de la iglesia católica
Con mórbida erección senil
bajo la sotana tenebrosa
de fingido eunuco,
contempla el cardenal
el juego de los niños en el patio.
A uno ve, de apenas once años,
capaz de sosegar
su fiebre apocalíptica
de patriarca en celo.
Y con voz de trascendencia,
cual si enunciase en verso,
el undécimo principio del decálogo,
lo llama, apostólico, al regazo
infligiendo al crío Buena Nueva:
‘Corderillo’, dice, ‘tú eres del rebaño
quien más me place.
Blanco y sin tacha, perfecto en todo,
querubín hermoso, ingenuo púber,
criatura tierna e incorruptible,
digna obra del Señor del Cielo...’
Y el padre angélico al chiquillo entonces
le predica de lo bueno y de lo malo,
las virtudes y pecados,
la carne malcontenta y el mundo endemoniado,
mostrándole con tacto clerical
—a efectos puramente teologales—
prácticos ejemplos de inmundicia
que exorciza luego de inmediato
con salmodia sucia, ronca
y convulsa hisopadura de esperma bautismal...
...hasta que el ángel silencioso
presiente su mudez blasfemia
y el cuerpo sufre profanado;
pues de la oveja inmaculada
ha hecho el hierofante un holocausto
al dios testicular
que regurgita en su entrepierna trinitario.
Con agua bendita se limpia entero el cardenal.
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