Publicada recientemente, Tail of the Blue Bird es la primera novela de Nii Ayikwei Parkes (http://www.niiparkes.com/one.html), un autor nacido en Inglaterra en 1974 y criado en Ghana, conocido hasta ahora sobre todo por su poesía. Es una obra interesante y lírica que, bajo el “disfraz” de narración detectivesca, habla de la relación entre verdad y ficción, magia y “realismo”, la vieja Ghana tribal y la Ghana moderna, saturada de contradicciones y parasitada por una inerradicable corrupción.
El título Tail of the Blue Bird alude a la “cola” que trae consigo un evento en principio trivial: una joven de piernas delgadas y minifala a la europea, amante de un ministro de Ghana, hace detenerse en una aldea del interior al coche oficial que la transporta para perseguir a un pájaro de cabeza azul que le ha llamado la atención. Y lo sigue hasta el interior de una choza, donde la ofende de pronto un olor mefítico que emana de una masa carnosa en movimiento, algo extrañamente similar a restos humanos. La muchacha clama al ministro. El ministro pone en marcha la maquinaria policial. El inspector encargado del caso ve en él la oportunidad de ascender unos cuantos escalones en la jerarquía. Y el único médico forense de la nación, un joven educado en Inglaterra que, irónicamente, había sido rechazado años antes por la propia policía al considerar superfluos los servicios de un especialista como él, es forzado mediante chantaje a abandonar su empleo en los laboratorios de Acra donde trabaja y resolver el caso en una semana. (De hecho, el título de cada uno de los siete capítulos de la novela alude a los días de la semana —kwasida, dwowda, benada, wukuda, yawda, fida, menada— en twi, una lengua del grupo akan hablada en Ghana.)
El inspector Donkor demuestra inapelablemente al joven forense, Kayo, que en Ghana no hace falta cometer un crimen para terminar en prisión. La policía no se arredra en absoluto ante la idea de “fabricar” el crimen, implicar al acusado, por ejemplo, en conspirar para derrocar el régimen, y ejerciendo un poco de presión aquí y un poco más allá lograr que incluso su propio jefe en la empresa niegue conocerlo. Donkor no tiene complejos tampoco en declararle abiertamente a Kayo hasta dónde llega su ambición: “The thing is”, le dice, “the higher levels of the Civil Service are not attained by merit, or number of years of service. It’s purely by appointment. That means the ministers decide who becomes the chief of police [...]. I am an ambitious man. This post [...] did not even exist until I was given it. I am now three levels below the highest post in the police force. [...] I intend to get to the top before I retire. Are you with me?” Uno se pregunta qué necesidad real tiene Donkor del pobre Kayo, con su facilidad para ingeniar crímenes donde no los hay. La respuesta es que Donkor quiere poder presentar al ministro un caso resuelto “al más puro estilo CSI”, y sólo hay una persona en Ghana que tenga el conocimiento y los medios para elaborar un informe redactado en esos términos televidentes.
Así que Kayo debe solucionar el caso para que el ministro pueda sosegar a su amante que, histérica tras la experiencia, busca limpiarse del nefando contacto mediante todo tipo de exorcismos; y debe resolver, o mejor aun “construir”, el caso de un modo lo bastante llamativo y mediático para que Donkor ascienda. Kayo es un tipo honesto al que repugna la idea de pasar a formar parte del corrupto engranaje nacional, pero no le queda más remedio que someterse a las condiciones impuestas por el policía. En Sonokrom, sin embargo, la pequeña aldea del interior tribal adonde lo envían, le aguardan sorpresas... y, entre ellas, el hecho de que su tecnología y su ciencia forense no le basten para dar una hipótesis plausible de lo ocurrido allí. Es más, llega a sentirse atraído por la vida simple, honesta y familiar del pueblo, y a apreciarla por encima de lo viciado y movedizo de la existencia urbana. Acaba por comprender que el cuadro más razonable que podría llegar a presentar de lo sucedido en la choza, por una parte, comprometería a Sonokrom infestando el lugar de policías y, por la otra, dejaría tan insatisfecho a Donkor que sería como haberse negado desde el principio a resolver —o “construir”— el presunto crimen.
Tampoco es que “ese cuadro razonable” constituya la verdad del caso. Kayo ha podido determinar a quién pertenecen los restos hallados en la cabaña, que son, como era de esperar, los del dueño del habitáculo, a quien nadie ha visto desde hace más de un mes. Pero no hay modo de establecer el cómo ni el porqué de su muerte, ni siquiera si se trata realmente de un crimen, un suicidio o una muerte natural. Ahora bien, como ya hemos dicho, Tail of the Blue Bird no es una novela detectivesca; si lo fuera, resultaría imperdonable que, en lugar de que el narrador resuelva el misterio poco a poco, paso a paso, de ese modo típico del género, que confunde y sorprende al lector mientras van confluyendo las piezas del puzzle y provoca nuevas preguntas con cada aparente respuesta, un único personaje revelase la historia completa al “detective” en dos o tres tiradas. Pero no, el misterio de Tail of the Blue Bird no es el crimen de Sonokrom (conocido desde el principio, por otra parte, por una de las dos voces narrativas de la novela, la del cazador tribal Opanyin Poku), sino cuál es la historia del suceso que debe contarse para que prevalezca la armonía. “On this earth”, le dice Poku a Kayo, “we have to choose the story we tell, because it affects us - it affects how we live”. Porque la “verdad” que revela el cazador de Sonokrom a Kayo es una historia más allá de lo racional; una historia que empieza con un padre que golpea a su hija, por la que siente una atracción fatal; y con la maldición de la suegra del hombre; y que concluye con el cumplimiento de esta maldición y la transformación del violento en una pulpa carnosa que muere de “vergüenza” en el mismo momento en que la amante del ministro lo descubre, en la fétida choza, expuesto a la mujer en toda su impotencia.
La historia se la cuenta al forense el cazador Opanyin Poku a modo de cuento tribal, atribuyéndosela a un personaje ficticio, distinto del auténtico difunto, que es al mismo tiempo víctima y criminal. Pero Kayo comprende y, lo que es más, acepta la relación entre la impensable “ficción” y los hechos reales. Obviamente no puede ofrecer a Donkor semejante solución del caso, por lo que se siente justificado para construir la conspiración internacional que el inspector, en última instancia, desea y necesita a fin de promocionarse. De este modo, salva también a la aldea de una inundación policial y de futuras y mucho menos benignas inquisiciones. Extático con la resonancia mediática del resultado, Donkor decide reclutar a Kayo para proseguir su ascenso imparable hasta la cúpula policial. El joven forense, sin embargo, se niega a ser un peón más del corrupto inspector y declina, aun bajo amenaza de muerte, para establecerse en la aldea como médico rural.
Escrita principalmente en inglés, la novela contine asimismo sabrosos diálogos en el pidgin regional. Aunque hilvanada en su mayor parte por el clásico narrador externo y omnisciente, la historia empieza y termina en boca del cazador Opanyin Poku, que ya nos advierte bellamente desde el principio de las muchas cosas asombrosas que residen ocultas bajo el prosaico cortinaje de lo cotidiano: “So maybe I shouldn’t be surprised, but I forgot. We don’t think of these things. They are like light. In the day there is always light and we don’t think about it, but I, Yaw Poku, am a hunter so light surprises me. I am used to the dimness of forest, the way light falls on me like incisions from a knife when I move. When I go to forest sound is brighter than light, so light surprises me. The same way I was surprised even though my mother warned me to look well - be careful.”