Sembrando en el Infierno (Ngũgĩ wa Thiong’o I)
A Grain of Wheat (1967) es la tercera de las novelas del escritor de etnia kikuyu Ngũgĩ wa Thiong’o (Kenya, 1938), precedida de Weep Not, Child (1964) y The River Between (1965). El título debe entenderse en relación al versículo bíblico “Verily, verily I say unto you, Except a corn of wheat fall into the ground and die, it abideth alone: but if it die, it bringeth forth much fruit”, citado en la página 197 como epígrafe al capítulo 14, a la vez que integrado en el tejido de la narración mediante la nota entre paréntesis debajo del origen de la cita:
St John 12:24
(verse underlined in black in Kihika’s Bible)
Kihika es uno de los personajes de la novela, el revolucionario idealista, tocado por un halo casi místico y movido por ese tipo de espiritualidad mezcla de amor patriótico y anhelo divino que resulta tan poderoso en cuanto que fuerza de liberación como peligroso si llega a triunfar. Kihika es alguien más ausente que presente en la historia; su valor es el de mártir recordado. Kihika es el líder Mau Mau caído en la lucha a muerte contra la bota colonial británica; inspirado en parte por la Biblia y por Gandhi, pero mucho más todavía por el espíritu belicoso de su raza, el pueblo kikuyu.
Ese mismo espíritu se había manifestado ya en 1890, cuando el imperio británico se hizo con las costas de Kenya y Waiyaki wa Hinga, junto con otros jefes kikuyus, se alzó en armas contra los invasores blancos. “Waiyaki —nos dice Thiong’o (p. 12) en el atinado, sobrio y bello resumen de la historia de la colonización de Kenya que realiza en apenas cuatro páginas de su novela (pp. 10-14)— was buried alive at Kibwezi with his head facing into the centre of the earth, a living warning to those, who, in after years, might challenge the hand of the Christian woman whose protecting shadow now bestrode both land and sea. Then nobody noticed it; but looking back we see that Waiyaki’s blood contained within a seed, a grain, which gave birth to a movement whose main strength thereafter sprang from a bond with the soil”. Así que el título de la obra, “A Grain of Wheat”, hay que entenderlo también en relación a ese Waiyaki, que no sólo sembró la semilla de la resistencia, sino que fue él mismo semilla sepultada. La semilla que más tarde Kihika (en la novela) y otros muchos como en él (en la historia doliente de Kenya) vendrían a regar con sangre. Su sangre.
El eje narrativo de A Grain of Wheat es simple y directo: en las vísperas de Uhuru, la Independencia, que fue finalmente concedida a Kenya a finales de 1963, un grupo de excombatientes del Mau Mau pide a Mugo, el reconocido héroe de la aldea, que presida las celebraciones, pronuncie el discurso inaugural y lo aproveche para denunciar a Karanja, el colaboracionista y exsabueso de los británicos, el presunto Judas cuya traición arrojó a Kihika en manos de los amos coloniales para su ejecución. La solicitud de los Mau Mau desencadena en los protagonistas toda una serie de recuerdos, confesiones, recorridos por los diez años terribles que precedieron a la Independencia, así como por el pasado aun más lejano que los determinó a ser lo que fueron en los tiempos de opresión.
Recordemos brevemente algunos hitos de la historia colonial de Kenya: en 1895 el Imperio Británico establece el gobierno directo en todo el Protectorado de África del Este. En 1902, abre la puerta a la apropiación de las fecundas Tierras Altas por parte de los colonos blancos. La etnia más perjudicada por la ocupación y expropiación del territorio es la kikuyo, que pierde cerca de 25.000 hectáreas de terreno fértil a manos de los invasores, con tremendas consecuencias para su forma de vida y cultura agrícolas. En 1950, los kikuyus han llegado a una situación insostenible y Kenya se halla al borde de la más sangrienta de las guerras en la historia colonial británica: la resistencia kikuyu, el Mau Mau, se refugiará en la jungla para luchar contra los invasores y sus cómplices nativos (los denominados loyalists). En 1952, el gobernador Evelyn Baring lanza una operación para detener a los supuestos cabecillas del Mau Mau; en realidad encierra a un grupo de paladines nacionalistas moderados —entre ellos Jomo Kenyatta, presidente de la Kenya African Union (KAU) desde 1947— provocando que la oposición se radicalice y que su liderazgo pase a manos de los violentos. A principios de 1953, Baring establece el Estado de Emergencia con una serie de regulaciones especiales que hacen posible los castigos colectivos, toques de queda, control de los desplazamientos, confiscación de tierra y propiedades, impuestos especiales, obligación de pases y documentos para todo movimiento de los nativos, censura y secuestro de publicaciones, disolución de todas las organizaciones políticas africanas, control del trabajo, suspensión del habeas corpus, etc. El mismo año, las
autoridades coloniales reconocen a la Policía Tribal (una organización establecida como cuerpo unitario en 1920 para la protección de los jefes kikuyus —que constituían un eslabón en la cadena de gobierno de los británicos— y compuesta por familiares y allegados suyos) como factor importante en la lucha contra el Mau Mau transformándola en la temida Home Guard, ya uniformada y dotada de armas de precisión para sus 15.000 miembros. En Mayo de 1953, el general Sir George Erskine toma el mando de las fuerzas coloniales de Kenya; hacia finales del 54, ha conseguido la iniciativa en la guerra contra el Mau Mau sacando a las tropas británicas de la jungla —que cercarán desde entonces su perímetro— para reemplazarlas por los King’s African Rifles (entre los que militaba por entonces el posteriormente célebre Idi Amín) y el Kenya Regiment (formado por colonos blancos de un racismo fanático y frenético). El 24 de Abril de 1954, Erskine, al más puro estilo de las SS
durante la 2ª Guerra Mundial, desencadena la Operación Yunque para purgar Nairobi de todo elemento kikuyu: más de veinte mil sospechosos de pertenencia al Mau Mau son enviados a los campos de concentración y otras treinta mil personas, deportadas a las reservas. Los sospechosos, informa Caroline Elkins (Imperial Reckoning, p. 136), “were whipped, beaten, sodomized, burned, forced to eat feaces and drink urine”. En palabras de un colono del Kenya Regiment: “These were the hard-core scum, the ones that wouldn’t listen to anyone and causing trouble. So we would give them a good thrashing. It would be a bloody awful mess by the time we were done... Never knew a Kuke [forma despectiva de referirse a los kikuyus] had so many brains until we cracked open a few heads” (ibíd. p. 193). En Junio del 54, se ordena el asentamiento forzoso de los kikuyus todavía libres (sobre todo mujeres, niños y ancianos) en aldeas vigiladas: 1.050.899 personas son resituadas en 804 poblados artificiales cercados de fosos, cable de espinas y torres centinelas. La vida allí no es mejor que en los campos de concentración: los deportados deben construir sus chozas y cavar el foso que los aislará del exterior; no hay espacio para el cultivo y el hambre domina todos los aspectos de la existencia; las mujeres son continuamente violadas y golpeadas por los homeguards; el mínimo acto de resistencia hace que las metan en sacos bañados en petróleo o parafina y las quemen vivas delante de sus familiares, o las obliguen a llevar cargados a la espalda cuerpos de “terroristas” ejecutados gritando: “Esto es la Independencia”. Pero la situación general acaba por volverse nacional e internacionalmente insostenible para los propios británicos: a medida que
el Imperio gana la guerra contra el Mau Mau, pierde la batalla por la colonia. Por fin el Estado de Emergencia se levanta en 1960. Según el abogado Fitz de Souza, entre 1952 y 1961 la represión habrá acabado con la vida de cien mil a trescientos mil kikuyus. Kenyatta sale de la cárcel en 1961 y, no exento de oportunismo, se convierte en instrumento de los británicos y principal valedor de sus intereses en la nueva Kenya independiente; será Primer Ministro de 1963 a 1964 y después Presidente hasta su muerte en 1978. Uhuru llega el 12 de Diciembre de 1963.
A Grain of Wheat constituye un tapiz de todos estos acontecimientos. La novela va hilándose en un registro de lirismo contenido, austero, melancólico, con descripciones climáticas como la del ejercicio del arte de la carpintería por Gikonyo al modo de un acto de amor y arrobamiento (pp. 79-80):
Early next day Gikonyo started work on the handle. Low waves of excitement left his heart in a glow as he chose a piece of wood on which to work. The touch of the wood always made him want to create something. But now he felt as if his life depended on giving himself wholly to the present job. His hands were firm. He drove the plane (he had recently bought it) against the rough surface, peeling off rolls and rolls of shavings. Gikonyo saw Mumbi’s gait, her very gestures, in the feel and movement of the plane. Her voice was in the air as he bent down and traced the shape of the panga on the wood. Her breath gave him power.
And now he exerted that power on the podo-wood. He chiselled and scooped out the unwanted parts to make two pieces of the right shape. He took particular pains over boring the holes. Worms of wood wriggled along the cyclic grooves of the drill-bit and heaved themselves on to the table. The holes were ready. Next he cut three nails with which he riveted the two pieces of wood to the panga. As he hammered the thin ends of the nails into caps, another wave of power swept through him. New strength entered his right hand. He brought the hammer down. He felt free. Everything, Thabai, the whole world was under the control of his hand. Suddenly the wave of power broke into an ecstasy, an exultation. Peace settled in his heart. He felt a holy calm; he was in love with all the earth.
y la titubeante confesión de Gikonyo a Mugo de su primer enamoramiento de Mumbi (p. 97):
‘It was as being born again,’ he recalled in the presence of Mugo, speaking in a low, even voice, groping for the word which would contain the reality of his experience. The fire in the hearth marked off by three stones, had ebbed into a dull glow; the oil-lamp fluttered, playing with shadows in corners, without clearly lighting the faces of Mugo and Gikonyo.
‘I felt whole, renewed... I had made love to many a woman, but I had never felt like that before.’
He paused, puzzled in wonder, as if words had suddenly eluded him. Slowly he lifted his right hand from his knee, the fingers a little spread, and then let it slump back into its former position.
‘Before, I was nothing. Now, I was a man. During our short period of married life, Mumbi made me feel it was all important... suddenly I discovered... no, it was as if I had made a covenant with God to be happy. How shall I say it? I took the woman in my arms - do you know a banana stem? I peeled off layer after layer, and I put out my hand, my trembling hand, to reach Kiana coiled inside.
‘Every day I found a new Mumbi. Together we plunged into the forest. And I was not afraid of the darkness...’
Cada uno de los personajes permite al lector pasear su mirada por los distintos infiernos en los que queda resquebrajado el país en guerra. Gikonyo el carpintero evoca los campos de concentración y el difícil retorno a la “normalidad”; Mumbi, su mujer, los sinsabores del traslado forzoso y de la vida en las aldeas vigiladas; Karanja, la agridulce prosperidad de los colaboracionistas; John Thompson, los esfuerzos y frustraciones, ideales y errores de un administrador colonial convertido en superintendente de campo de detención durante el Estado de Emergencia; su esposa Margery y el Dr. Van Dyke —de quien Thiong’o escribe: “only drink [...] kept him reconciled to himself” (p.50)— la disipación de los colonos ociosos, de los que Caroline Elkins dice: “The colony’s settlers were notorious worldwide for their sexual high jinks, and the running joke in Britain became, ‘Are you married or do you live in Kenya?’” (Imperial Reckoning, p.11); Kihika es, como hemos dicho, el mártir, el sacrificio, el mesías negro; y Mugo... Mugo es la culpa secreta y la paradoja del mito.
Por lo demás, todos arrastran consigo secretas culpas, si culpa puede llamarse, al fin y al cabo, a tener instantes de debilidad en medio del colapso total del mundo conocido, o sobrevivir siquiera a él. Gikonyo se avergüenza de su desfallecimiento y confesión durante los interrogatorios a manos de sus carceleros; Mumbi del hijo tenido con Karanja durante el encierro y martirio de su esposo; Thompson es responsable de la masacre en el campo de Rira; Margery lleva en la conciencia su relación adúltera con el Dr. Van Dyke; y Karanja es culpable de muchas muertes y torturas, actos criminales de los que quizá no se arrepiente de verdad, sino sólo lamenta al final en la medida que lo decepciona un poder, el blanco, que llegó a creer invencible, establecido en África de una vez y para siempre. A Kihika, por otra parte, porque sólo los muertos están más allá de la culpa, no le es dado el privilegio de una mala conciencia.
Y Mugo finalmente... Mugo debe ascender por fin a la tribuna del orador no para denunciar a Karanja, sino para declararse a sí mismo traidor, el verdadero Judas de Kihika. Y sin embargo, tal como reflexiona Mugo, Judas no es actor ni factor de la muerte de Cristo, sino sólo un débil recurso dramático en la preconcebida arquitectura de los Evangelios. Al fin y al cabo, Cristo no es Cristo sin la crucifixión. Y sólo se es Kihika siendo mártir.


















