ROLLERBALL: La Distópica Utopía de la Hipotecada Individualidad
Escrita por William Harrison, dirigida por Norman Jewison, 1975. Tras la bancarrota de las naciones y el fin de las Guerras Corporativas, un mundo unificado disfruta de un bienestar sin precedentes. La Sociedad Corporativa ha erradicado la pobreza y las enfermedades, ha desarrollado una forma de gobierno prácticamente invisible y se ha estructurado en castas relativamente inmóviles. Su instrumento de propaganda es el Rollerball, un violento juego que obsesiona a las masas. Preocupado por la fama que está adquiriendo la estrella de este deporte, Jonathan E, capitán del Houston y campeón indiscutible durante diez temporadas consecutivas, el Directorio decide jubilarlo. Jonathan se resiste y el gobierno se ve obligado a incrementar progresivamente la violencia del juego con la esperanza de que el campeón sea destruido por el mismo deporte que lo ha encumbrado. El partido de semifinal contra Tokio resulta brutal. Moonpie, el mejor amigo de Jonathan en el Houston, es atacado por tres jugadores japoneses y queda en un estado de coma irreversible. Aun así, el Houston vence gracias a su capitán, pero la final contra el New York se presenta apocalíptica: sin normas y hasta que un solo rollerballer quede en pie. Ella, la exmujer de Jonathan E, a la que el campeón perdió a causa del encaprichamiento con ella de un alto ejecutivo del Directorio, visita al rollerballer para convencerlo de que se retire. Jonathan ha estado siempre enamorado de Ella, pero cuando comprende que la casta directiva se la ofrece de nuevo como soborno a cambio de que deje el Rollerball, decide por el contrario jugar la final. El partido es una masacre y sólo Jonathan queda en pie, mientras el estadio en pleno vitorea su nombre.
Nunca resulta una dictadura tan poco vulnerable como cuando cambia sus ropajes y sus prácticas ancestrales por el movimiento sutil de una presencia fantasmal y, como los dioses, al mismo tiempo parece inexistente y se declara la fuente de todos los bienes. Cuando ello ocurre, cuando su rostro es benevolente y generoso en las escasas y ceremoniales ocasiones en que se muestra, cuando consigue que los hombres y mujeres que domina olviden quién los gobierna y cómo se les gobierna, hipnotizados por la eficacia industrial con la que son satisfechos sus comunes deseos, cuando logra que el pueblo se sienta exonerado y respire con alivio al dejar la nauseabunda política en manos de unos pocos y sacrificados desconocidos, esa dictadura ha llegado a la cima de su evolución biológica: se ha convertido en el gran pulpo de las profundidades, ha alcanzado condición perpetua. Es la diluida pero omnipresente Criptarquía.
Podríamos preguntarnos qué ha perdido el ser humano con ello si sus necesidades son atendidas, si comodidades sin precedentes y lujo están a su alcance, si no se siente oprimido, dirigido... si el bienestar, un orden razonable y una belleza pulcra, aséptica y calculada brillan en todos los rincones, si el trabajo no es excesivo, el ocio abunda, la vida se proclama lúdica, y no faltan espectáculos que revivan controlada y momentáneamente las pasiones y emociones entumecidas de la gente. ¿Qué ha perdido con ello el hombre? La Criptarquía es letal sin ser asesina, es aniquiladora sin destruir, se impone sin ruido de sables, bravatas, aspavientos, tiros, tanques, torturas... pero es infinitamente más efectiva que sus antepasadas española, italiana, alemana, soviética, chilena, argentina... A diferencia de sus ancestras, la Criptarquía ha comprendido que lo peligroso no es el cuerpo de los hombres, sino su espíritu, y que la anulación de este último es más fácil, completa e inmediata por la sobresatisfacción del primero que por su constricción. Entre el cuerpo y el espíritu está la mente, desde luego, un factor un tanto imprevisible, un órgano de individuación dotado de molesta facultad crítica, de problemática sed de conocimiento; pero aquí la Criptarquía despliega sus poderes de hipnosis, seducción, prestidigitación y travestismo informativo, y logra una estandarización tan general que cada sujeto humano queda circunscrito en el gráfico de previsiones de una redonda e infalible fórmula estadística.
Aunque su prehistoria y su lema inspirador se remonten a la vieja fórmula romana de panem et circem la Criptarquía se gesta en la matriz de la misma democracia tecnocrática. Su estrategia puede ser lenta, pero resulta inexorable: fascina con su arrogancia económica, acostumbra al pueblo al trueque de votos por beneficios y le enseña a pronunciarse con el estómago en lugar de la razón jactándose de no profesar ninguna ideología particular mientras desacredita y desanima todo idealismo; es brillantemente docta en la ingeniería, arquitectura y coreografía del escándalo político, que compone con arte de guión cinematográfico, maneja como guiñol jurídico y usa con doble y deletéreo objetivo: arrinconar al adversario e instilar en la multitud una gradual pero incurable repugnancia por la cloaca política... de la que, como si lo hiciera muy a su pesar, airea por todas partes su olor fétido. La naciente Criptarquía erige delante de tus ojos un mundo que vela la realidad, tan falso como la ilusión digital de Matrix, como el cóctel de recuerdos implantados en las noches alienígenas de Dark City, como las fotografías de infancia del replicante: es la Maya política, el ilusionismo social de la Gran Democracia Finisecular del Espectáculo.
En su proceso de desarrollo y definitiva implantación, la Criptarquía tropieza con un molesto escollo: el individuo. Individuo y masa son dos polos extremos de la realidad colectiva humana. Son conceptos puros, arquetipos: quizás nadie, o sólo unos pocos, sean totalmente individuo o absolutamente masa: la vasta mayoría planetaria tiene parte de las dos cosas. El grado de individualidad de un sujeto humano se mide por el número y calidad de sus reflexiones originales, de sus respuestas ingeniosas a las exigencias del medio, de su independencia respecto de los hábitos colectivos, de las líneas de comportamiento ancestrales, de los determinantes y condicionantes sociales, culturales, naturales...; se mide muchas veces también por su creatividad y su camino solitario... Lo individual lleva en sí el sello de lo diverso, lo imprevisible, lo espontáneo, lo libre: es normal que no encaje bien en los raíles deterministas de las tecnocracias criptárquicotendentes. Cuando la ciencia ficción —1984, Farenheit 451, Un Mundo Feliz, Rollerball...— mira al futuro y lo ve oprimido por una forma más velada o más descarada de dictadura, a pesar de las efervescencias democráticas a lo largo de este siglo, no es por estrabismo imaginativo ni por catastrofismo, sino porque en el juego de fuerzas histórico que el presente aún está por resolver detecta los peligros que amenazan al individuo.
El individuo es una eclosión reciente (si no creyéramos en una evolución relativamente ordenada, diríamos: una invención reciente) y no del todo consumada. Su emergencia es paralela a la pérdida del peso de las tradiciones, conlleva el razonamiento independiente, el cuestionamiento de lo que se da por hecho, por supuesto, por establecido e inmutable, el rechazo de las impuestas o implícitas identificaciones: tiende a ser más universal que nacional, espiritual o ateo que religioso; si aplaude al héroe deportivo, lo hace sin que lo cieguen los colores de ninguna bandera ni de ningún equipo... Y por si todo ello no llevase en sí suficiente germen de desorden, es un inconformista irredimible y observa con suspicacia toda normativa, sea humana, natural o divina. Luchador en ocasiones, nada contra la corriente de la masa en un empeño que sabe condenado desde el principio; estéril otras veces en su eremítica pasividad, contempla desde su torre de marfil el descabezado movimiento de la masa cuajando fascismos en el hervor de sus pasiones o en su sopor de ciego leviatán... y dirige su estupor a las estrellas.
El individuo es tan incalculable y molesto como una partícula cuántica. En el mundo macroscópico, los barcos se desplazan por mares cartesianos, las manzanas caen de los árboles con newtoniano golpetazo, los hombres laboran con empeño benthamita, los ordenadores componen novelas con turinguiano consentimiento, la turba responde a la zanahoria política con pavloviano reflejo glandular y canina salivación... En el universo microscópico del individuo las estadísticas se colapsan, las previsiones descarrilan, la ciencia se convierte en esotérica poesía simbolista y la común sintaxis se rompe en las frases apocalípticas de una música iluminada o enloquecida. Contra el individuo se han inventado las modas, las consignas políticas, la publicidad y, sobre todo, los espectáculos de masas, que obnubilan la facultad reflexiva del sujeto —caso de que la tenga— por la túrbida agitación de sus fervores y sus instintos.
La masa teme y desprecia al individuo... y no le falta razón. La línea evolutiva que conduce hasta él desde la vieja consciencia tribal, que habita un pequeño mundo minuciosamente ritualizado, protocolizado, clánico y dogmático y jerárquico, no está exenta de peligros: la cara oscura del individuo es el individualista, cuya tendencia es un fragmentismo solipsista, insolidario y anárquico por el que también se llega a cierto tipo de opresión. El individuo teme y desprecia a la masa... y no le faltan razones, porque ésta es la forma descabezada y animalesca del colectivo consciente que, o sólo existe en los sueños e ideales de los hombres, o es un paso futuro de nuestra pujante pero incierta evolución. La masa es una entidad relativamente manejable, a un tiempo predecible y lunática como las mareas. Su tumulto ahoga la voz del individuo; activa, es el hormiguero o la colmena; sedada, es el rebaño; desbocada, es la tormenta de una hora. En ella se diluye toda diferencia. Es uniforme, incolora. Llama pensar a la invariable repetición de frases hechas; es receptiva a los refranes, los lemas publicitarios y los arranques políticos, sobre todo si son aireados con el suficiente poder hipnótico por alguno de los payasos de moda. La tensión entre individuo y masa no se resuelve fácilmente. Es paralela a la que existe entre organización y libertad, estabilidad y evolución, solidaridad e independencia... Por sí mismo, cada uno de los dos extremos lleva a una forma crítica de estancamiento. El vaivén histórico entre uno y otro polo se debe a que, en su limitación para integrar elementos diversos en una misma y coherente estructura, la mente humana ha de elegir siempre entre los contrapuestos principios rectores de orden y flexibilidad, y acostumbra a corregir sus excesos en un sentido por comparables excesos en el sentido contrario. La síntesis auténtica no es la franja media del espectro, aunque sea ésta la que permite el movimiento progresivo: es un lúcido colectivo de innumerables individualidades sabia, suelta, creativamente articuladas, en el que extremas diversidad e independencia se concilian con una forma de solidaridad que ya no es un mero principio ideológico sino una experiencia viva y consciente de lo universal en cada sujeto humano. Pero esta línea discursiva nos llevaría a un nuevo tipo de humanidad que, hoy por hoy, no existe más que en las visiones de la más esperanzada ciencia ficción o de una audaz filosofía evolutiva.
Como caso totalmente opuesto a ese colectivo en el que se haría práctica realidad lo que hoy es la farsa democrática, la ciencia ficción nos ofrece los ejemplos colmenarios de los Ocultos de Dark City o de los Borg de Star Trek. Sin llegar a ese extremo de extinción de la individualidad y disolución en la consciencia grupal, Rollerball pinta el paisaje de un mundo mucho más cercano a nosotros, unificado tras la bancarrota de las naciones y el fin de sus guerras tribales, regido por la munífica Sociedad Corporativa, del que la enfermedad, pobreza y necesidades han sido erradicadas, y en el que un juego violento despierta, da forma y absorbe los fervores de las masas. En este mundo imaginativo, la sociedad va bien hasta que la masa que acude a los partidos de Rollerball empieza a vitorear más a un solo hombre que a cualquiera de los dos equipos en contienda, o al juego mismo, y el tetrasílabo “¡Jonathan--E!” cantado por las multitudes empieza a sonar obsceno, preocupante y peligroso en los oídos de la casi invisible pero omnipresente Criptarquía, el así llamado Directorio Ejecutivo.
Tan perfectamente se ha implantado esta forma de gobierno, este vástago no tan futurista de la democracia tecnocrática, en el mundo de Rollerball, que Cletus, ex-entrenador de este deporte y miembro de la élite ejecutiva, quizá el único auténtico amigo en la vida de Jonathan E, la estrella del Rollerball, puede decir: “Hasta he olvidado qué es una corporación... He olvidado qué corporación manda en qué ciudad. Chicago sigue siendo la de la Alimentación. Pero ¿qué pasa con Indianápolis? ¿Qué ha sido de esa ciudad?” O bien, tras sus intentos para averiguar qué ocurre con el juego y por qué se quiere apartar de él al campeón: “Nadie conoce ya a los que componen el Directorio.” No es que esta invisibilidad, este gobierno monolítico pero espectral, preocupe demasiado a la gente. Lo que podríamos llamar la Criptarquía Corporativa da, provee, seda, deslumbra... y lo único que pide a cambio “lo único que os ha pedido siempre —en palabras del líder ejecutivo Mr. Bartholomew a Jonathan E— es que no interfiráis en sus decisiones.” “De acuerdo —le dirá Ella [uno de los errores más gratuitos de la versión española es haber traducido el nombre propio Ella por el pronombre femenino ‘ella’. La frase aquí citada de Ella forma parte de unas escenas que no tienen lugar en la versión española de la película], la exmujer de Jonathan E al campeón cuando éste empiece a hacerse preguntas—, tienen el control económico y político, pero también proveen. Tú sabes que lo hacen.” Y cuando Jonathan se queje de que hubo un tiempo en que la humanidad pudo optar entre la libertad o el confort y que, por supuesto, eligió lo segundo, Ella protestará convencida: “Pero confort es libertad. La historia de la civilización es la lucha contra la pobreza y la necesidad.” Y puesto que éstas dos últimas han desaparecido, la historia del hombre ha triunfado y la civilización se ha consumado... en uno de esos paraísos corporativos que hubieran hecho las delicias del agente Smith y del que el épico capitán Kirk habría partido sin dudar tras poner en evidencia su narcótica melodía de falsos laúdes.
Narcosis no es aquí precisamente una palabra caprichosa. Una de las más injustificadas críticas que se le han hecho a Rollerball es que es una película lenta, si se exceptúan las trepidantes, poderosas, violentas escenas de los tres partidos de final que se ve jugar al Houston. Ahora bien, Rollerball no es sólo una historia de acción, sino también —y sobre todo— de la inacción. Porque si la estrategia clave de la tecnocracia mutante es la prestidigitación, el método de la mutada Criptarquía es sobre todo narcótico y la Sociedad Corporativa ha tenido un éxito insólito en adormecer todo lo que en el ser humano hay de individual, reflexivo, crítico, ambicioso, progresivo...
Por ejemplo, al igual que en el mundo imaginativo de Farenheit 451, los libros han desaparecido aquí también, pero no por una expresa prohibición, persecución y prepotente destrucción al modo de los ostentosos totalitarismos, sino al estilo criptárquico: por una desapercibida filtración de su contenido a ordenadores controlados por la élite ejecutiva. Tan silenciosa ha sido esa decantación informativa y la erradicación del libro en lo que ya hoy empieza a ser una forma un tanto romántica y anticuada del conocimiento que, cuando Jonathan E encarga —se supone que por primera vez en su vida— unos volúmenes de consulta, descubre que todo lo que existe de los viejos libros son resúmenes transcritos a las computadoras que se encuentran en alguno de los grandes centros de preservación de datos: Washington y Ginebra. En el rostro desdeñoso de su compañero de equipo Moonpie al preguntarle para qué quiere esos libros, se percibe todo lo extravagante del requerimiento de Jonathan en una sociedad que hasta ha desarrollado la figura del maestro corporativo para satisfacer las consultas que a algunos de sus miembros escogidos se les pudieran ocurrir. Jonathan evita recurrir a esa figura, aunque su tarjeta de privilegio le daría derecho a ello, porque duda de la objetividad de las respuestas que le llegarían a través de ella. Sin embargo, no tiene más suerte en el centro computador, donde ve confirmada la advertencia de su amigo Cletus tras el partido contra Tokio —“En Ginebra no encontrarás respuesta”— y se le informa de que Cero, el cerebro mundial, sufre un desorden temporal que, entre otras cosas, ha causado la eliminación de todos los archivos referentes al siglo XIII.
“Cero —le dice el científico anfitrión a Jonathan— es fluido... mecánica fluida. Es agua que se toca. Todo conocimiento...” Pero éste no es un tocar que haga más próximo, accesible y asimilable el conocimiento; no es el tocar sólido y entrañable de las páginas de un libro. A fin de entender realmente qué significa este verbo para la Sociedad Corporativa tenemos que hacer un bucle interpretativo y remontarnos a la escena de la sauna antes del partido contra Tokio, que comienza con el plano de una superficie de agua emitiendo un oropel de titilantes destellos, poco a poco substituidos, a medida que la cámara se aleja de ella, por el reflejo de la cabeza de Jonathan y el vapor que asciende del líquido. La voz en over de Bartholomew recita: “La Sociedad Corporativa es un destino inevitable. Un mundo de ensueños material en el que todo lo que el hombre toca puede ser logrado.” Y cesa para ser substituida por la de Jonathan, que, como si respondiese a esa voz entreoída en el ensueño amodorrado inducido por el calor y el masaje, murmura: “Toda mi vida he sido tocado. Acariciado, golpeado... poco importa cómo...” Para la Sociedad Corporativa tocar es manipular, y manipular las cosas de tal modo que de ellas surja el espejismo del ensueño material, que como el agua se puede tocar pero no agarrar, porque su naturaleza es en última instancia tan impermanente e ilusoria como la del fluido en movimiento. En cuanto al conocimiento, se le puede dar como al agua cualquier forma, todo depende de la vasija que lo contenga... que en este caso es Cero.
Acaso no pueda haber una metáfora más adecuada del colapso del libre pensamiento, de la reflexión subjetiva, del ejercicio de la facultad crítica, que la erradicación del libro. El libro es el emblema por antonomasia del universo intelectual del hombre, pero la quiebra de este último quizá no sea completa si, paralelamente a la desnutrición del intelecto, no tiene lugar una reemergencia de la vida sensual en la forma de un hipnótico hedonismo. A ello la Sociedad Corporativa contribuye con una cosificación de la mujer que la reduce a poco más que un mueble de lujo, una figura tan decorativa como insubstancial; además, con una libre y ostentosa circulación de píldoras narcóticas y, sobre todo, con el deporte de masas, que agita ciegamente durante una hora pasiones de otro modo entullecidas y proporciona a mentes desocupadas tema de común conversación y obsesión.
En ocasiones estas dos últimas formas de opio para el pueblo se cruzan brillantemente, como en la escena de los vestuarios tras el partido del Houston contra el Madrid, al comienzo de la película. Bartholomew acude a ellos con su séquito para felicitar a los jugadores, cosa que hace en un lenguaje tan sinuosamente político y lleno de matices que las implicaciones de lo que dice no se comprenderán en toda su trascendencia hasta el final de la historia. Pero quizás el momento más revelador sea cuando el líder ejecutivo brinda por el triunfo del Houston. Con un tono calibradamente desdeñoso pregunta tras probar el contenido de su vaso: “¿Qué es esto, zumo de frutas?” A lo que Moonpie, el gigantón del Houston, todo él músculos y envergadura, confianza en sí mismo e irreflexiva satisfacción vital, responde: “Muy sano, señor Bartholomew, muy sano...” El ejecutivo abre acto seguido una cajita y le tienta con una píldora narcótica, a la que el gigantón no se resiste. “Dulces sueños, Moonpie —le dice Bartholomew entonces—. Has cogido una mala costumbre. ¿Sabes qué sueños tendrás con ese mal hábito? Soñarás que eres un ejecutivo, que tienes todas las riendas en tus manos, que llevas un traje de seda y que tomas decisiones. ¿Quieres que te diga una cosa, Moonpie? ¿Sabes qué es lo que sueñan esos ejecutivos detrás de sus escritorios? Sueñan que son grandes rollerballers. Sueñan que son Jonathan, que tienen músculos, que son fuertes y luchan.” En la cuidadosamente estratificada Sociedad Corporativa, las píldoras narcóticas sirven a una función en parte política, como el soma de Un Mundo Feliz: mediante un juego de espejos ilusionista ayudan a inmovilizar las castas creando la falsa imagen de que aquel que soñamos ser sueña en realidad con ser el que lo sueña.
Sin embargo, en la calculada manifestación de Bartholomew se percibe ya un elemento perturbador del estático equilibrio apuntado: “Sueñan que son Jonathan...” Jonathan, un nombre propio que se destaca de la corporación de rollerballers, que personifica el juego, que hace que el resto de la sociedad sueñe con ser campeón y con ser héroe. Quizás el problema no sería grave para el Directorio Ejecutivo si todo quedase en cosa de sueños, especialmente de esos à la Bartholomew en que el soñador sueña a un soñado que se sueña soñador; pero las masas aclaman a Jonathan E, “los jugadores del Houston vienen y van pero el campeón permanece”, “cada temporada parece ser la de Jonathan”... Cuando Jonathan y Moonpie dejan el estadio tras derrotar al Madrid, vestidos de un modo que tiene algo de torero, caminando con un porte que recuerda al gladiador o al matador y el primero cubierto con un sombrero cordobés, la multitud grita el nombre de la figura del Rollerball y lo toca a su paso como si fuera un dios. El emblema rojo y redondo sobre el edificio ministerial, al que se aproxima evocadoramente la cámara a continuación apartándose de la multitud, vigila la escena como un gran ojo, como ese ojo de Big Brother orwelliano con el que Ridley Scott abre la historia de Blade Runner.
Ese elemento perturbador para los intereses de la Sociedad Corporativa, la figura del campeón, es de hecho un peligro latente en la misma naturaleza del juego de competición, que tiende de forma inevitable a generar sus propios héroes deportivos. Para prevenir esta contingencia, la Sociedad Corporativa, al igual que la Tyrell Corporation con sus replicantes —y es interesante aquí que en la fiesta en honor del Houston se compare una y otra vez a los jugadores con androides—, ha establecido un dispositivo de seguridad fundado en el mismo principio tyrelliano de obsolescencia innata [built-in obsolescence, un concepto importante para Fancher, el primer guionista de Blade Runner: al igual que el material informático de nuestros días, el replicante estaba genéticamente destinado a quedar obsoleto en un corto plazo de tiempo, lo que debía contribuir a una sana dinámica de la economía de este producto]: un nivel tan elevado de violencia deportiva que, en principio, debería reducir al mínimo las posibilidades de que un jugador resistiera más de dos o tres temporadas. Es cierto que la narración cinematográfica juega con las ambigüedades y paradojas del espectáculo de masas tan peligrosamente como el mismo Directorio Ejecutivo. En sí mismo el Rollerball (o cualquiera de los deportes de los que éste podría tomarse como metáfora), si por una parte admite ser instrumentalizado para la alienación de la masa, por la otra ofrece un terreno propicio para el culto de la personalidad. Esto último puede interpretarse, desde luego, como una forma añadida de alienación, pero no es menos cierto que constituye también un tipo de propaganda del hombre singular, del héroe individual, proporcionando por tanto a la masa un modelo subversivo a seguir. Mediante el principio implícito de obsolescencia innata la narración acepta valientemente la paradoja a fin de explotar su potencial argumental y resuelve de un modo muy elegante la contradicción latente en el hecho de que el Sistema utilice el Rollerball como instrumento de indoctrinación corporativa.
Por otra parte, y desde una perspectiva puramente simbólica, la pista de juego tiene forma de ruleta, sobre todo cuando se la observa desde lo alto en ese comienzo con música de Bach y sin una noción aproximada de las proporciones que hay en pantalla. La bola, después de rodar por el canal superior como en el juego de azar [al fin y al cabo, la roulette ball es una forma de roller (o rolling) ball], cae de una forma un tanto caprichosa en manos de uno u otro de los equipos en contienda, y el azar es un concepto que opera en contra de la imagen del héroe, más caracterizado por trazar su propio destino y crear su propia suerte.
Ahora bien, como decíamos al principio, en el individuo se colapsan las estadísticas, descarrilan las previsiones... y Rollerball es la historia del resurgir del individuo en una sociedad nivelada de acuerdo con las unánimes proporciones de la masa. En la figura de Jonathan E, el individuo resurge de una forma un tanto impremeditada, como un fenómeno suprimido durante un tiempo exitosa pero artificialmente que retornase a la superficie por la presión de fuerzas naturales capaces de utilizar, para la consumación de su propósito, el mismo medio destinado por el hombre para frustrarlas: el Rollerball. El Rollerball es la apoteosis de la masa. Excita las pasiones más febriles, las más irracionales. Celebrando la violencia y la sangre, resucita el animal en el seno de lo humano pero, al forzar al público a la condición pasiva de espectador, reduce el incipiente predador sanguinario a acemilada bestia de rebaño. Y por si todo esto no fuera suficiente, es portador de un mensaje social muy concreto; en palabras de Bartholomew: “Demostrar la futilidad del esfuerzo individual.” Jonathan E se gesta en este caldo de cultivo como fruto de la tendencia natural del juego mismo a alcanzar sus máximas posibilidades de manifestación. Como dice el locutor de multivisión en el programa homenaje a su carrera: “El juego parece haber sido inventado para él.” Cada deporte tiene su Avatar y éste es —o al menos eso le parece a la mente con tendencias platónicas tanto como a la masa, que lo intuye ciegamente— más que un simple hombre: es el arquetipo del juego en su intento de individualizarse, de tomar forma y consciencia humanas.
Y tan perfectamente sirve el juego a los intereses de la Sociedad Corporativa que el primer sorprendido al descubrir que resulta un elemento perturbador para el sistema es Jonathan, cuando Bartholomew le anuncia que “algunos ejecutivos” quieren que se retire. Hasta qué punto es disruptivo el campeón en el cuidado equilibrio corporativo puede apreciarse en lo evocador de la escena de su primera entrevista con Bartholomew en el despacho de este último. Desde el momento en que Jonathan cruza el umbral de la impoluta, la aséptica cámara, toda ella blanco-quirófano en su obsesiva —casi se diría cauterizada— pulcritud, trastorna la armonía del lugar. Si Bartholomew lo recibe ya sentado, interrumpiendo un instante su serena meditación y con las palabras: “Guarda conmigo silencio un minuto, Jonathan, ¿quieres?”, éste, al dar el primer paso hacia el asiento vacío junto al dirigente, choca con las varillas de cristal que cuelgan decorativamente del techo a cada uno de los lados de la puerta, dejando un pasillo demasiado angosto para los hombros fornidos de un rollerballer. No sólo el tintineo jovial de los cristales desobedece el silencio que le ha pedido el ejecutivo, sino que al intentar inmovilizarlos Jonathan se corta en un dedo con uno de ellos y esta pequeña herida subvertirá, durante toda la entrevista, el celoso protocolo esperable: el campeón chupándose el dedo de un modo un tanto infantil al principio y manchando después el níveo pañuelo del dirigente. Cosa, esta última, que admite diversas lecturas simbólicas desde el final de la película, dadas las sangrientas consecuencias de la negativa de Jonathan a someterse al gobernante.
Para comprender hasta qué punto la individualidad resurge a través de Jonathan como una impremeditada necesidad natural, es interesante notar que la estrella, cuando se le pide —o mejor, cuando veladamente se le ordena— que se retire, en ningún momento invoca un derecho personal para no hacerlo. Por una parte, aduce las necesidades del equipo; por la otra, esgrime su desconfianza respecto del principio alegado por Bartholomew de que todas las decisiones corporativas se toman pensando en su bien, y lo funda en el hecho de que se le arrebatara a su mujer cuando un ejecutivo se encaprichó de ella. Por otro lado, tampoco entiende —y puede dudarse incluso de que lo haya entendido realmente al final de la historia— por qué se le quiere apartar del juego... esto es, no entiende qué fuerza encarna, qué valor representa, ni qué peligroso y subversivo germen porta consigo. Otra de las comunes críticas a Rollerball es lo vacuo e insubstancial de los diálogos. Pero esta crítica es ciega a la función real de los mismos en la historia: la vacuidad de los diálogos, la dificultad manifiesta de los personajes para articular su pensamiento, la superficialidad de este último, evocan con gran coherencia narrativa el bajo nivel reflexivo general en una sociedad que hasta ha suprimido parte de su memoria histórica y el resto lo ha enlatado en ordenadores capaces de perder siglos enteros. Tanto es así que Cletus ni siquiera recuerda con precisión los tiempos de su infancia, cuando aún existían tres naciones y todavía se hablaba de la liga de football americano, antes de las Guerras Corporativas “que ya nadie menciona” y en las que nadie piensa. Esa relativa supresión de la memoria histórica difumina la cadena de causas y efectos que ha conducido a la Sociedad Corporativa, envolviendo su sistema rector en un aura de ocultamiento más densa aun. Cuando Jonathan en su intento de comprender por qué el campeón sobra en el Rollerball acude al centro computador de Ginebra, su pregunta a Cero es insultantemente simple para un cerebro mundial: quién toma y cómo se toman las decisiones corporativas. Pero el líquido ordenador, en su psicosis digital, no puede responderle.
Es curiosa, sin embargo, la manera casi obcecada con la que Jonathan fracasa en su anhelo de entender las razones que impulsan al Directorio Ejecutivo a jubilarlo. El motivo emerge gradualmente en tres fases hasta hacerse diametralmente explícito en la alocución que Bartholomew dirige al resto de los miembros del Directorio. En la primera entrevista con Jonathan, le dice al campeón: “Tú sabes el fin que tienen para nosotros estos juegos. Poseen un objetivo social muy concreto.... Piénsalo bien y trata de entenderlo. Procura entenderlo.” En su segundo encuentro, más transparente, añade: “Ningún jugador es más grande que el juego en sí. Es un juego muy significativo en muchos aspectos: la velocidad de la bola, el esfuerzo físico en la pista y, en medio de todo, los hombres, que se atienen a curiosas reglas. Es un juego en el que no debe sobresalir nadie, Jonathan. ¿Lo comprendes, verdad?” Y por último, en la conferencia videofónica con el resto de los dirigentes, taxativo: “El juego fue creado para demostrar la futilidad del esfuerzo individual y ha de cumplir este objetivo. La Corporación de la Energía ha hecho todo cuanto ha podido. Y si el campeón anula el propósito para el cual el juego fue creado, entonces debe perder. Confío en que estarán de acuerdo con este razonamiento.” La última frase del líder es en realidad una invitación para que cada uno de los miembros del Directorio se pronuncie. Las votaciones especialmente representativas, sin embargo, son las de los tres últimos dirigentes: un asiático (visiblemente japonés), un occidental de apariencia británica y un hombre de color. Los tres pulsan el botón ‘afirmativo’ en sus individuales pantallas de vídeo, pero lo interesante es su tiempo de respuesta. La opresiva consciencia colectiva asiática responde de inmediato; el europeo, más ligado a la tradición del individualismo, tarda más en responder y lo hace de un modo reluctante; el dirigente de color, cuya raza ha sido la última a la que se le ha permitido incorporarse a los derechos individuales en el mundo occidental y la que cabría suponer por tanto más celosa de ellos, responde mucho más lentamente de lo aceptable, lo hace en visible desacuerdo con el consenso general y sólo después de una mirada reprobadora de Bartholomew. A pesar de que entre la segunda y la tercera manifestación de Bartholomew no hay en absoluto un gran salto conceptual, Jonathan todavía dirá a continuación de aquélla: “Tal vez nunca logre saber por qué se me pide que abandone el juego, pero sí sé que puedo pedir ciertas concesiones y lo hago.”
¿Cree la estrella que la razón que le da Bartholomew a él personalmente no es toda la respuesta? ¿Subestima el efecto perturbador que conlleva en la Sociedad Corporativa la figura del superhéroe deportivo? Hemos dicho antes que Rollerball no es sólo una película de acción, sino también —y sobre todo— de la inacción; podemos completar ahora esta idea añadiendo que Rollerball no es una película sobre el pensamiento sino, especialmente, sobre la acción. El triunfo de Jonathan al final del desafío que le han puesto por delante la sociedad y la vida no está ni puede estar en una adquisición de mero conocimiento pasivo: consiste, por una parte, en un reconocimiento de su propia ignorancia —“Es como si ahora fueras Dios”, le dice a su compañero Moonpie, en coma tras una vitrina de cristal después del partido contra Tokio: “Tal vez sepas cuánto ignoro”— y, por la otra, en un acto brutal y heroico de autoafirmación de la propia individualidad.
A pesar de que Jonathan, en su primera conversación con Bartholomew, invoca las necesidades de su equipo como argumento a favor de su permanencia en el Rollerball, el campeón le hace un parco favor al Houston desobedeciendo al Directorio: su ‘solidaridad’ —y no hay ningún motivo para dudar de que ésta sea sincera— le costará la vida a varios de sus compañeros y entre ellos al gigantón Moonpie, el más cercano al corazón de Jonathan, a quien le destrozarán el cráneo en el partido de semifinal. La razón es que al Directorio no le resultaría de ninguna utilidad destruir al hombre: debe hacer perder al campeón, tal como perfectamente lo expresa el líder ejecutivo en su alocución al resto de los dirigentes. Una muerte ‘accidental’ no acabaría con el veneno subversivo que inadvertidamente ha puesto en circulación la estrella: la figura debe colapsarse en medio de la pista de juego, inyectando a las masas el antídoto que supondría su pública derrota. Pero para ello, el Directorio toma un camino en extremo peligroso en relación con sus propios intereses: la suspensión gradual de las reglas que frenan hasta cierto punto la violencia del deporte: primero se limitan y luego se suprimen las substituciones, se suspenden las penalizaciones y, por último en la final contra New York, se juega sin límite de tiempo.
Todo esto, podría pensarse, no es más que carnaza añadida para la masa en el intento del Directorio de conseguir que el campeón sea arrasado por la ola de violencia desatada. Pero la jugada de los gobernantes es de hecho muy arriesgada porque, en realidad, el individuo no acaba de recobrarse del todo a sí mismo hasta que no se derrumban las normas humanas que hipotecan parte de su capacidad natural de acción. Es en el Oeste, en el espacio interestelar, en el mundo postapocalíptico, en la guerra, en la selva... o bien en una siempre dificultosa extrapolación de la idea de ‘territorio sin ley’ a la jungla de asfalto urbana, donde el héroe puede ejercer su facultad de decisión y de acción hasta esas últimas consecuencias en que destruye vidas ajenas o pone en juego la propia. De manera que el Directorio apuesta en realidad el Rollerball, todo su instrumento de indoctrinación subliminal, contra la estrella deportiva en una incierta jugada a la que sólo puede sobrevivir uno de los dos factores.
Recordemos las palabras de Bartholomew durante su segunda conversación con Jonathan: “...y, en medio de todo, los hombres, que se atienen a curiosas reglas.” El equipo funcionando como una unidad, que decía Jonathan (comparable al equipo de ejecutivos, que respondía Bartholomew), en un marco de ‘curiosas reglas’ es exactamente la metáfora propagandística de la Sociedad Corporativa. Y Jonathan, después del partido contra Tokio en el que ha visto a tres japoneses derribar a Moonpie, arrancarle el casco y destrozarle la cabeza, en el que él ha hecho otro tanto con un jugador rival para vengar a su compañero, está en condiciones de interpretar la metáfora en los términos menos favorables para el sistema al extrapolarla del juego a la vida. Así, cuando acabado el partido visita a su amigo en el hospital y el doctor japonés pretende obligarlo a firmar el impreso que permita desconectar al paciente en coma del sistema de mantenimiento artificial, alegando que así lo exige el reglamento de la clínica, Jonathan mirándolo a los ojos responde: “No es cierto, los reglamentos no existen.” Frase que resonará más tarde cuando, a punto de acabar la final, el entrenador del New York le espete al del Houston: “¡Nadie ganará este juego!”, y el otro le responda a voz en grito: “¡¿Juego?! ¡Jamás se pretendió que esto fuera un juego! ¡Jamás!”
Vencido Tokio sobre una pista que al acabar el partido queda como un campo después de la batalla, el Directorio hace su última puesta y suspende el límite de tiempo. Al final de la Final sólo habrá un hombre sobre el terreno de juego de los muchos que entran en liza por los dos equipos: las probabilidades de que sea el veterano y cansado Jonathan E son lógicamente mínimas. Aún le da la benevolente Criptarquía una última oportunidad al campeón para salvarse: además del ya asegurado y excelente retiro unido a toda clase de privilegios económicos, accede al hasta entonces prohibido reencuentro entre Jonathan y Ella, su ex-mujer, animando a ésta secretamente a que permanezca junto al rollerballer si él acepta retirarse. Ella, o mejor su recuerdo revivido una y otra vez en nostálgicas cintas de vídeo, es lo único que da calor a la vida de Jonathan. A pesar de sus frecuentes baños de multitudes, el suyo es un corazón profundamente solitario: las mujeres que pasan por su vida —Mackie, Daphne...— lo hacen con la velocidad de las estrellas fugaces y no representan nada para él; de las dos veces que dirige a su amigo Moonpie pensamientos íntimos, la primera el gigantón está dormido y la segunda en coma... Sin embargo, la soledad es su camino y el precio de su individualidad. Y cuando Ella insista en que se retire, él repondrá: “¿Te han dicho que te quedases, si me retiraba? ¿Tú eres el premio que me ofrecen?” Y sin esperar respuesta se alejará de su único amor eligiendo el camino más duro y más desamparado.
Tan completa será ya esta solitud en el proceso de consumación de su individualidad que, en el vestuario, antes del partido de final contra el New York, Jonathan se mantendrá aparte de sus compañeros; éstos lo observarán cruzar el recinto en silencio, como una aparición; saldrá solo a la pista y patinará muy por delante del resto del equipo en la vuelta inaugural... Acabará el partido solo, rodando por un terreno de juego apocalíptico en el que yacen los despojos de los hombres y las ruinas del deporte corporativo destruido, mientras la multitud clama su nombre no ya bajo la vigilancia del ojo emblemático de la Criptarquía, sino mientras Bartholomew huye despechado del estadio. ¿Qué mundo puede esperarse tras esta derrota más que simbólica del Directorio? Quizás no mucho, pero sí cuando menos un futuro incierto aleccionado por el triunfo de un mero individuo en su improbable lucha contra el sistema.
Rollerball tiene su origen en el relato de William Harrison “Roller Ball Murder” y adaptado por él mismo al cine. Siendo sorprendentemente fiel a su fuente literaria, la película aprovecha sin embargo las posibilidades expresivas de su propio medio y toma una dirección narrativa ligeramente distinta. El relato no contempla en absoluto el conflicto de Jonathan con el Directorio, con el sistema, sino que lo centra más bien en el que sufre la figura consigo mismo. En un evocador pasaje de la historia, Bartholomew le pregunta: “¿No querrás abandonar el juego?” Jonathan le responde: “No, de ningún modo. Es sólo que... ¡dios!, señor Bartholomew, no sé cómo decirlo: lo que quiero es más... Pero no cosas en el mundo... Más para mí.” Bartholomew comprende que lo que Jonathan ansía es conocimiento, el conocimiento que está desapareciendo junto con los libros y la disolución de la memoria histórica y personal. Replica: “El conocimiento... o convierte al poder o convierte a la melancolía. ¿Cuál de las dos cosas podrías querer tú, Jonathan? Poder ya lo tienes. Tienes posición y aptitudes y todo el sueño viril que muchos de nosotros querríamos tener. Y en el Roller Ball Murder no hay lugar para la melancolía, ¿no es así? En el juego la mente existe para el cuerpo, para hacer armonía del estrago, ¿no opinas? ¿Quieres cambiar eso? ¿Quieres que la mente exista para ella sola? No creo que en realidad sea eso lo que quieres, ¿me equivoco?” Jonathan admite que no sabe lo que quiere, pero al final del relato se hará evidente hasta qué punto en su alma el conocimiento es una metonimia del amor y sus recuerdos de la universidad están fundidos con los de la esposa que compartió sus años de estudio y por la que fue abandonado después: “Ven a mí, Ella —le dice en su interior—. Si puedo guardar nuestra memoria, podré recordar el sentido y el tiempo.”



