A la vuelta de la esquina, de nuevo, la charada de las elecciones, el rito borreguero de escoger, entre una clase más corrupta y pervertida que la misma Mafia (que cuando menos tiene su propio código de honor), a la selección de impresentables que en adelante nos succionarán los recursos, nos vampirizarán la atención, se pavonearán por todos los foros como las impúdicas vedettes mediáticas que son, soltarán las mayores insulseces imaginables con pomposidad socrática, se insultarán y calumniarán los unos a los otros con total indiferencia ante nuestro asco y perplejidad, nos solucionarán la vida a golpe de impuesto y de ley, y nos tratarán desde sus inflados podios como si fueran sabios, exquisitos, impecables maestros de escuela y nosotros una reedición de aquellos viejos pupilos amedrentados que todavía no habían descubierto la costumbre de sacar un revólver de debajo del pupitre y pegarle un tiro a su torturador. Este sublime rito de elección es, precisamente, el que por un increíble acto de prestidigitación conceptual nos hace creer que vivimos en una sociedad libre. Merece la pena, pues, considerar qué magníficas opciones de gobierno se ofrecen a nuestro indeciso voto.
A la derecha de la derecha, el Partido (Oligárquico) Popular, que tiene de cienciaficcionalmente interesante el existir en una realidad alternativa, un universo invertido para ser más exactos, donde los conspiradores son los demás, no ellos; los atentados los ejecutan los bárbaros del norte, no del sur; los mejores aliados son los genocidas, no la comunidad internacional; la política es el arte del libelo, no del diálogo; la libertad consiste en librarse de los que piensan y sienten distinto; los heterodoxos sexuales son animales, no personas; y Aznar un modelo, no un insulto a la ciudadanía... Que el P(O)P llegue a gobernar Cataluña es aun más cienciaficcional que su propia naturaleza, ni siquiera liderado por esa rareza morfológica, jurídica (hablemos de Torras) e ideológica que es Piqué, al que en cualquier caso hay que reconocerle cierta sensatez verbal cuando no entona patéticos mea culpa(s) por su pasado comunista. Dicen que cambiar de opinión es de sabios, así que Piqué debe de ser incalculablemente sabio... desde luego mucho más que el pobre Pujol (cuyo hermano gemelo interpretó al mutante de Desafío Total), que presumía de no haber cambiado de ideas en quince (o más) años de gobierno. Pero ni siquiera Piqué, con la carga brutal de sabiduría que sin duda le ha proporcionado ese salto mortal de opinión política (mayor incluso que el “salto de fe” kierkegaardiano), puede mitigar la arrogancia, macarrismo, oligarquismo, mendacidad y criptofascismo del P(O)P... al menos en su actual versión bajo el liderazgo del anticarismático y besuguil Rajoy, movido por los hilos del distante titiritero.
A la siniestra del P(O)P, en la presunta izquierda del espectro, que es izquierda sólo de nombre y roja sólo de vergüenza, el PSOE/PSC, cuyo rostro catalán es todavía el de aquel Honorable que, si hace meses decía sentirse “como una mujer maltratada”, ahora debe de creerse una mujer judía pasada por la cámara de los horrores del infame doctor Mengele. De lo que el PSC puede ofrecer a Cataluña, hablan por sí solos estos años tripartitos, trípticos, trifásicos, triunvirales... A lo que hay que añadir el “toque” distintivo de su partido matricial: una paranoia omnireguladora sin precedentes, un intervencionismo masivo en todas las áreas de experiencia del individuo y ese bobo paternalismo del “progresismo” en curso que se siente en posesión de la clave tecnocrática de la postmodernidad. No le negaré mejoras respecto de la anterior era oscura de la política peninsular, pero uno no consigue librarse de la sensación de que toda la utopía de esta gente consiste en una sociedad cuadriculada de seres en eterna minoría de edad.
Si el P(O)P es cienciaficcionalmente interesante y un buen ejemplo para la física de vanguardia del profesor David Deutsch y su teoría del multiverso, no lo es menos CiU, que al igual que la partícula cuántica carece de una posición definida en el espectro de la realidad política. CiU no dice diestra cuando dice digo ni siniestra, si dice sino. Su concreción ideológica (también según el modelo de la incómoda partícula subatómica) se produce por un colapso de función: sólo entonces captamos su situación exacta, que no es nunca otra que el más rotundo oportunismo. CiU se dice nacionalista, pero su nacionalismo es sólo virtual, una herramienta política de presión sobre el centro por medio de la exacerbación de las pasiones en la periferia. Sus objetivos, aparte de salvar de cuando en cuando a algún Honorable de escándalos como el de la Banca Catalana, no son otros que las prerrogativas logradas por medio de traspasos de poder desde el centro: resultados presentados ante la ciudadanía como conquistas para el autogobierno pero que, aparte de redundar en la proliferación y multiplicación de administraciones caras e inútiles, no benefician a nadie más que a los propios políticos. CiU posee un sensor térmico de precisión que le hace estar siempre a favor del sol que más calienta o que está a punto de calentar más: es la gran veleta política nacional. Pero cuando menos está libre del veneno del P(O)P y del metemeentodismo arreglavidas de los socialistas; lo suyo es el seny, esa característica moderación temperamental de los mercaderes y los botiguers. No se les puede odiar por ello.
A la derecha de todas las derechas pero disfrazados de un progresismo oportunista, los nacionalistas no virtuales, los de pura cepa. Mientras el orbe camina hacia organizaciones supranacionales que nos rediman de los provincialismos hostiles del pasado, éstos siguen con sus sueños tribales y sus dogmas esencialistas. Se diría, oyéndolos, que la persona sólo puede construir su identidad a partir de los materiales prefabricados tomados del fondo colectivo, la entelequia nacional, en lugar de buscándolos en el núcleo de su singularidad anímica. Su utopía es, por tanto, el cielo de los clones. Su idea de libertad no va mucho más allá de una tarde agitando banderas y gritando consignas, como la vieja falange: qué les importa que la gente siga atada a sus servidumbres familiares, laborales, consumistas, cívicas e hipotecarias, si para ellos el colmo de la libertad es un cambio de himno, bandera, fronteras, pasaporte y administración en el seno de un Occidente más monótono que una cadena de McDonalds. Pero no dejan de proporcionar cierta esperanza: el cónyuge que, en una reedición de su adolescencia sometida, no puede salir una tarde de sábado sin contarle una mentira a su mujer o su marido, el empleado que prodiga su energía en un proyecto tan ajeno a su interés y desarrollo como los trabajos forzados en una cantera penal, y otros muchos feudatarios de los modernos vasallajes pueden cuando menos representarse una forma de libertad vicaria sin necesidad de realizar el acto de voluntad e integridad que los haría individual y singularmente libres.
De Iniciativa per Catalunya puede decirse más bien poco, aparte de su falta de Identidad, Ideología e Iniciativa. Nadie sabe muy bien qué son, además de una organización teatral con fines de lucro. Cuando menos hay que agradecerle a su contraparte peninsular que se librase (y nos librase) de uno de los políticos más detestables que ha infectado el panorama nacional: el otrora Califa Rojo, reconvertido en monaguillo de Aznar, al que se unió para deponer a un estadista que valía mil veces más que ellos dos juntos si hubiesen sido personas, que no lo eran.
Por último, esa curiosidad política que es Ciutadans de Catalunya. Estos chicos tienen todas mi simpatías, aunque no mi confianza ni mi voto. Lo cierto es que por más de acuerdo que esté con su discurso y su repetido énfasis en la persona, no consigo desprenderme de la sensación de que el sistema no sólo es perverso, sino que pervierte hasta las mejores intenciones y a los mejor intencionados, y de que por ello mismo, una vez en el ruedo gubernativo, Ciutadans harán lo mismo que todos los demás: servir a los sordos intereses elementales de los que depende su supervivencia, mientras enarbolan la bandera ideológica para mesmerización de los ciutadans que dicen representar. Es uno de los casos, sin embargo, en que me gustaría muy mucho equivocarme.
Así que, finalmente, ¿con qué partido sueño yo cuando no sueño con ovejas eléctricas ni le pido al cielo o al infierno (el que esté a la escucha, poco importa) el gran meteorito que libre de una vez y para siempre a la Tierra del homosaurio? Pues sueño con un partido que desmonte el sistema; un partido que crea tanto en los individuos como para promover la mayoría de edad de la ciudadanía con carácter de proyecto prioritario, reduciendo leyes e instituciones al tiempo que promociona la autonomía y autogestión individuales; un partido que acabe con las supervivencias medievales de la iglesia y la monarquía, que nos lleve a una democracia auténtica, directa, no representativa; un partido que entienda la política como un ejercicio de colaboración en el bien común, no de disensión y oposición a priori; un partido que crea en —y promueva— la riqueza de la diversidad, y no sólo de la diversidad racial, y étnica, que está de moda, sino de todas las formas concebibles de diversidad respetuosas con las singularidades ajenas... En fin, ese partido que nunca existirá antes de que nos caiga el bendito meteorito.