No valdría demasiado la pena perder aquí el tiempo con las teorías racistas de Cheik Anta Diop (Senegal, 1923-1986) sobre el origen de la civilización, si no fuera porque son más mito que ciencia y, como tal mito, mucho más interesantes para el estudio de la literatura africana que para la dilucidación de la historia de ese continente. De hecho, en estas disquisiciones, ya hemos visto a Ayi Kwei Armah recurrir al mito de Diop para fundar la narrativa de su KMT: In The House Of Life (An Epistemic Novel), y hacerlo con notable éxito literario. Al fin y al cabo, la mitología del ilustre senegalés posee todos los elementos novelescos de un moderno best seller: es vastamente asequible en cuanto a estilo y concepto, pinta un mundo de sencillos buenos y malos distinguibles por el color de la piel; habla de las conspiraciones de la nefanda y tentacular logia académica blanca para robar su historia a la raza negra, incluso del ocultamiento de reveladoras momias; explora el origen de las pirámides, de los jeroglifos, de los megalitos celtas; reinterpreta el rapto de Helena; recodifica el nombre de la capital de Francia, retrazándolo hasta la misma diosa negra Isis; cuenta las aventuras y desventuras de aquellos crueles pastores blancos de la estepa euroasiática, que fueron a saquear y someter la gran civilización negra, extendida sin solución de continuidad desde África hasta la India y quizá incluso hasta Sudamérica; y, en última instancia, aspira a reescribir la historia entera con tinta de otro color... Aspiración, dicho sea de paso, siempre bienvenida por quien escribe estas líneas.
Toda historia es mito, cierto: es decir, toda historia es una narrativa interesada que organiza, no hechos, sino el recuerdo fragmentario y disperso de los mismos, según un eje de relativo determinismo. Comparada con la vida que aspira a entender y a contar -con los millones de situaciones y eventos e individuos que se han vuelto inasequibles al recuerdo humano porque existieron al margen o al pairo de las crónicas, con las mañanas y las noches y las jaquecas e insatisfacciones, las pequeñas alegrías, miserias, compulsiones, las preguntas y los vacíos, los menús y los ayunos, los sueños e incredulidades, los orgasmos y los vómitos y premoniciones, las innúmeras experiencias que constituyen cada innumerable vida humana-, toda historia es un cuento. Pero, aun así, uno tiene derecho a llamar específicamente mito más a unas historias que a otras: son las historias diseñadas para hacer que un pueblo se envanezca, se atiborre de su propia historia. Y no es que ofrecer una historia épica y gloriosa a cualquier raza o cualquier pueblo sea un empeño reprochable; el problema está en dar pompa épica en lugar de rigor histórico (sea lo que sea eso), como bien sabemos los españoles, atiborrados como estamos de huecos mitos imperiales y de los de la pureza de sangre, transmutada últimamente en inmarcesibilidad de la lengua.
Aun así, todo renacimiento cultural empieza por una reescritura de la historia. Diop, allá en los años 50 (su Nations Nègres et Culture se escribe en 1954), cuando la independencia de las naciones africanas estaba todavía en el horizonte de las esperanzas de unos y de los temores de otros, hace bien en querer devolverle a la raza negra su historia y, con ella, su dignidad. Es más: nunca debería habérsele robado... ni una ni otra. Es más: ella misma nunca debería haberla perdido (la primera), si es que la perdió.
A mi profano modo de entender, la historia africana de Diop tiene dos partes bien diferenciadas: la primera, estimulante y digna de consideración; la segunda, hiperbólica hasta lo caricaturesco. La primera trata del origen negro de la civilización egipcia y de las fuentes egipcias de la civilización panafricana posterior, creada en sucesivas olas migratorias desde la cuna cultural nilótica. Diop no es el primero ni el último en proponer esta idea. Entre otros, el autor nigeriano J. Olumide Lucas, en su The Religion of the Yorubas. Being an account of the religious beliefs and practices of the Yoruba peoples of southern Nigeria. Especially in relation to the religion of ancient Egypt, publicada seis años antes de la obra citada de Diop, en 1948, ya demostró incuestionables paralelismos lingüísticos y culturales entre el antiguo Egipto y los pueblos del occidente africano, especialmente los yorubas, sugiriendo un dilatado contacto histórico y geográfico entre estos últimos y los egipcios, o incluso la posibilidad de que los yorubas hubiesen formado parte de la etnia fundadora de Egipto. En tiempos recientes, por otra parte, Martin Bernal ha defendido con inteligencia y fibra provocadora posiciones afrocentristas en su Black Athena: The Afroasiatic Roots of Classical Civilization.
La cuestión de las fuentes étnicas del antiguo Egipto no está unánimemente decidida, por lo que en principio la teoría del origen negrítico de la civilización de las pirámides es tan legítima como cualquier otra que se ajuste a la información histórica y arqueológica de que disponemos. El problema con Diop es que se le nota demasiado la maniobra ideológica y -como en el caso de aquellos viejos ortodoxos del materialismo histórico, cuyos análisis del pasado acaban siendo tan predecibles como las películas de Errol Flynn- uno sólo se adentra en su libro tropezando a menudo con la insoportable levedad del déjà vu. Diop pertenece a ese tipo de especuladores, proliferantes en el caldo de cultivo de los nacionalismos, que sencillamente no puede concebir que las grandezas del hombre sean las grandezas de todos los hombres, cualquiera que sea el color de su piel, sus rasgos fisonómicos y código genético. Y que lo mismo ocurre con las miserias del hombre. Se trata de individuos reduccionistas, abocados a refugiarse en los estrechos límites de su propia noción nacional y constitución racial después de haber urdido el mito de su excelencia y supremacía sobre todo el resto de las naciones, razas, pueblos, culturas y tradiciones humanas. Es el magma de ideas de donde surge y del que se nutre la mística del pueblo elegido o Herrenrasse, el arionazismo o leuconazismo y el melanonazismo o nazismo negro... y, en última instancia también, el unilateralismo de las superpotencias en un mundo que ha perdido el equilibrio.
De ahí que la segunda parte del "estudio" de Diop sea hiperbólica: no sólo son negros los egipcios, sino también los cananeos y fenicios y elamitas y babilónicos, los troyanos y los cólquidos y los cartagineses. Esopo fue negro por fabulista, porque la fábula es sobre todo un arte negriegipcio. Aníbal fue negro o, cuando menos negroide, y su derrota marca el principio del fin del predominio universal de la raza negra. El Paris troyano fue negro y el rapto de Helena mitifica el modo en que fueron blanqueándose todos estos pueblos negros de la fecunda cuenca oriental del Mediterráneo: por la trata de blancas, ejercida por los emprendedores fenicios. La escritura es un legado negro al resto de la humanidad: primero en la forma de los jeroglifos egipcios, luego del alfabeto fenicio transmitido a los griegos. Los megalitos celtas son también de origen fenicio por esta curiosa y endeble cadena de causas y efectos: porque los fenicios, por ser negros, son agrícolas; porque sólo las sociedades agrícolas erigen este tipo de monumentos de piedra; porque los fenicios llegaron hasta Bretaña... En fin, que todo rasgo de cultura civilizada entre griegos, celtas y etruscos proviene del vasto imperio negro que los egipcios constituyeron por todo el norte y el sur del Mediterráneo, antes de la llegada de los bárbaros indoeuropeos. Y desde luego, no un imperio militar y económico como el persa, griego, romano, británico, francés... sino un imperio cultural y mercado común solidario.
"L'abondance des ressources de la vie, le caractère sédentaire et agricole de celle-ci, les conditions spécifiques de la vallée du Nil, vont engendrer chez l'homme, c'est-à-dire, le Nègre, une nature douce, idéaliste et généreuse, pacifique, imbue d'esprit de justice, gaie. Toutes ces vertues étaient, pour la plupart, indispensables à la coexistence
quotidienne", escribe Diop. "Par contre, la férocité de la nature dans les steppes eurasiatiques, l'infertilité de ces régions, l'ensemble des conditions matérielles dans ce berceau géographique, forgeront chez l'homme les instincts nécessaires à son adaptation au milieu. Ici, la nature ne permet aucune illusion sur sa bonté: elle est implacable et ne permet aucune négligence: l'homme tirera son pain quotidien de la sueur de son front. Il apprendra, avant tout, au cours de cette longe et pénible existence, à compter sur ses propres moyens, ses propres possibilités. Il ne peut pas se payer le luxe de croire à un Dieu bienfaiteur qui lui prodiguerait, avec abondance, les moyens d'existence: son esprit enfantera surtout des divinités maléfiques et cruelles, jalouses et rancunières; Zeus, Javeh, etc." Y continúa sentencioso: "Dans cette activité ingrate que le milieu physique imposait à l'homme, était déjà impliqué le matérialisme, l' antropomorphisme qui n'en est qu'un cas particulier, l'esprit laïque. C'est ainsi que le milieu forgea, peu à peu, ces instincts chez les hommes qui ont vécu dans cette région, chez les Indo-Européens en particulier. Tous les peuples de ce berceau, qu'ils soient blancs ou jaunes, auront l'instinct de conquête, parce qu'ils auront tendance à s'évader de ce milieu hostile. [...] L'homme de ces régions est resté longtemps nomade. Il est cruel" (pgs. 173-5). "La vie sédentaire engendra la propriété privée et tout une morale (résumée dans les questions posées au mort au Tribunal d'Osiris), qui est à l'opposé de la morale guerrière et de rapine des nomades euroasiatiques" (pg. 341). "La rudesse de la vie dans les plaines eurasiatiques semble avoir développé d'une part l'instinct matérialiste des peuples qui y vivaient, d' autre part forgé des valeurs morales à l'opposé des valeurs morales égyptiennes découlant d'une vie collective sédentaire relativamente facile et paisible dès l'instant qu'elle est ordonnée par quelques règles sociales. Autant les Egyptiens auront en horreur le vol, le nomadisme et la guerre, autant ces pratiques seront considérées comme des valeurs morales de premier ordre dans les plaines eurasiatiques. Ne peut entrer au Wallhalla, paradise germanique, que le guerrier tombé au champ de bataille, ne peut gagner la félicité, chez les Egyptiens, que le mort qui, au Tribunal d'Osiris, aura prouvé qu'il n'a jamais commis de péché et qu'il a été charitable à l'égard des pauvres, c'est qui est à l'opposé de tout esprit de razzia et de conquête qui caractérise, en general, les peuples du Nord" (pgs. 395-6).
Es interesante que Diop, que había leído la obra citada de J. Olumide Lucas sobre los orígenes egipcios de la tradición yoruba y seguramente se había inspirado en ella para su propia Nations Négres et Culture, omita de este bucólico cuadro egipcio la costumbre de atroces sacrificios humanos legados por el país del Nilo a los pueblos del oeste africano y prolongada hasta el periodo colonial británico. Es preocupante, además, que como filomarxista, Diop evite toda referencia al sin duda masivo esclavismo de aquel mundo piramidal. Es triste que como intelectual ensalce el oscurantismo de las élites religiosas egipcias mientras se escandaliza ante la difusión del conocimiento entre los griegos: "Le génie profane des Grecs dû essentiellement à l'influence des steppes euroasiatiques, leur faible tempérament religieux a rendu possible chez eux, dès qu'ils ont emprunté les valeurs égyptiennes, l'existence d'une science laïque, profane, enseignée publiquement par des philosophes égalment profanes, au lieu que cette science soit l'apanage d'un corps sacerdotal qui la gardera jalousement, sans la répandre dans le peuple, pour la laisser se perdre avec les bouleversements sociaux" (pgs. 396-7). Y, en última instancia, es patético y deshonesto como pensador el caer en garrafales contradicciones y fallos lógicos de los que pretende expurgarse atribuyéndoselos a sus oponentes en la polémica: así Diop dice no entender que se hable tanto de los logros culturales griegos y tan poco de los egipcios, si no es por el hecho de que Egipto sea una civilización negra; pero que Egipto sea negro es algo que esos mismos conspiradores blancos no aceptan, de modo que están infravalorando a un Egipto blanco en favor de una Grecia blanca. Y de todo este batiburrillo Diop no concluye que su propia lógica sea de lo más ilógico, sino que protesta: "Cette fausse attribution des valeurs d'une Egypte qualifiée de blanche à une Grèce égalment blanche, révèle une contradiction profonde qui n'est pas la moindre preuve de l' origine nègre de la civilisation egyptienne" (pg. 400).
Todos los pueblos empiezan por erigir su consciencia colectiva y su cultura sobre narraciones míticas. El problema no son los mitos en sí mismos, sino a menudo (y, a la larga, siempre) su poca estabilidad cimentadora. A través de esta reinvención de la historia, Diop llega adonde siempre quiso llegar: a la (re)construcción de una consciencia y cultura panafricanas. Y aquí el buen senegalés resulta tan racista o tan racial como sus homólogos leucofascistas, imponiéndole a cada una de las artes lo que tiene que ser y el modelo que tiene que seguir para ser verdaderamente arte y auténticamente africana. Por supuesto, las preocupaciones individuales y la creación por el mero placer de la creación quedan proscritas en aras de la expresión del alma comunitaria.
La historia que nos cuenta Diop es bucólica en sus rosados orígenes, cómica en su desarrollo y trágica en su blanco final. Posee el valor, en cualquier caso, de que uno acaba por comprender que no hace falta escribir dunciadas para percibir la grandeza de África y de la raza que la habita. Al final de todos los finales, sin embargo, no se trata ni del negro ni del blanco ni del amarillo, sino siempre del hombre, el hombre-siempre, el hombre-bestia apezuñando el camino hacia el hombre-dios... irisada meta a la que, probablemente, no merezcamos llegar jamás.

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