« Sembrando en el Infierno (Ngũgĩ wa Thiong’o I) | Main | De cómo un empacho ideológico puede arruinar una gran novela (Thiong'o III) »

10/16/2007

El Primer Thiong'o (Ngũgĩ wa Thiong’o II)

Thiongo4

La primera novela de Ngũgĩ wa Thiong’o —Weep Not, Child— ve la luz en 1964, después de una obra dramática inaugural, The Black Hermit, publicada el año anterior. Weep Not, Child, sin embargo, está firmada en Julio de 1962, cuando Thiong’o tiene veinticuatro años cumplidos (nace en Enero de 1938) y todavía falta cerca de año y medio para que los británicos se resignen por fin a la independencia de su gran colonia del África oriental. Más de una década de guerra y represión habrá sido necesaria para llegar a esa independencia que traerá consigo otras guerras y otras formas salvajes de opresión... más de un decenio de guerra descarnada y todos los lustros de desdichas e insatisfacciones que la precedieron desde antes de la Primera Guerra Mundial, aquellos días, como dice con no poca ironía Thiong’o, “before the whiteman ended tribal wars to bring in world wars” (A Grain of Wheat, p. 74).

Junto con la segunda de las novelas de Thiong’o (The River Between, 1965), Weep Not, Child constituye un único tapiz de la historia de Kenya y de los avatares del pueblo kikuyu desde la llegada de los misioneros a las estribaciones de las tierras montañosas hasta el periodo inmediatamente previo a la independencia. Ambas comparten no pocos elementos narrativos, así como rasgos y defectos técnicos. Por un lado, el héroe de la historia es en los dos casos un joven nativo (Njoroge en la primera; Waiyaki en la segunda) al que su padre (Ngotho; Chege), que ve en la educación colonial la herramienta para vencer a los propios invasores, ha colocado en medio de las poderosas líneas divisorias que fracturan la nación, el pueblo y la cultura de esta porción del oriente africano. En ambos casos la dicotomía tradición tribal/educación cristiana constituye la dinamo reflexiva; y en los dos se subraya el paralelismo entre el mito fundacional kikuyu y el cristiano, con especial énfasis en el elemento mesiánico presente en ambas tradiciones. En las dos novelas afronta el héroe un amor que es imposible porque el desarrollo de los acontecimientos lo ha situado al otro lado de la brecha ideológica que él se ha propuesto salvar: Mwihaki, en Weep Not, Child, es la hija de un colaboracionista (Jacobo), mientras que Njoroge proviene de una familia más cercana al Mau Mau; Nyambura, en The River Between, es la hija del converso Joshua, movido por la pasión fanática de un zelote, que quisiera exterminar hasta el último kikuyu “infectado” siquiera por vestigios de paganismo. Finalmente, ambas novelas desembocan en la tragedia del protagonista, estrellado contra la imposibilidad de lograr la síntesis que habría podido salvar del declive inexorable a su civilización.

Por otra parte, las dos obras son elementales en su arquitectura narrativa, considerablemente torpes en los diálogos, estilísticamente predecibles y con cierta tendencia a caer en lo melodramático. Más que mostrar y hacer sentir el propio ocurrir de las cosas, el narrador se apoya demasiado para el desarrollo de su historia en la descripción de los procesos mentales de los personajes que evocan ese ocurrir de una manera mediata, mezclándolo con las dudas, vacilaciones, inquietudes y esperanzas que abrigan esas figuras; perspectiva ésta que, en no pocas ocasiones, conduce a la repetición de los mismos contenidos en el ir y venir pendular de sus sentimientos y opiniones. Aun así merece la pena su lectura, primero, porque las historias en sí mismas no están exentas de cierto atractivo; segundo, porque pintan un mundo exótico para la imaginación y de profundo interés histórico; y finalmente, porque permiten contemplar los primeros pasos de Thiong’o el novelista y entrever al autor de la que será sin duda una de las mejores obras de la literatura africana, Petals of Blood (1967), que doce años después de The River Between marcará la plena madurez del gran escritor kenyata.

Weep Not, Child cubre el periodo colonial desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra hasta los albores de la Independencia. Es la historia de una familia no muy distinta, probablemente, de la que debió de tener el propio Thiong’o, que sufrió las consecuencias de la guerra Mau Mau con la muerte de uno de sus hermanos y la tortura de su madre a manos de las fuerzas coloniales. En la novela, Ngotho, casado con dos mujeres, Njeri y Nyokabi, es el padre de varios hijos: Kori y Kamau, el aprendiz de herrero; Boro y Mwangi, que lucharon contra Hitler en la Guerra Mundial, de la que sólo retornó el primero; y Njoroge, a quien Ngotho manda al colegio cristiano con gran esfuerzo económico por parte de la familia entera porque cree que la educación “is everything [...]. Yet he doubted this because he knew deep inside his heart that land was everything. Education was good only because it would lead to the recovery of the lost lands” (p. 39). Ngotho vive arrendado en la finca de Jacobo, el nativo enriquecido, y trabaja en la plantación del colono Mr. Howlands, que tiene en Ngotho un interés especial por la meticulosidad y afecto con la que éste se aplica a las labores de la tierra. Estas virtudes, sin embargo, no surgen ni del amor al trabajo ni de una particular fidelidad al británico, sino de un hondo sentido de propiedad del territorio ocupado, que para Ngotho es kikuyu por derecho de naturaleza y por sentencia del mito según el cual Murungu el Creador se lo donó a los primeros padres de la raza, Gikuyu y Mumbi.

Si la tierra es nuestra, se pregunta Njoroge, ¿por qué vivimos en ella de prestado? Y trata de responderse a través de una serie de correspondencias según las cuales Gikuyu es Adán, Mumbi es Eva, la raza kikuyu es el pueblo de Israel y Jomo Kenyatta, el Moisés Negro que les llevará de vuelta al mundo prometido. Si la tierra es nuestra, ¿dónde estaba tu generación mientras la ocupaban los blancos?, reprocha Boro a su padre la pérdida de la heredad. Y Ngotho responde enviando a Njoroge al colegio para que sea un factor determinante en la recuperación del paraíso perdido merced al poder que otorga la educación británica. La paradoja aquí reside en que, si ha de ser precisamente la educación la que efectúe y sancione la posesión del territorio, ¿no es esto validación suficiente del colonialismo? Y esto, en última instancia, no es más que otra manifestación de la pregunta que recorre de extremo a extremo el ámbito de la literatura africana: ¿quiénes o qué serían los Thiong’o, Soyinka, Achebe, Senghor..., incluso los Kenyatta y Biko y Nkrumah, sin el efecto (re)civilizador que llevó consigo el colonialismo? Una pregunta que no es retórica, no conlleva implícita una muda aprobación del proceso colonial ni mucho menos la justificación de sus excesos y aberraciones, sino que trata de subrayar la quizá irresoluble paradoja a la que se enfrentan Njoroge y Waiyaki, los protagonistas de Weep Not, Child y The River Between, así como la de todos esos autores que tratan de definir la identidad africana mediante las herramientas lingüísticas y conceptuales impuestas por la potencia colonial.

Con el recrudecimiento de los eventos en la primera de las novelas —la precaria situación laboral conduce a la huelga, la huelga a respuestas violentas, despidos y miseria incrementada, la pobreza agudizada empuja al levantamiento, y de ahí a la guerra...—, cada personaje deriva hacia el lugar, se diría, kármicamente prederterminado por sus comienzos: el excombatiente Boro pasa a la resistencia armada y se une en la jungla al Mau Mau, Jacobo se convierte en colaboracionista y jefe de la homeguard, Howlands ocupa el cargo de Oficial del Distrito, con mando sobre la policía colonial y nativa, Njoroge intenta seguir por la vía media de enriquecer su africanidad con la educación europea en un colegio cristiano, cuyo director “believed that the best, the really excellent could only come from the white man. He brought up his boys to copy and cherish the white man’s civilization as the only hope of mankind and especially of the black races. He was automatically against all black politicians who in any way made people to be disconected with the white man’s rule and civilizing mission” (p. 115). Y Ngotho, que ha participado en la huelga y ha sido en consecuencia despedido de la plantación, arrojado de la finca de Jacobo, se ha convertido para Howlands en un “symbol of evil that now stood in his path” (p. 120).

Hay un curioso paralelismo entre Ngotho y Howlands (más tarde reencarnado en el binomio Chege/Livingstone de The River Between, cf. p. 46) —ambos tienen un íntimo sentido de propiedad de la tierra y de pertenencia a esa misma tierra, ambos han perdido un hijo en la segunda guerra mundial... y ambos morirán el mismo día— que intensifica su confrontación cuando el desarrollo de los acontecimientos los sitúa en bandos enemigos. Jacobo muere a manos de Boro, lo que desencadena la represión de su familia. Ngotho perecerá como consecuencia de las torturas padecidas. Boro matará a Howlands también y será ejecutado. Njoroge es arrancado del colegio, detenido y golpeado, y verá destruidos sus sueños de elevación por la educación y el conocimiento. Irremisiblemente separado de Mwihaki, que sigue creyendo en la Kenya que Njoroge, desesperanzado, querría abandonar, el protagonista se ve al final abocado a una vida hueca y sin objetivo. El último episodio de la novela presenta su frustrado intento de suicidio, que deja flotando la pregunta de si su renuncia a la muerte voluntaria se debe a un asomo de esperanza en un mañana mejor o se trata de simple cobardía... la misma cobardía que Boro reprocha a Ngotho y que Ngotho llega a atribuirse a sí mismo por consentir, junto al resto de los hombres de su generación, la invasión británica.

En The River Between, Thiong’o nos retrotrae unas décadas en la historia de su pueblo respecto de la novela anterior, a ese periodo prologal de la colonización en que los misioneros, punta de lanza ideológica de la invasión y usurpación que están por llegar, se establecen en las estribaciones de las tierras montañosas que conforman el dominio de los kikuyus. Una descripción de ese territorio primigenio, imbuida de un lirismo del que está por completo exenta Weep Not, Child, inaugura la historia confiriéndole, lejanamente, algo del tono y la grandeza del Libro del Génesis:

The two ridges lay side by side. One was Kameno, the other was Makuyu. Between them was a valley. It was called the valley of life. Behind Kameno and Makuyu were many more valleys and ridges, lying without any discernible plan. They were like many sleeping lions which never woke. They just slept, the big sleep of their Creator.
    A river flowed through the valley of life. If there had been no bush and no forest trees covering the slopes, you could have seen the river when you stood on top of either Kameno or Makuyu. Now you had to come down. Even then you could not see the whole extent of the river as it gracefully, and without any apparent haste, wound its way down the valley, like a snake. The river was called Honia, which meant cure, or bring-back-to-life. Honia
river never dried: it seemed to possess a strong will to live, scorning droughts and weather changes. And it went on in the same way, never hurrying, never hesitating. People saw this and were happy.
    Honia was the soul of Kameno and Makuyu. It joined them. And men, cattle, wild beasts and trees, were all united by this life-stream.
    When you stood in the valley, the two ridges ceased to be sleeping lions united by their common source of life. They became antagonists. You could tell this, not by anything tangible but by the way they faced each other, like two rivals ready to come to blows in a life and death struggle for the leadership of this isolated region
(p.1).



Es un territorio primordial, donde el mito, hecho geografía, vive: el mito inscrito en la memoria de la raza, pero visible aún en el rostro de la tierra. Un mito tangible, hecho cuerpo, espacio, ecosistema, que vincula íntimamente a la tribu con la tierra así como con el Tiempo Primordial, determinando a partir de esta constelación elemental la identidad de la raza.

Chege puede llevar todavía a su hijo Waiyaki a través del edén creado por Dios, Murungu; señalarle en la distancia el monte Kerinyaga (He-who-shines-in-Holiness), sede del Creador, donde formó al primer hombre y la primera mujer, Gikuyu y Mumbi; mostrarle el árbol mítico Mugumu, consagrado a Dios, donde Mumbi puso el pie en el Kameno por primera vez; o descubrirle los caminos recorridos por el gran profeta Mugo wa Kibiro, antepasado de Chege y de Waiyaki, que veía el futuro y advirtió a su raza de la llegada de los invasores diciéndoles: “There shall come a people with clothes like butterflies.” Y les dijo también que nacería un salvador. Un salvador kikuyu. Y que por la acción de este salvador el pueblo recuperaría las tierras de su heredad. Pero el pueblo no creyó a Mugo y lo trató como a un loco. Y ahora Chege, en el alba de la desposesión, debe repetir la advertencia. Y también se le trata como a un loco. Así que Chege, al igual que Ngotho en la novela anterior, envía a su hijo Waiyaki al colegio cristiano de la misión, para que aprenda la magia y el poder de los blancos que permita al pueblo, llegado el tiempo de la predicción, arrojar de las tierras de los kikuyus a esas “gentes que vestidas como mariposas”.

Al igual que en Weep Not, Child, de nuevo nos encontramos aquí a un joven kikuyu lastrado con el imposible cometido mesiánico de tener que sumergirse en la tradición e ideología enemigas, comprenderlas y asimilarlas a fin de volverlas contra sus propios maestros y salvar por fin al pueblo sometido. Desde las altas, sagradas, edénicas, tierras kikuyus, la misión que Chege impone a Waiyaki se contempla como poco menos que “la pasión y sacrificio del hijo”, con su descenso a los Infiernos incluido. Pero en The River Between, alguien precede a Waiyaki en su intento de establecer un puente entre las dos tradiciones... Alguien lo precede trágicamente. Se trata de Muthoni, la hija de Joshua, el converso, el fanático, el zelote, la avanzadilla del misionero Livingstone en el macizo Makuyu, que contribuirá a que la (relativamente) ‘sana’ competencia entre las dos sierras por la preeminencia tribal en los ritos y los mitos aludida ya en la primera página se radicalice en la forma de una pugna a muerte entre los conversos sectarios, nutridos por un fervor inquisitorial, y los defensores de la pureza tribal, no menos violentos y extremistas que sus rivales. Muthoni huye de la casa de su padre para tomar parte en los ritos iniciáticos de la tribu y hacerse circuncidar. Se confiesa cristiana, pero quiere ser mujer y quiere ser bella según los preceptos de la tribu. Muthoni es repudiada por su padre y muere de la herida infectada como consecuencia de la circuncisión. Pero muere satisfecha; muere, dice, como plena mujer kikuyu... viendo a Jesús.

Hay una reflexión cuando menos peculiar, si no inquietante, a propósito de la ablación que este primer Thiong’o atribuye a su protagonista Waiyaki: “Circumcision of women was not important as a physical operation. It was what it did inside a person. It could not be stopped overnight. Patience and, above all, education were needed. If the white man’s religion made you abandon a custom and then did not give you something else of equal value, you became lost” (p. 142). Pero, por el contrario, muy a menudo el gran valor que se obtiene a cambio de la renuncia a una cierta tradición es justo la liberación que supone deshacerse de un uso, una práctica, que son mutiladores ya en lo físico o en lo anímico. El tema de la circuncisión femenina y masculina, presentada en la historia como uno de los ritos fundamentales de cohesión tribal, se halla en la novela en el epicentro de la contradicción que quisiera resolver Waiyaki y que afronta con tan pocas posibilidades de éxito. Parte del problema —tal como se infiere del escenario esbozado por el escritor— es que el sentir tribal es extremadamente tradicionalista y conservador; para él sólo importa de verdad el cuerpo colectivo, mientras que cada uno de sus miembros (cuyo lugar y comportamiento están rígidamente predestinados y protocolizados) vale sólo en cuanto que mera articulación del alma comunal; y la tradición de la que se nutre esa alma comunitaria, por su parte, está anclada en el tiempo mítico, es reacia a la innovación y se protege de ella con un sistema de tabúes y supersticiones que la enclaustran en algo así como una especie de burbuja atemporal. Por el contrario, la educación que persigue Waiyaki y que quiere impartir a sus compatriotas, después de haberla succionado de la civilización invasora, opera en favor de la individuación y del sentido crítico. No se ve cómo puedan fundirse estos dos elementos de ningún modo: aunque el resultado exterior sea al final el de un cierto colorismo transcultural, en el núcleo del ser humano y de su civilización uno de los dos se habrá impuesto al otro: consciencia crítica o sujeción al pasado irracional.

La muerte de Muthoni radicaliza a los bandos opuestos y enardece la cruzada del misionero Livingstone así como la de su paladín Joshua: todos los que no han renunciado por completo al paganismo son expulsados del colegio de la misión de Siriana, lo que inspira a Waiyaki para crear un sistema de escuelas “del pueblo” al margen de las misiones. “With the little knowledge that he had he would uplift the tribe, yes, give it the white man’s learning and his tools, so that in the end the tribe would be strong enough, wise enough, to chase away the settlers and the missionaries. And Waiyaki saw a tribe great with many educated sons and daughters, all living together, tilling the land of their ancestors in perpetual serenity, pursuing their rituals and beautiful customs and all of them acknowledging their debt to him” (p. 87) —ésta es la utopía cultural columbrada por Waiyaki. Su naciente amor por Nyambura, la segunda de las hijas del zelote Joshua, no debiera ser impedimento de esta visión regeneradora, sino por el contrario la manifestación afectiva de la síntesis que pretende para su pueblo. Cuando piensa en ello, sin embargo, la utopía de Waiyaki adquiere tonos disneylandeses: “He would tell the people —‘Unite’ [...]. For a moment he dreamt the dream. It was a momentary vision that flashed across his mind and seemed to light the dark corners of his soul. It was the vision of a people who could trust one another, who would sit side by side, singing the song of love which harmonized with music from the birds, and all their hearts would beat to the rhythm of the throbbing river. The children would play there, jumping from rock to rock, splashing the water which reached fathers and mothers sitting in the shade around, talking, watching. Birds sang as they hovered from tree to tree, while farther out in the forest beasts of the land circled around... In the midst of this Nyambura would stand. The children would come to her and she would talk to the elders. The birds too seemed to listen and even the beasts stopped moving and stood still. And a song rose stirring the hearts of all, and their longing for a new life in the future was reflected in the dark ayes of Nyambura” (pp. 119-120).

Hay un instante curioso en la novela, cuando Waiyaki, en su pretensión de unir al pueblo con independencia de sus religiones e ideologías, asiste a un sermón de Joshua y éste, tomando un nombre al azar para poner uno de sus ejemplos catequísticos mientras parece mirar fijamente a Waiyaki, usa precisamente el de “Njoroge”, ligando en un solo tejido inconsútil a los dos protagonistas del par de novelas comentadas en este artículo.

La utopía de Waiyaki fracasa del mismo modo que la de Njoroge, pero de un modo mucho más trágico. Aquí son los zelotes de la pureza tribal (y, sobre todo Kabonyi, que lidia con Waiyaki a lo largo de toda la historia por el liderazgo mesiánico) los encargados de destruir el sueño, las esperanzas y aun la vida del muchacho y de su amante. El último capítulo cierra la novela en un tono evangélico, con sermón y sacrificio crísticos incluidos. Es una lástima (o acaso un considerable fallo narrativo) que a Waiyaki se le atraganten las palabras cuando más cosas tendría que decirle a su cerril opositor Kabonyi y cuando, además, tiene todo el público oyente a su favor. ¿No ha encontrado el autor otro modo, convincente, de conducir a su héroe al sacrificio? Éste, convincente, no lo es en absoluto. En última instancia, la ironía del “River Between”, el Río-En-Medio, se confirma: Kenya es en verdad un país de muchas fracturas, señaladas por esos ríos que bajo el engañoso nombre de “Curación” dividen y confrontan a los hombres.

April 2008

Mon Tue Wed Thu Fri Sat Sun
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30        

Linkeratura Africana