Dos novelas de Cyprian Ekwensi: JAGUA NANA e ISKA
Cyprian Ekwensi (Nigeria, 1921) es uno de los novelistas africanos más prolíficos. Quizá también de los más irregulares. De su caso, me llama la atención sobre todo que haya escrito dos veces la misma novela: primero (Jagua Nana, 1961) con reconocible éxito; después (Iska, 1966), pariendo un perfecto despropósito.
Hay autores que lo son de una única historia. He olvidado ampliamente a Stendhal (y sin ningún cargo de conciencia, por cierto), pero sí recuerdo que en todas o casi todas sus novelas se repite un mismo núcleo de episodios —entre ellos la caída del caballo del protagonista para ridículo suyo ante el público circunstante, evocación de la propia experiencia del autor a su entrada en Milán con las tropas napoleónicas—, como si buscasen una y otra vez el cuerpo narrativo que mejor pudiese contenerlos y articularlos. Blake reescribe siempre el mismo mito, en formatos cada vez más audaces, extensos e impenetrables. Joyce, en el fondo, retorna siempre a la misma historia, tratando su insubstancialidad original con la terapia progresiva del exceso y la extravagancia(: puede decirse, desde esta perspectiva, que Ulyses es un caso de patología iatrogénica). Pero esto no es lo que le ocurre a nuestro autor africano: Ekwensi triunfa (relativamente) en Jagua Nana para luego fracasar (memorablemente) en Iska: Iska es más o menos como el eco gastrointestinal del ajo.
En realidad, el andamio narrativo de ambas obras es extraordinariamente simple: tanto Jagua Nana como Iska son un recorrido por espacios significativos de la sociedad nigeriana vistos por los ojos de una atractiva mujer, y gozados y sufridos a través de su piel. Ekwensi, no me cabe duda, acabó (o quizá empezó) enamorándose de su personaje en Jagua Nana. ¡Quién no! Escribe con tanto anhelo de —y fascinación por— Jagua que el autor se convierte en una compañía inexpurgable durante el acto de lectura, indesterrable: entre Ekwensi, en los márgenes de la novela, y Jagua dentro de ella se da un continuo coqueteo del que saltan chispas de seducción para peligro de las pestañas del que lee. Pero esto es también parte del embrujo de la novela: asistir al encantamiento por el que el creador, fascinado por su criatura, se olvida de que es obra suya para perseguirla sin esperanza por los espacios del deseo y la fantasía.
El recorrido de Jagua empieza en Lagos, la capital federal y continua fuente de estupefacción para Ekwensi. Jagua —“They called her Jagua because of her good looks. They said she was Ja-gwa, after the famous British prestige car”— es una prostituta aún lozana que siente el paso del tiempo y, precavida, mantiene a un estudiantillo loco por ella como seguro de vida, de compañía y protección en años más maduros y menos productivos. Jagua, apoteosis de la carne, y Freddie, intelecto oportunista atrapado en las seducciones de la hembra al tiempo que roto de celos y humillación, son los dos polos que permiten desplazarse al autor desde las banalidades académicas del British Council hasta la “bright life” del nocherniego Tropicana, con su ritmo acelerado y su omnipresente líbido.
De hecho, la historia empieza con la asistencia de Freddie y Jagua a una sesión del citado B.C. y con la partida de la mujer, asqueada, a mitad de la conferencia. El muchacho se ve obligado a correr tras ella por el mismo pasillo en que resuenan sus tacones poderosos y los andares cúrveos de Jagua arrastran los ojos desvalidos de los doctos, previamente adormilados. “The rhythm she infused into her walk —dirá de ella Ekwensi más adelante— awakened men’s staring instincts and she could see the startled looks on the lifting faces. As long as there were men in Lagos who knew what that walk promised, she knew she would always be Ja-gwa.” Teniendo en cuenta que Jagua, ya en el último tercio de la novela, recuerda “the day at the British Council when she had walked out and Freddie had run after her in anger. That day —in some way— must have marked the beginning of their separation. Freddie with his pursuit of books and lectures, she with her pursuit of the bright lights, and good time. The gulf had never narrowed since that evening”, la historia es en cierto modo el relato de su separación y de la de lo que cada uno de ellos representa: Jagua, la vida misma, la inmediatez, lo efímero, la belleza caminante y desgarradora, tirana, lo postergable de toda consideración moral...; Freddie, la distancia intelectual, la ingenua pretensión de regir y encapsular la vida desde la asepsia de la norma, el ideal desencaminado, el oportunismo académico y político... Pero en todo esto Ekwensi no denuncia actitudes: presenta hechos y contrasta posiciones mientras pasea a su Jagua irrevocable por la trepidante Lagos, y por la vida tradicionalista de la Nigeria rural, y de nuevo por Lagos, su centro, sus arrabales, los cubiles de inocuos hampones y los hediondos espacios de los políticos, universalmente corruptos.
Sorprendentemente, Jonathan A. Peters, en el capítulo que dedica a la narrativa en inglés del África occidental dentro del libro editado por Owomoyela, Twentieth-Century African Literatures, escribe que “Ekwensi himself becomes captivated with her [Jagua’s] magnificience and power to the point of exonerating her faults. For while Taiwo receives his just deserts, Jagua, who escaped to Lagos to become a prostitute because her husband did not meet her demands for sex and the good life, ends up with five thousand pounds, which, in an impossible contrivance, her latest lover, Taiwo, had left her before he died. She is able to go to Onitsha to start life as a merchant princess with money that Taiwo had stolen from party coffers”. Es una forma miope de abordar la novela. Nada más lejos de Jagua Nana que el sometimiento al principio de justicia poética. Jagua es fascinante porque es profundamente humana sin ser moral y, si al final de la historia encuentra cierta forma de redención en la rústica Onitsha, aquella lo es en los términos de una serenidad naturalmente adquirida, no de una autoimpuesta expiación.
Similar recorrido el de Filia en Iska. Aquí, sin embargo, Ekwensi afronta más de cerca los problemas del tribalismo y la violencia política. Como hemos avanzado, escribe Iska en 1966: un año después estallaría la guerra de Biafra, desencadenada por la violencia interétnica de los norteños (hausa) contra los orientales (ibo). Filia es ibo, colegiala, católica; su amante, Dan Kaybi, es incipiente político, hausa, musulmán: casándolos de forma precipitada contra el deseo de sus respectivas familias, Ekwensi nos arroja de golpe, pero muy superficialmente, a las calamidades de la fractura tribal. Recién y contestatariamente casada, Filia debe viajar con prisas desde Kaduna, capital de la Nigeria hausa, a la rústica Ogabu de la Nigeria Ibo, por la muerte repentina de su padre. De nuevo la vida independiente urbana frente al tradicionalismo rural que ya encontramos en Jagua Nana. La autosuficiente Filia estalla cuando su madre le reprocha su boda y trata de imponerle un marido alternativo, más acorde con la costumbre. “I like men who are modern —exclama la hija—. I like men who do things. I like men who are elegant and civilised, not just those who think their money can buy me.” “All this you’re saying is nonesense —replica la madre—. The talk of youth. If you had married a decent man it would be different. All these things you like in Dan Kaybi are fleeting. Nafotim is from Ogabu. He is Ibo. Whatever happens, you and he will come back home here to the same soil. You will understand each other from the start. We know the history of his family [...] There has been no madness, no infectious disease in the Nafotim family”. Un fácil duetto que no deja de recordarme a la reivindicativa “Father & Son” del viejo Cat Stevens.
De Ogabu, nuevamente a Kaduna donde Dan Kaybi ha muerto, víctima del conflicto entre tribus, y de allí a Lagos, de la que Filia llegará a opinar: “This was a place as artificial as plastic dishes, as treacherous as the eroding hillsides of Milikan Hill. This was what they called Lagos: a circus, a cinema show put on by some ambitious ass simply to have pages of history written for him by clowns. A home of bastards... and phony characters all searching for their own identity”. Aquí reside gran parte del problema con Iska: allí donde va, Filia denuncia: confronta al asesino de su marido en su celda carcelaria en un episodio hiperbólicamente melodramático y, en escenas igualmente insubstanciales, recrimina al veterano funcionario Gadson su falta de iniciativa y de virilidad; al líder sectario Piska Dabra, su falsedad; al político Nafotim, su podredumbre; al periodista Dapo Ladele, su deshonestidad mercenaria...
Ekwensi quiere recorrer de nuevo a través de la experiencia de su personaje, como hiciera en Jagua Nana, todo lo que apesta en la sociedad nigeriana: el peso del tradicionalismo, el veneno del tribalismo, la high-life de Lagos y el juego de influencias, la religión sectaria, el carácter acomodaticio, cobarde y desvirilizado del funcionariado, el tenor meretricio de la prensa, la podredumbre política... Pero lo cierto es que Filia protesta mucho, ofrece poco: ella misma no constituye la contraparte ética que podría dar peso, en todo caso, a la denuncia. Tampoco posee la dimensión anímica de Jagua, ni arrastra consigo la riqueza existencial donde toda esa putrefacción quede reflejada y desnuda. Filia es más Freddie que Jagua; artificial, en lugar de íntegra... animalmente.
Llega un punto en que Dapo Ladele, el meretricio gacetillero, se da cuenta de pronto de que “there was something intangible about this girl. Some mystery he had never been able to penetrate”. En realidad, éste es justo el reproche que uno puede hacerle al propio escritor, Ekwensi, incapaz aquí de penetrar en Filia, tocarla, revelar o sugerir ese misterio. En cierto modo, Ekwensi es aquí culpable de la misma falta que Gadson, de la misma fallida erección a la hora de hacerle el amor a su personaje. La reflexión de Ladele ofrece las dos frases más reveladoras de toda la novela y éstas no ponen de manifiesto sino el absoluto fracaso de su composición.