Gracias a la iniciativa de Carlo Tricasi, director del CAOE de NIDEC Defense Group, los días del 5 al 10 de Junio pasados un pequeño grupo de cuatro personas tuvimos la suerte de poder realizar uno de los cursos de preparación táctica más apasionantes que recuerdo. Aunque entrenamos técnicas de patrullaje e intervención antiterrorista, el eje del curso fue el tiro de larga distancia, con blancos a 500, 700 y 1.000 metros, a los que disparábamos desde una peña que yo bauticé colina de los vientos danzantes, un cerro agreste en medio de una reserva natural en Cerdeña, concretamente entre Burcei y Muravera, al sureste de la isla. No hay campos de tiro en España con esas distancias, así que constituía un raro privilegio ejercitarse en ellas.
Mis compañeros disparaban con sendos Howas de calibre .308 y miras Trijicon de hasta 24 aumentos; yo me llevé mi Barrett B98 en .338 y con mira Schmidt&Bender 12-50 x 56, de ahí que fui muy sincero al decirles que cada blanco de los suyos a esas distancias valía por diez de los míos: calculo que los factores climáticos —básicamente viento, humedad y térmicas— le influían entre un 30 y un 40% menos a un arma como mi Barrett.
De la experiencia reunimos un ingente material gráfico que he condensado en el montaje de vídeo que se ofrece aquí en tres partes. Hubo un par de episodios, sin embargo, que me habría gustado registrar pero que, por su espontaneidad, no han quedado grabados más que en mi memoria. El primero fue un instante de intensa camaradería y gratitud por la experiencia vivida que derivó en unas palabras emotivas de nuestro instructor al grupo de alumnos y asistentes italianos al retornar a la base desde la última sesión de tiro. Formamos una fila en el patio del Sant’Angelo, Carlo nos habló, lo saludamos militarmente y rompimos filas. Las emociones en ese momento no podían ser de mayor integración y solidaridad.
El segundo episodio, por otra parte, fue de un cariz mucho más existencial. En una de las columnas del porche del hotel se había posado una mosca. De pronto un insecto alado unas cinco veces mayor se posó sobre ella como una gran nave extraterrestre, de modo que la mosca quedó entre sus patas largas y filosas. Es curioso, el pequeño animal ni trató de moverse siquiera. El insecto mayor la atravesó entonces de parte a parte con un aguijón y empezó a succionarle la vida. La armonía con la que ocurría todo aquello contrastaba, a ojos humanos, con la crueldad del acontecimiento y con la inclemencia todavía mayor de lo que éste simbolizaba: que, en este universo, lo que vive sobrevive por la muerte de todo lo demás.
Ésta y no otra era la razón de estar allí.