Ken Saro-Wiwa
En lo que a mí respecta, el empeño de Tutuola de escribir en un inglés tan pedestre no me parece demasiado alejado de la idea estética nipona del wabi sabi, que consiste en poner de manifiesto la belleza de los elementos más humildes. Aquí no se trata, sin embargo, de burda madera, metal o barro como en (lo que alguien ha llamado) "el arte japonés de la impermanencia", sino de lengua, de jerga callejera para ser más exactos, que en el fondo es como han empezado todas las lenguas, aunque luego observen desdeñosas, desde cimas académicas, a otras embrionarias que intentan emerger. Y las aplasten, si pueden.
Otra observación: la aculturación en la Nigeria de Tutuola que produjo el pidgin de la región no difiere de la que experimentan hoy día las naciones occidentales no anglosajonas más que en una cuestión de grado. En primer lugar porque el mundo en que vivimos -su diseño político, su sistema de libertades e hipocresías, su tecnología y mercantilismo- es el resultado directo de la iniciativa anglosajona. Es un mundo tallado a la inglesa y a la norteamericana. No es un buen mundo, para qué nos vamos a engañar, pero sería mucho peor si ciertas encrucijadas de la historia se hubieran resuelto de otro modo y ahora viviésemos en un mundo a la española, a la alemana, a la japonesa, a la soviética, o incluso a la francesa... aunque en este último caso la persona progresista aún podría conformarse. En segundo lugar porque, como consecuencia de lo anterior así como del particular tenor de la lengua inglesa, la filtración del inglés en todo el resto de los lenguajes tiene dimensiones ya de riada. Mal que les pese a los franceses, que han prohibido el uso de la palabra e-mail en documentos oficiales bajo pena (creo) de guillotina; mal que les pese a los españoles, que pretenden detener con sesudos y pedantes manifiestos, cuando no con dardos en la palabra, las aguas del Misisipi que corren por las calles de Barcelona, de Madrid y de Internet; mal que les pese a los alemanes, que no les pesa nada mal, por cierto; mal que les pese a los japos, que disfrutan como enanos americanizándose la lengua mientras japonesizan el consumo y la economía mundial; y mal que le pese a todo cristo, el inglés, o mejor los ingleses (spanglish, deutschglish, franglish, nihonglish...) serán con seguridad las lenguas del futuro en un movimiento de convergencia hacia una única lengua planetaria, que desplazará hacia la periferia de la cultura todo el mosaico de idiomas minoritarios o empecinados en su pureza castiza. Y éstos no serán arrabales creativos como el magma en fermentación de un suburbio de chabolas, sino un cementerio de elefantes donde paquidermos seniles entonan su último y esclerótico gañido. Sin duda habrá más de uno a quien esta imagen le parezca apocalíptica, en el denostado sentido de esta palabra luminosa; a mí me resulta increíblemente liberadora; de ahí que espere con ilusión a los Tutuolas que escribirán las novelas del futuro en un español roto, podrido, bastardeado e infeccioso.
Inglés podrido (rotten English), así es como llama Ken Saro-Wiwa (Nigeria, 1941-1995) al idioma en que compuso su Sozaboy (1985), y explica: "Sozaboy's language is what I call 'rotten English', a mixture of Nigerian pidgin English, broken English and occasional flashes of good, even idiomatic English. This language is disordered and disorderly. Born of a mediocre education and severely limited opportunities, it borrows words, patterns and images freely from the mother-tongue and finds expression in a very limited English vocabulary. To its speakers, it has the advantage of having no rules and no syntax. It thrives on lawlessness, and is part of the dislocated and discordant society in which Sozaboy must live, move and have not his being. Whether it throbs vibrantly enough and communicates effectively is my experiment." El término sozaboy es, en sí mismo, un ejemplo del 'rotten English' de Saro-Wiwa: nombre genérico con el significado de soldier boy o soldadito, acaba siendo el nombre por el que se conoce a Mene, el protagonista y voz narrativa de la historia. Sozaboy es una de las novelas más deliciosas y sofisticadas que he leído nunca. Aparte del interés lingüístico que tiene el experimento idiomático de Saro-Wiwa en sí mismo, su 'rotten English' resulta una vía de contagio perfecta para transmitir al lector la experiencia apocalíptica de Sozaboy. Y apocalíptico aquí en su doble sentido de revelación (etimológico) y descalabro (figurativo).
La novela se sitúa en el marco de la guerra civil nigeriana (1967-70), desatada por la secesión de Biafra, uno de tantos conflictos bélicos en el continente negro que caen con sobreabundancia de miseria gratuita sobre una población ya paupérrima y castigada de por sí. Una de tantas guerras inexplicables, si no fuera por el consentimiento de las potencias ex-coloniales (o no tan "ex-"), o incluso por su promoción, provocación y aprovechamiento financiero del desastre. Igual que los buitres y las hienas, pero de camisa, corbata y rólex. Si existe eso que los budistas e hindúes llaman justicia kármica, los críticos justicia poética, y los tontos y torquemadas justicia divina, Occidente al completo debe de estar a punto de sufrir una reedición de la peste negra de 1348. Bin Laden, que es a Bush lo que Stalin era a Hitler, se alegrará... pero por poco tiempo, porque los musulmanes, no menos colonialistas, tienen también su buen paquete de deudas kármicas en África. Sea como sea y potencias coloniales aparte, Sozaboy de lo que habla es de inexplicabilidad. La inexplicable naturaleza humana, desde luego, destructora y autodestructiva hasta lo indecible. La inexplicable existencia de un mundo donde es posible tal exceso de dolor, en que un holocausto sigue a otro sin cesar, hasta que el orgiástico frenesí de los celebrantes exige un descanso momentáneo sólo para surgir de nuevo con demencia fresca y remozada.
Cándidamente, esta inexplicabilidad la expresa un muchacho de aldea que, como el resto de sus camaradas, se hace soldadito o sozaboy porque "I like as the sozas were marching and singing and wearing fine fine uniform and boot. The one I like most is the cap. Even for the cap alone, I can join army one hundred times." Esto no lo dice exactamente Sozaboy, sino un prisionero de guerra que espera la ejecución junto a él pero que volvería a hacerse soldado sólo por el aura que confieren uniforme y gorra: es, sin embargo, la precisa razón por la que el protagonista se alistó en el ejercito. Que Sozaboy no tiene ni idea de dónde se mete, ni qué es la guerra, ni qué o quién es el enemigo, lo demuestra su sorpresa cuando en una patrulla de reconocimiento se desata el fuego desde el campo contrario y él se pregunta por qué el enemigo le está disparando y lo quiere tan mal que intenta matarlo, y descubre también por primera vez que los fusiles tienen algo dentro que se llama ammo (munición) y que esta ammo (1) mata y (2) es finita. Y así lo demuestra también esta escena insuperable del ataque aéreo al campamento de su compañía: "No sooner we have changed our uniform than I hear the sound of aeroplane in the sky. I am telling you since I came to this war front we have never seen the plane whether in the night or in the day. And you know as we used to look up every time when the plane pass because it is a very wonderful thing to see this canoe sailing in the sky through the air. Every time we see the plane, we used to say 'Chei, Oyibo don try,' because it is very surprisising how they are able to do this thing. So, when we see the plane for up, we all run go look it. This plane passed our camp many times, just going round and round and still we do not know what is happening. [...] So as we were still looking at the plane as it came to pass round and round the camp, I saw the plane drop something. 'E dey me like say the plane dey shit and I begin to laugh. But my laugh no reach my belly because that thing from the plane just land near we camp and I hear very very big noise which come carry me for air throway for ground. Then I hear Bullet shouting 'Bomb! bomb! Take cover! Take cover!'"
Éste es el mundo de surrealismo bélico que recorre Sozaboy. ¿Cómo comprender la guerra, la función asesina y el asesino funcionamiento de un fusil, el empecinamiento demente de los hombres en la mutua destrucción y aniquilación de todo lo que existe cuando este chico de aldea sólo tiene una idea difusa de lo que queda más allá de su entorno vital y está (estaba) convencido de que el ejército no es sino la experiencia festiva, prestigiosa y viril de vestir un uniforme o consentir de vez en cuando en escuchar la "big big grammar" de las arengas patrioteras de sus superiores? Sin embargo, Sozaboy comprende al final lo único que realmente importa, y eso es mucho más de lo que parecen comprender quienes engendran conflagraciones desde sus asépticas esferas políticas y financieras: comprende que son dolor infinito e infinita muerte e indescriptible desarraigo: comprende que son dolor carnal, no abstracto; muerte fétida y pestilencial, no estadística; sangrante e incurable desarraigo más allá de toda posibilidad de caridad o socorro humanos: "And I was thinking how I was prouding before to go to soza and call myself Sozaboy. But now if anybody say anything about war or even fight, I will just run and run and run and run. Believe me yours sincerely."
Surrealismo bélico: yo diría que ésta es una buena manera de describir el género novelístico de Sozaboy. Un surrealismo que surge sin cesar como una bruma distorsionadora desde el mismo punto de encuentro y de fricción del mundo-ahí-fuera con la consciencia del muchacho... como si ese mundo le quedase demasiado grande y la realidad, para poder ser asida y absorbida y asimilada por él, hubiera de plegarse, arrugarse, retorcerse, aplastarse y desfigurarse hasta no parecer sino un sueño monstruoso, o cruelmente jocoso, de la razón. Por eso hay algo de tutuólico en Sozaboy y no pocas veces da la impresión de que el chico haya dejado atrás la tierra conocida para adentrarse en el mundo espectral de The Palm-Wine Drinkard. No extraña, por tanto, al final que sus mismos paisanos, al verlo emerger de la jungla, terminada la guerra, lo tomen por un espíritu, escapen de él asustados o traten de convencerlo de que está muerto y debe retornar con los muertos. Sozaboy, que tanto soñara con su retorno a Dukana, su aldea natal, debe acabar huyendo para que no lo destruyan como entidad portadora de juju.
Un juju de proporciones nacionales e internacionales es sin duda lo que la dictadura militar nigeriana creyó que portaba la literatura de Saro-Wiwa y lo ahorcó el 10 de Noviembre de 1995. Niyi Osundare (Nigeria, 1947-), en su lúcido ensayo Thread in the Loom, dedica un emotivo artículo a Ken Saro-Wiwa del que citaré unas líneas como punto final a este autor: "I remembered the short, ebullient Ken, his patented pipe in his mouth, his riveting sense of humor, his wit and swagger, his mischievous sense of drama, his gargantuan ambitiousness which came in inverse proportion to his small physical frame. In particular, I remembered one of Ken's last public lectures in Ibadan. The irrepresible guest speaker had mounted the podium, scaled the microphone down to his height, then asked the audience (in humorous mockery of his minuscule stature): can you see me?" Parece, Ken, que sí te vemos, después de todo... aun desde la perspectiva de la historia que, normalmente, empequeñece más a los hombres.


