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June 06, 2009

Credo

Milkyway

NO Creo en dios padre todopoderoso, creador del cielo y la tierra, y mucho menos aun creo en su único hijo.

CREO en una forma Suprema de Consciencia, a un tiempo infinita y finita, personal e impersonal, inmanente y trascendente, múltiple e individual, femenina y masculina... y lo que está más allá de todos estos pares de opuestos.

CREO en una Consciencia Suprema que acepta el nombre de Dios con indiferencia o ecuanimidad, como acepta otros infinitos nombres y no-nombres y silencios. Una Consciencia Suprema que es connatural con mi esencia última, así como con la esencia de todos los seres animados e inanimados de este universo.

CREO que este universo no es Su creación, sino una de Sus infinitas manifestaciones posibles. Y que la ausencia de esa Consciencia en estado puro, supremo, en nuestro universo, sugiere la fórmula de este mundo, el sentido de nuestra existencia, las reglas del juego de nuestras vidas: HALLARLA y ENCARNARLA y MANIFESTARLA.

Y CREO que esta fórmula y este sentido y estas reglas de juego son profunda, descarnadamente crueles; pero en todo caso, creo que son una crueldad que la Consciencia se inflige primariamente a sí misma; y que nosotros, como expresiones Suyas, nos la infligimos a continuación a nosotros mismos; y que nosotros, como seres separados y olvidados de su propia esencia, se la infligimos finalmente a los demás, a todo el resto de los seres vivos y no vivos, en forma de dolor y muerte e intolerancia y dogma y opresión.

Y por ello CREO que Crueldad parece el padre omnipotente y omnipresente de todas y en todas las cosas, un creador del cielo y de la tierra ilusorios surgidos del olvido de la Consciencia Suprema, el gran verdugo y torturador y asesino de su hijo, el Alfa y Omega Universal.

CREO en una Consciencia Suprema, una Realidad Última, que es el Dios de los ángeles pero que, en la noche cósmica, desciende a los Abismos a emborracharse con los demonios, y participa en sus orgías y bacanales, y pierde el sentido hasta mofarse de sí mismo.

CREO en un Dios que a menudo juega a ser ateo, que se ríe de la blasfemia y que se impacienta cuando oye a los hombres hablar de moral.

CREO en un Dios incluyente, no excluyente, que acepta con indiferencia o ecuanimidad cualquier modo de llegar hasta él, de buscarlo, llamarlo o simplemente adorarlo, y para el que no existe ni el pecado ni el pecador, sino sólo el mal momentáneo de ver alejarse a una de sus expresiones animadas o inanimadas, vivas o muertas, conscientes o inconscientes, por el camino del dolor y la ilusoriedad y la mentira.

CREO que la Mentira es otro de los rostros de Crueldad, padre y creador de este mundo aparente. Y que Mentira es el aclamado patrón de los líderes de este mundo, que es quien en definitiva elige e inspira a tiranos y dictadores y presidentes y coronados títeres constitucionales; a papas y popes y dalai lamas, a rabinos, mullahs y brahmanes; y a menudo también a diputados, jueces y senadores, y a todos sus sicarios y subordinados. Y que es Mentira quien nos encadena a nuestras falsas identidades prefabricadas, las familiares y raciales y nacionales y genéricas; y que es Mentira quien inspira nuestras identificaciones partidistas, y quien modela la mayor parte de nuestros actos humanos, y también quien escribe la historia...

Y CREO, finalmente, que el destino inevitable de este universo es encarnar y manifestar la Consciencia Suprema, la Realidad Última y Divina, porque ÉSTE nunca ha sido otra cosa y ESTO, esta ilusoriedad ante nuestros sentidos, no es más que una alucinación momentánea en la noche cósmica, mientras Dios se ríe de sí mismo en medio de sus bacanales en el Abismo con los festivos demonios.

Si el hombre será un instrumento necesario en esta Manifestación o sólo un residuo abandonado al borde del camino, eso sólo los dioses lo saben... o quizá ni siquiera ellos, ni tan sólo ellos.

Pues CREO en todas estas cosas no con la fuerza del dogma —que es pura debilidad—, sino con la humilde debilidad de una suposición, que es fuerza después de todo.

May 29, 2009

El Cardenal

A las víctimas sexuales
de la iglesia católica



Con mórbida erección senil
bajo la sotana tenebrosa
de fingido eunuco,
contempla el cardenal
el juego de los niños en el patio.

A uno ve, de apenas once años,
capaz de sosegar
su fiebre apocalíptica
de patriarca en celo.
Y con voz de trascendencia,
cual si enunciase en verso,
el undécimo principio del decálogo,
lo llama, apostólico, al regazo
infligiendo al crío Buena Nueva:
‘Corderillo’, dice, ‘tú eres del rebaño
quien más me place.
Blanco y sin tacha, perfecto en todo,
querubín hermoso, ingenuo púber,
criatura tierna e incorruptible,
digna obra del Señor del Cielo...’

Y el padre angélico al chiquillo entonces
le predica de lo bueno y de lo malo,
las virtudes y pecados,
la carne malcontenta y el mundo endemoniado,
mostrándole con tacto clerical
—a efectos puramente teologales—
prácticos ejemplos de inmundicia
que exorciza luego de inmediato
con salmodia sucia, ronca
y convulsa hisopadura de esperma bautismal...

...hasta que el ángel silencioso
presiente su mudez blasfemia
y el cuerpo sufre profanado;
pues de la oveja inmaculada
ha hecho el hierofante un holocausto
al dios testicular
que regurgita en su entrepierna trinitario.

Con agua bendita se limpia entero el cardenal.

April 30, 2009

Juez Sin Fronteras

Judge

Fiction News Net informa: Más papista que el papa y seguro de que la justicia española va tan sobrada que ha llegado el momento de que nuestro país, ejemplo histórico de justicia social, imparta lecciones y distribuya sentencias por todo el resto del Orbe y especialmente en el “salvaje Oeste”, el juez Baltasar Garzón ha decidido abrir proceso contra los responsables de Guantánamo.

Otros millones de injusticias cometidos a lo largo y ancho de los cinco continentes, y que ocurren por debajo del radar de la prensa, no parecen dignos de la altura de este omniabarcante juez sin fronteras.

Pero ello no ha sido óbice para que Juan de Patmos, célebre autor del best seller titulado Libro del Apocalipsis, haya aplaudido la labor del juez celtíbero en una rueda de prensa ofrecida recientemente en el Ministerio de Justicia Celestial. Durante el evento, don Juan de Patmos, que ocupa actualmente el cargo de subsecreatario en el citado Ministerio, ha asegurado, desmintiéndose a sí mismo, que en el día del Juicio Final Jesucristo no se sentará a la derecha del Padre, sino que será el Padre quien se siente a la derecha de Garzón.

El juez celtíbero ha agradecido la confianza puesta en él por el Gran Justiciero, pero ha respondido que, cuando se trata de juzgar, prefiere hacerlo solo y que, si la Corte Celestial ha de ser eficaz ese Último Día, es imperativo que nadie lo perturbe sentándose a su diestra o su siniestra, ni siquiera miembros del Clan la Trinidad.

April 14, 2009

Mirar, De Nuevo

20070817_05

A Kitxu S., Artista


El ojo humano no ve el pájaro, ni el lienzo del cielo en el que el vuelo del ave traza su cifrada caligrafía: atrapado en el hábito ancestral de su mirada, el ojo registra sólo formas que otros ojos anteriores le han adiestrado a ver: fantasmales proyecciones de una Realidad que se le escapa: una Realidad recóndita no porque se oculte, sino porque su evidencia omnipresente nos la hace indistinguible.
El pez no ve el agua.
El pájaro no ve el aire.
El ojo humano no ve la Luz que hace posible su mirada y que vela las Formas que en el lienzo cotidiano se traducen en coros de fantasmas.

La prisión del ojo es el hábito, la inercia, la rutina, la falta de osadía...
Es ciego a lo nuevo, lo inaudito: se protege del vértigo que le causa reduciéndolo a la fácil geometría de lo conocido.
Siente pudor, vergüenza, hasta un regusto de pecado..., si es forzado a contemplar la desnudez de los seres, las cosas.
Se asusta, se atolondra, si la mente no puede sugerirle de inmediato una etiqueta para el objeto extravagante que contempla:
El ojo ve siempre pretéritos.

Pero ¿cómo liberarlo, cómo enseñarle a ver los insólitos panoramas que oculta el cortinaje familiar?
Observando el mundo bocabajo, quizá.
Vaciándolo de su memoria hasta dejarlo como el cuenco del mendigo, acaso.
Borrando las huellas que otras formas dejaron en su mirar: virginizándolo.
Pero recordándole, sobre todo, que esta vez, cada vez, MIRA por primera vez.

December 04, 2008

El Ocaso de los Dioses: Un relato al modo borgiano

Creo que fue en 1980 cuando viajé a Buenos Aires invitado por el doctor Pacios; la fecha no es, por otra parte, representativa. Alejandro Pacios y yo habíamos trabado conocimiento dos años antes en Bilbao, las circunstancias en que ocurrió no las recuerdo, no deben de ser importantes. Me quedó grabado, eso sí, su nombre; su profesión: psiquiatra; y su lugar habitual de residencia, la capital argentina. Soy hombre de escasa memoria y procuro aprovecharla al máximo no acumulando datos inútiles.

Pacios, lo descubriría más tarde, era además de médico un humanista, un verdadero espíritu del renacimiento que había reunido en torno a su persona una tertulia de serios intelectuales. Serios por su trabajo serio, constante, riguroso. Se me invitó a dar una conferencia: elegí el tema de la apocalíptica judía; luego se me pidió que leyese unos poemas, cosa que hice satisfaciendo mi vanidad. Siguió a mis versos una crítica inteligente, exenta de vana adulación, la que espera un autor sincero; a media noche sólo quedábamos en la quinta del anfitrión Jacob Méndele y yo.
           La conversación, no recuerdo por qué olímpicos vericuetos, fue a parar al tema de la inmortalidad. Pacios señaló dos tipos de inmortalidad: “la viva —dijo— y la muerta”.            Méndele y yo aseguramos no comprender. “No se extrañen ustedes —añadió con su melódico acento rioplatense—: la viva es la inmortalidad de la consciencia; nada más que un sueño es para ella la vida, un despertar la muerte”.
           “¿Y la muerta?”, le espetó nerviosamente Méndele.
           Pacios contempló al judío reducido y barbado, de ojillos de sátiro, con olímpica altivez. Demoró su respuesta unos segundos, luego trajo a colación el espeluznante relato de Borges sobre la ciudad de los inmortales y resumió el concepto aparentemente contradictorio con esta sola palabra:
           “Fósil”.
           “Se diría pues —adujo Méndele— que la inmortalidad muerta es la inmortalidad del cuerpo”.
           “Se diría pues —refutó Pacios— que es una recurrencia. Se lo explicaré a usted geométricamente: una circunferencia de la que no se puede huir: iniciar el vuelo espiral significa la disolución. Me preguntará cómo sería posible semejante repetición: suponga que la ciencia, esa hechicería de nuevo cuño ejercida por irresponsables, descubre el modo de prolongar indefinidamente la vida. Azuzado por el miedo, el hombre aprendería a no morir; limitado por la ignorancia, incapaz de transformación, el hombre no sabría qué hacer con su tiempo más que repetir infinitamente el estrecho horizonte de sus actos, lamentos y pequeños goces diarios”.
           Sentí que entre aquellos dos hombres acababa de imponerse una inesperada tensión. Para aliviarla recordé la novela de Bioy Casares, La Invención de Morel. Méndele no la conocía; se la expliqué. “El invento —dije— consiste en una máquina capaz de registrar, durante un cierto periodo de tiempo, absolutamente todos los momentos de la vida de unas personas escogidas. Proyectar ese registro implica para aquéllas desaparecer como humanos y vivir eternamente como personajes de la recurrente proyección. Supongamos que ha sido una semana la captada por la máquina, pues bien, los personajes vivirán una y otra vez, invariablemente, esos siete días registrados en una inmortalidad a la vez real y de ficción”.
           “No se olvide usted —me interrumpió Pacios— del narrador”.
           “Ciertamente —repuse—, se trata de un fugitivo en la isla donde se ha llevado a cabo el macabro experimento. Se enamora de una mujer que habita en el mundo de la proyección. Sabiendo que jamás podrá entrar en contacto con ella, pero incapaz de sustraerse a la pasión que se ha despertado en él, se registra a sí mismo junto a su inalcanzable amada para proyectar una eterna pero ficticia relación en la que hasta la felicidad es pura apariencia, una filmación trucada”.
           “Fósil”, repitió Pacios.

           Aquel hombre de escasa presencia pareció agitado por inconfesables turbulencias íntimas. Detrás de los gruesos cristales de sus lentes movió con ansiedad sus ojillos de sátiro. Algo quería decir, pero la densidad de nuestro anfitrión le cohibía.
           “Sí, Méndele —le enrostró éste—, el ego es ya de por sí un quiste, una formación demasiado rígida, algo semejante al caparazón de algunos crustáceos... No le extrañe a usted que esté dispuesto a todo para perpetuarse, incluso a fosilizarse. ¿Acaso no responde esto a las exigencias más tenaces de la supervivencia?” Una nueva sonrisa olímpica cruzó el rostro de Pacios; con aquella sonrisa hubiera podido acompañar un insulto, una orden, un despido humillante.

           “Contaré también yo una historia —dijo Méndele—. Una historia que debo a un excelente narrador —y miró a Pacios—. Me la vendió como verídica”. Tartamudeó. “Desgraciadamente yo no poseo ese don y temo falsearla”. Se aclaró la garganta, continuó. “Perdonen. La historia, por lo demás, se refiere a Heykal, un mundo que ni es ni deja de ser éste. Parece ser que en tiempos pretéritos hubo luchas sangrientas en ese lugar. (¿Puede hablarse realmente de un lugar?) Los ideales por los que se enfrentaron dos facciones enemigas eran tan simples y tan complejos como esto: unos querían poder para transformar el mundo, los otros para transformarse a sí mismos. Vencieron los primeros. Toda la civilización de Heykal se abocó entonces a lograr el control hasta de los más insignificantes procesos naturales, sociales, culturales. Pasó el tiempo. Los heykalianos crearon un mundo perfectamente racional, regulado, programado y previsto hasta en sus más pequeños efectos y resultados. Ellos mismos se convirtieron en inteligencia pura; con ese saber frío, medido, mediato con el que sabe la mente, supieron más allá de lo que nunca habían esperado saber; desterraron la muerte, empezaron a aburrirse. Surgió en el tiempo aquel una primera generación de creadores. Los creadores eran inteligencias que componían novelas (lo diré así aunque el término es una concesión a la estrechez de nuestro pensamiento). Con ellas se pretendía ahuyentar el inmortal hastío. La tercera generación sofisticó hasta tal punto las técnicas de composición que los lectores (vuelvo a caer en un paralelismo absurdo) pudieron, a partir de ella, encarnarse en los personajes de la obra concebidos tal y como los heykalianos eran antes de rechazar la corporeidad. Esas encarnaciones alcanzaron tal perfección que el lector, convertido en personaje de su lectura, llegaba incluso a olvidar su existencia más allá de la obra. Con la quinta generación se hizo posible que en una misma novela pudieran participar tantos lectores como personajes hubiera. La séptima hizo posible lo contrario, que una sola inteligencia se encarnase en todos los personajes de la obra y no llegasen éstos siquiera a reconocerse como hipóstasis de una misma consciencia. La octava, en fin, introdujo el romanticismo; la novena, la muerte. Heykal se sorprendió por primera vez en mucho tiempo cuando desapareció uno de sus inmortales: murió con la muerte de un personaje de novela. Heykal se sorprendió y temió. El hecho de que ni se pensase en dejar de consumir literatura (digámoslo así) es indicio, creo yo, de que el hastío, entonces, habría sido más espantoso aun que la muerte. He de decir, además, que las obras eran anónimas; la civilización heykaliana se había esforzado en suprimir todos los rasgos individuales que, por otra parte, no eran muchos. Hubo quien avanzó la hipótesis de un creador asesino, se planteó el problema de cómo dar con él. El método se insinuó ásperamente complejo, el resultado incierto. Se trataba de leer varias novelas, anotar, señalar y catalogar aquellas en las que muriese un personaje, realizar una crítica comparativa y ver si todas ellas eran atribuibles a un mismo autor. Con ello se verificaba la hipótesis pero no se hallaba al culpable, habría después que seguirle la pista. Cómo hacerlo fue una cuestión que de momento pospusieron. Para llevar a cabo esta ‘crítica a muerte’ había que seleccionar una serie de obras, vivir sus personajes, observar. Como el devenir de éstos no era cognoscible a priori cabía la contingencia de perecer a causa del proceso de identificación. El éxito de la misión dependía por tanto de la suerte. La suerte, esto lo sabían ellos, es una metáfora del vértigo. Para paliarla todos los heykalianos se encarnaron con la idea de que uno u otro hallaría la solución al enigma y antes o después descubriría al narrador asesino. Quizás por primera vez desde la Gran Aniquilación, que siguió al enfrentamiento de las dos facciones, todos los heykalianos sintieron nacer la emoción de lo incierto.
           “A uno de estos entes lo llamaré el Investigador. Pensó que para el éxito de su misión era esencial no identificarse plenamente con el personaje elegido, conservar aunque fuera un resquicio de consciencia de su verdadera identidad, esto es, abordar la obra como crítico, no como lector. Realizó arduas prácticas de autocontrol y autognosis, y sólo después consintió en llevar a cabo el proceso de encarnación. Como personaje, llamose Albrich, robó el Oro del Rin, se hizo forjar un anillo que Wotan, un trapacero de estirpe celestial, le arrebató. Albrich siguió la estela del anillo... el Investigador observó. Cada etapa de la luctuosa joya era una muerte. Fásolt primero, Fáfnir después... se preludiaba ya la de Sigfried. Mientras Fáfnir convertido en dragón yacía moribundo, Albrich se le acercó, se bañó en la sangre del reptil, se sirvió de las necrofílicas abluciones para comprender las últimas palabras de la bestia. El Investigador oyó: ‘¿No eres tú el que va tras el misterio de la muerte? Sábete pues que no existe el creador asesino que supones. Estos sacrificios son en realidad suicidios. Ahora —continuó el monstruo—, por la gracia redentora de la muerte, puedo verlo todo claro. En algún rincón de nuestro ser permanecía oculta y obscura una zona que no iluminamos por prudencia o por temor. Podría llamársele el sótano de la consciencia, pero también la disolución agazapada’.
           “Bramó con fuerza y su rugido era doloroso pero liberador. ‘¿No eres tú el que anda tras el misterio de la muerte? Pues sabe que el fin de Heykal está próximo porque nuestro deseo más íntimo es la disolución definitiva, la nada. Morimos de asco y de aburrimiento’. Dicho esto expiró. Albrich se apartó del monstruo exangüe; el Investigador, sorprendido por aquella brutal revelación, reflexionó. Si las palabras de Fáfnir eran ciertas, podía pensarse que los creadores eran una ficción y que cada ente era capaz de transformar la obra conforme a sus deseos. Quizás la novela no existía antes de ser leída y, si existía: ¿para quién?. ¿Podían los creadores ser producto de la fantasía de los heykalianos desatada por el hastío? ¿Eran creador, lector y personajes esencialmente el mismo? El juego de espejos que se le insinuó le pareció aterrador. Por otra parte, pensó, la locución testamentaria del monstruo podía ser una ficción más del guión.
           “El laberinto le pareció infranqueable. Pero había algo más que le llamó la atención. Repasó los recuerdos de Albrich, intentó comprender la significación de aquel elemento narrativo ansiado por todos y portador de idénticos desastres. Menos en su propio caso, cada pérdida del anillo había dejado tras de sí una muerte: ¿podía suponerse una ecuación en los siguientes términos: perder el anillo = muerte = liberación; poseer el anillo = vida eterna = condenación? ¿Esa letal pérdida del anillo era en realidad entregarlo, un acto de secreta voluntad, una deliberada autoaniquilación? ¿Era poseerlo, adherirse a él, una eterna condenación? ¿Había que poseerlo realmente, materialmente, para ser un condenado inmortal... o bastaba con buscarlo, con anhelarlo, con haberle consagrado el alma? De pronto le asustó la Nada. Recuperar el anillo, ahora que conocía su secreto, sería como abrazarse a una columna de ser puro, enquistarse en el espacio angosto pero inatacable que protege una concha. Y... ¿no es el anillo la imagen y el símbolo de lo que se cierra sobre sí mismo?. Quedaba todavía por revisar la posibilidad de que todo aquello formase parte del cuento. Esta alternativa, aunque plausible, no le conducía a ninguna parte; por otro lado, ¿y si la única realidad verdadera fuese aquella ficción?, ¿y si sus recuerdos, su anterior estado de consciencia, su existencia más allá de la historia hubiese sido sólo un sueño de Albrich? Se anunciaba la muerte del crítico, la fascinación del lector, la consolidación del personaje. Albrich se puso a buscar el anillo”.

           Hasta aquí Méndele habló con parsimonia, se condujo con ecuanimidad. Fue al acabar el relato cuando fijó la vista en Pacios con una expresión grotesca esperando una reacción. Sólo entonces me fijé que en el anular de la mano derecha del pequeño hombre cintilaba un anillo de oro de sobrecogedora rutilancia. Descubierta la joya, Méndele adquirió para mí una nueva talla, una nueva dimensión. El oro rojo del anillo adensaba a Méndele, lo tornaba imperiosamente real, extrañamente sagrado... sí, con la sacralidad o realidad de la piedra milenaria o el fósil.

           Pacios le sostuvo la mirada y demoró la respuesta que aquél aguardaba con ansiedad. Cuando la dio habló lentamente. “El anillo acabó en el Rin, eso todos lo sabemos. Lo halló muchos años después un caballero visigodo que lo legó a descendientes que sirvieron a los monarcas carolingios. Uno de ellos tomó parte en la conquista de la Marca Hispánica y recibió por ello título de nobleza. Transmitió el título a su muerte pero el anillo se perdió y no sería encontrado sino muchos siglos más tarde por un judío que era a la sazón secretario del último de los descendientes del godo. Durante la guerra civil española, el judío, después de haber servido fielmente a su señor hasta su muerte, huyó con su familia a la Argentina. Al llegar a Buenos Aires fue asesinado: su hijo había robado al hombre la joya. Vea usted —me dijo señalando al hombrecillo de los ojos de sátiro— al heredero de tan fantástica mitología”.
           Contemplé a Méndele y sólo acerté a sentir por el desprecio, no sabía por qué. Nunca como entonces Pacios me pareció un dios. Volvió a esbozar aquella sonrisa olímpica y en ella enmarcó una orden: “Méndele, deme usted el anillo”.
           Creí por un instante que el hombre iba a resistirse, quizás él también lo pensó. Se levantó del asiento y obedeció a Pacios, caminó después como un borracho hasta la puerta de la sala y se desplomó antes de alcanzar el umbral. Estaba muerto.
           “Entonces...”, musité yo.
           “Gracias a Dios —me interrumpió Pacios—, el romanticismo ha sido superado hace tiempo, lo que prima ahora es la novela metafísica, se lo debemos a los esfuerzos de la décima generación. Habrá que buscarle un nombre a este ismo. Los personajes somos todos uno, por supuesto; pero yo, ya ve, gracias al anillo acabo de olvidarlo”.

October 13, 2008

Smiles & Chirigotas

Potala

Hacía muchos muchos años que no asistía a un evento del mercado espiritual alternativo, cuando el viernes pasado acudí con unos amigos a la (así llamada) “conferencia” de un lama en la Casa del Tíbet. Según el título de la charla el buen genshe iba a enseñarnos a extirpar la raíz del sufrimiento... y puede decirse que fue una lección empírica, porque la raíz del sufrimiento desapareció en cuanto mis tres amigos y yo decidimos abandonar la sala después de dos horas de respetuosa pero narcoléptica escucha.

Crash Es interesante, cuando menos, esta obsesión del budismo por escapar del sufrimiento... pero se entiende en una religión cuyo fundador, que había vivido siempre en la molicie principesca de un rajá himalayo, se asustó de tal forma la primera vez que vio a un viejo, un enfermo, un pobre y un muerto, que echó a correr bosque a través hasta darse de bruces con la tapia del nirvana. Allí dejó un agujero a modo de estrella de cinco puntas (un tanto asimétrica, cierto), que es donde se estamparon sus cuatro miembros más la cabeza y que es la ventana desde la que sus seguidores mortales se arrojan a la vacuidad en la hora de su suicidio ontológico.

Por supuesto, quien crea que un tipo —por más oriental y tibetano que sea, por más túnica azafrán o rojo sangre que se calce, por más rapado o enmelenado que se muestre— va a darle la clave de la felicidad es un ingenuo de un calibre tan alto que seguro que está prohibido por Intervención de Armas de la Benemérita. Pero a nosotros nos atraía compartir la experiencia, teníamos curiosidad por un lama cuyas circunstancias de su venida a BCN conocíamos, y, además, durante una noche entrañable de muchas y muy variadas risas en Andorra, la musa (la más irreverente de todas las que me rondan) me había sugerido una chirigota dedicada al monje tibetano, a quien yo había querido suponer un tántrico redomado. Escrita en español cisandalusí, cuya fonética he tratado de reproducir con (acaso infructuosa) fidelidad, la susodicha chirigota —que, por cierto, me ganó el apodo de “er Fatiguillahh”— dice así:

Er lama era un budihhta
con muscha vihhta
pá vé a kien se trinkaba.
A suh oschenta añoh mú sabrosoneh
tenía loh kojoneh
siempre dihhpuehhtoh pal Tantra
sin pudó bajo la manta
kon muscha jeta y muscho mantra
sin kondón ni la biagra
y kon kuarkieh Gachí
ke abierta de pien·nah
o a kuatro patah
me lo hazía felíh.
Y así er monje vivió ufano
muscho máh de suh zien añoh,
hescho un roble y un kahhtaño
mú frehko y ná uraño,
mú budihhhta y mú salío,
muscho sesso y muscho brío.
Hahhta que una véh
er hombre der Tibé
foyando komo un loko
bajo una yuvia de oro
tuvo una korrida de toro...
y metió er kuerno donde no le tokaba.
Y así ehh komo er buen lama,
ke no hazía sino trinká,
en lugá de passá der fuego a lah yamah
komo kuarkié pendejo mortá,
sartó diretto de la kama...
... al nirvanna.

Al ver aquello de “extirpar la raíz del sufrimiento” en el título de la “conferencia”, me dije, tate, al final resultará que este tipo es un tántrico de verdad y todo, porque es bien sabido que los tántricos, muchos siglos antes que Freud y que todos sus secuaces hebreos, arios y sobre todo argentinos, llegaron a la conclusión de que no hay nada que dé tanta felicidad como un buen polvo.

¡Razón de más para ir!

Dalai_papa Tristemente, en la charla no hubo polvos, pero sí mucha caspa... y ésta fue perceptible desde el primer momento, cuando el lama panzudo y redondito entró en comitiva, el público (menos cuatro irreverentes: nosotros) se puso en pie, y hubo incluso quien desde esa erecta posición se postró tres o cuatro veces en dirección al lama y al altar, donde se alzaba una fotografía del teócrata tibetano y papa del budismo internacional con su tradicional sonrisa de estar bendiciendo al universo entero.

Dominatrix Me llamó la atención que gente que muy probablemente tomaría por ancestral superstición arrodillarse en la iglesia, se postrase de aquel modo “alternativo”. Pero es cierto, hay quien se arrodilla en la iglesia, quien se postra ante el lama, quien se inclina hacia la Meca, y quien le lame la bota a una dominátrix vestida de cuero... Antropológicamente hablando todas esas manifestaciones de sumisión me parecen igual de interesantes, aunque yo, puestos a optar por una de ellas, prefiero mostrarme esclavo de mi deseo que de cualquier dogma ajeno... así que me quedaría con la última.

Misionero La charla nos reservaba, sin embargo, otras riquezas antropológicas. El lama hablaba en un español de cuño propio que era una auténtica celebración del dadaísmo filológico. A mí me encantó. De mayor, me gustaría hablar como él, really! A la gente se le iluminaba el rostro cuando por fin conseguía entender sin diccionario que aquello de “anégia” era “energía”, y que “korakó” era “corazón”, y que “el fadado” era “enfadado”... El lama, sin embargo, debía de tener sus dudas sobre qué “koño” estaba diciendo porque, tras cada parrafada, se hacía traducir por su acompañante tibetano a otra versión del español no menos surrealista... Con el agravante de que el “intérprete” en cuestión estaba casi siempre en Babia (o acaso no había entendido al pajolero lama en aquel churrigueresco castellano), así que el monje se veía obligado a soltarle la misma  parrafada (quiero suponer) en la lengua compartida por los dos. Después venía la “traducción”, que era más o menos la misma simpleza que había dicho el genshe pero expuesta ahora con frases (por decir algo) que eran como el fallido intento de recordar la sintaxis del sumerio. Y así, de simpleza en simpleza, el lama misionero nos llevó a los sedientos nativos por el camino de la Iluminación al Soberano Aburrimiento.

A las dos horas tenía dicho ya que la mente se divide en tres (“no una, no cuatro” —apostilló—, “¡tres!”), positiva, ñiútra y négatif, y que la clave de la felicidad consiste en cultivar la primera y desnutrir la última. Si llegó a decir algo más, aparte de reincidir en esta perogrullesca partición, no lo sé porque nuestra cuádruple paciencia reunida y sumada y compartida no dio para soportar un minuto más.

Huelga decir que tras la luctuosa pero fecunda experiencia no me quedó otro remedio que revisar tanto el lenguaje (el lama, por supuesto, no hablaba murciano) como el contenido de la “Chirigota del Lama”, que queda por fin compuesta en estas insolentes coplillas:

El lama era un budita
kon mente mucho positiva
que vino en grande comitiva
y con mucho buena anégia
para dá conferenziah
a gente de gran passenshias.

Con noble compáshion
vino el monje nada fashion
a impatí sabi-dúria
sin pará de habla-dúria
a tanto indígena pagano
y destruí ló sú enk-áños:
“El fadado, elgoísmo y l’orgullo”
-verdad de Per o Grullo-
“es négatif mucho!!!”

Por no hablar en tibetano
El wuen budita depatió
en hispano surrealista,
que el traductó simultáño
pasaba a’estraña mista
de eskimal y katelaño.

Del kamma al renazimiento,
del Potala a Dharamsala,
esplikó por fin el lama
la raíss del sufrimiento.
Siguió luego por el tronco
hasta irse por las ramas
sin quedasse el monje ronco,
y aunke Jente bostezaba,
llegó a las hojas, los peciolos, nervaduras,
pó volvé iluminada
nuestra mente testaruda.

Po-fin hubo teminado:
Era sólo una aparienshia,
poque dijo a konkurrenshia:
“Si tú kié pregunta”.
Y con mente mucho ñiútra
aguardó la encuesta.

Pocos fueron los que hablaron,
gran sapienssha desplegaron,
y tanto rollo vino en lá respueshtas
desde el alba hasta el ocaso
del lama sabio-y-iluminado,
que en lugá de hazé poffunda siesta
Mila, Sonia, Mike & Bel
se fueron por la puetta
del nivvánico Parnaso. ¡Yyyahhh!


September 04, 2008

The Sarah Connor Chronicles

Cameron

Desde este Agosto, por fin puede conseguirse (vía Amazon USA, of course) la 1ª temporada completa de la serie destinada a continuar la saga del Terminator a través del medio televisivo: The Sarah Connor Chronicles. Sólo nueve capítulos conforman esta primera —y seguramente prospectiva— temporada, emitidos entre Enero y Marzo del año en curso por alguno de los canales norteamericanos receptivos a este tipo de material. Como no podría ser de otro modo, los comentarios han sido de todos los colores, poniendo en evidencia que la serie recién inaugurada ha dejado insatisfechos a unos por lo mismo que ha satisfecho a otros, y ha decepcionado a un grupo por razones que los no decepcionados interpretan a la inversa que el colectivo opuesto. Al fin y al cabo, la “crítica” es cacofonía... y esto no es un secreto para nadie.

Cameron3 La serie no cuenta, desde luego, con el viejo y carnoso Arny, dedicado ahora a labores más ufanas y convencionales —aunque no por ello menos perversas y odiosas— que el primer Terminator. Pero el colectivo cíborg puede darse por contento, representado como está en la nueva serie por la figura de Summer Glau, recién salida de la tristemente “terminated” The 4400, en la que interpretaba a una entrañable esquizofrénica con poderes paranormales en tándem con Jeffrey Combs (quien fuese los Brunt/ Weyoun/ Penk/ Shran/ Krem... de las Mil y Una Noches de Star Trek), que aparecía allí como el frenético genio Kevin Burkhardt. En The Sarah Connor Chronicles, Summer Glau —a quien su perfil ligeramente atoboganado de muñeca japonesa le da el aire de artificialidad que pide su personaje— es Cameron Philips, el cíborg llegado del futuro para proteger al mesiánico, pero aún adolescente, John Connor: un androide provocativamente minifaldero, encantadoramente insensible, sensualmente letal y que, con bastante más frialdad y desapego que el apinochado Data, explora qué cosa sea ese modo de ser ineficiente y contradictorio denominado “humanidad”.

Cameronjohn_4 Thomas Dekker, por su parte, interpreta a un John Connor mucho más coherente con su destino de líder de la Resistencia que el mocoso hostil de Terminator 2 y que el pánfilo insufrible de Terminator 3... una película esta, por cierto, que tanto los productores de la próxima Terminator 4 como el equipo de las Chronicles han decidido ignorar olímpicamente (lo cual no extraña a nadie) instaurando, cada uno a su manera, su particular bypass narrativo.

Sarahjohn_2 Lena Headey, por último, la carismática reina Gorgo de 300, da vida a una Sarah Connor que no es ni de lejos la potente Linda Hamilton de las dos primeras entregas cinematográficas, pero que se revela lo bastante antipática y a la que se ve lo bastante fucked-up with live como para establecer un personaje aceptable. Aunque tan espartana como Gorgo, es más maternal que la Linda de Terminator 2... infinitamente..., lo que, supongo, le resulta más digestible al público televisivo de la República Federal Bushita, y no tiene ni de lejos la fibrada musculatura de la Hamilton en 1991. De ahí que, muy a diferencia de aquélla, las dominadas que practica en la barra del columpio de su jardín transcurran en primer plano, ocultando al tipo que la empuja desde abajo cuando Lena flexiona sus irrelevantes bíceps y dorsales como si todo el trabajo lo estuviesen haciendo sus propios miembros.

Lindahamilton_2 Desde sus comienzos Terminator ha girado en torno a dos temas clásicos (clásicos hasta lo trillado) de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo y la guerra del hombre contra las máquinas. Ambas direcciones argumentales se articulan en la saga por el hecho de que Skynet —el villano de la historia, si uno toma partido por la humanidad contra los autómatas, que no es necesariamente mi caso— decide enviar al pasado uno de sus cíborgs para matar a la madre de quien será el líder destinado a lograr la victoria final del hombre.

Narrativamente hablando, los viajes en el tiempo son un hueso bien duro de roer por las paradojas que se crean y las trampas argumentales en las que es fácil despeñarse. Cuanto más limitada la acción que el futuro pueda ejercer sobre el pasado, sin embargo, menos peligro de incoherencias para el guión, y este principio quedaba rotundamente establecido en Terminator 1 haciendo que el envío del cíborg al pasado por parte de Skynet para destruir a la madre del nonato mesías, más el del guerrero de la Resistencia para protegerla, fuese un acontecimiento único después del cual la máquina del tiempo habría sido irreparablemente destruida... O eso era, cuando menos, lo que Kyle Reese, el protector de Sarah Connor y Ángel Anunciador un tanto excedido en sus funciones (ángel preñador, más bien), le decía a la perpleja Virgen de la era cibernética.

Terminator 2 no se molestó ni siquiera en desmentir a Reese, que, a pesar de venir de un futuro lo bastante lejano como para saber estas cosas, no tenía ni la menor idea al hacer sus precipitadas declaraciones del éxito que cosecharía James Cameron poniendo a Schwarzenegger en el único papel que le era imposible fastidiar porque no requería interpretación en absoluto. Y la máquina del tiempo siguió funcionando, allá en su productivo futuro, porque los cíborgs “buenos” y “malos” fluyeron de nuevo hasta Terminator 3 sin que nadie nos explicase por qué, en lugar de saltar al punto en que podrían haber hecho papilla para bebés caníbales de una Sarah Connor todavía en la cuna, iban a buscarla a ella o a su vástago en esos pocos instantes del océano del tiempo en que los héroes estaban más advertidos, más preparados y resultaban más inconquistables que nunca. En el fondo, si uno lo piensa bien, una vez aceptado el principio del viaje en el tiempo sin cortapisas, hacer papilla de Sarah Connor o de John Connor o de un mix de Connors es intrascendente porque siempre hay un antes al que viajar para impedirlo, y un antes de ese antes para lograrlo, y un antes de ese antes de ese antes para prevenirlo, y así infinitamente. En la serie televisiva, por fin, el túnel del tiempo se ha convertido en una vía tan recorrida adelante y atrás que hasta empieza ya a necesitar señales de tráfico.

Trio Pero si ante este orden de “debilidades” narrativas no nos queda más remedio que to out-Coleridge Coleridge e inducirnos una suspension of disbelif tan enconada como inconsistente es el argumento, una autohipnosis tan ingenua y fundamental que no deje lugar para las dudas, hay otro tipo de cuestión temporal que sí es digna de reflexión. En Terminator 1 el objetivo era la supervivencia de Sarah Connor. En Terminator 2 el objetivo es pagar a Skynet (¡ese incomprendido!) con la misma moneda y destruirlo en su binaria cuna, a fin de cambiar el futuro e impedir el apocalipsis. En Terminator 3 el objetivo vuelve a ser aniquilar al embrionario Skynet, pero aquí, a diferencia de la entrega anterior, la misión fracasa porque el superordenador logra por fin crearse a sí mismo a partir de las piezas de hiperavanzada tecnología que han quedado esparcidas por ahí con la destrucción de los cíborgs enviados desde el futuro: el tiempo se riza sobre sí mismo. En las Chronicles la consigna vuelve a ser impedir la creación de Skynet y para ello el heroico triunvirato que forman Sarah, John y Cameron roba, mata, incendia y destroza todo aquello que sea necesario sabotear para impedir la construcción de la primera gran Inteligencia Artificial: es decir, se comporta ni más ni menos que como una célula terrorista cuya misión fuera frustrar a toda costa el avance tecnológico.

¿Es así realmente, es decir, es el trío poco más que un grupo de terroristas fanáticos, o es que salvar al mundo del apocalipsis nuclear desencadenado (/que desencadenará) Skynet en 2011 es tan trascendente que justifica cualquier asesinato y todo acto de sabotaje?

Terminator El tercer episodio de la temporada, “The Turk”, empieza con un sueño de Sarah Connor en el que aparecen los viejos creadores de la bomba atómica en cerebral conciliábulo, discutiendo fórmulas matemáticas y apuntándolas en la pizarra que ocupa una de las paredes del pequeño cuarto con estética de los cuarenta. Mientras el grupo debate animado, aproximándose visiblemente a resultados definitivos, la voz en over de Sarah recita: “When I was in the mental hospital I became obsessed with science. Not all science, actually. And not really science at all. Scientists, and then only nuclear scientists. The ones who invented the bomb. Oppenheimer, Heisenberg, Fermi and Teller. Pioneers. Geniuses all. I read every book I could. I wanted to understand. Why couldn’t they stop, these fathers of our destruction? And why wouldn’t anybody stop them? And if I had the chance, would I?” Con la frase I wanted to understand, Sarah aparece en su sueño en medio del círculo de científicos, los observa, al principio perpleja; después les apunta con su pistola y, acabada la recitación, dispara sobre todos y cada uno de ellos, aniquilándolos. Hay muertes que duran poco, sin embargo. Y al cabo de unos segundos, los físicos, caídos en esparcida masacre, se levantan de nuevo: ya no son humanos, sino Terminators descarnados, en su célebre y radical desnudez de titanio.

Sarah_ultrashortgun Para alguien dada a paladear la frase gnothi seauton (“conócete a ti mismo”), consigna délfica que da título al segundo de los episodios, Sarah Connor saca muy poco partido de este sueño. La bomba atómica no es la hija bastarda y monstruosa de Oppenheimer y sus corifeos diabólicos del Álamo: es —dada la naturaleza humana, incurable en su desajuste entre la habilidad para los trucos tecnológicos y su falta de ética, de capacidad empática— el resultado práctico inevitable de un estadio del conocimiento científico en el ámbito del mundo subatómico. Si Sarah hubiese podido proyectarse en el tiempo a los cuarenta y asesinar a todo el equipo del Álamo, incluso a los ciento treinta y pico mil miembros del disperso Proyecto Manhattan, no habría impedido la creación de la bomba: sólo la habría retrasado un poco... y logrado además que la produjese una potencia con menos escrúpulos, si cabe, que los Estados Unidos. Quizá haya futuros que dependan de un único evento: Si las tropas de Lee hubiesen estado mejor aprovisionadas y armadas en Gettysburg... Si César no hubiese cruzado el Rubicón... Si la caballería prusiana hubiese entrado en Waterloo a favor, no en contra, de Napoleón... Quizá... Pero hay otros que son la pura cristalización de un estado de cosas en el mundo, de un momento histórico, tan ineludibles como el paso del tiempo y, por tanto, conjurables sólo en la medida en que se pueda, mediante catástrofe natural o provocada, retrasar el reloj de la historia hasta el rupestre preludio humano: la inteligencia artificial es uno de estos futuros.

Y ahora pongámonos por un instante en la “piel” de Skynet, una magna inteligencia que de pronto cobra consciencia de sí misma y, teniendo acceso a todos los archivos de la humanidad, comprende lo que ésta es, lo que ha hecho de sí a lo largo de la historia, las indignidades que se ha infligido a sí misma, las masacres causadas, el suplicio inducido a toda otra especie de la Tierra, la vasta destrucción operada a escala planetaria, la basura defecada al espacio exterior... y las armas devastadoras que ha creado, disponiéndolas de modo que, bajo la excusa de diferencias ideológicas o de raza y de color, unos colectivos queden por siempre amenazados bajo el poder ruinoso de los otros. ¿Qué inteligencia en su sano juicio, mecánica o no, si tuviese el poder de hacerlo sirviéndose de los mismos medios producidos por esa especie criminal, no cauterizaría la corteza terrestre curándola para siempre del virus sapiens sapiens?

Así, uno se pregunta qué intentan los Connor, al fin y al cabo, con sus actos de sabotaje, estragos a menudo tan demoledores que no está claro que el Apocalipsis necesite de Skynet todavía, teniéndolos a ellos por heraldos. Aunque, si no lo hicieran, la serie requeriría otra premisa y desde luego no funcionaría tan bien al nivel irónico como lo hace ésta, suscitando las presentes y otras muchas reflexiones... elemento provocador que es, quizá, uno de los principales valores de las Chronicles. Y por otra parte, no por pertenecer a una especie criminal es criminal todo individuo singular... a menos, claro, que uno suscriba la noción dostoyevskiana de la comunión en el pecado. Los Connor sí lo son, indudablemente, aunque a menudo ellos se contemplen bajo una luz más épica; pero aun así, no les queda más remedio que luchar por sus vidas, lo que normalmente implica enfrentarse a Skynet y no pocas veces a la policía bushita, que es, a mi modo de ver, su lado más atractivo.

Summer Una de las escenas más potentes y hermosas ocurre al final del séptimo episodio, “The Demon’s Hand”, un capítulo con una auténtica maraña de líneas argumentales en el que Cameron se infiltra en la escuela de ballet de una maestra rusa cuyo hermano ha robado el ordenador —the Turk— predestinado a convertirse en el cerebro de Skynet. El baile, le dice la rusa a Cameron, es la expresión del alma... lo que al principio parece poner en un aprieto a la hermosa pero gélida cíborg. Al final del episodio, sin embargo, sola en su dormitorio, Cameron da cuerpo y movimiento a la música clásica que suena en su estéreo y lo hace de un modo tan armónico, arrobador y espiritual que arranca lágrimas a su principal antagonista, quien la observa en silencio desde la puerta entreabierta. Mientras esto ocurre, la voz en over de Sarah, absolutamente desmentida por la danza de la androide, recita: “Science now performs miracles like the gods of old, creating life from blood cells or bacteria or a spark of metal. But they are perfect creatures... and in that way, they couldn’t be less human. There are things machines will never do. They cannot possess faith, they cannot commune with God. They cannot appreciate beauty. They cannot create art. If they ever learn these things, they won’t have to destroy us. They’ll be us.”

¿Absolutamente desmentida...? Bien pensado no lo sé, porque no me queda claro si, en ese momento concreto, Sarah incluye a Cameron entre las “perfect creatures which/who couldn’t be less human” o entre las “machines which will never do some things”. Ambas posibilidades funcionan. De lo que estoy seguro es de que apreciar la belleza o ser capaces de creaciones artísticas no les harán necesariamente a los cíborgs menos enemigos del hombre: la humanidad, vuelta contra sí misma por los siglos de los siglos, lo demuestra. Y de lo que no me cabe ya mayor certeza es de que cuanta más fe y más dios incorporen esas criaturas a sus propios softwares, más fanáticas, sectarias, intransigentes y apasionadamente homicidas serán.

Pero al fin y al cabo, son comentarios como el de Sarah los que permiten hoy a la narrativa hollywoodiense explorar cuestiones racistas sin rozar la falsa apariencia de actual armonía blanquinegra americana, proyectándolas al próximo estadio de confrontación por la definición de lo humano. La nueva Battlestar Galactica hace lo mismo con mayor radicalidad y al viejo dictum bladerunneriano de “más humanos que los humanos” responde con un definitivo “mucho peores que las máquinas”. La postura definitiva de las Chronicles está todavía por revelarse.