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05/12/2007

The Pipeline: Un Fragmento Narrativo

A Anna Plans, con gran afecto y admiración


A diferencia de lo que he venido haciendo en este Blog hasta el momento, lo que sigue no es un artículo crítico ni la traducción de un original africano, sino un fragmento narrativo de mi novela en curso Un Pie en Wonderland. La razón de incluirlo aquí es que trata de ese periodo terrible de la historia de Kenya que fue el de la represión británica contra el Mau Mau, del que recientemente he leído una serie de obras turbadoras a fin de crearle un pasado (generacional) al personaje de mi historia. En lo que a mí respecta, antes de leer estos libros creía que el hecho de que las potencias democráticas anglosajonas hubieran derrotado a los nazis en la Segunda Guerra significaba algo realmente trascendental en la evolución humana. Lo que el patético espectáculo en Irak no había desmentido ya, la información contenida en estos libros ha acabado de hacerlo. Algo significó aquello, en cualquier caso, pero no el indeleble triunfo imaginado, sino poco más que la victoria en una pequeña batalla que desplazó el nazismo, o mejor la inhumana actitud del que deriva, de la superficie de las cosas al dominio de lo oculto y de lo hipócrita... desde donde, muy probablemente, esté causándonos mucho más daño.



.... Pero me estoy adelantando, porque todo esto no acabé de entenderlo perfectamente hasta la noche de la wake de Jenny. Y antes de eso Bea y yo, en la dolorosa tarea de cerrar el piso de nuestra amiga y arreglar sus papeles, hallaríamos una Jenny inédita, más sorprendente, en algunos aspectos, que muchas de las cosas ocurridas hasta entonces.

¿Hasta qué punto es lícito, me pregunto ahora, intentar comprender a un personaje, no por lo que fue para nosotros, sino por la marca que estampó en ella su estirpe? ¿Te determina el pasado generacional, cuando los actos de tus progenitores, incluso más atrás, tus ancestros, son de esa índole que no puedes ignorar, que pesa en tu conciencia por virtud de la sangre y la memoria compartidas? ¿Tiene sentido siquiera que el río de la sangre arrastre las culpas de generación en generación para que duelan precisamente allí, donde nazca un corazón lo bastante íntegro para sentirlas, aunque no le pertenezcan más que al delta del río las morrenas arrastradas por la corriente desde las impenitentes montañas? ¿Es legítimo semejante legado?

No haré aquí el farragoso relato de cómo recompusimos el puzzle Jenny a partir de las cartas, notas, diarios, aun extravagantes garabatos que en unos pocos días nos vimos forzados a examinar, fascinados por la personalidad que de pronto se nos revelaba como enigma; pero sí debo narrar a la Jenny que descubrimos, porque es la historia de cómo conocimos a nuestra amiga, sobre todo, después de muerta. Y a la luz de todo ello quizá, sólo quizá, “su definitiva y gratuita salida de tono” resulte en última instancia un poco menos Mersaultesca.

Parece que todo empezó en el último año escolar de Jenny, que ella surcaba de modo triunfal con la vista puesta en una carrera de ciencias. Le interesaban cosas como la microbiología, por aquel entonces, la teoría de cuerdas, los atractores extraños, y la función de la simbiosis bacteriana en la evolución de las especies según los postulados de Lynn Margulis... cosas, todas ellas, muy distintas entre sí, pero más lejanas todavía de lo que acabaría siendo su “misión” universitaria. El golpe de timón llegó con la muerte de su padre, que no le afectó, digamos, en profundidad pero que provocó un evento perturbador a los pocos días, cuando un profesor del instituto, un hombre de color que enseñaba literatura, al que Jenny conocía sólo de cruzárselo ocasionalmente por los pasillos, se le acercó de improviso para espetarle:
         I understand you are the daughter of the late Mr. Arthur Runciman?
        Yes.
         I’m deeply sorry for your loss, Miss. See, I’ll always be grateful to your father for sparing my life while at Embakasi, but I’ll never forgive him the thousands of African lives he contributed to destroy, or the dozens he ended by his own hand.
         Atónita, Jenny inquirió:
         Are you sure we’re talking of the same person?
         Arthur Runciman, the former Kenya settler? Blond hair, blue eyes, aquiline nose, strong build-up, with a scar under the left armpit? I’m pretty sure we are, Miss Runciman.

Jenny, que por aquel entonces no se llamaba Jenny Chamberlain, sino Alba Runciman (cosa esta que ignorábamos y que nos causó no pocas dificultades al comienzo de nuestro recorrido por su pasado, sobre todo porque Jenny habla en sus escritos de Alba a menudo en tercera persona), conocía de sobras las siniestras implicaciones del topónimo que el profesor John Mwaura le había arrojado a la cara: Embakasi, también llamado Satan’s Paradise en tiempos anteriores a la independencia de Kenya. Hoy Embakasi es un barrio más de Nairobi, pero en aquella cruenta época, la de la guerra contra el Mau Mau, el movimiento anticolonialista gikuyu, Embakasi era la sede del MMCI (Mau Mau Center of Investigation), dirigido por un departamento de élite de la policía colonial (the Special Branch) popularmente conocido por su brutalidad como las SS de Kenya.

Los horrores del Mau Mau y las multiplicadas, centuplicadas, miltuplicadas atrocidades de la represión británica formaban parte de la narrativa identataria familiar de los Runciman y, de un modo u otro, debieron de acompañar a Jenny desde siempre, aunque no averiguaría sus pormenores hasta tener la edad y el estómago para escucharlos. Probablemente, Jenny oiría al principio todo aquello como uno más de esos cuentos sobre periodos terribles del pasado de la humanidad cuya moraleja acaba siendo lo agradecidos que tenemos que estar y lo buenos niños que tenemos que ser por haber nacido en eras mucho más benignas. O quizá lo escucharía como una parábola sobre la ingratitud humana porque, según el mito doméstico, su padre, que tuvo que abandonar la colonia con la llegada de la independencia, había sido un protector de los maltratados “nativos”. Sí, nacido en Kenya de una familia noble de colonos británicos asentados en las Tierras Altas, fue uno de los muchos jóvenes que se alistaron en el Kenya Regiment, ansiosos por demostrar su valor cuando se desató la pesadilla del Mau Mau. Según ese mito, Arthur Runciman había luchado de manera valiente y caballerosa contra un enemigo furtivo, que masacraba familias enteras de colonos a machetazos bajo la protección de la noche; pero nunca, nunca, había participado él en las monstruosidades infligidas de modo indiscriminado a la etnia gikuyu como no fuera para mitigar el sufrimiento de las víctimas inocentes. Y cuando llegó la independencia, esas mismas víctimas a las que había protegido le forzaron a abandonar el país. Así decía el mito. Y Jenny, que no tenía una relación con su padre particularmente estrecha, tampoco debió de tener razones para cuestionarlo. Ni para cuestionar el mito, ni para identificarse demasiado con él: sencillamente vivía de espaldas a Kenya.

Hasta que la abordó Mwaura.

La madre de Jenny, Eve Runciman, no consiguió sosegar las inquietudes provocadas por el emigrado profesor. Quizá ni siquiera estaba en disposición de hacerlo. Catorce años más joven que Arthur, lo conoció ya en Canadá, cuando éste se trasladó allí desde Inglaterra, que fuera su primer refugio tras la “pérdida” de la colonia. Eve había sido, por tanto, una receptora privilegiada del “Mito Runciman”, incluso tejido, probablemente, durante los ardores del enamoramiento, por influjo del estro romántico y con fines de seducción gallarda.

Según lo que se desprende de los diarios de Jenny en aquella época, Mwaura le había removido las entrañas más, mucho más, de lo que ella podía explicarse a sí misma. Pasó el resto del curso investigando el periodo de la represión contra el Mau Mau en los libros que pudo encontrar, con la rara sensación de que todos ellos desleían el alcance de la barbarie. Corría el año 91 y estudios como el de Caroline Elkins, Imperial Reckoning: The Untold Story of Britain’s Gulag in Kenya (colosal en la amplitud y profundidad de su investigación, brutal en su descarnada objetividad), o bien no se habían escrito todavía, o no le eran accesibles al lector occidental común. Incluso el testimonio autobiográfico Mau Mau Detainee: The Account by a Kenya African of his Experiences in Detention Camps 1953-60, que le prestó el propio Mwaura, se quedaba lejísimos, le advirtió éste, de los horrores de Embakasi.

Una y otra vez se pregunta Jenny en aquellos diarios por qué llega a afectarle tanto una información que ni siquiera puede corroborar de manera fehaciente: Y en el peor de los casos, ¿qué, si mi padre fue un torturador y un asesino? Sus culpas son sus culpas y sus pecados, sus pecados. Mi padre es mi padre. Yo soy yo. Pero una y otra vez se contradice: Pensar que me han tocado, sostenido, abrazado las manos de un monstruo; que un monstruo me ha dado sus genes, la vida, que me ha formado, me ha proporcionado los medios para ser lo que soy... ¿Cuánta de su monstruosidad llevo conmigo? ¿Cuánta presión se necesita para que emerja? Por lo que respecta a Mwaura, se desespera con él: Después del maldito pésame, ¡nada! ¡Hermético como la Esfinge! Sí, me presta algún libro, sugiere como por descuido un indicio u otro sobre la situación histórica general, pero no responde a lo que insisto en preguntarle... ¡y podría aclarar tantas cosas!. A veces parece arrepentido de haberse dirigido a mí en un primer momento; otras se diría que ésta es su forma particular de venganza. También es por esta época cuando Jenny empieza a tener relaciones afectivas y sexuales con otras chicas, aunque la hipótesis de que la causa fuera el desmoronamiento de la figura paterna resulta demasiado de manual para no ser risible.

Hacia finales del curso, Jenny se ha olvidado por completo de la microbiología, la simbiosis bacteriana, la teoría de cuerdas y los atractores extraños, y sólo ansía continuar sus pesquisas desde la universidad, sirviéndose de los medios que podía ofrecerle el departamento de estudios africanistas. En alguna ocasión esta idea le hace fustigarse a sí misma: Sólo pienso en el fin egoísta de curar mi memoria, poder volver a mirar las fotografías de familia con la inocencia de otro tiempo en lugar de ver a un intruso escalofriante donde antes viera a mi padre, un muro entre mi madre y yo. Y, sin embargo, si mi padre es la mitad de lo que sospecho que fue, debería ver estos estudios como la ocasión para compensar al pueblo gikuyo, en la medida de mis parcas posibilidades, por lo que mi padre le arrebató. Reflexiones, a su vez, que le hacen revolverse contra el sentimiento de una deuda generacional: ¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no le he hecho nada a esa gente! ¡Yo no elegí ser la hija de mi padre! Runciman es un extraño para mí. Lo de castigar las culpas de los padres en los hijos hasta la enésima generación es una imbecilidad característica del Antiguo Testamento, pero no va conmigo: ¡Al infierno con Yahvé! Y de nuevo, cuando halla la vía para penetrar más y más en las brutalidades de la represión: Hombres castrados, sus testículos aplastados con alicates hasta que revientan en una gelatina incierta de fluidos y de membranas rotas; mujeres desnutridas forzadas a cavar, con sus críos moribundos o ya muertos a la espalda, los fosos que rodearán las aldeas vigiladas en las que se hacinará a los gikuyo aún no enviados a los campos de exterminio, arrancadas al esfuerzo sólo para ser violadas por los guardianes, varias veces, de muchos modos... golpeadas hasta la muerte si después no cumplen sus cuotas de trabajo; serpientes introducidas por la vagina de las adolescentes; hombres colgados bocabajo durante días mientras les atiborran el recto de agua y arena y les obligan a comerse sus propios testículos, sus orejas, sus dedos o sus ojos; niños desmembrados o cazados con armas de fuego por deporte, desde los jeeps que patrullan los campos; detenidos reducidos a pulpa sanguinolenta por los golpes de los torturadores blancos y negros a los que después les meten gusanos y escorpiones por la boca y el ano... ¿De verdad tomaste parte en todo esto?

La relación con Mwaura es tensa, casi podría decirse que patológica, hasta que un día, hacia la mitad de los estudios universitarios de nuestra amiga, desaparece totalmente de sus escritos. Quizá muriese; quizá, simplemente, no volviese a saber de él. Por fin Jenny termina la carrera y decide irse a Kenya. Abriga la esperanza de que el capital de información al que podrá acceder in situ, en el Kenya National Archives de Nairobi, le permitirá resolver por fin sus dudas y ansiedades, aunque oficialmente viaja becada por la Universidad de Ontario con el fin de realizar la investigación de campo que requiere su tesis sobre la tradición oral gikuyu. Para entonces Jenny ya no es Alba Runciman, sino Miss Chamberlain. Para entonces también Jenny tiene un conocimiento detallado de lo que fue el sistema de campos de concentración británicos, denominado en su tiempo the Pipeline (‘la Tubería’), que canalizaba arriba y abajo del catálogo de los horrores, según el imaginario grado de contumacia de los sospechosos, a los acusados de pertenencia al Mau Mau.

El tema de la tesis no es casual: le posibilitará el acceso a supervivientes de los campos o, cuando menos, a sus allegados y descendientes. Ya en Kenya, simultanea ambas líneas de investigación, la personal y la académica. En el Archivo Nacional de Kenya descubre que en Embakasi había en efecto dos británicos con las iniciales A. R., y logra deducir que ambos eran jóvenes colonos del Kenya Regiment adscritos por un tiempo a la Special Branch. Recuerda de pronto haberle oído hablar a su padre mucho tiempo atrás del primo Tony, Anthony Runciman, tan parecido a él y tan unido a él en el afecto que siempre los tomaban por hermanos mellizos. Por unos momentos, quiere creer que Mwaura se equivocó de hombre, se confundió de Runciman. Luego recuerda el detalle ofrecido por el profesor de la cicatriz bajo la axila izquierda y concluye que el parecido no llegaría a tanto, no incluiría rasgos accidentales. Por último, hasta teme haber inventado el recuerdo de Tony para exculpar a su progenitor y escribe a Eve Runciman, que le confirma la existencia del tío Anthony, y le envía una fotografía de ambos primos de uniforme, churriguerescos, vestidos a lo general Custer, sonrientes y abrazados por los hombros al alistarse al Kenya Regiment en 1953. Efectivamente, parecen hermanos. Jenny no había visto nunca fotografías de su padre en Kenya y sólo ahora le parece extraña esta laguna.

Nuevas inquisiciones le revelan que a uno de estos dos A.R. sus camaradas británicos lo llamaban Vlad, y también Ass-Ripper, porque era aficionado a empalar a los detenidos con el keberethi, la gruesa lanza de los jerarcas gikuyo; y cuando los había desgarrado suficientemente por dentro y por fuera, les metía ratas hambrientas en el cuerpo. Los gikuyu lo temían como al mismo diablo y lo apodaban Gethemengo, Ojo Maléfico. A.R., descubrió Jenny también, había sido inciado en los misterios del horror por el Dr. Bunny, el célebre “Mengele de Kenya”, bautizado así por sus experimentos imaginativamente sádicos con cobayas gikuyu. En este punto, a Jenny le importaba bien poco ya si A.R. es Arthur o Anthony Runciman. No podía haber... de ningún modo podía existir un A.R. inocente y bueno en la órbita de semejante endriago. Ha de ser de esa misma época la hoja suelta de papel sin fecha entre sus viejos diarios en la que Jenny establece turbadoras correspondecias y realiza esquemáticos dibujos no menos inquietantes. En el centro de la página se ve la bandera inglesa con un círculo rojo en medio (lo que le da un aire similar al de la enseña imperial nipona de la Segunda Guerra) y la esvástica inscrita en él. En la cabecera de la página, la siguiente serie de equivalencias:

AR = Arthur Runciman = Anthony Runciman = Alba Runciman = Ass Ripper.

Debajo, a la izquierda, escribe:

GB [Great Britain] defeats NZL [Naziland].
Dr. Bunny => Mengele Special Branch =>
SS Embakasi => far worse than Auschwitz
GB metamorphoses into NZL.


A la derecha del papel dibuja una línea irregular que sugiere la costa de Kenya, un círculo en el interior sobre el que anuncia “Embakasi” y un complejo trazado de líneas al que señala como “the Pipeline”. Debajo de éste anota: “AR, Master Plumber”, y copia a su lado el poema introductorio a las Canciones de Inocencia y Experiencia de Blake, del que subraya en rojo cada aparición de “pipe”, o de un derivado suyo, e invierte el sentido de los versos substituyendo términos clave pero sin desmontar las rimas:

Piping down the valleys wild
Piping songs of mortal greed
On a cloud I saw a child.
And he weeping said to me.


Pipe a song about my Land;
So I piped my hate and fear,
Piper try that song again—
So I piped, he wept to hear.


Drop thy pipe thy mortal pipe
Sing me songs of happy chear,
But I sung the same again
While he wept with pain to hear


Piper sit thee down and write
In a book that all may tear—
So he vanish’d from my sight.
And I carved the thickest spear.


And I made a fearful den,
And I stain’d the water clear,
And I wrote my lethal songs
Every child may die to hear.


A la izquierda del poema, finalmente, el dibujo atormentado de un niño negro, como visto a través de los ojos del Goya que alucinó los Caprichos.

Son muchas las cosas que podrían decirse de semejante ensalada gráfica. La reconversión del poema de Blake, con el Piper transformado de “flautista” o “caramillero” en “custodio de la Tubería”, esto es en A.R., e interpelado por un niño gikuyu es ya de por sí bastante angustiosa. Pero más alarmante resulta todavía que Jenny incluyera su propio nombre original en el polinomio que se extiende de A.R. hasta Ass-Ripper. ¿De verdad se atribuía tanta culpa a sí misma como a su padre y a su tío?

Ya he dicho que, a estas alturas, a Jenny le importaba bien poco qué A.R., cuál de ambos primos, fuese realmente Vlad, Ass-Ripper, Gethemengo...; en algún lugar llega a sugerir incluso que A.R. podría ser una síntesis de los dos. Lo que sí se pregunta todavía es por qué tanto Anthony como Arthur dejaron la colonia con la independencia y por qué tanto uno como otro contaron luego versiones similares del “Mito Runciman”. Pues para entonces, Jenny ha rastreado ya el destino de Tony y sabe que murió en Inglaterra no mucho después de migrar a la metrópolis, en circunstancias poco esclarecidas. Y se lo pregunta porque el resto de los criminales de la magnitud de A.R. y de los torturadores de su misma calaña, ya fuesen colonos y militares y funcionarios blancos o perteneciesen a los nativos pancistas que constituyeron la brutal Home Guard, se quedaron allí, en Kenya, sin que nadie les pidiese cuentas, disfrutando los bienes y las tierras que habían expoliado impunemente a sus víctimas. En efecto, Jomo Kenyatta, transfigurado de la noche a la mañana de enemigo público número uno en mascota de los británicos, elevado a primer presidente de la independizada nación, consolidó la situación heredada con retórica gandhiana y un pragmatismo sin precedentes... o indecente oportunismo (la historia está todavía por juzgarlo).

¿Así pues, por qué habían “huido” los Runciman?

A Jenny le costó un viaje a Inglaterra y el examen de un millar de documentos recientemente desclasificados el descubrir que A.R. había urdido un complot para asesinar a la parlamentaria laborista Barbara Castle durante su visita a Kenya a finales de 1955. Castle fue una de las voces más contundentes contra la represión británica en Kenya. Estaba en el punto de mira de los conservadores que querían mantener a toda costa el imperio; los colonos la odiaban; incluso el fiscal general de la colonia, Eric Griffith-Jones, llegó a tildarla, parodiando su apellido, de esa perra encastillada (that Castlellated Bitch). El atentado, no obstante, falló. Algo más tarde, en cualquier caso, A.R. aparece implicado en un chantaje al arzobispo anglicano de Mombasa, Leonard Beecher, que sí debió de tener éxito porque el prelado pasó en pocos días de denunciar las atrocidades del gobierno colonial a “avengonzarse” de los testimonios publicados por los denunciantes. Quizá fueran estas “misiones”, realizadas bajo los auspicios de algún sector de la Inteligencia británica caído en desgracia tras el acceso de Harold Macmillan al poder en 1959, las que pusieron a A.R. en peligro, forzándole a emigrar a Canadá (en caso de haber sido Arthur Runciman) o conduciéndolo a la muerte (en el caso de Tony). O quizá no, y todo esto no sean más que especulaciones. La cuestión es que Jenny interrumpió sus pesquisas en este punto y retornó a su país, donde presentó una tesis doctoral brillante.

Pero este largo viaje desde su primer intercambio con Mwaura, este periplo interno y externo había cambiado a Jenny, que en un e-mail a su madre en los primeros meses del nuevo milenio se queja: No siento nada. Actúo por disciplina. Sin entusiasmo. Recuerdo que Alba Runciman tenía un alma. A Jenny Chamberlain este mundo le resulta demasiado inhóspito para albergar una. También por entonces, durante sus primeros tiempos como profesora en la Universidad de Ontario, empieza a escribir una novela sobre un conciliábulo de jóvenes africanos y europeos en la Kenya de la independencia que deciden tomarse la justicia por su mano y asesinar metódicamente a todos los criminales del periodo de la represión. Tras un centenar de sanguinarias páginas abandona el proyecto.

Otras curiosidades nos revelaría la memoria escrita de Jenny, como el hecho de que los Runciman pudiesen retrazar su historia familiar hasta un cierto Earl que había luchado al lado de los monárquicos durante la guerra civil inglesa de 1642 y que, tras la Restauración, fue uno de los principales persecutores de Milton, reclamando sin cesar para el viejo republicano la cuádruple muerte que se infligía a los traidores. Quizá el viejo Earl nunca lo supo, pero estuvo a punto de librar al mundo del Paraíso Perdido, el Ídem Recobrado y Sansón Agonista; y a mí, de una ingente labor traductora.

Jenny jamás nos había dado ni siquiera indicios de todo esto y cabe dudar de que, voluntariamente, hubiese llegado algún día a compartir con nosotros su dilatado y fecundo pasado. Así que en cierto modo resultaba injusto que fuese esta otra Jenny, desconocida en vida, recién descubierta, la que estuviese tan presente entre nosotros (entre Bea y yo, cuando menos) la noche en que nos reunimos para recordarla y despedirla.

Hay algo de paradójico en este rito de recordar para despedir, de evocar al amigo o la amiga extinta para reconciliarnos con su olvido. En este caso, la paradoja era tanto más severa porque, mientras Jenny se había disipado con sus cenizas diez días atrás, el espectro que se paseaba entre nosotros, casi tangible aquella noche, era el de Alba Runciman. Y no diré que fuera un espectro mustio por todos los años que pasara sepultado, sino más bien risueño a causa de aquella, si breve, liberación. Desde luego, habíamos puesto a nuestros amigos en antecedentes; día a día la red telefónica y la cibernética habían canalizado los datos exhumados en una dirección y la sorpresa (aun a veces la extrañeza e incredulidad) de los receptores en el sentido contrario. Pero en lo que hacía a Luis y Micky y Wole, e incluso a Ingrid, que apenas había conocido a nuestra amiga, la historia desenterrada de las cartas, diarios, dibujos y ordenadores de Jenny, a modo de puzzle, no alteraba en absoluto la imagen que conservaban de la vivaracha, amorosa, entusiasta, pugnaz, a menudo arisca, violenta a veces, caótica, brillante canadiense.

April 2008

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