Banana Bottom: Una novela de la Diáspora Africana
Leer es en el fondo una actividad ingrata. Y quizá ni siquiera tan en el fondo. Sólo uno de cada muchos libros compensa las horas que le hemos dedicado sustrayéndonos al dominio de la vida consensuada para dialogar, en un espacio de quietud y soledad pactada con nosotros mismos, sin más ventanas que las orientadas a horizontes imaginativos —nuestros ojos, en el mapa introvertido de la página—, con ficciones, abstracciones y fantasmagorías. Y cuanto más y mejor se lee, más difícil es encontrar, en medio del mercadeo de ecos, repeticiones y reververaciones que es el universo literario, al autor o el libro capaz de decirnos algo transformador todavía, o siquiera enriquecedor o novedoso, o tan sólo refrescante.
Banana Bottom (1933), sin embargo, es de las obras que compensa generosamente cualquier tiempo y esfuerzo que se le brinde. La tercera y última novela de Claude McKay (1989-1948), el autor jamaicano cuyo impacto en el Renacimiento de Harlem lo coloca a caballo entre la literatura caribeña y la afroamericana, es una obra deliciosa y compleja, costumbrista en parte, filológica tambien y, desde luego, un exótico ejemplo de Bildungsroman... o para ser más precisos, de Umbildungsroman. Porque la historia, si bien es cierto que trata del desarrollo de la heroína como persona (Bildung), es sobre todo el relato de su deconstrucción y reconstrucción (Umbildung), el proceso que la transformará de títere colonial en espíritu autónomo.
Decir “títere” es seguramente exagerado, porque Bita —Tabitha Plant—, la protagonista, no llega a enajenarse del todo, a perder por completo en ningún momento su chispa de independencia, a pesar de las exigencias de la educación colonial y del grado de precondicionamiento implícito en ella. Ngũgĩ wa Thiong’o, algunas de cuyas obras han dado tema a artículos anteriores de este blog, ha popularizado el concepto de “descolonizar la mente” y trató de dramatizar la idea (yo diría que de modo muy forzado y deficiente) a través de su heroína Warĩĩnga en la obra Devil On the Cross. McKay, un autor tan comprometido con el progreso democrático de la raza negra como el propio Thiong’o y, durante un periodo al menos, tan filocomunista como él, triunfa en Banana Bottom donde el kenyata fracasa en Devil On the Cross. Triunfa porque Banana Bottom, aun siendo una novela ideológica, no es una novela ideológicamente predeterminada: es una narración viva, regida por la lógica (o la ilógica) de la vida, de la que el lector (si está atento y le apetece) extraerá las conclusiones ideológicas que el drama existencial de Bita y de los personajes a su alrededor le inspiren... no las que su autor se empeñe en perpetrarle.
La historia comienza con el retorno de Bita a Jamaica desde una Inglaterra en la resaca victoriana, donde ha recibido educación. Bita es la hija de un próspero agricultor negro, Jordan Plant, que ha conseguido reunir una enorme porción de tierras en el área rural de Banana Bottom. La madre de Bita murió al darla a luz y Jordan se casó al poco tiempo con su cuñada (Anty Nommy), que se incorporó a la casa con su hijo Bab. Bita, machota y asilvestrada durante su infancia y adolescencia, goza de amplia libertad para vagar por bosques y prados hasta que a los doce años la viola Crazy Bow. Que la “viola” es mucho decir, porque Bita no deja de acosar físicamente al raro muchacho —unos diez años mayor que ella— hasta que él pierde el control. Crazy Bow es un personaje delicioso al que el autor, tristemente, dedica poco espacio: se pasa la novela encerrado en un manicomio, lejos de la mirada del lector, a excepción de una breve introducción al principio y otra fugaz aparición al final. Es un sujeto permanentemente sumido en una especie de autismo musical, cuya relación con el mundo externo se vuelve conflictiva, o cuando menos espinosa, en cuanto desciende a la vida terrenal desde las melódicas esferas adonde le lleva su innata pericia con todo tipo de instrumento. Pero la “violación” de Bita lo hace desaparecer pronto del paisaje narrativo.
La famosa “violación” es un acto sin comillas (simple y llana violación) para todo el entorno de Bita y, en cuanto Sister Phibby Patroll, la correveidile del pueblo, hace llegar la historia a Jubilee, la misión dirigida por Malcom y Priscilla Craig, la buena misionera británica decide adoptar, educar y “salvar” a la muchacha. Años de desprendida dedicación de los Craig a Bita culminan en el envío de la adolescente a Inglaterra para una educación metropolitana que corone su proceso de formación: hecho inédito, nos cuenta el narrador, en el caso de una chica que, de todo el espectro de color desde el blanco al ébano que pinta el cuadro humano jamaicano, luce el matiz más oscuro, el asociado a los estratos menos favorecidos de esta sociedad colonial.
Antes de continuar, sin embargo, merece la pena asistir a la presentación que hace McKay de la insigne Sister Phibby porque los elementos principales de su estilo —mesura y elegancia descriptivas, dulce ironía, un ritmo casi musical y una narración tan preñada de posibilidades que podría bifurcarse cada pocas frases en una línea narrativa alternativa tan fecunda como la principal— son todos ellos bien perceptibles aquí:
“Sister Phibby Patroll, as the most excellent midwife of the Banana Bottom region, was credited with knowing more about the troubles and secrets of village families than any other person and what she did not know she conjectured.
Since the death of her husband, who had been the best barbecue-builder of Banana Bottom, she had been read out of church membership exactly three times and her cases had provided the most entertaining members’ meeting in the history of Banana Bottom. For among sacred entertainments there was none to challenge that that was held when the members of a church were summoned by the parson to a general meeting to review the lapses of transgressors and backsliders.
Sister Phibby’s first trial came when she was surprised in adultery with the village shopkeeper, whose wife she was attending in childbirth. But after adequate suspension she sought redemption and was received back into the fold again. The second shock came five years after her husband’s death, as a redeemed communicant, she presented herself with a fatherless baby. And the third marked the period of her change from being picturesquely sinful to become the village gossip of sin. She was cited for bearing false witness against a neighbor, because she had abused her position as midwife to declare that all the signs on the baby of a loose village wench pointed to a respectable married leader of the church at his father.
But with the years of graying hairs Sister Phibby had become more circumspect and, for a few venial lapses such as when she got drunk over the washing of a dead body, and backslid on such occasions into lecherous language, her manner of self-expression was limited to discret gossip.
Her aberrations did not create any real difference in her life for, in those Negro communities, it was a commonplace for people to fall from grace and return again and again, as if their native philosophy was that in the enjoyment of life there must be constant sin and repentance” (pp. 88-9).
En lo que a mí respecta, la frase “y el tercero marcó el periodo de su cambio, de ser pintorescamente pecadora a convertirse en el correveidile de pecados municipal” así como todo ese penúltimo párrafo terminado en “su forma de expresión quedó limitada a un discreto cotilleo” me parecen aciertos absolutos. Pero, para volver al hilo central de la historia: Bita retorna de su exilio pedagógico convertida en una auténtica “lady”, el orgullo de su familia de sangre, de su familia adoptiva (los Craig) y de las sociedades de Banana Bottom y Jubilee, sobre todo de ese segmento que comparte con ella el menospreciado color de piel.
Es fascinante el modo en que McKay incide en las tonalidades dérmicas y las detalla, no sin arrancar ciertas reverberaciones poéticas en la descripción del heterogéneo cromatismo: la progenie del colono escocés que viene a fundar Banana Bottom es “a variegated multitude from coffee-brown to café-au-lait” (p. 3); a otro personaje lo pinta como “a little tamarind-brown man” (p. 79); “Crazy Bow was the colour of a ripe banana” (p. 4); Yoni, una muchacha de Banana Bottom, es “dark with an underlayer of red like a cocoon” (p. 64); “The Misses Felicia, Elvira and Lucinda Lambert were the cashew-brown daughters of the ebony parson” (p. 65); el rostro de una chica es detallado como “ripe star-apple face” (p. 80); “Bita is in the black and dark brown group” (p.101), “Bita was black —to be precise she was the quite restful colour of dark blooming brown” (p. 254); Wumba, el brujo rural, es “opaque and heavy as ebony” (p.136); el Padre Delgado tiene la piel como “dried banana leaf” (p. 162); un cierto gentilhombre nativo “was a shade darker than Bita, his wife some shades lighter, a pretty honey-coloured woman” (p. 214); “Miss Delminto was a pretty and popular light-brown girl” (p. 276); la piel de Jubban, el ayudante del padre de Bita, “possessed a velvety indigo-black tone like an eggplant” (p. 279)... Y todos estos tonos entran en la narración como determinantes o coordenadas socioeconómicas porque, tal como nos explica McKay: “The social life of the colony was rooted upon shade and colour prejudice. During the epoch of slavery the lighter-skinned offspring of white men and black women had privileges that the black slaves had not. Although the Eurafricans were slaves the majority of them were attached to the master’s households, while the blacks worked in the fields. Many of the Eurafrican children were sent abroad to be educated by their fathers and some in time came into possession of landed property and even became slave-owners themselves [...] When slavery was abolished in the British West Indies the Eurafricans by their education and experience were in a favourable position to take advantage of the great social change [...] But as the Eurafricans developed in wealth and power they also approximated the social standards and attitudes of the white planters with little sympathy for the freed blacks and their problems, their struggles for social adjustment, and so there had developed between Europeans and Eurafricans on one side a system of social discrimation against the expatriate Africans” (pp. 296-7).
Bita, por tanto, tiene mucha “suerte” en haber ascendido, por razones de educación y adopción, a la cúspide de la pirámide social desde la posición que le hubiera correspondido por motivos estrictamente cromáticos. Suerte desde luego relativa, porque no está exenta de contraprestaciones. Y la más importante consiste en que Bita sabe —y a nadie se le oculta— que ella es el “experimento” de Priscilla Craig y que, como tal experimento, lo que le corresponde es avanzar de etapa en preconcebida etapa en cumplimiento de un destino planificado para la muchacha desde el principio por la mojigata y clasista misionera.
Priscilla es otro de los grandes logros caracterológicos de Banana Bottom. No exenta de bondad y de ciertas pinceladas liberales y humanistas, Priscilla suscribe ese tipo de antirracismo pseudoigualitarista que reconoce la dignidad del “negro” siempre que el “negro” reconozca a su vez la superioridad de la civilización colonial británica y se postre —aunque sea metafóricamente— en gratitud ante su paternalista benefactor blanco, o para ser tan precisos como McKay en la cuestión cromática, rosáceo Priscilla es, por tanto, una mujer con una misión, una misión reformadora y salvífica. A diferencia de su marido Malcom, cuya vocación misionera surge de una innata y tolerante bondad, Priscilla es una mujer rígida en sus principios, pero frágil de carácter, demasiado proclive a interpretar como frustrante ingratitud la menor desviación de cualquier oveja de su rebaño respecto del camino trazado para ella. Y no sólo juzgarlo como ingratitud, sino incluso atribuirlo a deficiencias acaso incurables de la raza que, sin ser nativa, se ha ganado el derecho a ser llamada así en cuanto que legítima heredera de los auténticos aborígenes exterminados, los taínos.
“If there was anything that Priscilla Craig and her fellow workers in Christ were agreed on in discussing the qualities of the natives,” —escribe McKay en su presentación de este fecundo personaje— “their faults and their virtues, it was the lack of restraint among them. Where the law of the land was concerned they were quite docile in obedience. But in the moral law generally they were so lax. They did not seem to grasp the meaning of the high social significance of existence. Sex was approached to easily. And for that reason some of the most promising young men and young women who had been chosen or had chosen the preaching and teaching professions often found themeselves halted and worthless in the midst of their career. It wasn’t because these people were oversexed, but simply because they seemed to lack that check and control that was supposed to be distinguishing of humanity of a higher and more complex social order and that they were apparently incapable of comprehending the opprobium of breeding bastards in a Christian community” (p. 16).
McKay reserva en exclusiva para Priscilla su encantadora retahíla de aliteraciones y resonancias paródicas: “That evening Bita returned to Jubilee. And when she spied Sister Phibby with Rosyanna at the kitchen window as the buggy drove up the gravelway, she knew that the story of the tea-meeting had already reached Jubilee, and was prepared for an ordeal. Mrs. Craig greeted her gravely. And she presided over the dinner table like a piece of sculpture, betraying no sign of the agitation burning within her” (p. 91). Nótese la resonancia entre lo “gravely” del saludo (“greeted”) de Priscilla, el término “gravelway” y lo “escultórico” de su actitud. Todo es petrificación en ella ante el primer signo de independencia de Bita, que llega de asistir a una celebración popular en Banana Bottom. Ante un nuevo acto de autonomía de Bita, Priscilla es descrita como “striding straightly through the mission like a person distrait” (p. 178). Y más adelante, al sentirse fracasada en su misión con Bita y con los “nativos” en general, Priscilla “was strangely a stranger in that tropical strange land” (p. 225).
En cuanto Bita retorna de Inglaterra para establecerse de nuevo en la misión de Jubilee con los Craig y recupera el contacto con Jamaica, empiezan a manifestarse las inevitables contradicciones entre su cálido, alegre, espontáneo carácter nativo y la contención y mojigatería que Priscilla espera (exige) de su transfigurada pupila. La relación con los demás —que Bita debería orientar, según Priscilla, sólo hacia las personas de su clase y educación— y la cuestión de los festejos y celebraciones populares —en los que Priscilla poco menos que prohíbe participar a Bita— se covierten pronto en caballo de batalla. Es, de un modo muy preciso, Britannia versus Jamaica. Porque Priscilla tiene ya decidido casar a Bita con Herald Newton Day, el pomposo seminarista a punto de graduarse como pastor, a fin de que esta pareja nativa, modelada en todo de acuerdo con los ideales británicos, suceda a los Craig al frente de de Jubilee cuando a Malcom y Priscilla les falten las fuerzas para seguir adelante con su apostólica misión. Y Bita, en este punto de la historia, todavía “had assented to his proposal of marriage merely to fit into a plan —something thrust upon her that she had not felt even a reaction to refuse, because, like her training, it was designed to serve a purpose that was more than herself —the crowning of her education [...] It had never been lost upon her, from the time the Craigs adopted her after the rape, that she was the subject of an experiment, and as she grew in understanding she had voluntarily conceded herself as one does to a mesmerist” (p. 109). De manera que, para Priscilla, todo lo que haga Bita, las actividades en las que participe, las personas que frecuente, las cosas que diga, se refleja de inmediato sobre la misión. Y para no desprestigiar a la misión, Bita tiene que ser en todo instante un ejemplo vivo y dignificado de los ideales que predica Jubilee. A ello está obligada Bita, piensa Priscilla, por una deuda de gratitud. Y con ello demostraría Bita —anhela Priscilla— el gran poder regenerador de la instrucción británica y, sobre todo, la gran obra que Mrs. Craig ha sido capaz de realizar en la muchacha.
A pesar de su sometimiento a los planes de Priscilla, Bita aborrece a Herald Newton Day desde el primer e inflado sermón con que le oye evangelizar a la parroquia. Herald predica, puede decirse, por el inmenso placer de escucharse la voz y para mayor engrandecimiento de sí mismo. Los problemas y preocupaciones de los feligreses le importan tanto como la vida post mórtem de los insectos. Es un hombre encantado de haberse conocido y tan identificado con la cultura colonial que hasta se ha olvidado del color de su piel. El conocimiento es para él un modo de llamar ignorantes a los demás; la moral, una plataforma farisaica desde la que contemplar el pecado universal y sentirse puro por contraste; la mejor de sus ideas no pasa de ser la repetición papagayesca de las cosas aprendidas. Entre Bita y Herald “there was a block of ice. She longed to be free from the irritation of his presence, so that she could push the eventuality of their union far out of her mind and then play without effort at the make-believe of being engaged. But he was so inevitable. Always intrusive and entirely lacking in intuition. She felt that if she had to bear always the constant contact she might just break out one day with something that would destroy irreparably the whole fabric of the plan that had been so carefully charted for her” (p. 110).
Pero no es Bita la que termina por quebrarse, sino el propio Herald, quien se esfuma misteriosamente justo antes del gran sermón con el que espera consagrarse en todo Banana Bottom como gran predicador y no aparece hasta que una cabra denuncia, con angustiados balidos, la presencia del zoofílico violador encima de ella. La propia rigidez de la superstructura formativa de Herald hace frágil su personalidad frente a impulsos poderosos no afrontados con la honestidad que requieren.
Este episodio, inesperado, cómico y valiente por parte de McKay como es, resuena en otro comparable que tiene a Priscilla por protagonista. Ahí la buena Mrs. Craig, que contempla con infinito desprecio una colección de máscaras africanas, sufre también un colapso de su superestructura moral y acaba precipitándose a una experiencia alucinatoria para danzar frenéticamente con las figuras paganas: “For those small statues with importants points exaggerated and others minimized the word that came to her lips was «grotesque». She could find no significance in them, so far were they removed from the classic Greek and Roman tradition. These objects seemed mere caricatures of a poor and miserably fallen humanity abandoned of God. But as she gazed fixedly at them they seemed to take on a forbidden actuality and potency, as if they were immortal, a state of being beyond grace and salvation [...] all that those masks on the wall, hideous things, contributed to the purpose of life was an eternal obscene greening [...] But gazing again at the masks, they all seemed to be hideously greening, and impelled to the wall by a magnetic power she attempted to touch one of them to test the reality of her eyes, when the mocking thing suddenly detached itself and began dancing around her. Others followed the first and Priscilla found herself sorrounded by a grinning, dancing fury [...] and suddenly she too was in motion and madly whirling round and round with the weird dancing masks” (pp. 198-9).
Para Bita el episodio de la cabra es definitivo en lo que hace a la reafirmación de su individualidad. Los planes de boda se desvanecen al instante, desde luego, porque a Herald lo empaquetan enseguida con destino a Panamá a fin de encubrir el escándalo. Pero incluso antes de la desfloración del pacífico bóvido, Bita ya había ido reencontrándose a sí misma y recordando el sabor de la independencia, gracias al contacto con la atmósfera rural de Banana Bottom y, sobre todo, a sus conversaciones con el hidalgo británico Gensir.
Devil on the Cross, la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o aludida al comienzo de este texto y que dio tema a nuestro artículo anterior, al igual que ésta un Weiberbildungsroman o “novela de formación femenina” (pero fallido), presentaba un ecosistema narrativo en el que blancos y negros, élites y clase obrera, imperialistas y nacionalistas... malos y buenos, quedaban todos ellos divididos por una estricta y maniquea divisoria de inspiración marxista. No ocurre lo mismo en Banana Bottom, donde los personajes no tienen que ser necesariamente negros, lumpen y anticolonialistas para estar en el lado de lo positivo, o incluso de lo adorable. Es el caso de Gensir, un aristócrata inglés poco aficionado a los manierismos de su clase, algo bohemio, muy cultivado, ateo pero respetuoso con toda otra doctrina, que ha optado por la vida campestre en la colonia, con su simpleza y austeridad, donde se dedica a la cosecha del folclore musical jamaicano. Nada puede haber más opuesto a las ideas de Priscilla sobre el arte y la educación que las de Gensir. Si para la Craig las máscaras africanas eran el producto de una humanidad caída, una representación de lo grotesco, lo obsceno, lo perverso, Gensir era el primero “to enter into the simple life of the island Negroes and proclaim significance and beauty in their transplanted folk tales and in the words and music of their native dialect songs [...] he had found artistry were others saw nothing, because he believed that wherever the imprints of nature and humanity were found, there also were the seeds of creative life, and that above the dreary levels of existence everywhere there were always the radiant, the mysterious, the wonderful, the strange great moments whose magic may be caught by any clairvoyant mind and turned into magical form for the joy of man” (p. 310); si para Priscilla, por otra parte, la educación es tallar al pupilo en virtud de un ideal programático y de acuerdo con las expectativas de su clase social, Gensir no cree “in the system of modern education. It grinds out certain fixed types on different grades to fit into a preconceived plan. And there is no room in it for one who would like to think and to act independently [...] All my relatives and friends had some better idea than myself of how I should live. What purpose should I live for. Wanted to dispose of my life for some noble ideal of service: a class, a cause, a loyalty. They were horrified because I thought it was the best thing for a man to devote himself first to the understanding and adjusting of his own life to life” (p. 122).
Gensir es importante para Bita, para su Umbildung, su deconstrucción-reconstrucción porque le proporciona la auténtica clave para “descolonizar la mente”. Y este proceso no pasa primariamente por dar la espalda al inglés como medio de expresión y a la educación recibida con él, como querría Thing’o, sino por invertir los términos de la colonización intelectual: ser ella, Bita, quien haga suyos los conocimientos recibidos, las herramientas mentales y espirituales adquiridas, a fin de determinarlos desde su independencia anímica en lugar de permitir que sean ellos, pasivamente asimilidados, los que la determinen a ella.
Una vez esta clave ha calado en Bita lo bastante como para decantar en predisposición, su ruptura con Jubilee es prácticamente inevitable. La excusa será su enamoriscamiento de Hopping Dick, el volátil galán local. Para Bita, atractivo, seductor y considerado. Para Priscilla: sencillamente un rufián de baja calaña que ni siquiera habla inglés con corrección. “A low peacock”, lo describe la Craig, “who murders his h’s and altogether speaks in such a vile manner” (p. 210).
La “vile manner” de hablar a la que se refiere Priscilla es la lengua criolla, de la que la novela da numerosos, amplios y sabrosísimos ejemplos. De hecho todos los diálogos entre los jamaicanos que no poseen la exclusivista educación de Bita o de Herald Newton ocurren en lengua criolla. Bita, en el episodio con Priscilla que acabamos de citar, la llama “broken English” (p. 210); el narrador se referirá a ella como “Negro dialect” (p. 261) y poco después (p. 262), hablando por boca de Bita, la llamará “Negro tongue”, haciendo una hermosa descripción de esta lengua en contraste con el modo de hablar de un afectado personaje, Marse Arthur: “His brittle voice [Marse Arthur’s] was unpleasant to her [Bita] and his small-town dialect so different from the peasants’ way of speech; their brief concise phrases, words dark and yielding as the soil and green as the grass wet with dew, pliant as supple-jacks and juicy as mangoes, sifted and moulded to give expression to simple Negro tongue”.
Si uno lee en el DRAE la entrada correspondiente a la voz “busilis” se encontrará con la siguiente etimología: “Del latín in diebus illis, mal separado por un ignorante que dijo no comprender qué significaba el busillis.” No tengo ni idea de si en jamaicano la expresión “nymph fer manaxe” significa algo o no, pero hay un cómico ejemplo de lo mucho que habría podido significar, al estilo de nuestro “busilis”, en la conversación que mantienen Anty Nommy y Priscilla Craig, las dos madres adoptivas de Bita, acerca del galán que provoca los suspiros de la muchacha: “She [Priscilla] could never understand a girl like Bita really falling in love with a man like Hopping Dick and to account for it she had come to the conclusion that Bita at bottom was a nymphomaniac. The sounding and pronunciation of that word was stupendous to Anty Nommy and in spite of the sad occasion she was pleased to think that it meant that Bita was a wonderful person. So after relating the conversation to Bita and trying to get her to see the matter from Mrs. Craig’s angle she ended by saying: 'And she said dat she be’n t’inking dat youse a «nymph fer manaxe»'. And Anty Nommy was at a loss to understand why the phrase should have sent Bita into such a fury” (pp. 221-2).
El criollo se desarrolla, entre otras muchas cosas, a partir de “malas” comprensiones y “deficientes” interpretaciones de la lengua colonial, pero por eso mismo resulta en una lengua viva, fecunda, elusiva, subversiva, constantemente creativa, libre y voluble en su manifestación escrita, heterográfica: “Honard miss”, escribe a Bita otro de sus pretendientes, digamos, populares, “I beg to apolojoys for trying to mek a little pleasantry wid you as a genelman and you not a lady as big to aprechiate it. I no jest a fool country naygur not know nothing, but I is a pusson travelled far abroad jest lak yousef an I is acquented wid all the etykwets. That why I wait until you was all alone by yousef to get a good introduction to you. I is sorry you tek it in sech a bad way and insult me lak a dawg but I is willing to forgive and even be a frien to you ef you will tek that back” (p. 131).
Rosyanna, la criada de la misión de Jubilee, nos ofrece delicias terminológicas como “deadickylous” (por ridiculous) y “sintiminious” (por sanctimonious) en los siguientes ejemplos de su uso del criollo: “Well, I nebber did heah ‘bouten sich a t’ing in all my life. Nebber did come up ag’inst anyt’ing so deadickylous. Lak a if dat woman done want me fer t’ink she not jesen a woman lak mese’f” (p. 206); “Ise a married woman mese’f [...] An’ I hab de right fer sleep wid mi husban’ all de tim’ cepen’ when him not at home. Ah doan’ shame nuttin’. Ah doan’ blieb in no sintimonious primsin’ an’ actin’ lak I was an angel when Gawd knowns Ise a woman. An’ de Bible says plain dat Gawd made woman as a hopmeet fer man” (p. 207). Los ejemplos que podrían citarse son, en fin, incontables y a cada cual más delicioso para el filólogo cuya aproximación a la lengua sea humildemente poética y admirativa en lugar de pedantemente normativa y academicista.
Bita, sin embargo, no retorna a la “Negro tongue”, ni tampoco se une a Hopping Dick. Tras separarse de la misión en términos amistosos, acaba por casarse con otro criolloparlante, Jubban, el mozo de Jordan Plant, ahogado mientras tanto en el río a causa de las lluvias tropicales que suceden a la larga sequía sufrida por la isla. Hay un emotivo y valiente episodio en que Bita y Jubban hacen el amor en el campo, en la misma carreta que transporta el ataud de Jordan, el padre de la muchacha: “It was strange and she was aware of the strangeness that in that moment of extreme sorrow she should be seized by the powerful inevitable desire for love which would not be denied. She was not oblivious of her father’s body in the back, but her conscience fortified her with a conviction of the approval of his spirit. He who had seemed to understand her all her life would understand now. Her spirit was finely balanced between the delicate sadness of death and the subdued joy of love and over all was the glorious sensation of life triumphant over death” (p. 289).
Jubban es, simplemente, un buen hombre que quiere a Bita con locura. Por supuesto, la sociedad de Banana Bottom critica a la muchacha por derrochar su educación y posición de semejante modo casándose con Jubban. Para ellos la decisión de Bita demuestra que siempre ha sido una campesina en el fondo de ella misma y que ahora retorna a su verdadera condición después del fallido experimento por parte de una ilusa pareja blanca de transformarla en “lady”. Pero, indiferente a las críticas y sin renegar de nada de lo aprendido, Bita manifiesta una inaudita capacidad para librarse de su condicionamiento educativo, y consciente, deliberada, autónomamente, seguir a partir de aquí su propia senda vital.

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