04/27/2008

"To Become A Man", un Umbildungs Roman Masái

Tobecomeaman

No es mucha la información que puede hallarse en estudios de literatura africana o en la propia Red sobre Henry R. ole Kulet (Kenya, 1946-), el autor de To Become a Man. La Web de Longhorn Publishers, sección Kenya (www.longhornbooks.co.ke/catalog/index.php), ofrece un listado de sus libros con una breve nota explicativa de cada uno de ellos y, en otro lugar (www.longhornbooks.co.ke/authors.php?authorid=1), algunos datos personales de Kulet. La suma de todo ello constituye la información más completa que he podido hallar, hoy por hoy, sobre este autor maasai, o masái.

Desde que leí los deliciosos estudios de H. J. Jackson sobre el “arte” y género de las marginalia (Romantic Readers: The Evidence of Marginalia y Marginalia: Readers Writing in Books) he aprendido a estimar las anotaciones que lectores previos de volúmenes conseguidos en algún mercadillo (rancio o virtual) de libros de viejo dejaron a su paso por mi ejemplar. Mi copia de To Become a Man (obtenida hace poco a través de Amazon, después de que este título bajase de los ciento y pico de dólares a los veinte y pocos en el mercadeo de libros usados) contiene una sola inscripción, en la página del título, en bolígrafo azul, en una caligrafía casi imposible... que reza: “Masai perspective. Story pits young Masai against morans —Then eventually joins. Weak on women. Good on Masai traditions & values. Writing weak. Recomended to use.”

Olekulet En cierto modo, esta nota crítica tan breve como certera cubre mucho de la historia que nos cuenta Kulet en su obrita de 1972, la segunda de sus novelas según el listado de Longhorn: Leshao contra los morans. El chico incircunciso, y por tanto un niño todavía según la costumbre masái, contra la élite guerrera de la tribu, contra la tradición que representa, y también contra su padre, que quiere (y hasta cierto punto logra) apartar al muchacho del colegio y anclarlo en unos hábitos ancestrales cada vez más incompatibles con la vida en la Kenya del periodo colonial.

Los masái creen que Dios, Engai, les hizo dueños de todos los ganados de la Tierra, así que tomarlos por la fuerza de otras tribus y otros pueblos no es robarlos, sino recuperarlos por el ejercicio de un derecho esencial y de universal aplicación. En la sociedad tradicional, por tanto, tal como se desprende de la obra de Kulet, las incursiones violentas para la “recuperación” del ganado no sólo son, prácticamente, un deber religioso, sino que constituyen además la base de la economía y el contexto en el que el masái circunciso prueba y cultiva su virilidad. La hombría es aquí, pues, un corolario bélico, para el que la arrogancia y la jactancia (inevitables mecanismos de autopropaganda en una colectividad que valora este tipo de heroísmo) tienen tanto peso como la fuerza y el arrojo verdaderos. El resultado es una sociedad patriarcal poderosamente estratificada en la que el rico lo es por la osadía de sus incursiones y la altanería que le permite prevalecer en el reparto del ganado hurtado, en la que el fuerte oprime al débil por deporte y en la que la autoridad del hombre sobre la mujer, el padre sobre el hijo, el mayor sobre el más joven, el circuncidado sobre el incircunciso... es absoluta. Es también una sociedad solidaria, a su modo, en la que la hospitalidad es un deber, el clan apoya a cada uno de sus miembros y la tribu en su conjunto mitiga, en lo que puede, la miseria del desafortunado. Es, por último, una sociedad con una vida extremadamente protocolizada en la que hasta las conversaciones más elementales —y no digamos las oficiales— parecen seguir un patrón prefijado. Sirva como ejemplo el siguiente diálogo entre Kerea ole Merresho, padre de Leshao, y su hermano Meteurr, que llega de otra aldea, al saludarse:

«‘Entawuo’.
‘Entawuo’, his brother answered.
‘Are you all right?’
‘Yes.’
‘Hoo.’
‘Yes, we are all right. It is laughter in our village. Our cattle, goats, sheep and people laugh.’
‘Hoo.’
‘We have had no shortcomings.’
‘Hoo.’
‘It is only cold which caught the children, but they are not bad.’
‘Hoo.’
‘We had rain recently and the pastures are green.’
‘Hoo.’
‘And the cattle have calved.’
‘Hoo.’
‘So people are not hungry.’
‘Hoo.’
‘Yes, that is the news.’
‘Hoo.’
‘And this morning, I got your message.’
‘Hoo.’
‘So I came.’
‘Hoo.’
‘Yes, that is the news.’
‘So, that is the news.’
‘Yes, that is the news,’ Meteurr concluded.»

Y este otro diálogo de Merresho con los miembros del consejo tribal en una intervención asamblearia del primero:

«‘Elders, I will make three points. Say three.’
‘Three!’ the elders said at once.
‘One!’ he said, hitting the ground and taking two quick steps ahead. ‘Didn’t the founder say “Do not accuse someone deceitfully”?’
‘He did!, the roar came from the elders.
‘Isn’t that what ole Sembe did in front of our eyes?’
‘It is.’
‘Say one point I have stressed.’
‘One.’
‘You want the second?’
[...]
‘Shall I say the third and last before I sit down?’ Kerea asked the elders.
‘Go ahead.’»

Leshao no tiene especial problema ni con el protocolo ni con la jerarquía: como muchachoMaasai_jumping incircunciso recibe estoicamente las palizas gratuitas que los grupos de morans imparten a los chicos de la aldea cada vez que tropiezan con ellos en el bosque; pero como guerrero, despliega la misma arrogancia que el resto de los morans y es tan pronto a los golpes como el resto de ellos. Lo que sí perturba a Leshao hasta el punto de poner en cuestión su identidad tribal es el hurto de ganado, ungido de espurio heroísmo y presentado como aguerrido espíritu conquistador. Una de las debilidades de la novela consiste, a mi modo de ver, en no mostrar de dónde y cómo le viene a Leshao esta predisposición tan “antisistema”. Sí, sabemos que ha estado dos años en un colegio colonial y que la educación cristiana ha tenido cierto impacto superficial en él, pero eso es todo. En lo que hace al lector, la suya no es una actitud reflexionada, sino una inexplicable obcecación que empobrece la constitución de este personaje. Más reflexionada, o cuando menos más argumentada, es la posición totalmente “pro-razzias” de su padre ole Merresho, que necesita convencer al hijo del valor de las incursiones para que le traiga ganado y poder emerger así de la miseria a la que lo ha reducido una rápida secuencia de infortunios. Tampoco ole Nkipida, el padre del mejor amigo de Leshao, Mbulung, es capaz de decir gran cosa en contra de las razzias, a las que detesta. Invoca a menudo la idea de “progeso”, pero no se nos muestra cómo ha llegado a este concepto ni qué significa exactamente para él. Las discusiones de ole Nkipida con ole Merresho y de Mbulung con Leshao (estructuradas de este modo, quizá, porque en la sociedad masái un hijo incircunciso no polemiza con su progenitor) muestran a unos padres a los que —ideológicamente hablando— les ha tocado el hijo equivocado, y a unos jóvenes que podrían ser más ellos mismos con el padre opuesto. A ojos de la mayor parte de la tribu, sin embargo, y medidos por el rasero del machotismo masái, ole Nkipida y Leshao son unos medio-hombres, unos cobardes, y esta aura de mediohombría y pusilanimidad que pesa sobre ellos vuelve sospechosos para todo el resto cualesquiera argumentos que aquéllos pudiesen avanzar.

Resulta extraño para nuestra mentalidad —pero debe de ser algo obvio en su contexto tribal, puesto que para el autor no merece más explicaciones— que Leshao, que no desea otra cosa que volver al colegio e integrarse en la cultura urbana colonial, aplace su huida de la aldea hasta después del doloroso rito de la circuncisión, por el que se convertirá en un miembro de pleno derecho del pueblo masái. Para entonces ya es demasiado tarde, sin embargo. Los morans, que sospechan su deserción, lo secuestran después del rito y se lo llevan a la manyatta —la comunidad moran en el bosque— para convertirlo en uno de ellos. Leshao se amolda a la nueva vida sin mayor resistencia e incluso muestra en ocasiones un valor inusitado, como cuando mata al león que ha estado rondando la aldea. Por ello cuesta más de entender, desde la perspectiva del lector, su oposición a las razzias, hasta el punto de fugarse de la manyatta cuando se organiza una a la que no puede negarse.

Maasai1 Leshao huye entonces a Narok, el pueblo donde fue al colegio, con la idea de obtener trabajo. Pushuka, otro miembro “desnaturalizado” de la tribu, que ha logrado establecerse allí y que sin embargo se duele de que ninguna mujer masái quiera casarse con él por haberse circuncidado en el hospital en lugar de hacerlo según los ritos ancestrales, le ayuda en los primeros momentos. Le corta el pelo, le hace bañarse y quitarse el ocre de la piel, le da ropa convencional con la que vestirse y explora la posibilidad de conseguir empleo a su “hermano” tribal pero, careciendo éste de un certificado de estudios, todos sus esfuerzos acaban resultando inútiles. Cuanto mayor el fracaso, más grande la arrogancia de Leshao, y la relación entre ambos masái se agría rápidamente hasta romperse por completo. Narok es un mundo en el que Leshao no tiene lugar: su propia constitución anímica hace de él un completo alienígena en el ambiente de un pueblo en desarrollo. Humillado, retorna a la aldea, donde es tratado como un cobarde y un desertor y, cuando intenta curar su imagen participando en una incursión con el resto de los morans, la tribu atacada tiende una trampa a los incursores en la que perecen todos los guerreros menos Leshao. Éste recobra la consciencia en un hospital, con una pierna amputada y un juicio por delante en el que la autoridad colonial penará su participación en la razzia con catorce años de cárcel.

Ole Nkipida, que ha perdido a Mbulung en la misma correría, consuela a ole Merresho diciéndole que al menos él sí volverá a tener a su hijo dentro de catorce años. Pero éste, que en ningún momento se siente responsable de la tragedia del vástago, preferiría que Leshao hubiese muerto con el resto de los morans antes que afrontar esta nueva humillación, que viene a sumarse a la de su propia miseria. El libro concluye en esta nota funesta. La historia no parece decantarse ni por la tradición masái ni por los valores de la sociedad colonial emergente, sino que presenta, con un distanciado dramatismo —ciertamente inesperado en un autor implicado en el conflicto—, el choque de sus incompatibilidades. Suspendida en el aire, perdura la cuestión de qué queda del masái (sobre todo del hombre masái) cuando renuncia o es despojado de una etnicidad tan intrínsecamente fundada en la guerra y el saqueo. ¿Ha de ser Pushuka, aquel masái “desnaturalizado” de Narok, el último sedimento “socializado” del altivo moran?

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11/24/2007

Un Poema de Dennis Brutus: Cartas a Martha (1-11)

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1

Tras la sentencia
mixtos sentimientos:
mórbido alivio,
el lastre de los días por delante
aprensión—
insinuaciones de brutalidad
con honduras de significado íntimo

exultación—
el sentido del reto,
de confrontación,
vago heroísmo
mezclado con pena de mí mismo,
temperada al recordar aquellos
que aguantaron mucho más
y aguantaron...

2

Uno aprende pronto
que clavos y tornillos
y mayores piezas de metal
deben ser depuestas;

y viéndolas forjadas y filosas
te hielas, atónito
al ver qué cruel puede acabar siendo
—este simple y útil trozo del acero:

y al destellar de pronto estos cuchillos
—surgidos acaso de algún disciplinado esfínter—
uno capta al instante el horror fúlgido-acero
en el aire matutino
y qué blanda y vulnerable la desnuda carne.

3

Te sabes de súbito perdido
En un caos de contingencias:
alrededor de tu cabeza se entelarañan las ideas
y brotan zarcillos de tus tripas en un millar
de direcciones:

¿por qué acuchilló este hombre al hombre aquel por ese hombre?
¿qué substancia tuvo la emoción
y cómo fue creciendo?
¿era ésta la razón de la inmotivada o caprichosa
brutalidad del carcelero?
¿qué astucia la instigó?
¿deseo de prestigio, ansia de poder?
¿O podría ser —extraño, muy extraño— amor,
amor extraño?
¿Y de qué humana hambre nacería?

4

Sobre todo en solitaria celda,
pero aun en las secciones
se afianza el sentido religioso;

hábito de infancia acaso de nocturnas oraciones,
lo accesible de la Biblia,
o consciencia de una muerte próxima:

y, desde luego, es sabido—
piadosas expresiones favores compran
y es un modo de indicar reforma
(que procura promoción);

y el recurso del débil
es invocar venganza divina
contra la injusticia fiera

pero en el gris silencio de las tardes vacuas
no es infrecuente
descubrirse a uno mismo hablándole a Dios.

5

En el grisor del tiempo aislado
que en la mente ecoante desemboca,
fantasmas surgen y susurros de terrores
que pueblan el dédalo del yo.

Coprofilia; necrofilia; felación;
amputación del pene;
y en esta aljamiada sociedad,
ululando por ser reconocido como el resto de los yos en uno mismo,
el suicidio, la condenación, camina,
si no como sociable espectro,
sí familiarmente familiar,
un doppelgänger
que no puedes sacudirte.

6

Dos hombres conocí en concreto
entre otros muchos casos:
sus reacciones, abisalmente diversas;
pero un tenso designio yacía en cada una
y en ambos lo que había era dolor, peligro, miedo—
drama.

Uno simplemente dejó el tabaco
sabiéndolo motivo de soborno
y cercó su mente de románticos ensueños
y hermosas hijas casaderas;

el otro buscó la huida
en desmayos, asmáticos accesos,
y escapó por fin a la locura:

tan grandes las presiones para imponer la sodomía.

7

Acaso más terribles son los que la imploran,
imploran la embestida sexual.

A qué extremos insufribles han llegado
y qué fieras agonías padecido
que ésta, que habían resistido,
acabó por parecerles preferible,
deseable incluso.

Se la ve como el fondo
de la absoluta y grotesca sumisión.
Y quizá así sea.

Pero se me antoja a mí
una de las más horribles,
patéticas, desgarradoramente,
entre todas las congojas carcelarias.

8

“Blue champagne” lo llamaban
—la “chica” más famosa del lugar;
tan excitante acaso, o conveniente;
joven ciertamente, con curvas jóvenes
—lo que más se valoraba.

Y así con varios se acostaba
cada noche
y la canción que fuera hit-parade
se convirtió en su apodo.

Para el tiempo en que lo vi era ya viejo
(George vio el mal, dijo, en su rostro)
y se había convertido en el más perverso
entre aquellos pervertidos:
un “hombre” en el abrazo homosexual
que en tiempos fuera la “mujer”.

9

El no saber
es probablemente la peor parte del maltrago
para los de afuera;

no saber qué crueldades hay que soportar
qué infamias sufre el sensible espíritu
qué heridas puede forzarse a la mente a infligirse
a sí misma

y el ansia de que piensen en ti
que te recuerden
que te alcancen a través de los espacios
con filamentos de ternura
y consolación.
Y el saber,
aun cuando sea un saber penoso,
parece preferible,
puede soportarse mejor.
Y así,
a modo de consuelo
te envío estos fragmentos,
guijarros tomados al azar
del paisaje de mis propias experiencias,
que a través de los mismos yermos
en un mosaico de vislumbres
me permito a mí mismo
o con ellos tropiezo.

10

No todo es terror
y privación,
ya sabes;

uno llega a estimar la cercanía
y comprensión que se establece
con la humana compañía,
compañeros, con-sortes;

y la disciplina hace mucho por crear
forma y pauta en la vida cotidiana
así como en los días

y el trabajo honesto
ofrece ciertas horas que redimen
los años derrochados

así que hay veces
en que la mente brilla aserenada
aunque viva:
más bien como el mar en calma a la alborada.

11

Los eventos cobran nueva dimensión
pues todo afecta el paso
del devenir político—
pero nuestro tema
es cómo avivan o demoran
cierta libertad especial—
la de aquellos en prisiones
que dependen de cambios
que emancipen.

Y así uno se hace poco a poco cruel,
adquiere una feroz implacabilidad—
voces que gritan en el pecho
“¡Destrúyelos! ¡Destrúyelos!”
o
“¡Que mueran a millares!”

la verdad, es impaciencia.




Dennis Vincent Brutus (Salisbury, Rodesia, 1924) es un poeta y activista sudafricano. Detenido en 1963 por su militancia antiapartheid, pasó 18 meses en la prisión de Robben Island, donde coincidió brevemente con Nelson Mandela. Esta primera parte de sus “Letters to Martha” está fechada el 11 de Noviembre de 1965.

11/22/2007

Banana Bottom: Una novela de la Diáspora Africana

Claude_mckay

Leer es en el fondo una actividad ingrata. Y quizá ni siquiera tan en el fondo. Sólo uno de cada muchos libros compensa las horas que le hemos dedicado sustrayéndonos al dominio de la vida consensuada para dialogar, en un espacio de quietud y soledad pactada con nosotros mismos, sin más ventanas que las orientadas a horizontes imaginativos —nuestros ojos, en el mapa introvertido de la página—, con ficciones, abstracciones y fantasmagorías. Y cuanto más y mejor se lee, más difícil es encontrar, en medio del mercadeo de ecos, repeticiones y reververaciones que es el universo literario, al autor o el libro capaz de decirnos algo transformador todavía, o siquiera enriquecedor o novedoso, o tan sólo refrescante.

Banana Bottom (1933), sin embargo, es de las obras que compensa generosamente cualquier tiempo y esfuerzo que se le brinde. La tercera y última novela de Claude McKay (1989-1948), el autor jamaicano cuyo impacto en el Renacimiento de Harlem lo coloca a caballo entre la literatura caribeña y la afroamericana, es una obra deliciosa y compleja, costumbrista en parte, filológica tambien y, desde luego, un exótico ejemplo de Bildungsroman... o para ser más precisos, de Umbildungsroman. Porque la historia, si bien es cierto que trata del desarrollo de la heroína como persona (Bildung), es sobre todo el relato de su deconstrucción y reconstrucción (Umbildung), el proceso que la transformará de títere colonial en espíritu autónomo.

Decir “títere” es seguramente exagerado, porque Bita —Tabitha Plant—, la protagonista, no llega a enajenarse del todo, a perder por completo en ningún momento su chispa de independencia, a pesar de las exigencias de la educación colonial y del grado de precondicionamiento implícito en ella. Ngũgĩ wa Thiong’o, algunas de cuyas obras han dado tema a artículos anteriores de este blog, ha popularizado el concepto de “descolonizar la mente” y trató de dramatizar la idea (yo diría que de modo muy forzado y deficiente) a través de su heroína Warĩĩnga en la obra Devil On the Cross. McKay, un autor tan comprometido con el progreso democrático de la raza negra como el propio Thiong’o y, durante un periodo al menos, tan filocomunista como él, triunfa en Banana Bottom donde el kenyata fracasa en Devil On the Cross. Triunfa porque Banana Bottom, aun siendo una novela ideológica, no es una novela ideológicamente predeterminada: es una narración viva, regida por la lógica (o la ilógica) de la vida, de la que el lector (si está atento y le apetece) extraerá las conclusiones ideológicas que el drama existencial de Bita y de los personajes a su alrededor le inspiren... no las que su autor se empeñe en perpetrarle.

La historia comienza con el retorno de Bita a Jamaica desde una Inglaterra en la resaca victoriana, donde ha recibido educación. Bita es la hija de un próspero agricultor negro, Jordan Plant, que ha conseguido reunir una enorme porción de tierras en el área rural de Banana Bottom. La madre de Bita murió al darla a luz y Jordan se casó al poco tiempo con su cuñada (Anty Nommy), que se incorporó a la casa con su hijo Bab. Bita, machota y asilvestrada durante su infancia y adolescencia, goza de amplia libertad para vagar por bosques y prados hasta que a los doce años la viola Crazy Bow. Que la “viola” es mucho decir, porque Bita no deja de acosar físicamente al raro muchacho —unos diez años mayor que ella— hasta que él pierde el control. Crazy Bow es un personaje delicioso al que el autor, tristemente, dedica poco espacio: se pasa la novela encerrado en un manicomio, lejos de la mirada del lector, a excepción de una breve introducción al principio y otra fugaz aparición al final. Es un sujeto permanentemente sumido en una especie de autismo musical, cuya relación con el mundo externo se vuelve conflictiva, o cuando menos espinosa, en cuanto desciende a la vida terrenal desde las melódicas esferas adonde le lleva su innata pericia con todo tipo de instrumento. Pero la “violación” de Bita lo hace desaparecer pronto del paisaje narrativo.

La famosa “violación” es un acto sin comillas (simple y llana violación) para todo el entorno de Bita y, en cuanto Sister Phibby Patroll, la correveidile del pueblo, hace llegar la historia a Jubilee, la misión dirigida por Malcom y Priscilla Craig, la buena misionera británica decide adoptar, educar y “salvar” a la muchacha. Años de desprendida dedicación de los Craig a Bita culminan en el envío de la adolescente a Inglaterra para una educación metropolitana que corone su proceso de formación: hecho inédito, nos cuenta el narrador, en el caso de una chica que, de todo el espectro de color desde el blanco al ébano que pinta el cuadro humano jamaicano, luce el matiz más oscuro, el asociado a los estratos menos favorecidos de esta sociedad colonial.

Antes de continuar, sin embargo, merece la pena asistir a la presentación que hace McKay de la insigne Sister Phibby porque los elementos principales de su estilo —mesura y elegancia descriptivas, dulce ironía, un ritmo casi musical y una narración tan preñada de posibilidades que podría bifurcarse cada pocas frases en una línea narrativa alternativa tan fecunda como la principal— son todos ellos bien perceptibles aquí:

“Sister Phibby Patroll, as the most excellent midwife of the Banana Bottom region, was credited with knowing more about the troubles and secrets of village families than any other person and what she did not know she conjectured.
           Since the death of her husband, who had been the best barbecue-builder of Banana Bottom, she had been read out of church membership exactly three times and her cases had provided the most entertaining members’ meeting in the history of Banana Bottom. For among sacred entertainments there was none to challenge that that was held when the members of a church were summoned by the parson to a general meeting to review the lapses of transgressors and backsliders.
           Sister Phibby’s first trial came when she was surprised in adultery with the village shopkeeper, whose wife she was attending in childbirth. But after adequate suspension she sought redemption and was received back into the fold again. The second shock came five years after her husband’s death, as a redeemed communicant, she presented herself with a fatherless baby. And the third marked the period of her change from being picturesquely sinful to become the village gossip of sin. She was cited for bearing false witness against a neighbor, because she had abused her position as midwife to declare that all the signs on the baby of a loose village wench pointed to a respectable married leader of the church at his father.
           But with the years of graying hairs Sister Phibby had become more circumspect and, for a few venial lapses such as when she got drunk over the washing of a dead body, and backslid on such occasions into lecherous language, her manner of self-expression was limited to discret gossip.
           Her aberrations did not create any real difference in her life for, in those Negro communities, it was a commonplace for people to fall from grace and return again and again, as if their native philosophy was that in the enjoyment of life there must be constant sin and repentance” (pp. 88-9).

En lo que a mí respecta, la frase “y el tercero marcó el periodo de su cambio, de ser pintorescamente pecadora a convertirse en el correveidile de pecados municipal” así como todo ese penúltimo párrafo terminado en “su forma de expresión quedó limitada a un discreto cotilleo” me parecen aciertos absolutos. Pero, para volver al hilo central de la historia: Bita retorna de su exilio pedagógico convertida en una auténtica “lady”, el orgullo de su familia de sangre, de su familia adoptiva (los Craig) y de las sociedades de Banana Bottom y Jubilee, sobre todo de ese segmento que comparte con ella el menospreciado color de piel.

Banana_bottom Es fascinante el modo en que McKay incide en las tonalidades dérmicas y las detalla, no sin arrancar ciertas reverberaciones poéticas en la descripción del heterogéneo cromatismo:  la progenie del colono escocés que viene a fundar Banana Bottom es “a variegated multitude from coffee-brown to café-au-lait” (p. 3); a otro personaje lo pinta como  “a little tamarind-brown man” (p. 79); “Crazy Bow was the colour of a ripe banana” (p. 4); Yoni, una muchacha de Banana Bottom, es “dark with an underlayer of red like a cocoon” (p. 64); “The Misses Felicia, Elvira and Lucinda Lambert were the cashew-brown daughters of the ebony parson” (p. 65); el rostro de una chica es detallado como “ripe star-apple face” (p. 80); “Bita is in the black and dark brown group” (p.101), “Bita was black —to be precise she was the quite restful colour of dark blooming brown” (p. 254); Wumba, el brujo rural, es “opaque and heavy as ebony” (p.136); el Padre Delgado tiene la piel como “dried banana leaf” (p. 162); un cierto gentilhombre nativo “was a shade darker than Bita, his wife some shades lighter, a pretty honey-coloured woman” (p. 214); “Miss Delminto was a pretty and popular light-brown girl” (p. 276); la piel de Jubban, el ayudante del padre de Bita, “possessed a velvety indigo-black tone like an eggplant” (p. 279)... Y todos estos tonos entran en la narración como determinantes o coordenadas socioeconómicas porque, tal como nos explica McKay: “The social life of the colony was rooted upon shade and colour prejudice. During the epoch of slavery the lighter-skinned offspring of white men and black women had privileges that the black slaves had not. Although the Eurafricans were slaves the majority of them were attached to the master’s households, while the blacks worked in the fields. Many of the Eurafrican children were sent abroad to be educated by their fathers and some in time came into possession of landed property and even became slave-owners themselves [...] When slavery was abolished in the British West Indies the Eurafricans by their education and experience were in a favourable position to take advantage of the great social change [...] But as the Eurafricans developed in wealth and power they also approximated the social standards and attitudes of the white planters with little sympathy for the freed blacks and their problems, their struggles for social adjustment, and so there had developed between Europeans and Eurafricans on one side a system of social discrimation against the expatriate Africans” (pp. 296-7).

Bita, por tanto, tiene mucha “suerte” en haber ascendido, por razones de educación y adopción, a la cúspide de la pirámide social desde la posición que le hubiera correspondido por motivos estrictamente cromáticos. Suerte desde luego relativa, porque no está exenta de contraprestaciones. Y la más importante consiste en que Bita sabe —y a nadie se le oculta— que ella es el “experimento” de Priscilla Craig y que, como tal experimento, lo que le corresponde es avanzar de etapa en preconcebida etapa en cumplimiento de un destino planificado para la muchacha desde el principio por la mojigata y clasista misionera.

Priscilla es otro de los grandes logros caracterológicos de Banana Bottom. No exenta de bondad y de ciertas pinceladas liberales y humanistas, Priscilla suscribe ese tipo de antirracismo pseudoigualitarista que reconoce la dignidad del “negro” siempre que el “negro” reconozca a su vez la superioridad de la civilización colonial británica y se postre —aunque sea metafóricamente— en gratitud ante su paternalista benefactor blanco, o para ser tan precisos como McKay en la cuestión cromática, rosáceo Priscilla es, por tanto, una mujer con una misión, una misión reformadora y salvífica. A diferencia de su marido Malcom, cuya vocación misionera surge de una innata y tolerante bondad, Priscilla es una mujer rígida en sus principios, pero frágil de carácter, demasiado proclive a interpretar como frustrante ingratitud la menor desviación de cualquier oveja de su rebaño respecto del camino trazado para ella. Y no sólo juzgarlo como ingratitud, sino incluso atribuirlo a deficiencias acaso incurables de la raza que, sin ser nativa, se ha ganado el derecho a ser llamada así en cuanto que legítima heredera de los auténticos aborígenes exterminados, los taínos.

“If there was anything that Priscilla Craig and her fellow workers in Christ were agreed on in discussing the qualities of the natives,” —escribe McKay en su presentación de este fecundo personaje— “their faults and their virtues, it was the lack of restraint among them. Where the law of the land was concerned they were quite docile in obedience. But in the moral law generally they were so lax. They did not seem to grasp the meaning of the high social significance of existence. Sex was approached to easily. And for that reason some of the most promising young men and young women who had been chosen or had chosen the preaching and teaching professions often found themeselves halted and worthless in the midst of their career. It wasn’t because these people were oversexed, but simply because they seemed to lack that check and control that was supposed to be distinguishing of humanity of a higher and more complex social order and that they were apparently incapable of comprehending the opprobium of breeding bastards in a Christian community” (p. 16).

McKay reserva en exclusiva para Priscilla su encantadora retahíla de aliteraciones y resonancias paródicas: “That evening Bita returned to Jubilee. And when she spied Sister Phibby with Rosyanna at the kitchen window as the buggy drove up the gravelway, she knew that the story of the tea-meeting had already reached Jubilee, and was prepared for an ordeal. Mrs. Craig greeted her gravely. And she presided over the dinner table like a piece of sculpture, betraying no sign of the agitation burning within her” (p. 91). Nótese la resonancia entre lo “gravely” del saludo (“greeted”) de Priscilla, el término “gravelway” y lo “escultórico” de su actitud. Todo es petrificación en ella ante el primer signo de independencia de Bita, que llega de asistir a una celebración popular en Banana Bottom. Ante un nuevo acto de autonomía de Bita, Priscilla es descrita como “striding straightly through the mission like a person distrait” (p. 178). Y más adelante, al sentirse fracasada en su misión con Bita y con los “nativos” en general, Priscilla “was strangely a stranger in that tropical strange land” (p. 225).

En cuanto Bita retorna de Inglaterra para establecerse de nuevo en la misión de Jubilee con los Craig y recupera el contacto con Jamaica, empiezan a manifestarse las inevitables contradicciones entre su cálido, alegre, espontáneo carácter nativo y la contención y mojigatería que Priscilla espera (exige) de su transfigurada pupila. La relación con los demás —que Bita debería orientar, según Priscilla, sólo hacia las personas de su clase y educación— y la cuestión de los festejos y celebraciones populares —en los que Priscilla poco menos que prohíbe participar a Bita— se covierten pronto en caballo de batalla. Es, de un modo muy preciso, Britannia versus Jamaica. Porque Priscilla tiene ya decidido casar a Bita con Herald Newton Day, el pomposo seminarista a punto de graduarse como pastor, a fin de que esta pareja nativa, modelada en todo de acuerdo con los ideales británicos, suceda a los Craig al frente de de Jubilee cuando a Malcom y Priscilla les falten las fuerzas para seguir adelante con su apostólica misión. Y Bita, en este punto de la historia, todavía “had assented to his proposal of marriage merely to fit into a plan —something thrust upon her that she had not felt even a reaction to refuse, because, like her training, it was designed to serve a purpose that was more than herself —the crowning of her education [...] It had never been lost upon her, from the time the Craigs adopted her after the rape, that she was the subject of an experiment, and as she grew in understanding she had voluntarily conceded herself as one does to a mesmerist” (p. 109). De manera que, para Priscilla, todo lo que haga Bita, las actividades en las que participe, las personas que frecuente, las cosas que diga, se refleja de inmediato sobre la misión. Y para no desprestigiar a la misión, Bita tiene que ser en todo instante un ejemplo vivo y dignificado de los ideales que predica Jubilee. A ello está obligada Bita, piensa Priscilla, por una deuda de gratitud. Y con ello demostraría Bita —anhela Priscilla— el gran poder regenerador de la instrucción británica y, sobre todo, la gran obra que Mrs. Craig ha sido capaz de realizar en la muchacha.

A pesar de su sometimiento a los planes de Priscilla, Bita aborrece a Herald Newton Day desde el primer e inflado sermón con que le oye evangelizar a la parroquia. Herald predica, puede decirse, por el inmenso placer de escucharse la voz y para mayor engrandecimiento de sí mismo. Los problemas y preocupaciones de los feligreses le importan tanto como la vida post mórtem de los insectos. Es un hombre encantado de haberse conocido y tan identificado con la cultura colonial que hasta se ha olvidado del color de su piel. El conocimiento es para él un modo de llamar ignorantes a los demás; la moral, una plataforma farisaica desde la que contemplar el pecado universal y sentirse puro por contraste; la mejor de sus ideas no pasa de ser la repetición papagayesca de las cosas aprendidas. Entre Bita y Herald “there was a block of ice. She longed to be free from the irritation of his presence, so that she could push the eventuality of their union far out of her mind and then play without effort at the make-believe of being engaged. But he was so inevitable. Always intrusive and entirely lacking in intuition. She felt that if she had to bear always the constant contact she might just break out one day with something that would destroy irreparably the whole fabric of the plan that had been so carefully charted for her” (p. 110).

Pero no es Bita la que termina por quebrarse, sino el propio Herald, quien se esfuma misteriosamente justo antes del gran sermón con el que espera consagrarse en todo Banana Bottom como gran predicador y no aparece hasta que una cabra denuncia, con angustiados balidos, la presencia del zoofílico violador encima de ella. La propia rigidez de la superstructura formativa de Herald hace frágil su personalidad frente a impulsos poderosos no afrontados con la honestidad que requieren.

Este episodio, inesperado, cómico y valiente por parte de McKay como es, resuena en otro comparable que tiene a Priscilla por protagonista. Ahí la buena Mrs. Craig, que contempla con infinito desprecio una colección de máscaras africanas, sufre también un colapso de su superestructura moral y acaba precipitándose a una experiencia alucinatoria para danzar frenéticamente con las figuras paganas: “For those small statues with importants points exaggerated and others minimized the word that came to her lips was «grotesque». She could find no significance in them, so far were they removed from the classic Greek and Roman tradition. These objects seemed mere caricatures of a poor and miserably fallen humanity abandoned of God. But as she gazed fixedly at them they seemed to take on a forbidden actuality and potency, as if they were immortal, a state of being beyond grace and salvation [...] all that those masks on the wall, hideous things, contributed to the purpose of life was an eternal obscene greening [...] But gazing again at the masks, they all seemed to be hideously greening, and impelled to the wall by a magnetic power she attempted to touch one of them to test the reality of her eyes, when the mocking thing suddenly detached itself and began dancing around her. Others followed the first and Priscilla found herself sorrounded by a grinning, dancing fury [...] and suddenly she too was in motion and madly whirling round and round with the weird dancing masks” (pp. 198-9).

Para Bita el episodio de la cabra es definitivo en lo que hace a la reafirmación de su individualidad. Los planes de boda se desvanecen al instante, desde luego, porque a Herald lo empaquetan enseguida con destino a Panamá a fin de encubrir el escándalo. Pero incluso antes de la desfloración del pacífico bóvido, Bita ya había ido reencontrándose a sí misma y recordando el sabor de la independencia, gracias al contacto con la atmósfera rural de Banana Bottom y, sobre todo, a sus conversaciones con el hidalgo británico Gensir.

Devil on the Cross, la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o aludida al comienzo de este texto y que dio tema a nuestro artículo anterior, al igual que ésta un Weiberbildungsroman o “novela de formación femenina” (pero fallido), presentaba un ecosistema narrativo en el que blancos y negros, élites y clase obrera, imperialistas y nacionalistas... malos y buenos, quedaban todos ellos divididos por una estricta y maniquea divisoria de inspiración marxista. No ocurre lo mismo en Banana Bottom, donde los personajes no tienen que ser necesariamente negros, lumpen y anticolonialistas para estar en el lado de lo positivo, o incluso de lo adorable. Es el caso de Gensir, un aristócrata inglés poco aficionado a los manierismos de su clase, algo bohemio, muy cultivado, ateo pero respetuoso con toda otra doctrina, que ha optado por la vida campestre en la colonia, con su simpleza y austeridad, donde se dedica a la cosecha del folclore musical jamaicano. Nada puede haber más opuesto a las ideas de Priscilla sobre el arte y la educación que las de Gensir. Si para la Craig las máscaras africanas eran el producto de una humanidad caída, una representación de lo grotesco, lo obsceno, lo perverso, Gensir era el primero “to enter into the simple life of the island Negroes and proclaim significance and beauty in their transplanted folk tales and in the words and music of their native dialect songs [...] he had found artistry were others saw nothing, because he believed that wherever the imprints of nature and humanity were found, there also were the seeds of creative life, and that above the dreary levels of existence everywhere there were always the radiant, the mysterious, the wonderful, the strange great moments whose magic may be caught by any clairvoyant mind and turned into magical form for the joy of man” (p. 310); si para Priscilla, por otra parte, la educación es tallar al pupilo en virtud de un ideal programático y de acuerdo con las expectativas de su clase social, Gensir no cree “in the system of modern education. It grinds out certain fixed types on different grades to fit into a preconceived plan. And there is no room in it for one who would like to think and to act independently [...] All my relatives and friends had some better idea than myself of how I should live. What purpose should I live for. Wanted to dispose of my life for some noble ideal of service: a class, a cause, a loyalty. They were horrified because I thought it was the best thing for a man to devote himself first to the understanding and adjusting of his own life to life” (p. 122).

Gensir es importante para Bita, para su Umbildung, su deconstrucción-reconstrucción porque le proporciona la auténtica clave para “descolonizar la mente”. Y este proceso no pasa primariamente por dar la espalda al inglés como medio de expresión y a la educación recibida con él, como querría Thing’o, sino por invertir los términos de la colonización intelectual: ser ella, Bita, quien haga suyos los conocimientos recibidos, las herramientas mentales y espirituales adquiridas, a fin de determinarlos desde su independencia anímica en lugar de permitir que sean ellos, pasivamente asimilidados, los que la determinen a ella.

Una vez esta clave ha calado en Bita lo bastante como para decantar en predisposición, su ruptura con Jubilee es prácticamente inevitable. La excusa será su enamoriscamiento de Hopping Dick, el volátil galán local. Para Bita, atractivo, seductor y considerado. Para Priscilla: sencillamente un rufián de baja calaña que ni siquiera habla inglés con corrección. “A low peacock”, lo describe la Craig, “who murders his h’s and altogether speaks in such a vile manner” (p. 210).

La “vile manner” de hablar a la que se refiere Priscilla es la lengua criolla, de la que la novela da numerosos, amplios y sabrosísimos ejemplos. De hecho todos los diálogos entre los jamaicanos que no poseen la exclusivista educación de Bita o de Herald Newton ocurren en lengua criolla. Bita, en el episodio con Priscilla que acabamos de citar, la llama “broken English” (p. 210); el narrador se referirá a ella como “Negro dialect” (p. 261) y poco después (p. 262), hablando por boca de Bita, la llamará “Negro tongue”, haciendo una hermosa descripción de esta lengua en contraste con el modo de hablar de un afectado personaje, Marse Arthur: “His brittle voice [Marse Arthur’s] was unpleasant to her [Bita] and his small-town dialect so different from the peasants’ way of speech; their brief concise phrases, words dark and yielding as the soil and green as the grass wet with dew, pliant as supple-jacks and juicy as mangoes, sifted and moulded to give expression to simple Negro tongue”.

Si uno lee en el DRAE la entrada correspondiente a la voz “busilis” se encontrará con la siguiente etimología: “Del latín in diebus illis, mal separado por un ignorante que dijo no comprender qué significaba el busillis.” No tengo ni idea de si en jamaicano la expresión “nymph fer manaxe” significa algo o no, pero hay un cómico ejemplo de lo mucho que habría podido significar, al estilo de nuestro “busilis”, en la conversación que mantienen Anty Nommy y Priscilla Craig, las dos madres adoptivas de Bita, acerca del galán que provoca los suspiros de la muchacha: “She [Priscilla] could never understand a girl like Bita really falling in love with a man like Hopping Dick and to account for it she had come to the conclusion that Bita at bottom was a nymphomaniac. The sounding and pronunciation of that word was stupendous to Anty Nommy and in spite of the sad occasion she was pleased to think that it meant that Bita was a wonderful person. So after relating the conversation to Bita and trying to get her to see the matter from Mrs. Craig’s angle she ended by saying: 'And she said dat she be’n t’inking dat youse a «nymph fer manaxe»'. And Anty Nommy was at a loss to understand why the phrase should have sent Bita into such a fury” (pp. 221-2).

El criollo se desarrolla, entre otras muchas cosas, a partir de “malas” comprensiones y “deficientes” interpretaciones de la lengua colonial, pero por eso mismo resulta en una lengua viva, fecunda, elusiva, subversiva, constantemente creativa, libre y voluble en su manifestación escrita, heterográfica: “Honard miss”, escribe a Bita otro de sus pretendientes, digamos, populares, “I beg to apolojoys for trying to mek a little pleasantry wid you as a genelman and you not a lady as big to aprechiate it. I no jest a fool country naygur not know nothing, but I is a pusson travelled far abroad jest lak yousef an I is acquented wid all the etykwets. That why I wait until you was all alone by yousef to get a good introduction to you. I is sorry you tek it in sech a bad way and insult me lak a dawg but I is willing to forgive and even be a frien to you ef you will tek that back” (p. 131).

Rosyanna, la criada de la misión de Jubilee, nos ofrece delicias terminológicas como “deadickylous” (por ridiculous) y “sintiminious” (por sanctimonious) en los siguientes ejemplos de su uso del criollo: “Well, I nebber did heah ‘bouten sich a t’ing in all my life. Nebber did come up ag’inst anyt’ing so deadickylous. Lak a if dat woman done want me fer t’ink she not jesen a woman lak mese’f” (p. 206); “Ise a married woman mese’f [...] An’ I hab de right fer sleep wid mi husban’ all de tim’ cepen’ when him not at home. Ah doan’ shame nuttin’. Ah doan’ blieb in no sintimonious primsin’ an’ actin’ lak I was an angel when Gawd knowns Ise a woman. An’ de Bible says plain dat Gawd made woman as a hopmeet fer man” (p. 207). Los ejemplos que podrían citarse son, en fin, incontables y a cada cual más delicioso para el filólogo cuya aproximación a la lengua sea humildemente poética y admirativa en lugar de pedantemente normativa y academicista.

Bita, sin embargo, no retorna a la “Negro tongue”, ni tampoco se une a Hopping Dick. Tras separarse de la misión en términos amistosos, acaba por casarse con otro criolloparlante, Jubban, el mozo de Jordan Plant, ahogado mientras tanto en el río a causa de las lluvias tropicales que suceden a la larga sequía sufrida por la isla. Hay un emotivo y valiente episodio en que Bita y Jubban hacen el amor en el campo, en la misma carreta que transporta el ataud de Jordan, el padre de la muchacha: “It was strange and she was aware of the strangeness that in that moment of extreme sorrow she should be seized by the powerful inevitable desire for love which would not be denied. She was not oblivious of her father’s body in the back, but her conscience fortified her with a conviction of the approval of his spirit. He who had seemed to understand her all her life would understand now. Her spirit was finely balanced between the delicate sadness of death and the subdued joy of love and over all was the glorious sensation of life triumphant over death” (p. 289).

Jubban es, simplemente, un buen hombre que quiere a Bita con locura. Por supuesto, la sociedad de Banana Bottom critica a la muchacha por derrochar su educación y posición de semejante modo casándose con Jubban. Para ellos la decisión de Bita demuestra que siempre ha sido una campesina en el fondo de ella misma y que ahora retorna a su verdadera condición después del fallido experimento por parte de una ilusa pareja blanca de transformarla en “lady”. Pero, indiferente a las críticas y sin renegar de nada de lo aprendido, Bita manifiesta una inaudita capacidad para librarse de su condicionamiento educativo, y consciente, deliberada, autónomamente, seguir a partir de aquí su propia senda vital.

10/30/2007

De cómo un empacho ideológico puede arruinar una gran novela (Thiong'o III)

Thiongo2

Es sintomático que la primera palabra de Ngũgĩ wa Thiong’o en la crónica sobre su periodo carcelario —Detained, A Writer’s Prison Diary— sea justamente “Warĩĩnga”, el nombre de la heroína de su obra narrativa Devil on the Cross, y que las primeras páginas del susodicho diario las dedique a explicar lo que significó para él escribir esta novela durante el año que pasó encerrado (de Diciembre de 1977 hasta el último día del año 1978) en la celda 16 de la Prisión de Máxima Seguridad de Kamiti, con el número K6,77. “I am totally engrossed in Warĩĩnga, the fictional heroine of the novel I have been writing on toilet-paper for the last ten months or so!”, dice en la p. 5, y prosigue: “Writing this novel has been a daily, almost hourly, assertion of my will to remain human and free despite de Kenya African National Union (KANU) official government programme of animal degradation of political prisoners” (p. 6). “Free thoughts on toilet-paper! I had deliberately given myself a difficult task. I had resolve to use a language which did not have a modern novel, a challenge to myself, and a way of affirming my faith in the possibilities of the languages of all the different Kenyan nationalities, languages whose development as vehicles for the Kenyan people’s anti-imperialist struggles had been actively suppressed by the British colonial regime (1895-1963) and by the neocolonial regime of Kenyatta and his comprador KANU cohorts. I had also resolve not to make any concessions to the language. I would not avoid any subject —science, technology, philosophy, religion, music, political economy— provided it logically arose out of the development of the theme, character, plot, story, and world view. Further I would use any and everything I had ever learnt about the craft of fiction —allegory, parable, satire, narrative, description, reminiscence, flash-back, interior monologue, stream of consciousness, dialogue, drama— provided it came naturally in the development of character, theme, and story. But content —not language and technique— would determine the eventual form of the novel. And the content? The Kenyan people’s struggles against the neo-colonial form and stage of imperialism!” (p. 8).

Un empeño absolutamente miltónico, en efecto, y divagaremos aquí sobre si queda satisfecho por el producto resultante, o hasta qué punto. Divagaré porque, como lector con pretensiones de que mi recorrido por los libros sea lo más consciente posible, no puedo dejar de dar —sobre todo de darme a mí mismo— mis impresiones. Pero divagaré con más humildad de la que ya es necesaria en todo acto de lectura y posterior comentario, recordando que, por su propia naturaleza, la novela carcelaria de Thiong’o es un artefacto situado más allá del juicio de la crítica literaria: Devil on the Cross no es una mera manifestación de la creatividad narrativa; nace como un instrumento de supervivencia y su función es, básicamente, la de salvavidas.

Kamiti2 Thiong’o estuvo preso un año en Kamiti sin incriminación formal, sin juicio y sin derecho a solicitarlo. Se trataba de una detención indefinida que, en el caso de otros presos políticos como él, se prolongó más de diez años. Thiong’o tuvo la  suerte (relativa) de que Jomo Kenyatta, el presidente de Kenya desde la independencia de la nación, muriese en Agosto de 1978, lo que resultó en la liberación de los presos políticos hacia finales de ese mismo año. En su diario Detained, Thiong’o hace un análisis apasionante de la situación en Kenya desde los mismos comienzos de la invasión británica, del modo en que la “cultura” colonial condicionó el modo de ser de la futura Kenya independiente, de la traición del KANU (el partido nacionalista de Kenyatta) a sus ideales originales, del servicio clientelista de este partido político a los intereses extranjeros, y de los males del neocolonialismo con su desprecio de las culturas autóctonas y su funcionamiento arrogantemente fascistoide bajo el tradicional maquillaje democrático de importación. Según su propio análisis, Thiong’o fue detenido por promover la cultura popular kikuyu con la creación de un teatro de obreros y campesinos, que puso en escena diversas obras populares, y por la composición de una obra dramática en kikuyu, traducida al inglés como I Will Marry When I Want (1977), que en opinión de más de un político de peso del momento incitaba a la lucha de clases en Kenya.

Coherente con su trayectoria de nacionalismo cultural y lingüístico de los últimos tiempos anteriores a su detención, Thiong’o se propuso escribir Devil on the Cross en kikuyu, aunque contemplaba traducirla posteriormente al swahili (el idioma mayoritario de su país) y al inglés. La versión inglesa vio la luz en 1981 y, desde entonces, a pesar del ya prolongado exilio de Thiong’o en Inglattera y en Estados Unidos, su narrativa ha seguido fluyendo en kikuyu para ser traducida luego a la lengua universal por él mismo o alguno de sus colaboradores. Y este hecho, el de estar compuesta en kikuyu y avanzar a menudo a través de la lógica motivacional implícita en la sobreabundancia de proverbios que parece estructurar el modo de pensar kikuyu, es otra de las razones por las que Devil on the Cross queda más allá de la crítica de cualquier comentarista que no esté empapado de la historia de Kenya y sea un experto conocedor de la lengua de una de sus etnias más importantes.

Devil_on_the_cross En cuanto que lector meramente aficionado a cuestiones africanistas y tratando esta novela de Thiong’o como literatura, no como instrumento de supervivencia, diré sin embargo que Devil on the Cross es una obra rara, que oscila de lo extraordinario a lo deleznable. Empieza y termina con la historia de Warĩĩnga, la heroína, así que en cierto modo puede decirse que Devil on the Cross es el relato de su transformación. Pero cuando se analiza el contenido de esta metamorfosis y se reflexiona sobre su presentación, que no emerge naturalmente del desarrollo de la historia, sino que consiste en la paupérrima descripción de tres o cuatro etapas de su existencia, se percibe que este supuesto eje narrativo es lo menos interesante, lo más endeble y, al final, incluso lo más rocambolesco de la obra. Warĩĩnga comienza como buena y promisoria estudiante; su tío, sin embargo, la pone pronto en manos del “Rich Old Man”, que se sirve de sus favores hasta dejarla embarazada; en ese punto la rechaza y Warĩĩnga debe buscar trabajo en Nairobi como secretaria; logra por fin el puesto sin tener que pagarlo con contrapartidas sexuales (“women’s thighs are the tables on which contracts are signed”, p. 19) y lo conserva hasta el instante en que también su nuevo jefe se le insinúa (“my little fruit, my little orange, flower of my heart, come to me and say bye-bye to poverty...”, p. 22). El rechazo de Warĩĩnga conlleva, en un solo día, la pérdida de su trabajo, piso y novio, y la narración comienza de hecho en ese punto, cuando Warĩĩnga, hastiada de la capital, decide coger un matatu (una especie de minibús característico de Kenya) de vuelta a su pueblo, Ilmorog.

Es entonces cuando la narración adquiere unos tintes que en ocasiones la aproximan a la alegoría renacentista o medieval y, en otras, al realismo distorsionado de un Gogol. El viaje en el matatu del ambiguo y escurridizo Mwaũra (“Call me Robin Mwaũra”, p. 36), tiene algo de los Peregrinos de Canterbury: la propia Warĩĩnga, Wangarĩ (la mujer que habla de los horrores de Nairobi después de haber servido a la insurgencia), Gatuĩria (el artista que intenta la recuperación del legado musical autóctono y protesta contra el imperialismo cultural), Mũturi (el delegado de una organización secreta de trabajadores en Nairobi), Mwĩreri wa Mũkiraai (el hombre de las gafas oscuras) y el mismo Mwaũra el conductor, cuentan, cada uno de ellos, algo de su historia y de las razones que los llevan a Ilmorog. Incluso el pregón de Mwaũra al cantar las alabanzas de su vehículo como reclamo para posibles viajeros otorga a este peregrinaje una dimensión simbólica: “Young men”, clama Mwaũra, “let me tell you a secret: God’s kingdom has been brought closer by Mwaũra’s Matatũ Matata Matamu Model T Ford. Even the journey to the Devil’s place is nothing to Mwaũra’s Matatũ Matata Matamu Model T Ford. Get in! Get in! Ilmorog is here, no further than the eye from the nose” (p. 31). Y posteriormente el narrador añade: “Matatũ Matata Matamu Model T Ford, registration number MMM 333, was like a church; the passangers were deaf to the noise of the vehicle as it waddled along the TransAfrican Highway, bearing them towards Ilmorog, the seat of the great competition in modern theft and robbery [...] ‘... For the Kingdom of Heaven is as a man travelling into a far country, who called his own servants, and delivered unto them his goods. And unto one he gave five talents, to another two, and to another one...’” (p. 81).

Devil_and_the_cross A Dios o al Diablo, en efecto, tal es la duda en esta parte de la novela: no sólo hacia cuál de los dos autócratas eternamente confrontados se dirigen los peregrinos del matatu, sino a quién sirve cada uno de ellos y, sobre todo, al igual que en buena parte de la poesía épica de Blake, quién es el auténtico villano de la narrativa universal, el Monarca Cósmico o el Espíritu de Rebelión. Porque resulta que tres de los cinco pasajeros han recibido una extravagante invitación para asistir en Ilmorog a un concurso en el que serán escogidos los siete grandes expertos del latrocinio nacional. Las invitaciones que portan Warĩĩnga y Gatuĩria presentan el evento como una fiesta satánica (p. 28), pero ello, dice Mwĩreri wa Mũkiraai (el hombre de las gafas oscuras), es pura difamación orquestada por los universitarios comunistas, que han falsificado y pervertido el formato original de las invitaciones (p. 76), donde no se citaba en absoluto el nombre de Satán: “First things first. This feast is not a Devil’s feast, and it has not been organized by Satan. This feast has been arranged by the Organization for Modern Theft and Robbery in Ilmorog to commemorate a visit by foreign guests from an organization for the thieves and robbers of the Western world, particularly from America, England, Germany, France, Italy, Sweden and Japan, called the International Organization of Thieves and Robbers” (p. 78).

El peregrinaje en el matatu culmina con ese comienzo de la parábola de los talentos (Mateo 25:14ss), citado más arriba, que desemboca, ya en el capítulo siguiente (el cuarto), en uno de los momentos más lúcidos de la novela (pp. 82-86): la reinterpretación satírica de la aludida parábola en los términos de un manifiesto neocolonial: “...For the Kingdom of Earthly Wiles can be likened unto a ruler who foresaw that the day would come when he would be thrown out of a certain country by the masses and their guerrilla freedom fighters. He was much troubled in his heart, trying to determine ways of protecting all the property he had accumulated in that country and also ways of maintaining his rule over the natives by other means. He asked himself: What shall I do, seeing that all these people over whom I have always lorded are now about to expel me from these plantations and factories that I have taken from them? I can no longer cultivate the fields; I can no longer work with my hands. And if I wait until I am clubbed and gunned out of the country, I will live forever in shame because of all the hair-raising stories I have told them about the invincible might of my armoured cars and bombs, and because I have always tried to show them that the white race can never be dominated by the black race.” De modo que el gran amo blanco empieza a preparar su retorno subrepticio, llama a sus siervos leales y los instruye en la mentira, la hipocresía política, el separatismo tribal, y toda clase de argucias y formas de manipular a las masas: “And it came to pass that as the ruler was about to return to his home abroad, he again called together all his servants and gave them the key to the land, telling them: ‘The patriotic guerrillas and the masses of this country will now be deceived, because you are all black, as they are, and they will chant: «See, now our black people have the key to our country; see, now our black people hold the sterring wheel. What were we fighting for if not this? Let us now put down our arms, and sing hymns of praise to our black lords».” Antes de partir, el amo reparte bienes entre sus servidores de acuerdo con la lealtad de cada uno, dándole 500.000 chelines a uno, 200.000 a otro, y 100.000 al tercero. El primero dobla enseguida su capital comprando barato a los campesinos y vendiendo caro a los obreros de la ciudad, y lo mismo hace el segundo; pero el tercero, recordando las proclamas del amo acerca de la autosuficiencia del Capital, mete su dinero en una lata y lo entierra en el campo a fin de comprobar si es capaz de dar beneficio sin que lo riegue el sudor del obrero y la sangre del menesteroso. El amo retorna pronto, por la puerta de atrás, y viendo que sus dos primeros siervos han logrado beneficios del 100%, nombra al primero managing director de las sucursales nacionales de sus bancos y al segundo, sales director de las sucursales de sus aseguradoras. Pero el tercero, el que había enterrado sus cien mil chelines “stepped forward and told his master: «You, lord and master, member of the white race, I have discovered your tricks! I have also discovered your real name. Imperialist, that’s your real name, and you are a cruel master. Why? Because you reap where you have never sown. You grab things over which you have never shed any sweat. You have appointed yourself the distributor of things which you have never helped to produce. Why? Just because you are the owner of capital. And so I went and buried your money in the ground to see if your money would yield anything without being fertilized by my sweat or that of any other man. Behold, here is your 100,000 shillings, exactly as you left it. I now give you back your capital. Count it and check that not a single cent is missing. The most remarkable thing was this: my own sweat provided me with food to eat, water to drink and a shelter in which to sleep [...] If today I joined hands with all others who have opted to be masters over their own sweat, there would be no limit to the wealth we could produce for our people and country».” El amo, por supuesto, lo llama infiel y perezoso; y se pregunta, puesto que los negros son incapaces de estas ideas sediciosas, quién le ha revelado al siervo díscolo el nombre secreto del patrón blanco, quién le ha envenenado la mente de tal modo... quién, en efecto, sino los comunistas. El disidente, desde luego, con su lata llena de chelines enterrada en el campo, ha probado empíricamente la idea marxista de la plusvalía, así que en este punto cuando menos el amo tiene razón. Y lo maldice diciendo: “Arrest him, now, before he spreads these poisonous thoughts to other workers and peasants, and teaches them that the power of organized unity is stronger than all my bombs and armoured vehicles! Take away even the little that he has, and divide it among yourselves. For unto the man of property more will be given, but from the poor man will be taken even the little that he has kept in reserve. That is the most important of all my commandments.”

Playgirls Con ello ya estamos de lleno en la siguiente etapa narrativa: la competición en la cueva de ladrones. Pero ¿era una cueva o mansión?, se pregunta el narrador, ¿la más excelsa de las mansiones?. Y aunque en todo momento, antes y después, la llamará “cueva”, pasa ahora a describirla como una exhibición del más soberbio y superfluo de los lujos, transitada por camareras a lo conejitas de Playboy que portan sin cesar bebidas a los invitados, y con los delegados extranjeros, que adquieren aquí tonalidades apocalípticas, sentados a la mesa presidencial: “On their heads they wore hats like crowns. Each crown was decorated with seven metal objects shaped like horns, which gleamed so brightly that they almost blinded the eyes. All the crowns looked alike, but the leader’s was a little larger than the others. The tips of the horns were twisted into the initial of the country that each delegate came from”. Y cada representante del latricionio universal viste además un traje hecho de la moneda de su país, ornamentado de insignias: “The badges were made of metal and, like neon advertisements, they flashed on and off, illuminating the words that were inscribed on them. Each badge wore one or two slogans, like the following: World Banks; World Commercial Banks; World’s Exploitation Banks; Money-Swallowing Insurance Schemes [...]; All Products Fair and Lovely to Keep Fools in the Dependent Chains of Slavery; Slave for Comfort, Deal with Me; and many others in similar vein” (p. 91).

Los cinco viajeros del matatu más su conductor asisten boquiabiertos a la ceremonia. Warĩĩnga y Gatuĩria, lo hacen en calidad de espectadores; Wangarĩ y Mũturi, como opositores; Mwaũra y Mwĩreri wa Mũkiraai, finalmente, como potenciales concursantes. El primer par viene a representar en la narración a la clase pensante: Warĩĩnga pertenece a esos graduados mercenarios puestos al servicio del Capital, mientras que Gatuĩria se enmarca en el grupo de los intelectuales entregados a la alta especulación y la creatividad: “I’m a kind of research student in culture. I’m a junior research fellow in African culture. Our culture... sorry, I mean, our culture has been dominated by the Western imperialist cultures. That is why we call in English cultural imperialism. Cultural imperialism is slavery of the mind and body. [...] I am also a composer. My ambition and dream is to compose a piece of music for many human voices accompanied by an orchestra made up of all kinds of national instruments: skin, wind, string and brass” (pp. 58-59). Las ideas y posición de Gatuĩria reflejan de un modo muy preciso las del propio Thiong’o, quien en su diario carcelario escribe: “A national culture [...] must reflect the entire national situation, rooted as it is in the concrete experiences of the various nationalities that make up the Kenyan nation. Modern Kenyan national culture will then be a symphony played by a huge orchestra of all Kenyan communities in harmony. The symphony will be conducted in the all-Kenya national language -Swahili- while the regional parts of the orchestra will be conducted in the languages of the various peasant communities” (Detained, p. 195). En contraste con este primer par ‘protagonista’, cuya actitud frente al concurso es de curiosidad, duda y reflexión, Wangarĩ y Mũturi representan a la clase obrera. El suyo es desde el principio un talante irreconciliable con el obsceno espectáculo y, si asisten a él, es para dinamitarlo y poner en evidencia a todos los estafadores nacionales y extranjeros. El tercer par, por último, el que constituyen Mwaũra y Mwĩreri wa Mũkiraai, pertenece directamente a la clase parasitaria: Mwaũra el conductor, al cuerpo de matones que hace el trabajo sucio de los potentados a cambio de pingües beneficios y prebendas, mientras que Mwĩreri milita en las filas de ese tipo de bandidos que quieren un latrocinio nacionalista, como quien dice, o nacionalizado... dejar de compartir la tajada con los capos extranjeros. Éstos constituían, tal como lo expone Thiong’o en su diario de prisión (Detained, pp. 51-56), el ala de la pequeña burguesía media y baja del KANU, cuyo programa de capitalismo nacionalista fue desbancado por el capitalismo neocolonial del ala liderada por Kenyatta y Mboya.

Fanon1 Estamos, pues, en un punto de la novela en que la ideología marxista de Thiong’o, mamada sobre todo de Frantz Fanon, el gran pensador revolucionario de la Martinica (1925-1961), está muy presente, hasta el punto de sembrar sus símbolos, estructurar los contenidos y determinar la dinámica de la narración. Pero el cariz esperpéntico del conjunto, los tintes gogolianos, las caricaturas alegóricas y las hipérboles apocalípticas pesan tanto todavía y lo hacen con tanta gracia y derroche de imaginación, que lo ideológico, absorbido aún en lo narrativo y sometido a él, no ha hecho reventar todavía el relato por sus costuras.

En paralelo con las historias de los viajeros del matatu en la primera parte del libro, se suceden ahora las historias de los ladrones que optan al premio del concurso. Cada uno de ellos debe subir al podio, contar sus robos pasados y exponer sus proyectos de latrocinio futuro. Pero el primero de ellos, Ndaaya wa Kahuria, resulta ser poco más que un carterista hambriento, lo que lleva a las protestas y abucheos del público congregado, que allí sólo quiere bandidos perfectamente saciados: “Here, in this cave, we are interested only in people who steal because their bellies are full” (p. 94). Así que el maestro de ceremonias establece como filtro el deber de cada concursante de revelar primero qué coches tiene, qué coche o coches (referidos aquí como “cestas de la compra”) ha regalado a su mujer, cuántas amantes mantiene y con qué automóvil ha obsequiado a cada una de ellas. Porque el coche es, entre estos petulantes parásitos, la identidad de la persona. O así lo afirma el maestro de ceremonias al reprender a Mwĩreri, cuando le llega el turno de concursar, diciéndole: “... it is not easy to recognize a man without a car. A car is a man’s identity. I once met my wife on foot because she had left her car at home. I didn’t recognize her. She told me about the encounter later. Now, if I can’t recognize my own wife without her car, do you think that you are an exception? Show these elders your identity card so we can get on with the feast” (pp. 162-163).

Así, el primer ladrón aceptado en el podio tras exponer sus credenciales es Gĩtutu wa Gataangũrũ, quien aprendió bien la máxima proclamada por su padre (“A career of theft and robbery is the only one for anyone who calls himself an adult. Learn from the whites, and you’ll never go wrong”, p. 102) y la aplicó a la especulación del suelo, construyéndose una inmensa fortuna. Su ecuación maestra es: Hambre x sed = hambruna; El hambre de las masas = riqueza para el hombre de argucia: “Wealth is not the work of one’s hands but the cunning of one’s mind, cunning in a free market system to rob people of the fruits of freedom!” (p. 105), dixit Gataangũrũ. Su propuesta es parcelar el suelo hasta el punto de vender a los campesinos el terreno en platos y el aire, enlatado... lo que, además, redundará en el control absoluto del pueblo por las élites.

El segundo de los ladrones concursantes, Kĩhaahu wa Gatheeca, centrado en el timo en la enseñanza y la manipulación política, no es bien visto por el resto de la concurrencia, que aspira a estafas más fértiles y sofisticadas. A éste le sigue el propio Mwĩreri wa Mũkiraai, que tiene al público en contra desde que se le ha visto llegar en matatu, en lugar de descender de un flamante cochazo, y no sólo no se gana su favor proponiendo nacionalizar el latrocinio y la explotación de las masas sino, por el contrario, una sentencia de muerte, que ejecutará en secreto el conductor Mwaũra, jefe de matones. Incluso el maestro de ceremonias se verá obligado a apaciguar a los delegados extranjeros diciéndoles: “I would like to remind you that even today we have continued to hoodwink our people into believing that you did actually leave the country. That’s why we don’t call you foreigners, or imperialists, or white robbers. We call you our friends” (p. 174).

El cuarto competidor, sin embargo, Nditika wa Ngũũnji, cautiva a la concurrencia con su Santa Trinidad del Robo: Arrebatar, Extorsionar y Confiscar. Para él BMW significa Be My Woman! y declara sin ambages: “If you find anything belonging to the masses, don’t leave it behind, for if you don’t look after yourself, who’ll look after you?” (p. 177). Su especialidad es el contrabando y el mercado negro, y su propuesta, inspirada por el sudafricano Dr. Barnard, es producir órganos alternativos para ricos, a fin de darles la oportunidad de poseer más bocas, tripas, manos, corazones, penes... con los que explotar, robar y gozar el mundo: “We could purchase immortality with our money and leave death as the prerogative of the poor” (p. 180). Ahora bien, si la esposa de un potentado exige una segunda vagina, hay que aplicar el africanismo más rancio y darle una buena paliza (p. 181). Aclara Thiong’o en su diario de prisión que se enteró allí de la visita de Barnard a Kenya “as a guest of the attorney-general, Charles Njonjo, and about his open defense of racism and apartheid, and his insulting advocacy of ties between Kenya and the dying regime of South Africa” (Detained, p. 138) y decidió incorporar el evento, de algún modo, a la novela.

El quinto de los participantes, finalmente, Kĩmeendeeri wa Kanyuanjii, es ni más ni menos que Matrix avant la lettre: ¿por qué no encerrar a los trabajadores en granjas y extraerles, al igual que la leche a las vacas, el sudor y la energía por medios electromecánicos para canalizarlos desde ahí directamente a la industria nacional y extranjera? “Kĩmeendeeri intends to fence off the farm with barbed wire, just like the wire that was used to fence off detention camps during the state of Emergency in colonial Kenya. He plans to pen the workers there like animals. He will then fix electrically operated machines to their bodies for milking their sweat or the energy that produces sweat, their blood and their brains. The three commodities will then be exported to foreign countries to feed industries there to feed industries there. For every gallon of sweat, or blood, or brains Kĩmeendeeri will get commission at a fixed rate” (p. 187) y la canalización se hará por medio de tuberías, pipelines, que, recuérdese, era el odioso nombre dado a la red de campos de concentración durante la guerra de los británicos contra la insurgencia en Kenya. “This means that the churches —concluye el narrador—, the schools, the poetry, the songs, the cinema, the beer halls, the clubs, the newspapers will all act as brain-washing poisons whose purpose will be to convince workers that in this world there is nothing as glorious as slavery to the Kĩmeendeeri class, so that each worker will look forward to the day he dies, when his body will become fertilizer to make the farm ever more productive. The intellectual and spiritual and cultural brain-washing poisons will make the workers believe, literally, that to obey the Kĩmeendeeri class is to obey God, and that to anger or oppose their overlords is to anger and oppose God” (p. 189).

Satan El episodio de Kĩmeendeeri constituye el segundo, y último, de los grandes momentos de Devil on the Cross. En realidad, a Kĩmeendeeri no lo vemos en escena propiamente, sino a través de un sueño de Warĩĩnga (p. 184ss.) en el que el “roaming spirit” de Satán hace de intérprete de la visión y de psicopompo. Se trata aquí, al principio, de un Satanás que, muy al estilo del Diablo del primer Blake, llega incluso a reinterpretar el sacramento cristiano de la comunión, la ingestión de la carne y la sangre de la víctima sacrificial, en términos de vampirismo capitalista: “[...] have you already forgotten that this is the teaching of your own Church? [...] That the eating of human flesh and the drinking of human blood is blessed on Earth and in Heaven? [...] The Kĩmeendeeri class is only acting out the central symbolism of the Christian religion. The Kĩmeendeeris are the true Christian disciples” (p. 190-1).

Thiong’o ha recorrido un largo camino desde el cristianismo que infecta sus primeras novelas, con aquel intento siempre insatisfecho de sus protagonistas de visualizar la síntesis entre doctrina cristiana y tradición tribal, hasta esta noción marxista de la religión como el opio del pueblo; pero, o bien no ha sido capaz de desprenderse de la idea eclesiástica de Satanás y dar forma aquí a un Lucifer blakiano o byroniano, o bien no ha sentido el menor interés de hacerlo. Cuando el Diablo del sueño de Warĩĩnga desciende de lo revelador y subversivo a lo pedestremente evangélico tentándola con riquezas neolcoloniales a cambio de su adoración, a mi modo de ver esta gran novela pierde por completo el rumbo; el factor ideológico, relativamente contenido hasta este punto, acaba de reventar la narración por sus costuras y convierte la última quinta parte del libro) en un puro panfleto. Las masas obreras y estudiantiles dirigidas por Wangarĩ y Mũturi asaltan la “cueva” y, antes de ser reducidas por la policía, Mũturi tiene tiempo todavía de perpetrar a los concurrentes (y a los lectores) uno de los alegatos más predecibles y soporíferos que pueda imaginarse, algo que parece extraído de cualquier manual de marxismo barato.

Después de estos episodios, la novela salta dos años hacia delante. Lo que queda es falsamente narrativo y no pasa de una mera descripción de Warĩĩnga como la perfecta ciudadana nacionalista, comunista y obrera. Ha terminado sus estudios, se ha hecho mecánica en un taller de reparación de vehículos, ha enseñado a sus compañeros varones a tratarla de igual a igual, y ha aprendido judo y karate en caso de que alguno no lo haga. El narrador aliña el cuadro triunfal de la chica con exclamaciones panegíricas del tipo: “Oh, Warĩĩnga, work harder to develop our land!” (p. 216); “Warĩĩnga, our engineering hero!” (p. 217). Y su encontronazo con un cliente que se sobrepasa es directamente de dibujos animados: “For Warĩĩnga turned like lightning, and in the twinkling of an eye, she had assaulted him with so many judo kicks and karate chops that for a time he saw stars. When he was finally felled by her judo kicks, he beseeched her to stop: ‘I’m sorry.’ The man got to his feet, took his car keys, started the engine and literally raised dust on the tarmac as he drove away” (p. 221).

Pero desfortunadamente (no para la protagonista, sino para el lector) Warĩĩnga, además de haberse metamorfoseado en la perfecta heroína socialista, se ha convertido también en la novia de Gatuĩria, el universitario, el compositor, que sigue trabajando en su utópica sinfonía pannacional. Gatuĩria es de familia rica y las familias ricas, en estos casos, celebran grandes fiestas para conocer a la novia y mostrarla en sociedad. Y así Warĩĩnga es presentada finalmente al padre de Gatuĩria, que resulta ser el “Rich Old Man” que en su día la preñó y abandonó. De modo que Gatuĩria es hermano de la hija de su amante y, por si fuera poco, el “Rich Old Man” quiere a Warĩĩnga de nuevo para él solo. La exige de nuevo para sí, con amenazas. El resultado de toda esta extravaganza es un final que desafía cualquier dimensión del ridículo: Warĩĩnga mata al “Rich Old Man” con la pistola “del pueblo” que Mũturi le dio a guardar antes de ser detenido y abandona la fiesta (incluido el etérico Gatuĩria) con tiros y golpes de karate a diestro y siniestro, sin mirar atrás.

Personalmente, a pesar de las reflexiones que me hago acerca de que Devil on the Cross no es del todo una novela sino un instrumento de supervivencia, y a pesar de tener en cuenta que Thiong’o aceleró el final de su composición llevado por el impulso supersticioso de que éste traería consigo el término de su periodo carcelario (cf. Detained), al llegar a este último episodio me cuesta entender que el autor tolerase la publicación de la obra en su estado actual como no fuese deslumbrado por la espuria forma que había logrado darle en lengua kikuyu a la ideología que tanto estimaba. El problema no está en la ideología por sí misma, desde luego; y en lo que a mí respecta, me quedo con marxistas antes que cristianos. El problema está en un quehacer narrativo que se resquebraja, robando al lector el espejismo de haber tenido entre las manos una novela y dejándole de pronto el texto destripado de un panfleto pseudopolítico.

10/16/2007

El Primer Thiong'o (Ngũgĩ wa Thiong’o II)

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La primera novela de Ngũgĩ wa Thiong’o —Weep Not, Child— ve la luz en 1964, después de una obra dramática inaugural, The Black Hermit, publicada el año anterior. Weep Not, Child, sin embargo, está firmada en Julio de 1962, cuando Thiong’o tiene veinticuatro años cumplidos (nace en Enero de 1938) y todavía falta cerca de año y medio para que los británicos se resignen por fin a la independencia de su gran colonia del África oriental. Más de una década de guerra y represión habrá sido necesaria para llegar a esa independencia que traerá consigo otras guerras y otras formas salvajes de opresión... más de un decenio de guerra descarnada y todos los lustros de desdichas e insatisfacciones que la precedieron desde antes de la Primera Guerra Mundial, aquellos días, como dice con no poca ironía Thiong’o, “before the whiteman ended tribal wars to bring in world wars” (A Grain of Wheat, p. 74).

Junto con la segunda de las novelas de Thiong’o (The River Between, 1965), Weep Not, Child constituye un único tapiz de la historia de Kenya y de los avatares del pueblo kikuyu desde la llegada de los misioneros a las estribaciones de las tierras montañosas hasta el periodo inmediatamente previo a la independencia. Ambas comparten no pocos elementos narrativos, así como rasgos y defectos técnicos. Por un lado, el héroe de la historia es en los dos casos un joven nativo (Njoroge en la primera; Waiyaki en la segunda) al que su padre (Ngotho; Chege), que ve en la educación colonial la herramienta para vencer a los propios invasores, ha colocado en medio de las poderosas líneas divisorias que fracturan la nación, el pueblo y la cultura de esta porción del oriente africano. En ambos casos la dicotomía tradición tribal/educación cristiana constituye la dinamo reflexiva; y en los dos se subraya el paralelismo entre el mito fundacional kikuyu y el cristiano, con especial énfasis en el elemento mesiánico presente en ambas tradiciones. En las dos novelas afronta el héroe un amor que es imposible porque el desarrollo de los acontecimientos lo ha situado al otro lado de la brecha ideológica que él se ha propuesto salvar: Mwihaki, en Weep Not, Child, es la hija de un colaboracionista (Jacobo), mientras que Njoroge proviene de una familia más cercana al Mau Mau; Nyambura, en The River Between, es la hija del converso Joshua, movido por la pasión fanática de un zelote, que quisiera exterminar hasta el último kikuyu “infectado” siquiera por vestigios de paganismo. Finalmente, ambas novelas desembocan en la tragedia del protagonista, estrellado contra la imposibilidad de lograr la síntesis que habría podido salvar del declive inexorable a su civilización.

Por otra parte, las dos obras son elementales en su arquitectura narrativa, considerablemente torpes en los diálogos, estilísticamente predecibles y con cierta tendencia a caer en lo melodramático. Más que mostrar y hacer sentir el propio ocurrir de las cosas, el narrador se apoya demasiado para el desarrollo de su historia en la descripción de los procesos mentales de los personajes que evocan ese ocurrir de una manera mediata, mezclándolo con las dudas, vacilaciones, inquietudes y esperanzas que abrigan esas figuras; perspectiva ésta que, en no pocas ocasiones, conduce a la repetición de los mismos contenidos en el ir y venir pendular de sus sentimientos y opiniones. Aun así merece la pena su lectura, primero, porque las historias en sí mismas no están exentas de cierto atractivo; segundo, porque pintan un mundo exótico para la imaginación y de profundo interés histórico; y finalmente, porque permiten contemplar los primeros pasos de Thiong’o el novelista y entrever al autor de la que será sin duda una de las mejores obras de la literatura africana, Petals of Blood (1967), que doce años después de The River Between marcará la plena madurez del gran escritor kenyata.

Weep Not, Child cubre el periodo colonial desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra hasta los albores de la Independencia. Es la historia de una familia no muy distinta, probablemente, de la que debió de tener el propio Thiong’o, que sufrió las consecuencias de la guerra Mau Mau con la muerte de uno de sus hermanos y la tortura de su madre a manos de las fuerzas coloniales. En la novela, Ngotho, casado con dos mujeres, Njeri y Nyokabi, es el padre de varios hijos: Kori y Kamau, el aprendiz de herrero; Boro y Mwangi, que lucharon contra Hitler en la Guerra Mundial, de la que sólo retornó el primero; y Njoroge, a quien Ngotho manda al colegio cristiano con gran esfuerzo económico por parte de la familia entera porque cree que la educación “is everything [...]. Yet he doubted this because he knew deep inside his heart that land was everything. Education was good only because it would lead to the recovery of the lost lands” (p. 39). Ngotho vive arrendado en la finca de Jacobo, el nativo enriquecido, y trabaja en la plantación del colono Mr. Howlands, que tiene en Ngotho un interés especial por la meticulosidad y afecto con la que éste se aplica a las labores de la tierra. Estas virtudes, sin embargo, no surgen ni del amor al trabajo ni de una particular fidelidad al británico, sino de un hondo sentido de propiedad del territorio ocupado, que para Ngotho es kikuyu por derecho de naturaleza y por sentencia del mito según el cual Murungu el Creador se lo donó a los primeros padres de la raza, Gikuyu y Mumbi.

Si la tierra es nuestra, se pregunta Njoroge, ¿por qué vivimos en ella de prestado? Y trata de responderse a través de una serie de correspondencias según las cuales Gikuyu es Adán, Mumbi es Eva, la raza kikuyu es el pueblo de Israel y Jomo Kenyatta, el Moisés Negro que les llevará de vuelta al mundo prometido. Si la tierra es nuestra, ¿dónde estaba tu generación mientras la ocupaban los blancos?, reprocha Boro a su padre la pérdida de la heredad. Y Ngotho responde enviando a Njoroge al colegio para que sea un factor determinante en la recuperación del paraíso perdido merced al poder que otorga la educación británica. La paradoja aquí reside en que, si ha de ser precisamente la educación la que efectúe y sancione la posesión del territorio, ¿no es esto validación suficiente del colonialismo? Y esto, en última instancia, no es más que otra manifestación de la pregunta que recorre de extremo a extremo el ámbito de la literatura africana: ¿quiénes o qué serían los Thiong’o, Soyinka, Achebe, Senghor..., incluso los Kenyatta y Biko y Nkrumah, sin el efecto (re)civilizador que llevó consigo el colonialismo? Una pregunta que no es retórica, no conlleva implícita una muda aprobación del proceso colonial ni mucho menos la justificación de sus excesos y aberraciones, sino que trata de subrayar la quizá irresoluble paradoja a la que se enfrentan Njoroge y Waiyaki, los protagonistas de Weep Not, Child y The River Between, así como la de todos esos autores que tratan de definir la identidad africana mediante las herramientas lingüísticas y conceptuales impuestas por la potencia colonial.

Con el recrudecimiento de los eventos en la primera de las novelas —la precaria situación laboral conduce a la huelga, la huelga a respuestas violentas, despidos y miseria incrementada, la pobreza agudizada empuja al levantamiento, y de ahí a la guerra...—, cada personaje deriva hacia el lugar, se diría, kármicamente prederterminado por sus comienzos: el excombatiente Boro pasa a la resistencia armada y se une en la jungla al Mau Mau, Jacobo se convierte en colaboracionista y jefe de la homeguard, Howlands ocupa el cargo de Oficial del Distrito, con mando sobre la policía colonial y nativa, Njoroge intenta seguir por la vía media de enriquecer su africanidad con la educación europea en un colegio cristiano, cuyo director “believed that the best, the really excellent could only come from the white man. He brought up his boys to copy and cherish the white man’s civilization as the only hope of mankind and especially of the black races. He was automatically against all black politicians who in any way made people to be disconected with the white man’s rule and civilizing mission” (p. 115). Y Ngotho, que ha participado en la huelga y ha sido en consecuencia despedido de la plantación, arrojado de la finca de Jacobo, se ha convertido para Howlands en un “symbol of evil that now stood in his path” (p. 120).

Hay un curioso paralelismo entre Ngotho y Howlands (más tarde reencarnado en el binomio Chege/Livingstone de The River Between, cf. p. 46) —ambos tienen un íntimo sentido de propiedad de la tierra y de pertenencia a esa misma tierra, ambos han perdido un hijo en la segunda guerra mundial... y ambos morirán el mismo día— que intensifica su confrontación cuando el desarrollo de los acontecimientos los sitúa en bandos enemigos. Jacobo muere a manos de Boro, lo que desencadena la represión de su familia. Ngotho perecerá como consecuencia de las torturas padecidas. Boro matará a Howlands también y será ejecutado. Njoroge es arrancado del colegio, detenido y golpeado, y verá destruidos sus sueños de elevación por la educación y el conocimiento. Irremisiblemente separado de Mwihaki, que sigue creyendo en la Kenya que Njoroge, desesperanzado, querría abandonar, el protagonista se ve al final abocado a una vida hueca y sin objetivo. El último episodio de la novela presenta su frustrado intento de suicidio, que deja flotando la pregunta de si su renuncia a la muerte voluntaria se debe a un asomo de esperanza en un mañana mejor o se trata de simple cobardía... la misma cobardía que Boro reprocha a Ngotho y que Ngotho llega a atribuirse a sí mismo por consentir, junto al resto de los hombres de su generación, la invasión británica.

En The River Between, Thiong’o nos retrotrae unas décadas en la historia de su pueblo respecto de la novela anterior, a ese periodo prologal de la colonización en que los misioneros, punta de lanza ideológica de la invasión y usurpación que están por llegar, se establecen en las estribaciones de las tierras montañosas que conforman el dominio de los kikuyus. Una descripción de ese territorio primigenio, imbuida de un lirismo del que está por completo exenta Weep Not, Child, inaugura la historia confiriéndole, lejanamente, algo del tono y la grandeza del Libro del Génesis:

The two ridges lay side by side. One was Kameno, the other was Makuyu. Between them was a valley. It was called the valley of life. Behind Kameno and Makuyu were many more valleys and ridges, lying without any discernible plan. They were like many sleeping lions which never woke. They just slept, the big sleep of their Creator.
    A river flowed through the valley of life. If there had been no bush and no forest trees covering the slopes, you could have seen the river when you stood on top of either Kameno or Makuyu. Now you had to come down. Even then you could not see the whole extent of the river as it gracefully, and without any apparent haste, wound its way down the valley, like a snake. The river was called Honia, which meant cure, or bring-back-to-life. Honia
river never dried: it seemed to possess a strong will to live, scorning droughts and weather changes. And it went on in the same way, never hurrying, never hesitating. People saw this and were happy.
    Honia was the soul of Kameno and Makuyu. It joined them. And men, cattle, wild beasts and trees, were all united by this life-stream.
    When you stood in the valley, the two ridges ceased to be sleeping lions united by their common source of life. They became antagonists. You could tell this, not by anything tangible but by the way they faced each other, like two rivals ready to come to blows in a life and death struggle for the leadership of this isolated region
(p.1).



Es un territorio primordial, donde el mito, hecho geografía, vive: el mito inscrito en la memoria de la raza, pero visible aún en el rostro de la tierra. Un mito tangible, hecho cuerpo, espacio, ecosistema, que vincula íntimamente a la tribu con la tierra así como con el Tiempo Primordial, determinando a partir de esta constelación elemental la identidad de la raza.

Chege puede llevar todavía a su hijo Waiyaki a través del edén creado por Dios, Murungu; señalarle en la distancia el monte Kerinyaga (He-who-shines-in-Holiness), sede del Creador, donde formó al primer hombre y la primera mujer, Gikuyu y Mumbi; mostrarle el árbol mítico Mugumu, consagrado a Dios, donde Mumbi puso el pie en el Kameno por primera vez; o descubrirle los caminos recorridos por el gran profeta Mugo wa Kibiro, antepasado de Chege y de Waiyaki, que veía el futuro y advirtió a su raza de la llegada de los invasores diciéndoles: “There shall come a people with clothes like butterflies.” Y les dijo también que nacería un salvador. Un salvador kikuyu. Y que por la acción de este salvador el pueblo recuperaría las tierras de su heredad. Pero el pueblo no creyó a Mugo y lo trató como a un loco. Y ahora Chege, en el alba de la desposesión, debe repetir la advertencia. Y también se le trata como a un loco. Así que Chege, al igual que Ngotho en la novela anterior, envía a su hijo Waiyaki al colegio cristiano de la misión, para que aprenda la magia y el poder de los blancos que permita al pueblo, llegado el tiempo de la predicción, arrojar de las tierras de los kikuyus a esas “gentes que vestidas como mariposas”.

Al igual que en Weep Not, Child, de nuevo nos encontramos aquí a un joven kikuyu lastrado con el imposible cometido mesiánico de tener que sumergirse en la tradición e ideología enemigas, comprenderlas y asimilarlas a fin de volverlas contra sus propios maestros y salvar por fin al pueblo sometido. Desde las altas, sagradas, edénicas, tierras kikuyus, la misión que Chege impone a Waiyaki se contempla como poco menos que “la pasión y sacrificio del hijo”, con su descenso a los Infiernos incluido. Pero en The River Between, alguien precede a Waiyaki en su intento de establecer un puente entre las dos tradiciones... Alguien lo precede trágicamente. Se trata de Muthoni, la hija de Joshua, el converso, el fanático, el zelote, la avanzadilla del misionero Livingstone en el macizo Makuyu, que contribuirá a que la (relativamente) ‘sana’ competencia entre las dos sierras por la preeminencia tribal en los ritos y los mitos aludida ya en la primera página se radicalice en la forma de una pugna a muerte entre los conversos sectarios, nutridos por un fervor inquisitorial, y los defensores de la pureza tribal, no menos violentos y extremistas que sus rivales. Muthoni huye de la casa de su padre para tomar parte en los ritos iniciáticos de la tribu y hacerse circuncidar. Se confiesa cristiana, pero quiere ser mujer y quiere ser bella según los preceptos de la tribu. Muthoni es repudiada por su padre y muere de la herida infectada como consecuencia de la circuncisión. Pero muere satisfecha; muere, dice, como plena mujer kikuyu... viendo a Jesús.

Hay una reflexión cuando menos peculiar, si no inquietante, a propósito de la ablación que este primer Thiong’o atribuye a su protagonista Waiyaki: “Circumcision of women was not important as a physical operation. It was what it did inside a person. It could not be stopped overnight. Patience and, above all, education were needed. If the white man’s religion made you abandon a custom and then did not give you something else of equal value, you became lost” (p. 142). Pero, por el contrario, muy a menudo el gran valor que se obtiene a cambio de la renuncia a una cierta tradición es justo la liberación que supone deshacerse de un uso, una práctica, que son mutiladores ya en lo físico o en lo anímico. El tema de la circuncisión femenina y masculina, presentada en la historia como uno de los ritos fundamentales de cohesión tribal, se halla en la novela en el epicentro de la contradicción que quisiera resolver Waiyaki y que afronta con tan pocas posibilidades de éxito. Parte del problema —tal como se infiere del escenario esbozado por el escritor— es que el sentir tribal es extremadamente tradicionalista y conservador; para él sólo importa de verdad el cuerpo colectivo, mientras que cada uno de sus miembros (cuyo lugar y comportamiento están rígidamente predestinados y protocolizados) vale sólo en cuanto que mera articulación del alma comunal; y la tradición de la que se nutre esa alma comunitaria, por su parte, está anclada en el tiempo mítico, es reacia a la innovación y se protege de ella con un sistema de tabúes y supersticiones que la enclaustran en algo así como una especie de burbuja atemporal. Por el contrario, la educación que persigue Waiyaki y que quiere impartir a sus compatriotas, después de haberla succionado de la civilización invasora, opera en favor de la individuación y del sentido crítico. No se ve cómo puedan fundirse estos dos elementos de ningún modo: aunque el resultado exterior sea al final el de un cierto colorismo transcultural, en el núcleo del ser humano y de su civilización uno de los dos se habrá impuesto al otro: consciencia crítica o sujeción al pasado irracional.

La muerte de Muthoni radicaliza a los bandos opuestos y enardece la cruzada del misionero Livingstone así como la de su paladín Joshua: todos los que no han renunciado por completo al paganismo son expulsados del colegio de la misión de Siriana, lo que inspira a Waiyaki para crear un sistema de escuelas “del pueblo” al margen de las misiones. “With the little knowledge that he had he would uplift the tribe, yes, give it the white man’s learning and his tools, so that in the end the tribe would be strong enough, wise enough, to chase away the settlers and the missionaries. And Waiyaki saw a tribe great with many educated sons and daughters, all living together, tilling the land of their ancestors in perpetual serenity, pursuing their rituals and beautiful customs and all of them acknowledging their debt to him” (p. 87) —ésta es la utopía cultural columbrada por Waiyaki. Su naciente amor por Nyambura, la segunda de las hijas del zelote Joshua, no debiera ser impedimento de esta visión regeneradora, sino por el contrario la manifestación afectiva de la síntesis que pretende para su pueblo. Cuando piensa en ello, sin embargo, la utopía de Waiyaki adquiere tonos disneylandeses: “He would tell the people —‘Unite’ [...]. For a moment he dreamt the dream. It was a momentary vision that flashed across his mind and seemed to light the dark corners of his soul. It was the vision of a people who could trust one another, who would sit side by side, singing the song of love which harmonized with music from the birds, and all their hearts would beat to the rhythm of the throbbing river. The children would play there, jumping from rock to rock, splashing the water which reached fathers and mothers sitting in the shade around, talking, watching. Birds sang as they hovered from tree to tree, while farther out in the forest beasts of the land circled around... In the midst of this Nyambura would stand. The children would come to her and she would talk to the elders. The birds too seemed to listen and even the beasts stopped moving and stood still. And a song rose stirring the hearts of all, and their longing for a new life in the future was reflected in the dark ayes of Nyambura” (pp. 119-120).

Hay un instante curioso en la novela, cuando Waiyaki, en su pretensión de unir al pueblo con independencia de sus religiones e ideologías, asiste a un sermón de Joshua y éste, tomando un nombre al azar para poner uno de sus ejemplos catequísticos mientras parece mirar fijamente a Waiyaki, usa precisamente el de “Njoroge”, ligando en un solo tejido inconsútil a los dos protagonistas del par de novelas comentadas en este artículo.

La utopía de Waiyaki fracasa del mismo modo que la de Njoroge, pero de un modo mucho más trágico. Aquí son los zelotes de la pureza tribal (y, sobre todo Kabonyi, que lidia con Waiyaki a lo largo de toda la historia por el liderazgo mesiánico) los encargados de destruir el sueño, las esperanzas y aun la vida del muchacho y de su amante. El último capítulo cierra la novela en un tono evangélico, con sermón y sacrificio crísticos incluidos. Es una lástima (o acaso un considerable fallo narrativo) que a Waiyaki se le atraganten las palabras cuando más cosas tendría que decirle a su cerril opositor Kabonyi y cuando, además, tiene todo el público oyente a su favor. ¿No ha encontrado el autor otro modo, convincente, de conducir a su héroe al sacrificio? Éste, convincente, no lo es en absoluto. En última instancia, la ironía del “River Between”, el Río-En-Medio, se confirma: Kenya es en verdad un país de muchas fracturas, señaladas por esos ríos que bajo el engañoso nombre de “Curación” dividen y confrontan a los hombres.

April 2008

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