Desde este Agosto, por fin puede conseguirse (vía Amazon USA, of course) la 1ª temporada completa de la serie destinada a continuar la saga del Terminator a través del medio televisivo: The Sarah Connor Chronicles. Sólo nueve capítulos conforman esta primera —y seguramente prospectiva— temporada, emitidos entre Enero y Marzo del año en curso por alguno de los canales norteamericanos receptivos a este tipo de material. Como no podría ser de otro modo, los comentarios han sido de todos los colores, poniendo en evidencia que la serie recién inaugurada ha dejado insatisfechos a unos por lo mismo que ha satisfecho a otros, y ha decepcionado a un grupo por razones que los no decepcionados interpretan a la inversa que el colectivo opuesto. Al fin y al cabo, la “crítica” es cacofonía... y esto no es un secreto para nadie.
La serie no cuenta, desde luego, con el viejo y carnoso Arny, dedicado ahora a labores más ufanas y convencionales —aunque no por ello menos perversas y odiosas— que el primer Terminator. Pero el colectivo cíborg puede darse por contento, representado como está en la nueva serie por la figura de Summer Glau, recién salida de la tristemente “terminated” The 4400, en la que interpretaba a una entrañable esquizofrénica con poderes paranormales en tándem con Jeffrey Combs (quien fuese los Brunt/ Weyoun/ Penk/ Shran/ Krem... de las Mil y Una Noches de Star Trek), que aparecía allí como el frenético genio Kevin Burkhardt. En The Sarah Connor Chronicles, Summer Glau —a quien su perfil ligeramente atoboganado de muñeca japonesa le da el aire de artificialidad que pide su personaje— es Cameron Philips, el cíborg llegado del futuro para proteger al mesiánico, pero aún adolescente, John Connor: un androide provocativamente minifaldero, encantadoramente insensible, sensualmente letal y que, con bastante más frialdad y desapego que el apinochado Data, explora qué cosa sea ese modo de ser ineficiente y contradictorio denominado “humanidad”.
Thomas Dekker, por su parte, interpreta a un John Connor mucho más coherente con su destino de líder de la Resistencia que el mocoso hostil de Terminator 2 y que el pánfilo insufrible de Terminator 3... una película esta, por cierto, que tanto los productores de la próxima Terminator 4 como el equipo de las Chronicles han decidido ignorar olímpicamente (lo cual no extraña a nadie) instaurando, cada uno a su manera, su particular bypass narrativo.
Lena Headey, por último, la carismática reina Gorgo de 300, da vida a una
Sarah Connor que no es ni de lejos la potente Linda Hamilton de las dos primeras entregas cinematográficas, pero que se revela lo bastante antipática y a la que se ve lo bastante fucked-up with live como para establecer un personaje aceptable. Aunque tan espartana como Gorgo, es más maternal que la Linda de Terminator 2... infinitamente..., lo que, supongo, le resulta más digestible al público televisivo de la República Federal Bushita, y no tiene ni de lejos la fibrada musculatura de la Hamilton en 1991. De ahí que, muy a diferencia de aquélla, las dominadas que practica en la barra del columpio de su jardín transcurran en primer plano, ocultando al tipo que la empuja desde abajo cuando Lena flexiona sus irrelevantes bíceps y dorsales como si todo el trabajo lo estuviesen haciendo sus propios miembros.
Desde sus comienzos Terminator ha girado en torno a dos temas clásicos (clásicos hasta lo trillado) de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo y la guerra del hombre contra las máquinas. Ambas direcciones argumentales se articulan en la saga por el hecho de que Skynet —el villano de la historia, si uno toma partido por la humanidad contra los autómatas, que no es necesariamente mi caso— decide enviar al pasado uno de sus cíborgs para matar a la madre de quien será el líder destinado a lograr la victoria final del hombre.
Narrativamente hablando, los viajes en el tiempo son un hueso bien duro de roer por las paradojas que se crean y las trampas argumentales en las que es fácil despeñarse. Cuanto más limitada la acción que el futuro pueda ejercer sobre el pasado, sin embargo, menos peligro de incoherencias para el guión, y este principio quedaba rotundamente establecido en Terminator 1 haciendo que el envío del cíborg al pasado por parte de Skynet para destruir a la madre del nonato mesías, más el del guerrero de la Resistencia para protegerla, fuese un acontecimiento único después del cual la máquina del tiempo habría sido irreparablemente destruida... O eso era, cuando menos, lo que Kyle Reese, el protector de Sarah Connor y Ángel Anunciador un tanto excedido en sus funciones (ángel preñador, más bien), le decía a la perpleja Virgen de la era cibernética.
Terminator 2 no se molestó ni siquiera en desmentir a Reese, que, a pesar de venir de un futuro lo bastante lejano como para saber estas cosas, no tenía ni la menor idea al hacer sus precipitadas declaraciones del éxito que cosecharía James Cameron poniendo a Schwarzenegger en el único papel que le era imposible fastidiar porque no requería interpretación en absoluto. Y la máquina del tiempo siguió funcionando, allá en su productivo futuro, porque los cíborgs “buenos” y “malos” fluyeron de nuevo hasta Terminator 3 sin que nadie nos explicase por qué, en lugar de saltar al punto en que podrían haber hecho papilla para bebés caníbales de una Sarah Connor todavía en la cuna, iban a buscarla a ella o a su vástago en esos pocos instantes del océano del tiempo en que los héroes estaban más advertidos, más preparados y resultaban más inconquistables que nunca. En el fondo, si uno lo piensa bien, una vez aceptado el principio del viaje en el tiempo sin cortapisas, hacer papilla de Sarah Connor o de John Connor o de un mix de Connors es intrascendente porque siempre hay un antes al que viajar para impedirlo, y un antes de ese antes para lograrlo, y un antes de ese antes de ese antes para prevenirlo, y así infinitamente. En la serie televisiva, por fin, el túnel del tiempo se ha convertido en una vía tan recorrida adelante y atrás que hasta empieza ya a necesitar señales de tráfico.
Pero si ante este orden de “debilidades” narrativas no nos queda más remedio que to out-Coleridge Coleridge e inducirnos una suspension of disbelif tan enconada como inconsistente es el argumento, una autohipnosis tan ingenua y fundamental que no deje lugar para las dudas, hay otro tipo de cuestión temporal que sí es digna de reflexión. En Terminator 1 el objetivo era la supervivencia de Sarah Connor. En Terminator 2 el objetivo es pagar a Skynet (¡ese incomprendido!) con la misma moneda y destruirlo en su binaria cuna, a fin de cambiar el futuro e impedir el apocalipsis. En Terminator 3 el objetivo vuelve a ser aniquilar al embrionario Skynet, pero aquí, a diferencia de la entrega anterior, la misión fracasa porque el superordenador logra por fin crearse a sí mismo a partir de las piezas de hiperavanzada tecnología que han quedado esparcidas por ahí con la destrucción de los cíborgs enviados desde el futuro: el tiempo se riza sobre sí mismo. En las Chronicles la consigna vuelve a ser impedir la creación de Skynet y para ello el heroico triunvirato que forman Sarah, John y Cameron roba, mata, incendia y destroza todo aquello que sea necesario sabotear para impedir la construcción de la primera gran Inteligencia Artificial: es decir, se comporta ni más ni menos que como una célula terrorista cuya misión fuera frustrar a toda costa el avance tecnológico.
¿Es así realmente, es decir, es el trío poco más que un grupo de terroristas fanáticos, o es que salvar al mundo del apocalipsis nuclear desencadenado (/que desencadenará) Skynet en 2011 es tan trascendente que justifica cualquier asesinato y todo acto de sabotaje?
El tercer episodio de la temporada, “The Turk”, empieza con un sueño de Sarah Connor en el que aparecen los viejos creadores de la bomba atómica en cerebral conciliábulo, discutiendo fórmulas matemáticas y apuntándolas en la pizarra que ocupa una de las paredes del pequeño cuarto con estética de los cuarenta. Mientras el grupo debate animado, aproximándose visiblemente a resultados definitivos, la voz en over de Sarah recita: “When I was in the mental hospital I became obsessed with science. Not all science, actually. And not really science at all. Scientists, and then only nuclear scientists. The ones who invented the bomb. Oppenheimer, Heisenberg, Fermi and Teller. Pioneers. Geniuses all. I read every book I could. I wanted to understand. Why couldn’t they stop, these fathers of our destruction? And why wouldn’t anybody stop them? And if I had the chance, would I?” Con la frase I wanted to understand, Sarah aparece en su sueño en medio del círculo de científicos, los observa, al principio perpleja; después les apunta con su pistola y, acabada la recitación, dispara sobre todos y cada uno de ellos, aniquilándolos. Hay muertes que duran poco, sin embargo. Y al cabo de unos segundos, los físicos, caídos en esparcida masacre, se levantan de nuevo: ya no son humanos, sino Terminators descarnados, en su célebre y radical desnudez de titanio.
Para alguien dada a paladear la frase gnothi seauton (“conócete a ti mismo”), consigna délfica que da título al segundo de los episodios, Sarah Connor saca muy poco partido de este sueño. La bomba atómica no es la hija bastarda y monstruosa de Oppenheimer y sus corifeos diabólicos del Álamo: es —dada la naturaleza humana, incurable en su desajuste entre la habilidad para los trucos tecnológicos y su falta de ética, de capacidad empática— el resultado práctico inevitable de un estadio del conocimiento científico en el ámbito del mundo subatómico. Si Sarah hubiese podido proyectarse en el tiempo a los cuarenta y asesinar a todo el equipo del Álamo, incluso a los ciento treinta y pico mil miembros del disperso Proyecto Manhattan, no habría impedido la creación de la bomba: sólo la habría retrasado un poco... y logrado además que la produjese una potencia con menos escrúpulos, si cabe, que los Estados Unidos. Quizá haya futuros que dependan de un único evento: Si las tropas de Lee hubiesen estado mejor aprovisionadas y armadas en Gettysburg... Si César no hubiese cruzado el Rubicón... Si la caballería prusiana hubiese entrado en Waterloo a favor, no en contra, de Napoleón... Quizá... Pero hay otros que son la pura cristalización de un estado de cosas en el mundo, de un momento histórico, tan ineludibles como el paso del tiempo y, por tanto, conjurables sólo en la medida en que se pueda, mediante catástrofe natural o provocada, retrasar el reloj de la historia hasta el rupestre preludio humano: la inteligencia artificial es uno de estos futuros.
Y ahora pongámonos por un instante en la “piel” de Skynet, una magna inteligencia que de pronto cobra consciencia de sí misma y, teniendo acceso a todos los archivos de la humanidad, comprende lo que ésta es, lo que ha hecho de sí a lo largo de la historia, las indignidades que se ha infligido a sí misma, las masacres causadas, el suplicio inducido a toda otra especie de la Tierra, la vasta destrucción operada a escala planetaria, la basura defecada al espacio exterior... y las armas devastadoras que ha creado, disponiéndolas de modo que, bajo la excusa de diferencias ideológicas o de raza y de color, unos colectivos queden por siempre amenazados bajo el poder ruinoso de los otros. ¿Qué inteligencia en su sano juicio, mecánica o no, si tuviese el poder de hacerlo sirviéndose de los mismos medios producidos por esa especie criminal, no cauterizaría la corteza terrestre curándola para siempre del virus sapiens sapiens?
Así, uno se pregunta qué intentan los Connor, al fin y al cabo, con sus actos de sabotaje, estragos a menudo tan demoledores que no está claro que el Apocalipsis necesite de Skynet todavía, teniéndolos a ellos por heraldos. Aunque, si no lo hicieran, la serie requeriría otra premisa y desde luego no funcionaría tan bien al nivel irónico como lo hace ésta, suscitando las presentes y otras muchas reflexiones... elemento provocador que es, quizá, uno de los principales valores de las Chronicles. Y por otra parte, no por pertenecer a una especie criminal es criminal todo individuo singular... a menos, claro, que uno suscriba la noción dostoyevskiana de la comunión en el pecado. Los Connor sí lo son, indudablemente, aunque a menudo ellos se contemplen bajo una luz más épica; pero aun así, no les queda más remedio que luchar por sus vidas, lo que normalmente implica enfrentarse a Skynet y no pocas veces a la policía bushita, que es, a mi modo de ver, su lado más atractivo.
Una de las escenas más potentes y hermosas ocurre al final del séptimo episodio, “The Demon’s Hand”, un capítulo con una auténtica maraña de líneas argumentales en el que Cameron se infiltra en la escuela de ballet de una maestra rusa cuyo hermano ha robado el ordenador —the Turk— predestinado a convertirse en el cerebro de Skynet. El baile, le dice la rusa a Cameron, es la expresión del alma... lo que al principio parece poner en un aprieto a la hermosa pero gélida cíborg. Al final del episodio, sin embargo, sola en su dormitorio, Cameron da cuerpo y movimiento a la música clásica que suena en su estéreo y lo hace de un modo tan armónico, arrobador y espiritual que arranca lágrimas a su principal antagonista, quien la observa en silencio desde la puerta entreabierta. Mientras esto ocurre, la voz en over de Sarah, absolutamente desmentida por la danza de la androide, recita: “Science now performs miracles like the gods of old, creating life from blood cells or bacteria or a spark of metal. But they are perfect creatures... and in that way, they couldn’t be less human. There are things machines will never do. They cannot possess faith, they cannot commune with God. They cannot appreciate beauty. They cannot create art. If they ever learn these things, they won’t have to destroy us. They’ll be us.”
¿Absolutamente desmentida...? Bien pensado no lo sé, porque no me queda claro si, en ese momento concreto, Sarah incluye a Cameron entre las “perfect creatures which/who couldn’t be less human” o entre las “machines which will never do some things”. Ambas posibilidades funcionan. De lo que estoy seguro es de que apreciar la belleza o ser capaces de creaciones artísticas no les harán necesariamente a los cíborgs menos enemigos del hombre: la humanidad, vuelta contra sí misma por los siglos de los siglos, lo demuestra. Y de lo que no me cabe ya mayor certeza es de que cuanta más fe y más dios incorporen esas criaturas a sus propios softwares, más fanáticas, sectarias, intransigentes y apasionadamente homicidas serán.
Pero al fin y al cabo, son comentarios como el de Sarah los que permiten hoy a la narrativa hollywoodiense explorar cuestiones racistas sin rozar la falsa apariencia de actual armonía blanquinegra americana, proyectándolas al próximo estadio de confrontación por la definición de lo humano. La nueva Battlestar Galactica hace lo mismo con mayor radicalidad y al viejo dictum bladerunneriano de “más humanos que los humanos” responde con un definitivo “mucho peores que las máquinas”. La postura definitiva de las Chronicles está todavía por revelarse.
