hay una serie de hechos que conspiran para crear la ilusión de que nos entendemos. Por ejemplo, el ejemplo de la barra de pan (cf. supra) y eventos similares, como cuando a un perro le ladras sit! y se sienta, berreas up! y se levanta. Por ejemplo, el hecho de que si dos personas se llevan bien (o no se llevan bien en absoluto pero a una o a las dos les interesa que la otra crea que es así), cuando una de las dos habla la otra asiente con la cabeza, aunque esté en completo desacuerdo con lo que dice. O por ejemplo, el hecho de que quien esté leyendo ahora estas líneas, si entiende algo, tenderá espontáneamente a creer que entiende lo que digo en lugar de entender que sólo entiende lo que entiende, siendo su entender una proyección de su propio entendimiento sobre el (presunto) mío. ¿Se entiende? Y etcétera, etcétera, eteeeecétera.
Así que, en este estado de confusión enmascarada, qué importa un neologismo más o menos. Es más, qué importa saturar la lengua de ellos. Como en cualquier caso no nos entendemos, al menos seamos creativos. Y en última instancia, ¡qué hostias!, que cada uno diga lo que le dé la gana. O por lo menos, que lo haga mientras el Estado Vigilante Panopticofónico no nos multe o encarcele o retire el pasaporte por ello... que ya vendrá... como en no sé qué pueblo de Bélgica donde te multan por no hablar en valón. Claro que por entonces tendrá cierto encanto hacerse lexicoterrorista y acercarse de hurtadillas a un mostrador del Corte Inglés y pedir a gritos un ¡Printer! antes de salir corriendo, como en eras franquistas; o en medio de la plaza pública lanzar a los vientos un ¡supercalifragilisticoespialidoso!, o un ¡optimistología!, o llamarle a alguien ¡sociómata de mierda!, y luego disimular (yo no he sido) y alejarse silbando “Los Bateleros del Volga”.
A lo largo de mi turbulenta relación con las palabras (las palabras y yo hemos roto varias veces pero no somos capaces de cortar definitivamente) he ido componiendo un diccionario de neologismos espigados de uno u otro autor —por lo general, en lenguas distintas de la castellana y calcados o trasplantados luego a ésta—, o creados en un arrebato de inspiración lexicofílica. Entiéndase bien: aquí neologismo es lo que yo y mi saber (que es pequeño) y mi ignorancia (que es vasta) decimos que es neologismo... y lo decimos en un sentido muy muy lato. Neologismo es todo lo que nos golpea como neologismo, o nuevo logismo... que a lo mejor ya es viejo, o veterologismo, y en nuestra ignorancia (que es vasta) mi saber (que es ignorante) y yo mismo hemos tomado como novedad. Este blog, así pues, no tiene más función que ir elaborando el tal diccionario, entrar palabras que no aparecen en el insuficientísimo DRAE, definirlas, anotar dónde las he encontrado, hablar de mi relación con ellas, elucubrar (quizá) sobre sus posibilidades y derivaciones... y, sobre todo, hacerlo en un tono muy desenfadado porque, visto que la comunicación es tirando a poco viable, si el lenguaje no es cosa lúdica, ¿qué es?
Bien, pues como ya he adelantado este utílisimo término, empezaré por:
SOCIÓMATA: m. y f. Persona que sigue los usos, consignas o directrices de la sociedad sin planteárselas en profundidad ni llegar a soluciones singulares.
Como posibles derivaciones, se me ocurren (1) sociomático, como en “unión sociomática”, “reproducción sociomática”, y “afición sociomática” (por ejemplo, el fútbol); (2) sociomatología, ciencia que estudia los automatismos sociales; (3) sociomatismo, doctrina que defiende o hace uso de la actitud sociomática; (4) sociomatista, seguidor del sociomatismo; etc.
Este término se me ocurrió leyendo el libro de Steve Mann Cyborg: Digital Destiny and Human Possibility in the Age of the Wearable Computer. Para quien no lo sepa, Mann es el creador de los ordenadores portables, ha pasado treinta años viviendo la realidad a través del suyo y está considerado el primer cíborg de la humanidad. Mann defiende a ultranza su tecnología cíborg, de carácter altamente individualizado, como única defensa posible frente la tecnología corporativa y los medios de control del Estado Vigilante. Su lema bien podría ser a la singularidad por la tecnología personalizada (debajo de un escudo cuya figura heráldica fuese una cabeza humana con antenas de Internet móvil). Una de las cosas que más me ha sorprendido del libro de Mann es lo quisquilloso que es su autor con todos los sistemas electrónicos de vigilancia —a los que considera, y no sin razón, instrumentos de homogeneización colectiva—, mientras que no se inquieta en absoluto por otros “artefactos” de control y homogeinización, al margen de lo puramente tecnológico pero en última instancia mucho más eficaces, como el matrimonio y el sistema médico. Esta conclusión me lleva a otro neologismo:
TECNOINGENUIDAD: f. Confianza excesiva en la técnica y/o tecnología.
De Mann, sin embargo, aprovecho este neologismo:
CORPORATOLOGÍA: [O.C. p. 38, “corporatology” (2001)] f. Modo denigratorio de llamar a la tecnología basada en poderosos intereses corporativos.