A Cuca
Si tuviera que llevarme un verso a una isla desierta... comienzo, pero al instante mi mitosis cerebral legítima (ese otro yo que anida en el córtex sin más motivo que el placer de discutir, contradecir y frustrar todo pensamiento —también se dan mitosis eventuales, espurias y no autorizadas, of course) replica: ¿Qué es esta idiotez de llevarte un verso a una isla desierta? ¿A qué isla? ¿Para qué? Uno no se lleva un verso a una isla desierta, se lleva algo útil, algo práctico, algo comestible... Un verso, en todo caso, (y no necesariamente uno), te acompaña como parte del prescindible sedimento de tu memoria... etc.
La cuestión es que uno sí puede llevarse un verso a una isla desierta, y de hecho lo hace (brain mitoses notwithstanding), y es lo más práctico y nutriente que puede llevarse... porque las islas desiertas con las que uno tropieza más a menudo no son las marítimas, sino estados emocionales que te atrapan y encapsulan oceanizándote de todo el resto del mundo. Y ahí, en esa isla interna, honda, agreste y solitaria, un verso (o cualquier sucedáneo) puede resultarte tan imprescindible como la banda sonora a una película.
Yo soy un tipo con bastante memoria, pero me ocurre con los versos lo mismo que con los números de los teléfonos móviles: sólo he conseguido aprenderme uno, y eso porque lo marco todos los días. De toda la poesía que he leído, sólo un verso me ha quedado implantado en el recuerdo... y eso porque se me repite en todo instante: en todo lo que miro, en todo lo que veo, en todo lo que hago o veo hacer a los demás, ese verso es como la música de fondo, la música del mundo, a veces ineluctable y hasta estridente, otras postergable, casi silencioso... aunque nunca por completo. Es un verso de Virgilio, y reza:.
Sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt
Y a mí me gusta traducirlo así:
Lágrimas hay en las cosas y toca la mente un soplo mortal
Sí... si pudiera escoger, quizá no me llevaría este verso a una isla desierta, pero éste es el verso de mi isla. Uno, habitualmente, no se lleva lo que quiere a una isla desierta: cae en ella o llega a ella con lo puesto, agarrado a un madero precario y nadando entre tiburones (azopencados en su siesta digestiva, si es que uno ha llegado entero). Así que, si pudiera escoger, quizá me llevaría este otro de Dante:
E’n la sua volontade è nostra pace
Pero he caído con lo que he caído y he llegado con lo que he llegado, y mi compañero de viaje es Virgilio, no Dante... aquel mismo Virgilio que guió a aquel mismo Dante Infierno a través hasta umbrales más benignos que el romano no tenía permitido cruzar.
Alrededor de esos dos versos —existencial el primero y lacrimoso; celestial el otro— he ido reuniendo diversas líneas (en efecto, purista perspicaz: tomo el line inglés como sinónimo de verso con toda la ilicitud que se me quiera atribuir y que me importa un ilegítimo pepino) que, al leerlas, fue como mirar a través de una ventana... o, más aun, como ver a través de un desgarrón en el tejido de este mundo. No digo que sean los mejores que se han escrito; digo sólo que son mis amigos. Los apunté, muchas veces, sin citar ni a su autor ni el poema en que aparecen; como entes autónomos, pequeñas joyas que brillan con luz propia o, con analogía más precisa, seres vivos y conscientes, micropoemas por sí mismos... o incluso poetas (¿por qué no?) que dicen un poema distinto del poema que los dice.
Entre éstos, está aquel del Mío Cid que proclama:
Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores
Y esos otros dos de Machado que forman una sola frase aliterante, aleteante, halitante:
Álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña
Y de Baudelaire:
et je sais la science
De perdre au fond d’un lit l’antique conscience
Y aquellos de Milton y de Wordsworth, tan hermanados:
Those thoughts that wander through Eternity
Voyaging through strange seas of thought, alone
Y esta frase de Marlow al evocar el rostro de Helena, bella, espartana y abducida:
Was this the face that launched a thousand ships
And burnt the topless towers of Ilium?
Y ésta otra de Shakespeare:
Absent thee from felicity awhile,
And in this harsh world draw thy breath in pain,
To tell my story
Y de Aurobindo Ghose, este par de mantras:
Deceived no more by form he saw the soul
His soul stood free, a witness and a king
La lista bien podría dilatarse, pero vuelvo a Virgilio que, al fin y al cabo, es la razón de estos apuntes. Y es que leyendo estos días a Matsuo Bashō, al verso del latino le ha dado por repetírseme en la cabeza como si fuese un haiku:
Lágrimas en las cosas:
Toca la mente
Soplo mortal.
Cierto que no tiene las diecisiete sílabas preceptivas, que, por otra parte, Bashō se saltaba —una o dos arriba, una o dos abajo— cuando lo creía oportuno; hazaña nada humilde, por cierto, esta de transgredir la norma, teniendo en cuenta que Bashō era nipón. Pero, cuando menos, el verso de Virgilio, presentado de este modo, sí cumple uno de los principios de lo que se consideraba un buen haiku hasta que se impusieron haijines o haikuistas más emocionales: el de suprimir la subjetividad; el de disolver la experiencia subjetiva en la presencia objetiva de la cosa; o, dicho de otro modo, ofrecer la imagen como si realmente tuviese lugar ahí fuera, sintiéndose a sí misma y sin un yo al que emociona, asombra, entristece... o daña.
Paradójico, ¿no?... porque, al fin y al cabo, un haiku es la súbita cristalización poética de una experiencia subjetiva y los haijines del tiempo de Bashō, como nuestros románticos europeos, recorrían regiones enteras en busca de la experiencia natural que cristalizase en verbo y verso. Quién sabe, quizá la paradoja se deba a que los budistas (cosa que muchos budistas ignoran) niegan la existencia del alma, esto es, la esencia individual —o la individualidad esencial— del hombre y pueden llegar a sentir que, más que el hombre ver el mundo, es el mundo el que se ve a sí mismo a través de los ojos ilusorios del ilusorio ser humano. O quizá sea porque los japoneses, tradicionalistas y colectivistas como son, y con ese afán protocolizador y ritualizante del que padecen, tienen más propensión a objetivarlo todo y olvidar que ahí fuera no hay nada, absolutamente nada, más que meras posibilidades hermenéuticas para quien lee la así llamada realidad. O quizá... la verdad es que en este momento me da igual la causa, lo que me importa es que —poéticamente, cuando menos— uno puede trasladar las lágrimas de sus ojos al mundo y ver llorar a las cosas desde su Ilessness, su ausencia de yo.
Es verdad que ese verso virgiliano puede leerse y traducirse de muchas otras formas, y algunas mucho más contextuales y emocionales que la ofrecida aquí; pero yo sigo en esto a Ghose y a Sethna, que fueron los primeros en infectarme con él... hasta el punto que puede decirse que conocí (en sentido bíblico) antes esa línea que la Eneida, y que podría prescindir del poema entero, pero no del dichoso verso. En realidad, para mí siempre ha sido un haiku, aunque me haya hecho falta Bashō para darme cuenta. De hecho, el viejo Matsuo compuso un haiku en el que viene a decir, con imagen paralela, lo mismo que el imperial romano:
枯
枝
に
烏
の
止
ま
り
け
り
秋
の
暮
Kare-eda ni
Karasu no tomari keri
Aki no kure
En rama muerta
Un cuervo posado:
Atardecer de otoño.
Ambos haikus (si se me permite hablar del verso de Virgilio como tal y, si no, me da igual) admiten una doble lectura, contextual y simbólica: en su temporalidad y territorialidad, ambos son instantes perceptivos; en su emblemática eternidad, ambos son manifiestos existencialistas, a escala fractal, de un orden serenamente pesimista. El de Virgilio es horizontal; el de Bashō, vertical... y no me refiero ahora, desde luego, a su disposición gráfica: en Virgilio, la horizontalidad del paisaje lloroso, expandiéndose a medida que la mente (en nuestra versión, un ámbito, un factor relativamente abstraído de la subjetividad humana) siente el roce de la mortalidad implícita en todas las cosas. En Bashō, la verticalidad del eje que forman cuervo, rama y Sol en su derrota hacia el ocaso. En Virgilio, la onda aliterante que transportan las nasales (en la versión latina original) da al verso el silencio de un murmurio, una incubación mental apenas pronunciada. En Bashō, el eco de los fonemas k y r, kar – Kar – ri – ker – ki – kur, da al haiku cierto tono de suave crascitar, de melancólico graznido, como si lo profiriese el mismo cuervo (karasu) en su rama marchita.
En Bashō hay, además, un puñado de elementos visuales interesantes que tienen que ver con la textura semiótica de los kanjis o sinogramas japoneses: primero, la semejanza entre 枯 (kare, “marchita”) y 枝 (eda, “rama”), hasta el punto en que sólo cambia el tercero de los elementos compositivos, bajo la cruz de cada uno de los grafemas: kare-eda no sólo es (aditivamente) “rama marchita”, sino (intrínsecamente) “ramamarchita” y (visualmente) “lo marchito hecho rama”. En segundo lugar, el kanji de “cuervo” o karasu, 烏, tan parecido al de “pájaro” o tori, 鳥, que sólo le falta la raya que cruza el rectángulo superior: una raya sugestiva, sin embargo, porque infunde a ese preciso elemento compositivo el sentido de “blanco” o shiro, 白, como si el cuervo fuese el ave que se define por ausencia de albura. En tercer lugar, el grafema de “otoño” o aki, 秋, que sólo necesita subjetivarse para volverse “tristeza” (ure-), 愁. En lo visual esa subjetivación ocurre al rubricar el kanji de “otoño” con un tercer elemento, 心, que implica “estado de ánimo” o “corazón”. Como (quizá) diría Nelson Hilton, la “tristeza” gravita en el aura visual y semántica del “otoño” japonés.
Porque “tristeza” es la palabra angular y al mismo tiempo ausente del haiku de Virgilio y del de Bashō. Al final, se cierra el círculo de la paradoja y se percibe el artificio de hacer que el sentimiento se diga a sí mismo callándose, se evoque en silencio, ofreciéndose como figura... o como corvino tótem poético.
Al final (apud Guillermo de Aquitania), todo —el verso y el poema entero del poeta augusto, y el haiku del budista, y este mismo e innecesario artículo— todo queda en hacer poesía de la pura nada... o dejar que de la pura nada que somos se haga poesía. Al final, quizá eso (y poco más), el intento de tejer hilos de oro a partir de nuestra escoria, nos redima no sólo de so far-fetched speculations as offered here (como sin duda me recriminaría un ex-amigo, conspicuo en el terreno del provincialismo literario), sino también de nuestra propia existencia de indecentes primates asesinos.