06/15/2009

Tail of the Blue Bird

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Publicada recientemente, Tail of the Blue Bird es la primera novela de Nii Ayikwei Parkes (http://www.niiparkes.com/one.html), un autor nacido en Inglaterra en 1974 y criado en Ghana, conocido hasta ahora sobre todo por su poesía. Es una obra interesante y lírica que, bajo el “disfraz” de narración detectivesca, habla de la relación entre verdad y ficción, magia y “realismo”, la vieja Ghana tribal y la Ghana moderna, saturada de contradicciones y parasitada por una inerradicable corrupción.

El título Tail of the Blue Bird alude a la “cola” que trae consigo un evento en principio trivial: una joven de piernas delgadas y minifala a la europea, amante de un ministro de Ghana, hace detenerse en una aldea del interior al coche oficial que la transporta para perseguir a un pájaro de cabeza azul que le ha llamado la atención. Y lo sigue hasta el interior de una choza, donde la ofende de pronto un olor mefítico que emana de una masa carnosa en movimiento, algo extrañamente similar a restos humanos. La muchacha clama al ministro. El ministro pone en marcha la maquinaria policial. El inspector encargado del caso ve en él la oportunidad de ascender unos cuantos escalones en la jerarquía. Y el único médico forense de la nación, un joven educado en Inglaterra que, irónicamente, había sido rechazado años antes por la propia policía al considerar superfluos los servicios de un especialista como él, es forzado mediante chantaje a abandonar su empleo en los laboratorios de Acra donde trabaja y resolver el caso en una semana. (De hecho, el título de cada uno de los siete capítulos de la novela alude a los días de la semana —kwasida, dwowda, benada, wukuda, yawda, fida, menada— en twi, una lengua del grupo akan hablada en Ghana.)

El inspector Donkor demuestra inapelablemente al joven forense, Kayo, que en Ghana no hace falta cometer un crimen para terminar en prisión. La policía no se arredra en absoluto ante la idea de “fabricar” el crimen, implicar al acusado, por ejemplo, en conspirar para derrocar el régimen, y ejerciendo un poco de presión aquí y un poco más allá lograr que incluso su propio jefe en la empresa niegue conocerlo. Donkor no tiene complejos tampoco en declararle abiertamente a Kayo hasta dónde llega su ambición: “The thing is”, le dice, “the higher levels of the Civil Service are not attained by merit, or number of years of service. It’s purely by appointment. That means the ministers decide who becomes the chief of police [...]. I am an ambitious man. This post [...] did not even exist until I was given it. I am now three levels below the highest post in the police force. [...] I intend to get to the top before I retire. Are you with me?” Uno se pregunta qué necesidad real tiene Donkor del pobre Kayo, con su facilidad para ingeniar crímenes donde no los hay. La respuesta es que Donkor quiere poder presentar al ministro un caso resuelto “al más puro estilo CSI”, y sólo hay una persona en Ghana que tenga el conocimiento y los medios para elaborar un informe redactado en esos términos televidentes.

Así que Kayo debe solucionar el caso para que el ministro pueda sosegar a su amante que, histérica tras la experiencia, busca limpiarse del nefando contacto mediante todo tipo de exorcismos; y debe resolver, o mejor aun “construir”, el caso de un modo lo bastante llamativo y mediático para que Donkor ascienda. Kayo es un tipo honesto al que repugna la idea de pasar a formar parte del corrupto engranaje nacional, pero no le queda más remedio que someterse a las condiciones impuestas por el policía. En Sonokrom, sin embargo, la pequeña aldea del interior tribal adonde lo envían, le aguardan sorpresas... y, entre ellas, el hecho de que su tecnología y su ciencia forense no le basten para dar una hipótesis plausible de lo ocurrido allí. Es más, llega a sentirse atraído por la vida simple, honesta y familiar del pueblo, y a apreciarla por encima de lo viciado y movedizo de la existencia urbana. Acaba por comprender que el cuadro más razonable que podría llegar a presentar de lo sucedido en la choza, por una parte, comprometería a Sonokrom infestando el lugar de policías y, por la otra, dejaría tan insatisfecho a Donkor que sería como haberse negado desde el principio a resolver —o “construir”— el presunto crimen.

Tampoco es que “ese cuadro razonable” constituya la verdad del caso. Kayo ha podido determinar a quién pertenecen los restos hallados en la cabaña, que son, como era de esperar, los del dueño del habitáculo, a quien nadie ha visto desde hace más de un mes. Pero no hay modo de establecer el cómo ni el porqué de su muerte, ni siquiera si se trata realmente de un crimen, un suicidio o una muerte natural. Ahora bien, como ya hemos dicho, Tail of the Blue Bird no es una novela detectivesca; si lo fuera, resultaría imperdonable que, en lugar de que el narrador resuelva el misterio poco a poco, paso a paso, de ese modo típico del género, que confunde y sorprende al lector mientras van confluyendo las piezas del puzzle y provoca nuevas preguntas con cada aparente respuesta, un único personaje revelase la historia completa al “detective” en dos o tres tiradas. Pero no, el misterio de Tail of the Blue Bird no es el crimen de Sonokrom (conocido desde el principio, por otra parte, por una de las dos voces narrativas de la novela, la del cazador tribal Opanyin Poku), sino cuál es la historia del suceso que debe contarse para que prevalezca la armonía. “On this earth”, le dice Poku a Kayo, “we have to choose the story we tell, because it affects us - it affects how we live”. Porque la “verdad” que revela el cazador de Sonokrom a Kayo es una historia más allá de lo racional; una historia que empieza con un padre que golpea a su hija, por la que siente una atracción fatal; y con la maldición de la suegra del hombre; y que concluye con el cumplimiento de esta maldición y la transformación del violento en una pulpa carnosa que muere de “vergüenza” en el mismo momento en que la amante del ministro lo descubre, en la fétida choza, expuesto a la mujer en toda su impotencia.

La historia se la cuenta al forense el cazador Opanyin Poku a modo de cuento tribal, atribuyéndosela a un personaje ficticio, distinto del auténtico difunto, que es al mismo tiempo víctima y criminal. Pero Kayo comprende y, lo que es más, acepta la relación entre la impensable “ficción” y los hechos reales. Obviamente no puede ofrecer a Donkor semejante solución del caso, por lo que se siente justificado para construir la conspiración internacional que el inspector, en última instancia, desea y necesita a fin de promocionarse. De este modo, salva también a la aldea de una inundación policial y de futuras y mucho menos benignas inquisiciones. Extático con la resonancia mediática del resultado, Donkor decide reclutar a Kayo para proseguir su ascenso imparable hasta la cúpula policial. El joven forense, sin embargo, se niega a ser un peón más del corrupto inspector y declina, aun bajo amenaza de muerte, para establecerse en la aldea como médico rural.

Escrita principalmente en inglés, la novela contine asimismo sabrosos diálogos en el pidgin regional. Aunque hilvanada en su mayor parte por el clásico narrador externo y omnisciente, la historia empieza y termina en boca del cazador Opanyin Poku, que ya nos advierte bellamente desde el principio de las muchas cosas asombrosas que residen ocultas bajo el prosaico cortinaje de lo cotidiano: “So maybe I shouldn’t be surprised, but I forgot. We don’t think of these things. They are like light. In the day there is always light and we don’t think about it, but I, Yaw Poku, am a hunter so light surprises me. I am used to the dimness of forest, the way light falls on me like incisions from a knife when I move. When I go to forest sound is brighter than light, so light surprises me. The same way I was surprised even though my mother warned me to look well - be careful.”

07/24/2008

El Realismo Aborigen de Syl Cheney-Cocker

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En una pieza del tercero de sus poemarios publicados, The Blood in the Desert’s Eyes, Syl Cheney-Coker escribe:

      Goya you painted a country destroying itself
      the absolute horror the cannibal instinct
      you painted Spain and the agony in the crude heart
      of war the agony that destroys the agony that walks
     with the gait of an ass [...]

     [...]

      Goya you painted the heart of Spain
     what a pity you are not around to paint my country
    —my heart!

(“The Painting”, pp. 14-15)

Cheneycoker1 No, Goya no estaba “around” en 1990 para pintar Sierra Leona con sus característicos trazos agónicos y Syl Cheney-Coker cargó con la tarea él mismo, aunque en un estilo que lo aproxima más al primer García Márquez que al irascible aragonés. The Last Harmattan of Alusine Dunbar, una novela de cerca de 400 páginas, potente y seductora, exigente a ratos, admirable a otros, decepcionante a momentos también, ganadora en cualquier caso del Commonwealth Writers’ Price africano de 1991, es el resultado del forcejeo de Syl Cheney-Coker (Freetown, 1945) con la historia y el alma de su país.

Malagueta es el nombre mítico que recibe Sierra Leona —una nación fundada, al igual que Liberia, por esclavos liberados de América y devueltos a su continente de origen— en la única novela hasta el momento de Cheney-Coker, una fábula nacida después de sus tres famosas colecciones poéticas: Concerto for an Exile (1973), The Graveyard Also Has Teeth (1974) y la citada The Blood in the Desert’s Eyes (1990). El libro comienza por un prólogo narrativo que describe el golpe de estado perpetrado por el general Tamba Masiamara contra una clase política corrupta, servil frente a los intereses neocoloniales de los europeos y americanos, pero frustrado por el coronel Lookdown Akongo. El primero es élite; el segundo (segundo también en el mando) es un hombre revanchista, arribista, marcado por una infancia mísera y por el rencor contra las clases adineradas cuajado en el lodo de aquella humillación. Hasta aquí, estereotipos de la narrativa africana moderna... pero el prólogo termina abandonando al general Masiamara en su celda terminal —irónicamente, ergástula de una antigua prisión de esclavos construida por los portugueses en una isla frente a la costa— y la historia, entonces, empieza con una serie de abruptos saltos adelante y atrás en el tiempo a lo largo de un arco de trescientos años, hasta reposar en ese periodo de la historia de los hombres que el autor asume como el gran momento formativo de la nación de Malagueta: la llegada de los primeros africanos repatriados desde América a la costa noroccidental del Continente Negro. Desde ahí, la narración avanzará siguiendo todo el arco del progreso histórico hasta cerrar el círculo con el ahorcamiento del general golpista, para quien acaba de cerrarse también el círculo inenarrado de su año en prisión... dejado a sus sueños, pensamientos y recuerdos solitarios en el margen de la historia, inaccesible a la mirada y atención lectoras.

De Jeanette Cromantine, al final de la Guerra de Independencia americana, el autor se remonta a la historia de su madre, la esclava Sophie Mahogany, para pasar después, de nuevo a través de Jeanette, al relato del que será su marido, Sebastian Cromantine y con él, a episodios de la guerra entre los rebeldes y el ejército colonial. En el barco (el Belmont) que los transporta a Kasila, una región imaginaria en la costa africana, después de la guerra, los Cromantine entran en contacto con Isabel Smith, cuyo verdadero nombre es Fatmatta, apodada por el resto del pasaje “the Bird-Woman” a causa de los trinos agudos a los que es capaz de encumbrarse al cantar. Pero “the Bird-Woman” es, en realidad, “the Scorpion-Woman”, o así la conoció Kasila antes de que la secuestrasen los traficantes de esclavos: a través de ella, la narración se remonta ahora a los orígenes de este personaje en la Kasila de los comienzos, cuando la magia de la cosas impide trazar una línea precisa entre mito e historia; a su madre Mariamu, casada con el magnate caravanero N’jai —que persiguió la quimera alquímica del rey de oro hasta los confines del mundo conocido—, pero que tuvo a Fatmatta no de su errabundo esposo, sino del profeta Sulaimán el Nubio, llamado también Alusine Dunbar, el hombre capaz de ver todos los pormenores del devenir de Malagueta en su espejo visionario o de alumbrar los rincones oscuros del futuro con los rayos vaticinantes de sus testículos luminosos.

Harmattan_haze Alusine Dunbar es, en parte, el hilo metafísico que teje la historia, emergiendo aquí y perdiéndose allá en la urdimbre que subyace al tapiz temporal de Malagueta. Es el comienzo y el fin de la narración; está más allá de la vida y la muerte, es corpóreo y fluido, como los sabios taoístas, puesto que... «Alusine Dunbar had conquered the last mystery of how to be alive in the same place where he had died over a hundred years before» (p. 289). Y, al igual que ellos, conoce el mundo más allá de lo que el mundo está dispuesto a decir de sí. Es docto y profeta, instruye y destruye... pero deja que el destino se cumpla en la historia de los hombres tal como ha sido anunciado ya en sus infalibles visiones testiculares.

En parte también, Alusine Dunbar es el propio autor de la obra, que alberga en su consciencia el principio, el fin y la historia entera de Malagueta. ¿Realismo mágico? Quizá... pero los elementos metarrealistas en la novela, que no son en absoluto los predominantes en la narración ni los determinantes de la atmósfera general de la obra, tienen más que ver con lo trascendental que con lo mágico o fantasioso, más con una realidad concebida en términos sobrenaturales, animistas, misteriosóficos, que con plumíferas extravagancias de la imaginación poética. Que los muertos pululen entre los vivos, que los sabios sean capaces de perseguir con clarividente pupila los meandros del destino que se adentran en las brumas del futuro, que los testículos sean sede de luz profética... todo ello forma parte natural de la visión del mundo de culturas menos contaminadas por el materialismo ingenuo de la nuestra: esa metafísica sumergida, ese dogma cerril disfrazado de sentido común, esa filosofía para perezosos que aún no se han enterado de que, cuando los hierofantes de la ciencia intentan tocar y definir la materia en sí, ésta, fragmentada hasta lo inefable en un cosmos de elusivas partículas, corrientes energéticas y solapadas dimensiones, se les escurre como insidiosa arena entre los dedos.

Una serie de hitos marcan la historia de Malagueta, tal como nos la cuenta Cheney-Coker. La llegada de los libertos negros a Kasila y el establecimiento de una primera colonia “neoafricana” a sotavento de la población aborigen. La erupción de una plaga, cuando Jeanette Cromantine planta en suelo africano patatas americanas, y el arrasamiento de la primera colonia por los nativos. La llegada de una segunda oleada de colonos africanos, con Thomas Bookerman al frente, y el restablecimiento del primer asentamiento junto con los supervivientes de aquél, refugiados hasta entonces en la jungla. La incursión del capitán británico David Hammerstone, cuando llegan noticias a la ávida Gran Bretaña de la prosperidad de Malagueta. La rebelión de los colonos contra la primera intentona británica y la huida de Hammerston a la jungla. La segunda y exitosa incursión del capitán, esta vez con mercenarios africanos, y la colonización británica de Malagueta. La segunda e infructuosa rebelión de los colonos originales liderada por los fugitivos de la primera guerra. Y, en fin, la evolución de la nueva colonia imperial, dividida ahora en clases económico-cromáticas que contradicen el solidario utopismo fundacional de los primeros “repatriados”, hasta esa independencia de nombre pero no de moneda que define el periodo neocolonial.

Cheneycoker2 Pero Cheney-Coker escribe ante todo sobre personas —la comunidad, colonia, nación se configura en la obra a partir de ellas— y lo hace con inteligencia, pasión y poesía. En ocasiones, pinta episodios de una turbadora intensidad, como cuando Louisa Turner, una de las reclusas del claustro establecidas en Malagueta con las nuevas oleadas migratorias, se masturba con un Cristo de porcelana y responde a la recriminación de otra de las hermanas diciendo: “Pensé que era domingo y que él me estaba mostrando su paraíso”. Pero la escena es tan conmovedora y subversiva que merece ser citada en su totalidad:

«Worn out by the ogre of insomnia, Louisa began to pace up and down her room [...]. Standing on the chest of drawers in her room was a figure of a Black Christ that the Indians had given her as a parting gift. Barely conscious of what he was doing, Louisa removed the figure from the top of the chest and began caress it with her fingers, placing it on her breasts. She was startled that it came alive with a vibration that shook the arteries in her heart, making her quiver like a frightened child caught sucking her finger. An involuntary hand guided her to the narrow bed of her maidenhood, laid her gently and began to fondle her breasts, that were taut and ripe like enlarged pomegranates. Her blood flowed like a stream from a great dam, flooded her being, and parted her legs like a broken earthenware jug. Out of the depth of a dimly perceived desire like hunger, she felt her hand curving like a bird with the figure of the porcelaine Christ into a darkness that was soft like a mushroom, that had never been watered before, but which at the unbelievable pleasure of the implantation shook her body like a hurricane. She screamed and shuddered with the realisation that this was what had been promised to woman by Christ on the other side of Golgotha, to Mary Magdalene, and which, despite de image of the girls on the big stallion on the plantation, and the arbitrariness of the misplaced glory of the cloister, had been growing in her heart of hearts. When she realised what she had done, she cried with happiness because she had loved Christ as she had always wanted, and could now love man.
     Alarmed by the shriek from Louisa’s room, Sister Beatrice came rushing up the steps, thinking that the young woman was being attacked by a man who had climbed through the window, or by a snake. She pushed the door open and saw Louisa lying down, with the face of a celestial angel, but with the languor of a mistress. When she saw the porcelain Christ between Louisa’s legs, it did not take the older woman long to realise what had happened.
     ‘My child!’, she exclaimed, ‘De devil done took your mind, but you gon come down and pray to de Lawd to drive him out.’
     Louisa did not move from her position. She was still enjoying the discovery, wishing that the moment would last, that it was not all a dream from which she was terrified of waking up, to return to the cold reality of living in the cloister. Christ whose blood had flowed on the cross, confirmed that it was real, because she felt her own blood trickling down her leg, warm and beautiful. She felt miles and miles away from the child that she had been only few moments before so that the woman standing there seemed not like the avenging angel of former times who had the power to return her to the flock, but like a cuckoo that had landed among the precious eggs of her maturity. She looked at Sister Beatrice with a smile that was like a flower opening up on a summer day, proud of herself, like a beautiful peacock, and replied with the calm of a young celebrant:
     ‘“I thought it was sunday, and that he was showing me his paradise.’ (pp. 119-120)»

Para algunos, encerrados entre las cuatro paredes “Pétreas” del cristianismo vaticano, comparar la sangre vaginal con la cruciferal, el orgasmo con el paraíso, el placer sexual con el amor y promesa de Cristo, o usar a Cristo como consolador será sin duda blasfemo. Pero literariamente hablando, la escena no puede ser más delicada y oportuna. Tras el horror de las violaciones presentaciadas por Louisa en la plantación donde naciera esclava, perpetradas por amos muy cristianos; tras la experiencia del Cristo del claustro de Malagueta, un Cristo de la represión y negación carnal, Louisa asiste aquí a un auténtico milagro de transubstanciación por el que la porcelana gazmoña se hace carne y sangre en la forma —muy al estilo del lingam shivaico en el tantra— de dildo sacramental. Louisa descubre aquí un Cristo de la afirmación sensual y sensorial, de la expansión corpórea, de la frescura epidérmica, y traduce la letra de la “buena nueva” en los términos de una gozosa vibración genital.

Es un Cristo negro, indio, telúrico y celular el que descubre Louisa aquí, lejos del Cristo eunuco del que toma distancia Cheney-Coker en su poema “Obelisk” (Concerto for an Exile, p. 26): «I have given up/ trying to be a christian/ in this nation of faggots/ this country with its religious negroes/ ugly in mourning for a eunuch Christ...»; distinto del Cristo artero de “I Die Before Thirty” (ibíd. p. 34): «but behold the eunuch Christ!/ resurrected by his own cunning/ his uncrucified body and hands/ fasifying his death»; ajeno al Cristo opresor de “Mysery of the convert” (ibíd. p. 24): «Christ you must have been a peasant in your time/ you died naked in your cross/ it was the church that made you a landowner/ and built you a catholic empire». Un Cristo, en definitiva, que ha recuperado sus “cojones” y que libera, tanto a la mujer como al hombre, de las cadenas de la represión mojigata por la aceptación del sexo, el cuerpo y la piel como fuentes de inculpable gozo. Una maniobra de Cheney-Coker que, si se piensa bien, tiene mucho de blakeana.

La cita anterior pone en evidencia otra de las características de la novela de Cheney-Coker: el frecuente uso del dialecto ebónico, o “black english,” en los diálogos. Sister Beatrice, como mujer del pueblo que es, se dirige a Louisa en ebónico; Louisa, aunque de raza negra como Beatrice pero más cultivada que la anterior, le responde en inglés estándar. A mi modo de ver, uno de los momentos más logrados y entrañables de la obra en “black english” es la apelación a Dios de Jeanette Cromantine en su ancianidad para que no tarde en llevársela:

«‘Ah knows the good Lawd done forgit me down here,’ she would complain to her friend, Isatu Martins, when she had prepared her for the possibility of her going. ‘Look at all de young people dying; dem dat should bury me, while ah been waiting in the queue all dis time for him to call me home’
     So saying, she began to compose a petition in her mind, which she hoped would get to God. She would take it to the grave of her son, who was in ‘Abraham’s bosom’, and ask him to appeal to ‘de Master’ to call her home. In it, she thanked God for having given her a long life, which, in spite all ‘de ups and downs’, she had enjoyed. But her bones were tired, her eyes were losing their brilliance, and she did not want to get to the point where they would have to put her out to dry in the sun like beans. ‘Imagine me, Lawd,’ she appealed, ‘not able to use ma faculties; not able to move about; just sitting in one place, while dem lizards run all over the floor, the fowls gon mess up the flower pots. But ah knows you are a good Master, and you won’t let dis lady wait too long for the angel to come.’» (p. 345).

Desde el punto de vista estilístico, quizá el aspecto más notable sea el uso —y a menudo abuso— de la metáfora: “the labyrinth of its own genius”, “the crypt of manhood”, “the prism transparency of childhood”, “the opium of old age”, “the unscripted almanac of the child’s future”, “the glowing light of his knowledge”, “the ambrosia of his speech”, “the chrysantemum of his love”, “the scorpion of regret”... En ocasiones, sagaces y oportunas como la siguiente metáfora implícita: “Confuncian senility”; en otras, pobres y redundantes: “vermilion redness of her adoration”, “opium of alcohol”, “the toxin of bitterness in her heart”; y muy a menudo devaluadas por efecto de su acumulación.

Narrativamente hablando, los momentos más flojos de la novela están relacionados con las hermanas Arabella y Mathilda Garrison, dos ochavonas (de abuela materna mulata) de clase alta, llegadas a Malagueta con sus acaudalados padres, que migran a esta región desde una cercana colonia portuguesa atraídos por la supuesta estabilidad instaurada por los nuevos amos británicos. Cuando Cheney-Coker describe el efecto que la lectura de los poemas de un autor local, Garbage, producen en Arabella y su consecuente enamoramiento, parece como si hubiésemos caído de pronto en el parterre de una de esas novelas románticas sensibleras con heroínas que sufren, a escala hiperbólica, males figurados a causa de mórbidos amores autoinducidos. Incluso las metáforas tienden aquí a descarriar a lo grande:

«Arabella went to her room with the poems after dinner, opened her windows in the warm night and, after lighting the desk lamp, started to read. The extravagance of Garbage’s passion, the deep reservoir of his brooding and the zoological garden of his images that had frightened Regina Garrison created such a glandular disturbance in Arabella after she had read the first five poems that she felt hot inspite of the rush of a breeze, and had to remove the pins of her bodice in order that she might be able to breathe in the fire of Garbage’s verse. Troughout her days at school, in the wood-panelled library of the Victorian house where Alphonso Garrison had raised his daughters so that they would receive the entreaties of illustrious men, Arabella had been introduced to the beauty of English poetry, the paradaisical gardens of Spain and the arabesque fountains of Rome. And she had dreamed of the other enchanting wonders of those lands so often that she already knew some of their names intimately, and was only waiting for her father to give up what she considered that thankless business of running a crazy town where no one appreciated his efforts, and take them on holiday. But nothing that she had read in those Arabian Nights tales had so shaken her that she had felt the need to be freed of that garment that was a sign of her proper upbringing» (p. 330).

Pero en última instancia, y a pesar de sus momentos menos inspirados, la novela de Cheney-Coker merece la pena. Es una epopeya lírica que, lejanamente, recuerda la extraordinaria Two Thousand Seasons de Ayi Kwei Armah, pero donde las vidas individuales —mucho más que el espíritu colectivo, como en aquélla— son las que transportan el testigo de la narración, pasándoselo unas a otras a través de la verticalidad y horizontalidad de los tiempos, hasta tejer por completo la polícroma urdimbre global.

04/27/2008

"To Become A Man", un Umbildungs Roman Masái

Tobecomeaman

No es mucha la información que puede hallarse en estudios de literatura africana o en la propia Red sobre Henry R. ole Kulet (Kenya, 1946-), el autor de To Become a Man. La Web de Longhorn Publishers, sección Kenya (www.longhornbooks.co.ke/catalog/index.php), ofrece un listado de sus libros con una breve nota explicativa de cada uno de ellos y, en otro lugar (www.longhornbooks.co.ke/authors.php?authorid=1), algunos datos personales de Kulet. La suma de todo ello constituye la información más completa que he podido hallar, hoy por hoy, sobre este autor maasai, o masái.

Desde que leí los deliciosos estudios de H. J. Jackson sobre el “arte” y género de las marginalia (Romantic Readers: The Evidence of Marginalia y Marginalia: Readers Writing in Books) he aprendido a estimar las anotaciones que lectores previos de volúmenes conseguidos en algún mercadillo (rancio o virtual) de libros de viejo dejaron a su paso por mi ejemplar. Mi copia de To Become a Man (obtenida hace poco a través de Amazon, después de que este título bajase de los ciento y pico de dólares a los veinte y pocos en el mercadeo de libros usados) contiene una sola inscripción, en la página del título, en bolígrafo azul, en una caligrafía casi imposible... que reza: “Masai perspective. Story pits young Masai against morans —Then eventually joins. Weak on women. Good on Masai traditions & values. Writing weak. Recomended to use.”

Olekulet En cierto modo, esta nota crítica tan breve como certera cubre mucho de la historia que nos cuenta Kulet en su obrita de 1972, la segunda de sus novelas según el listado de Longhorn: Leshao contra los morans. El chico incircunciso, y por tanto un niño todavía según la costumbre masái, contra la élite guerrera de la tribu, contra la tradición que representa, y también contra su padre, que quiere (y hasta cierto punto logra) apartar al muchacho del colegio y anclarlo en unos hábitos ancestrales cada vez más incompatibles con la vida en la Kenya del periodo colonial.

Los masái creen que Dios, Engai, les hizo dueños de todos los ganados de la Tierra, así que tomarlos por la fuerza de otras tribus y otros pueblos no es robarlos, sino recuperarlos por el ejercicio de un derecho esencial y de universal aplicación. En la sociedad tradicional, por tanto, tal como se desprende de la obra de Kulet, las incursiones violentas para la “recuperación” del ganado no sólo son, prácticamente, un deber religioso, sino que constituyen además la base de la economía y el contexto en el que el masái circunciso prueba y cultiva su virilidad. La hombría es aquí, pues, un corolario bélico, para el que la arrogancia y la jactancia (inevitables mecanismos de autopropaganda en una colectividad que valora este tipo de heroísmo) tienen tanto peso como la fuerza y el arrojo verdaderos. El resultado es una sociedad patriarcal poderosamente estratificada en la que el rico lo es por la osadía de sus incursiones y la altanería que le permite prevalecer en el reparto del ganado hurtado, en la que el fuerte oprime al débil por deporte y en la que la autoridad del hombre sobre la mujer, el padre sobre el hijo, el mayor sobre el más joven, el circuncidado sobre el incircunciso... es absoluta. Es también una sociedad solidaria, a su modo, en la que la hospitalidad es un deber, el clan apoya a cada uno de sus miembros y la tribu en su conjunto mitiga, en lo que puede, la miseria del desafortunado. Es, por último, una sociedad con una vida extremadamente protocolizada en la que hasta las conversaciones más elementales —y no digamos las oficiales— parecen seguir un patrón prefijado. Sirva como ejemplo el siguiente diálogo entre Kerea ole Merresho, padre de Leshao, y su hermano Meteurr, que llega de otra aldea, al saludarse:

«‘Entawuo’.
‘Entawuo’, his brother answered.
‘Are you all right?’
‘Yes.’
‘Hoo.’
‘Yes, we are all right. It is laughter in our village. Our cattle, goats, sheep and people laugh.’
‘Hoo.’
‘We have had no shortcomings.’
‘Hoo.’
‘It is only cold which caught the children, but they are not bad.’
‘Hoo.’
‘We had rain recently and the pastures are green.’
‘Hoo.’
‘And the cattle have calved.’
‘Hoo.’
‘So people are not hungry.’
‘Hoo.’
‘Yes, that is the news.’
‘Hoo.’
‘And this morning, I got your message.’
‘Hoo.’
‘So I came.’
‘Hoo.’
‘Yes, that is the news.’
‘So, that is the news.’
‘Yes, that is the news,’ Meteurr concluded.»

Y este otro diálogo de Merresho con los miembros del consejo tribal en una intervención asamblearia del primero:

«‘Elders, I will make three points. Say three.’
‘Three!’ the elders said at once.
‘One!’ he said, hitting the ground and taking two quick steps ahead. ‘Didn’t the founder say “Do not accuse someone deceitfully”?’
‘He did!, the roar came from the elders.
‘Isn’t that what ole Sembe did in front of our eyes?’
‘It is.’
‘Say one point I have stressed.’
‘One.’
‘You want the second?’
[...]
‘Shall I say the third and last before I sit down?’ Kerea asked the elders.
‘Go ahead.’»

Leshao no tiene especial problema ni con el protocolo ni con la jerarquía: como muchachoMaasai_jumping incircunciso recibe estoicamente las palizas gratuitas que los grupos de morans imparten a los chicos de la aldea cada vez que tropiezan con ellos en el bosque; pero como guerrero, despliega la misma arrogancia que el resto de los morans y es tan pronto a los golpes como el resto de ellos. Lo que sí perturba a Leshao hasta el punto de poner en cuestión su identidad tribal es el hurto de ganado, ungido de espurio heroísmo y presentado como aguerrido espíritu conquistador. Una de las debilidades de la novela consiste, a mi modo de ver, en no mostrar de dónde y cómo le viene a Leshao esta predisposición tan “antisistema”. Sí, sabemos que ha estado dos años en un colegio colonial y que la educación cristiana ha tenido cierto impacto superficial en él, pero eso es todo. En lo que hace al lector, la suya no es una actitud reflexionada, sino una inexplicable obcecación que empobrece la constitución de este personaje. Más reflexionada, o cuando menos más argumentada, es la posición totalmente “pro-razzias” de su padre ole Merresho, que necesita convencer al hijo del valor de las incursiones para que le traiga ganado y poder emerger así de la miseria a la que lo ha reducido una rápida secuencia de infortunios. Tampoco ole Nkipida, el padre del mejor amigo de Leshao, Mbulung, es capaz de decir gran cosa en contra de las razzias, a las que detesta. Invoca a menudo la idea de “progeso”, pero no se nos muestra cómo ha llegado a este concepto ni qué significa exactamente para él. Las discusiones de ole Nkipida con ole Merresho y de Mbulung con Leshao (estructuradas de este modo, quizá, porque en la sociedad masái un hijo incircunciso no polemiza con su progenitor) muestran a unos padres a los que —ideológicamente hablando— les ha tocado el hijo equivocado, y a unos jóvenes que podrían ser más ellos mismos con el padre opuesto. A ojos de la mayor parte de la tribu, sin embargo, y medidos por el rasero del machotismo masái, ole Nkipida y Leshao son unos medio-hombres, unos cobardes, y esta aura de mediohombría y pusilanimidad que pesa sobre ellos vuelve sospechosos para todo el resto cualesquiera argumentos que aquéllos pudiesen avanzar.

Resulta extraño para nuestra mentalidad —pero debe de ser algo obvio en su contexto tribal, puesto que para el autor no merece más explicaciones— que Leshao, que no desea otra cosa que volver al colegio e integrarse en la cultura urbana colonial, aplace su huida de la aldea hasta después del doloroso rito de la circuncisión, por el que se convertirá en un miembro de pleno derecho del pueblo masái. Para entonces ya es demasiado tarde, sin embargo. Los morans, que sospechan su deserción, lo secuestran después del rito y se lo llevan a la manyatta —la comunidad moran en el bosque— para convertirlo en uno de ellos. Leshao se amolda a la nueva vida sin mayor resistencia e incluso muestra en ocasiones un valor inusitado, como cuando mata al león que ha estado rondando la aldea. Por ello cuesta más de entender, desde la perspectiva del lector, su oposición a las razzias, hasta el punto de fugarse de la manyatta cuando se organiza una a la que no puede negarse.

Maasai1 Leshao huye entonces a Narok, el pueblo donde fue al colegio, con la idea de obtener trabajo. Pushuka, otro miembro “desnaturalizado” de la tribu, que ha logrado establecerse allí y que sin embargo se duele de que ninguna mujer masái quiera casarse con él por haberse circuncidado en el hospital en lugar de hacerlo según los ritos ancestrales, le ayuda en los primeros momentos. Le corta el pelo, le hace bañarse y quitarse el ocre de la piel, le da ropa convencional con la que vestirse y explora la posibilidad de conseguir empleo a su “hermano” tribal pero, careciendo éste de un certificado de estudios, todos sus esfuerzos acaban resultando inútiles. Cuanto mayor el fracaso, más grande la arrogancia de Leshao, y la relación entre ambos masái se agría rápidamente hasta romperse por completo. Narok es un mundo en el que Leshao no tiene lugar: su propia constitución anímica hace de él un completo alienígena en el ambiente de un pueblo en desarrollo. Humillado, retorna a la aldea, donde es tratado como un cobarde y un desertor y, cuando intenta curar su imagen participando en una incursión con el resto de los morans, la tribu atacada tiende una trampa a los incursores en la que perecen todos los guerreros menos Leshao. Éste recobra la consciencia en un hospital, con una pierna amputada y un juicio por delante en el que la autoridad colonial penará su participación en la razzia con catorce años de cárcel.

Ole Nkipida, que ha perdido a Mbulung en la misma correría, consuela a ole Merresho diciéndole que al menos él sí volverá a tener a su hijo dentro de catorce años. Pero éste, que en ningún momento se siente responsable de la tragedia del vástago, preferiría que Leshao hubiese muerto con el resto de los morans antes que afrontar esta nueva humillación, que viene a sumarse a la de su propia miseria. El libro concluye en esta nota funesta. La historia no parece decantarse ni por la tradición masái ni por los valores de la sociedad colonial emergente, sino que presenta, con un distanciado dramatismo —ciertamente inesperado en un autor implicado en el conflicto—, el choque de sus incompatibilidades. Suspendida en el aire, perdura la cuestión de qué queda del masái (sobre todo del hombre masái) cuando renuncia o es despojado de una etnicidad tan intrínsecamente fundada en la guerra y el saqueo. ¿Ha de ser Pushuka, aquel masái “desnaturalizado” de Narok, el último sedimento “socializado” del altivo moran?

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11/24/2007

Un Poema de Dennis Brutus: Cartas a Martha (1-11)

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1

Tras la sentencia
mixtos sentimientos:
mórbido alivio,
el lastre de los días por delante
aprensión—
insinuaciones de brutalidad
con honduras de significado íntimo

exultación—
el sentido del reto,
de confrontación,
vago heroísmo
mezclado con pena de mí mismo,
temperada al recordar aquellos
que aguantaron mucho más
y aguantaron...

2

Uno aprende pronto
que clavos y tornillos
y mayores piezas de metal
deben ser depuestas;

y viéndolas forjadas y filosas
te hielas, atónito
al ver qué cruel puede acabar siendo
—este simple y útil trozo del acero:

y al destellar de pronto estos cuchillos
—surgidos acaso de algún disciplinado esfínter—
uno capta al instante el horror fúlgido-acero
en el aire matutino
y qué blanda y vulnerable la desnuda carne.

3

Te sabes de súbito perdido
En un caos de contingencias:
alrededor de tu cabeza se entelarañan las ideas
y brotan zarcillos de tus tripas en un millar
de direcciones:

¿por qué acuchilló este hombre al hombre aquel por ese hombre?
¿qué substancia tuvo la emoción
y cómo fue creciendo?
¿era ésta la razón de la inmotivada o caprichosa
brutalidad del carcelero?
¿qué astucia la instigó?
¿deseo de prestigio, ansia de poder?
¿O podría ser —extraño, muy extraño— amor,
amor extraño?
¿Y de qué humana hambre nacería?

4

Sobre todo en solitaria celda,
pero aun en las secciones
se afianza el sentido religioso;

hábito de infancia acaso de nocturnas oraciones,
lo accesible de la Biblia,
o consciencia de una muerte próxima:

y, desde luego, es sabido—
piadosas expresiones favores compran
y es un modo de indicar reforma
(que procura promoción);

y el recurso del débil
es invocar venganza divina
contra la injusticia fiera

pero en el gris silencio de las tardes vacuas
no es infrecuente
descubrirse a uno mismo hablándole a Dios.

5

En el grisor del tiempo aislado
que en la mente ecoante desemboca,
fantasmas surgen y susurros de terrores
que pueblan el dédalo del yo.

Coprofilia; necrofilia; felación;
amputación del pene;
y en esta aljamiada sociedad,
ululando por ser reconocido como el resto de los yos en uno mismo,
el suicidio, la condenación, camina,
si no como sociable espectro,
sí familiarmente familiar,
un doppelgänger
que no puedes sacudirte.

6

Dos hombres conocí en concreto
entre otros muchos casos:
sus reacciones, abisalmente diversas;
pero un tenso designio yacía en cada una
y en ambos lo que había era dolor, peligro, miedo—
drama.

Uno simplemente dejó el tabaco
sabiéndolo motivo de soborno
y cercó su mente de románticos ensueños
y hermosas hijas casaderas;

el otro buscó la huida
en desmayos, asmáticos accesos,
y escapó por fin a la locura:

tan grandes las presiones para imponer la sodomía.

7

Acaso más terribles son los que la imploran,
imploran la embestida sexual.

A qué extremos insufribles han llegado
y qué fieras agonías padecido
que ésta, que habían resistido,
acabó por parecerles preferible,
deseable incluso.

Se la ve como el fondo
de la absoluta y grotesca sumisión.
Y quizá así sea.

Pero se me antoja a mí
una de las más horribles,
patéticas, desgarradoramente,
entre todas las congojas carcelarias.

8

“Blue champagne” lo llamaban
—la “chica” más famosa del lugar;
tan excitante acaso, o conveniente;
joven ciertamente, con curvas jóvenes
—lo que más se valoraba.

Y así con varios se acostaba
cada noche
y la canción que fuera hit-parade
se convirtió en su apodo.

Para el tiempo en que lo vi era ya viejo
(George vio el mal, dijo, en su rostro)
y se había convertido en el más perverso
entre aquellos pervertidos:
un “hombre” en el abrazo homosexual
que en tiempos fuera la “mujer”.

9

El no saber
es probablemente la peor parte del maltrago
para los de afuera;

no saber qué crueldades hay que soportar
qué infamias sufre el sensible espíritu
qué heridas puede forzarse a la mente a infligirse
a sí misma

y el ansia de que piensen en ti
que te recuerden
que te alcancen a través de los espacios
con filamentos de ternura
y consolación.
Y el saber,
aun cuando sea un saber penoso,
parece preferible,
puede soportarse mejor.
Y así,
a modo de consuelo
te envío estos fragmentos,
guijarros tomados al azar
del paisaje de mis propias experiencias,
que a través de los mismos yermos
en un mosaico de vislumbres
me permito a mí mismo
o con ellos tropiezo.

10

No todo es terror
y privación,
ya sabes;

uno llega a estimar la cercanía
y comprensión que se establece
con la humana compañía,
compañeros, con-sortes;

y la disciplina hace mucho por crear
forma y pauta en la vida cotidiana
así como en los días

y el trabajo honesto
ofrece ciertas horas que redimen
los años derrochados

así que hay veces
en que la mente brilla aserenada
aunque viva:
más bien como el mar en calma a la alborada.

11

Los eventos cobran nueva dimensión
pues todo afecta el paso
del devenir político—
pero nuestro tema
es cómo avivan o demoran
cierta libertad especial—
la de aquellos en prisiones
que dependen de cambios
que emancipen.

Y así uno se hace poco a poco cruel,
adquiere una feroz implacabilidad—
voces que gritan en el pecho
“¡Destrúyelos! ¡Destrúyelos!”
o
“¡Que mueran a millares!”

la verdad, es impaciencia.




Dennis Vincent Brutus (Salisbury, Rodesia, 1924) es un poeta y activista sudafricano. Detenido en 1963 por su militancia antiapartheid, pasó 18 meses en la prisión de Robben Island, donde coincidió brevemente con Nelson Mandela. Esta primera parte de sus “Letters to Martha” está fechada el 11 de Noviembre de 1965.

11/22/2007

Banana Bottom: Una novela de la Diáspora Africana

Claude_mckay

Leer es en el fondo una actividad ingrata. Y quizá ni siquiera tan en el fondo. Sólo uno de cada muchos libros compensa las horas que le hemos dedicado sustrayéndonos al dominio de la vida consensuada para dialogar, en un espacio de quietud y soledad pactada con nosotros mismos, sin más ventanas que las orientadas a horizontes imaginativos —nuestros ojos, en el mapa introvertido de la página—, con ficciones, abstracciones y fantasmagorías. Y cuanto más y mejor se lee, más difícil es encontrar, en medio del mercadeo de ecos, repeticiones y reververaciones que es el universo literario, al autor o el libro capaz de decirnos algo transformador todavía, o siquiera enriquecedor o novedoso, o tan sólo refrescante.

Banana Bottom (1933), sin embargo, es de las obras que compensa generosamente cualquier tiempo y esfuerzo que se le brinde. La tercera y última novela de Claude McKay (1989-1948), el autor jamaicano cuyo impacto en el Renacimiento de Harlem lo coloca a caballo entre la literatura caribeña y la afroamericana, es una obra deliciosa y compleja, costumbrista en parte, filológica tambien y, desde luego, un exótico ejemplo de Bildungsroman... o para ser más precisos, de Umbildungsroman. Porque la historia, si bien es cierto que trata del desarrollo de la heroína como persona (Bildung), es sobre todo el relato de su deconstrucción y reconstrucción (Umbildung), el proceso que la transformará de títere colonial en espíritu autónomo.

Decir “títere” es seguramente exagerado, porque Bita —Tabitha Plant—, la protagonista, no llega a enajenarse del todo, a perder por completo en ningún momento su chispa de independencia, a pesar de las exigencias de la educación colonial y del grado de precondicionamiento implícito en ella. Ngũgĩ wa Thiong’o, algunas de cuyas obras han dado tema a artículos anteriores de este blog, ha popularizado el concepto de “descolonizar la mente” y trató de dramatizar la idea (yo diría que de modo muy forzado y deficiente) a través de su heroína Warĩĩnga en la obra Devil On the Cross. McKay, un autor tan comprometido con el progreso democrático de la raza negra como el propio Thiong’o y, durante un periodo al menos, tan filocomunista como él, triunfa en Banana Bottom donde el kenyata fracasa en Devil On the Cross. Triunfa porque Banana Bottom, aun siendo una novela ideológica, no es una novela ideológicamente predeterminada: es una narración viva, regida por la lógica (o la ilógica) de la vida, de la que el lector (si está atento y le apetece) extraerá las conclusiones ideológicas que el drama existencial de Bita y de los personajes a su alrededor le inspiren... no las que su autor se empeñe en perpetrarle.

La historia comienza con el retorno de Bita a Jamaica desde una Inglaterra en la resaca victoriana, donde ha recibido educación. Bita es la hija de un próspero agricultor negro, Jordan Plant, que ha conseguido reunir una enorme porción de tierras en el área rural de Banana Bottom. La madre de Bita murió al darla a luz y Jordan se casó al poco tiempo con su cuñada (Anty Nommy), que se incorporó a la casa con su hijo Bab. Bita, machota y asilvestrada durante su infancia y adolescencia, goza de amplia libertad para vagar por bosques y prados hasta que a los doce años la viola Crazy Bow. Que la “viola” es mucho decir, porque Bita no deja de acosar físicamente al raro muchacho —unos diez años mayor que ella— hasta que él pierde el control. Crazy Bow es un personaje delicioso al que el autor, tristemente, dedica poco espacio: se pasa la novela encerrado en un manicomio, lejos de la mirada del lector, a excepción de una breve introducción al principio y otra fugaz aparición al final. Es un sujeto permanentemente sumido en una especie de autismo musical, cuya relación con el mundo externo se vuelve conflictiva, o cuando menos espinosa, en cuanto desciende a la vida terrenal desde las melódicas esferas adonde le lleva su innata pericia con todo tipo de instrumento. Pero la “violación” de Bita lo hace desaparecer pronto del paisaje narrativo.

La famosa “violación” es un acto sin comillas (simple y llana violación) para todo el entorno de Bita y, en cuanto Sister Phibby Patroll, la correveidile del pueblo, hace llegar la historia a Jubilee, la misión dirigida por Malcom y Priscilla Craig, la buena misionera británica decide adoptar, educar y “salvar” a la muchacha. Años de desprendida dedicación de los Craig a Bita culminan en el envío de la adolescente a Inglaterra para una educación metropolitana que corone su proceso de formación: hecho inédito, nos cuenta el narrador, en el caso de una chica que, de todo el espectro de color desde el blanco al ébano que pinta el cuadro humano jamaicano, luce el matiz más oscuro, el asociado a los estratos menos favorecidos de esta sociedad colonial.

Antes de continuar, sin embargo, merece la pena asistir a la presentación que hace McKay de la insigne Sister Phibby porque los elementos principales de su estilo —mesura y elegancia descriptivas, dulce ironía, un ritmo casi musical y una narración tan preñada de posibilidades que podría bifurcarse cada pocas frases en una línea narrativa alternativa tan fecunda como la principal— son todos ellos bien perceptibles aquí:

“Sister Phibby Patroll, as the most excellent midwife of the Banana Bottom region, was credited with knowing more about the troubles and secrets of village families than any other person and what she did not know she conjectured.
           Since the death of her husband, who had been the best barbecue-builder of Banana Bottom, she had been read out of church membership exactly three times and her cases had provided the most entertaining members’ meeting in the history of Banana Bottom. For among sacred entertainments there was none to challenge that that was held when the members of a church were summoned by the parson to a general meeting to review the lapses of transgressors and backsliders.
           Sister Phibby’s first trial came when she was surprised in adultery with the village shopkeeper, whose wife she was attending in childbirth. But after adequate suspension she sought redemption and was received back into the fold again. The second shock came five years after her husband’s death, as a redeemed communicant, she presented herself with a fatherless baby. And the third marked the period of her change from being picturesquely sinful to become the village gossip of sin. She was cited for bearing false witness against a neighbor, because she had abused her position as midwife to declare that all the signs on the baby of a loose village wench pointed to a respectable married leader of the church at his father.
           But with the years of graying hairs Sister Phibby had become more circumspect and, for a few venial lapses such as when she got drunk over the washing of a dead body, and backslid on such occasions into lecherous language, her manner of self-expression was limited to discret gossip.
           Her aberrations did not create any real difference in her life for, in those Negro communities, it was a commonplace for people to fall from grace and return again and again, as if their native philosophy was that in the enjoyment of life there must be constant sin and repentance” (pp. 88-9).

En lo que a mí respecta, la frase “y el tercero marcó el periodo de su cambio, de ser pintorescamente pecadora a convertirse en el correveidile de pecados municipal” así como todo ese penúltimo párrafo terminado en “su forma de expresión quedó limitada a un discreto cotilleo” me parecen aciertos absolutos. Pero, para volver al hilo central de la historia: Bita retorna de su exilio pedagógico convertida en una auténtica “lady”, el orgullo de su familia de sangre, de su familia adoptiva (los Craig) y de las sociedades de Banana Bottom y Jubilee, sobre todo de ese segmento que comparte con ella el menospreciado color de piel.

Banana_bottom Es fascinante el modo en que McKay incide en las tonalidades dérmicas y las detalla, no sin arrancar ciertas reverberaciones poéticas en la descripción del heterogéneo cromatismo:  la progenie del colono escocés que viene a fundar Banana Bottom es “a variegated multitude from coffee-brown to café-au-lait” (p. 3); a otro personaje lo pinta como  “a little tamarind-brown man” (p. 79); “Crazy Bow was the colour of a ripe banana” (p. 4); Yoni, una muchacha de Banana Bottom, es “dark with an underlayer of red like a cocoon” (p. 64); “The Misses Felicia, Elvira and Lucinda Lambert were the cashew-brown daughters of the ebony parson” (p. 65); el rostro de una chica es detallado como “ripe star-apple face” (p. 80); “Bita is in the black and dark brown group” (p.101), “Bita was black —to be precise she was the quite restful colour of dark blooming brown” (p. 254); Wumba, el brujo rural, es “opaque and heavy as ebony” (p.136); el Padre Delgado tiene la piel como “dried banana leaf” (p. 162); un cierto gentilhombre nativo “was a shade darker than Bita, his wife some shades lighter, a pretty honey-coloured woman” (p. 214); “Miss Delminto was a pretty and popular light-brown girl” (p. 276); la piel de Jubban, el ayudante del padre de Bita, “possessed a velvety indigo-black tone like an eggplant” (p. 279)... Y todos estos tonos entran en la narración como determinantes o coordenadas socioeconómicas porque, tal como nos explica McKay: “The social life of the colony was rooted upon shade and colour prejudice. During the epoch of slavery the lighter-skinned offspring of white men and black women had privileges that the black slaves had not. Although the Eurafricans were slaves the majority of them were attached to the master’s households, while the blacks worked in the fields. Many of the Eurafrican children were sent abroad to be educated by their fathers and some in time came into possession of landed property and even became slave-owners themselves [...] When slavery was abolished in the British West Indies the Eurafricans by their education and experience were in a favourable position to take advantage of the great social change [...] But as the Eurafricans developed in wealth and power they also approximated the social standards and attitudes of the white planters with little sympathy for the freed blacks and their problems, their struggles for social adjustment, and so there had developed between Europeans and Eurafricans on one side a system of social discrimation against the expatriate Africans” (pp. 296-7).

Bita, por tanto, tiene mucha “suerte” en haber ascendido, por razones de educación y adopción, a la cúspide de la pirámide social desde la posición que le hubiera correspondido por motivos estrictamente cromáticos. Suerte desde luego relativa, porque no está exenta de contraprestaciones. Y la más importante consiste en que Bita sabe —y a nadie se le oculta— que ella es el “experimento” de Priscilla Craig y que, como tal experimento, lo que le corresponde es avanzar de etapa en preconcebida etapa en cumplimiento de un destino planificado para la muchacha desde el principio por la mojigata y clasista misionera.

Priscilla es otro de los grandes logros caracterológicos de Banana Bottom. No exenta de bondad y de ciertas pinceladas liberales y humanistas, Priscilla suscribe ese tipo de antirracismo pseudoigualitarista que reconoce la dignidad del “negro” siempre que el “negro” reconozca a su vez la superioridad de la civilización colonial británica y se postre —aunque sea metafóricamente— en gratitud ante su paternalista benefactor blanco, o para ser tan precisos como McKay en la cuestión cromática, rosáceo Priscilla es, por tanto, una mujer con una misión, una misión reformadora y salvífica. A diferencia de su marido Malcom, cuya vocación misionera surge de una innata y tolerante bondad, Priscilla es una mujer rígida en sus principios, pero frágil de carácter, demasiado proclive a interpretar como frustrante ingratitud la menor desviación de cualquier oveja de su rebaño respecto del camino trazado para ella. Y no sólo juzgarlo como ingratitud, sino incluso atribuirlo a deficiencias acaso incurables de la raza que, sin ser nativa, se ha ganado el derecho a ser llamada así en cuanto que legítima heredera de los auténticos aborígenes exterminados, los taínos.

“If there was anything that Priscilla Craig and her fellow workers in Christ were agreed on in discussing the qualities of the natives,” —escribe McKay en su presentación de este fecundo personaje— “their faults and their virtues, it was the lack of restraint among them. Where the law of the land was concerned they were quite docile in obedience. But in the moral law generally they were so lax. They did not seem to grasp the meaning of the high social significance of existence. Sex was approached to easily. And for that reason some of the most promising young men and young women who had been chosen or had chosen the preaching and teaching professions often found themeselves halted and worthless in the midst of their career. It wasn’t because these people were oversexed, but simply because they seemed to lack that check and control that was supposed to be distinguishing of humanity of a higher and more complex social order and that they were apparently incapable of comprehending the opprobium of breeding bastards in a Christian community” (p. 16).

McKay reserva en exclusiva para Priscilla su encantadora retahíla de aliteraciones y resonancias paródicas: “That evening Bita returned to Jubilee. And when she spied Sister Phibby with Rosyanna at the kitchen window as the buggy drove up the gravelway, she knew that the story of the tea-meeting had already reached Jubilee, and was prepared for an ordeal. Mrs. Craig greeted her gravely. And she presided over the dinner table like a piece of sculpture, betraying no sign of the agitation burning within her” (p. 91). Nótese la resonancia entre lo “gravely” del saludo (“greeted”) de Priscilla, el término “gravelway” y lo “escultórico” de su actitud. Todo es petrificación en ella ante el primer signo de independencia de Bita, que llega de asistir a una celebración popular en Banana Bottom. Ante un nuevo acto de autonomía de Bita, Priscilla es descrita como “striding straightly through the mission like a person distrait” (p. 178). Y más adelante, al sentirse fracasada en su misión con Bita y con los “nativos” en general, Priscilla “was strangely a stranger in that tropical strange land” (p. 225).

En cuanto Bita retorna de Inglaterra para establecerse de nuevo en la misión de Jubilee con los Craig y recupera el contacto con Jamaica, empiezan a manifestarse las inevitables contradicciones entre su cálido, alegre, espontáneo carácter nativo y la contención y mojigatería que Priscilla espera (exige) de su transfigurada pupila. La relación con los demás —que Bita debería orientar, según Priscilla, sólo hacia las personas de su clase y educación— y la cuestión de los festejos y celebraciones populares —en los que Priscilla poco menos que prohíbe participar a Bita— se covierten pronto en caballo de batalla. Es, de un modo muy preciso, Britannia versus Jamaica. Porque Priscilla tiene ya decidido casar a Bita con Herald Newton Day, el pomposo seminarista a punto de graduarse como pastor, a fin de que esta pareja nativa, modelada en todo de acuerdo con los ideales británicos, suceda a los Craig al frente de de Jubilee cuando a Malcom y Priscilla les falten las fuerzas para seguir adelante con su apostólica misión. Y Bita, en este punto de la historia, todavía “had assented to his proposal of marriage merely to fit into a plan —something thrust upon her that she had not felt even a reaction to refuse, because, like her training, it was designed to serve a purpose that was more than herself —the crowning of her education [...] It had never been lost upon her, from the time the Craigs adopted her after the rape, that she was the subject of an experiment, and as she grew in understanding she had voluntarily conceded herself as one does to a mesmerist” (p. 109). De manera que, para Priscilla, todo lo que haga Bita, las actividades en las que participe, las personas que frecuente, las cosas que diga, se refleja de inmediato sobre la misión. Y para no desprestigiar a la misión, Bita tiene que ser en todo instante un ejemplo vivo y dignificado de los ideales que predica Jubilee. A ello está obligada Bita, piensa Priscilla, por una deuda de gratitud. Y con ello demostraría Bita —anhela Priscilla— el gran poder regenerador de la instrucción británica y, sobre todo, la gran obra que Mrs. Craig ha sido capaz de realizar en la muchacha.

A pesar de su sometimiento a los planes de Priscilla, Bita aborrece a Herald Newton Day desde el primer e inflado sermón con que le oye evangelizar a la parroquia. Herald predica, puede decirse, por el inmenso placer de escucharse la voz y para mayor engrandecimiento de sí mismo. Los problemas y preocupaciones de los feligreses le importan tanto como la vida post mórtem de los insectos. Es un hombre encantado de haberse conocido y tan identificado con la cultura colonial que hasta se ha olvidado del color de su piel. El conocimiento es para él un modo de llamar ignorantes a los demás; la moral, una plataforma farisaica desde la que contemplar el pecado universal y sentirse puro por contraste; la mejor de sus ideas no pasa de ser la repetición papagayesca de las cosas aprendidas. Entre Bita y Herald “there was a block of ice. She longed to be free from the irritation of his presence, so that she could push the eventuality of their union far out of her mind and then play without effort at the make-believe of being engaged. But he was so inevitable. Always intrusive and entirely lacking in intuition. She felt that if she had to bear always the constant contact she might just break out one day with something that would destroy irreparably the whole fabric of the plan that had been so carefully charted for her” (p. 110).

Pero no es Bita la que termina por quebrarse, sino el propio Herald, quien se esfuma misteriosamente justo antes del gran sermón con el que espera consagrarse en todo Banana Bottom como gran predicador y no aparece hasta que una cabra denuncia, con angustiados balidos, la presencia del zoofílico violador encima de ella. La propia rigidez de la superstructura formativa de Herald hace frágil su personalidad frente a impulsos poderosos no afrontados con la honestidad que requieren.

Este episodio, inesperado, cómico y valiente por parte de McKay como es, resuena en otro comparable que tiene a Priscilla por protagonista. Ahí la buena Mrs. Craig, que contempla con infinito desprecio una colección de máscaras africanas, sufre también un colapso de su superestructura moral y acaba precipitándose a una experiencia alucinatoria para danzar frenéticamente con las figuras paganas: “For those small statues with importants points exaggerated and others minimized the word that came to her lips was «grotesque». She could find no significance in them, so far were they removed from the classic Greek and Roman tradition. These objects seemed mere caricatures of a poor and miserably fallen humanity abandoned of God. But as she gazed fixedly at them they seemed to take on a forbidden actuality and potency, as if they were immortal, a state of being beyond grace and salvation [...] all that those masks on the wall, hideous things, contributed to the purpose of life was an eternal obscene greening [...] But gazing again at the masks, they all seemed to be hideously greening, and impelled to the wall by a magnetic power she attempted to touch one of them to test the reality of her eyes, when the mocking thing suddenly detached itself and began dancing around her. Others followed the first and Priscilla found herself sorrounded by a grinning, dancing fury [...] and suddenly she too was in motion and madly whirling round and round with the weird dancing masks” (pp. 198-9).

Para Bita el episodio de la cabra es definitivo en lo que hace a la reafirmación de su individualidad. Los planes de boda se desvanecen al instante, desde luego, porque a Herald lo empaquetan enseguida con destino a Panamá a fin de encubrir el escándalo. Pero incluso antes de la desfloración del pacífico bóvido, Bita ya había ido reencontrándose a sí misma y recordando el sabor de la independencia, gracias al contacto con la atmósfera rural de Banana Bottom y, sobre todo, a sus conversaciones con el hidalgo británico Gensir.

Devil on the Cross, la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o aludida al comienzo de este texto y que dio tema a nuestro artículo anterior, al igual que ésta un Weiberbildungsroman o “novela de formación femenina” (pero fallido), presentaba un ecosistema narrativo en el que blancos y negros, élites y clase obrera, imperialistas y nacionalistas... malos y buenos, quedaban todos ellos divididos por una estricta y maniquea divisoria de inspiración marxista. No ocurre lo mismo en Banana Bottom, donde los personajes no tienen que ser necesariamente negros, lumpen y anticolonialistas para estar en el lado de lo positivo, o incluso de lo adorable. Es el caso de Gensir, un aristócrata inglés poco aficionado a los manierismos de su clase, algo bohemio, muy cultivado, ateo pero respetuoso con toda otra doctrina, que ha optado por la vida campestre en la colonia, con su simpleza y austeridad, donde se dedica a la cosecha del folclore musical jamaicano. Nada puede haber más opuesto a las ideas de Priscilla sobre el arte y la educación que las de Gensir. Si para la Craig las máscaras africanas eran el producto de una humanidad caída, una representación de lo grotesco, lo obsceno, lo perverso, Gensir era el primero “to enter into the simple life of the island Negroes and proclaim significance and beauty in their transplanted folk tales and in the words and music of their native dialect songs [...] he had found artistry were others saw nothing, because he believed that wherever the imprints of nature and humanity were found, there also were the seeds of creative life, and that above the dreary levels of existence everywhere there were always the radiant, the mysterious, the wonderful, the strange great moments whose magic may be caught by any clairvoyant mind and turned into magical form for the joy of man” (p. 310); si para Priscilla, por otra parte, la educación es tallar al pupilo en virtud de un ideal programático y de acuerdo con las expectativas de su clase social, Gensir no cree “in the system of modern education. It grinds out certain fixed types on different grades to fit into a preconceived plan. And there is no room in it for one who would like to think and to act independently [...] All my relatives and friends had some better idea than myself of how I should live. What purpose should I live for. Wanted to dispose of my life for some noble ideal of service: a class, a cause, a loyalty. They were horrified because I thought it was the best thing for a man to devote himself first to the understanding and adjusting of his own life to life” (p. 122).

Gensir es importante para Bita, para su Umbildung, su deconstrucción-reconstrucción porque le proporciona la auténtica clave para “descolonizar la mente”. Y este proceso no pasa primariamente por dar la espalda al inglés como medio de expresión y a la educación recibida con él, como querría Thing’o, sino por invertir los términos de la colonización intelectual: ser ella, Bita, quien haga suyos los conocimientos recibidos, las herramientas mentales y espirituales adquiridas, a fin de determinarlos desde su independencia anímica en lugar de permitir que sean ellos, pasivamente asimilidados, los que la determinen a ella.

Una vez esta clave ha calado en Bita lo bastante como para decantar en predisposición, su ruptura con Jubilee es prácticamente inevitable. La excusa será su enamoriscamiento de Hopping Dick, el volátil galán local. Para Bita, atractivo, seductor y considerado. Para Priscilla: sencillamente un rufián de baja calaña que ni siquiera habla inglés con corrección. “A low peacock”, lo describe la Craig, “who murders his h’s and altogether speaks in such a vile manner” (p. 210).

La “vile manner” de hablar a la que se refiere Priscilla es la lengua criolla, de la que la novela da numerosos, amplios y sabrosísimos ejemplos. De hecho todos los diálogos entre los jamaicanos que no poseen la exclusivista educación de Bita o de Herald Newton ocurren en lengua criolla. Bita, en el episodio con Priscilla que acabamos de citar, la llama “broken English” (p. 210); el narrador se referirá a ella como “Negro dialect” (p. 261) y poco después (p. 262), hablando por boca de Bita, la llamará “Negro tongue”, haciendo una hermosa descripción de esta lengua en contraste con el modo de hablar de un afectado personaje, Marse Arthur: “His brittle voice [Marse Arthur’s] was unpleasant to her [Bita] and his small-town dialect so different from the peasants’ way of speech; their brief concise phrases, words dark and yielding as the soil and green as the grass wet with dew, pliant as supple-jacks and juicy as mangoes, sifted and moulded to give expression to simple Negro tongue”.

Si uno lee en el DRAE la entrada correspondiente a la voz “busilis” se encontrará con la siguiente etimología: “Del latín in diebus illis, mal separado por un ignorante que dijo no comprender qué significaba el busillis.” No tengo ni idea de si en jamaicano la expresión “nymph fer manaxe” significa algo o no, pero hay un cómico ejemplo de lo mucho que habría podido significar, al estilo de nuestro “busilis”, en la conversación que mantienen Anty Nommy y Priscilla Craig, las dos madres adoptivas de Bita, acerca del galán que provoca los suspiros de la muchacha: “She [Priscilla] could never understand a girl like Bita really falling in love with a man like Hopping Dick and to account for it she had come to the conclusion that Bita at bottom was a nymphomaniac. The sounding and pronunciation of that word was stupendous to Anty Nommy and in spite of the sad occasion she was pleased to think that it meant that Bita was a wonderful person. So after relating the conversation to Bita and trying to get her to see the matter from Mrs. Craig’s angle she ended by saying: 'And she said dat she be’n t’inking dat youse a «nymph fer manaxe»'. And Anty Nommy was at a loss to understand why the phrase should have sent Bita into such a fury” (pp. 221-2).

El criollo se desarrolla, entre otras muchas cosas, a partir de “malas” comprensiones y “deficientes” interpretaciones de la lengua colonial, pero por eso mismo resulta en una lengua viva, fecunda, elusiva, subversiva, constantemente creativa, libre y voluble en su manifestación escrita, heterográfica: “Honard miss”, escribe a Bita otro de sus pretendientes, digamos, populares, “I beg to apolojoys for trying to mek a little pleasantry wid you as a genelman and you not a lady as big to aprechiate it. I no jest a fool country naygur not know nothing, but I is a pusson travelled far abroad jest lak yousef an I is acquented wid all the etykwets. That why I wait until you was all alone by yousef to get a good introduction to you. I is sorry you tek it in sech a bad way and insult me lak a dawg but I is willing to forgive and even be a frien to you ef you will tek that back” (p. 131).

Rosyanna, la criada de la misión de Jubilee, nos ofrece delicias terminológicas como “deadickylous” (por ridiculous) y “sintiminious” (por sanctimonious) en los siguientes ejemplos de su uso del criollo: “Well, I nebber did heah ‘bouten sich a t’ing in all my life. Nebber did come up ag’inst anyt’ing so deadickylous. Lak a if dat woman done want me fer t’ink she not jesen a woman lak mese’f” (p. 206); “Ise a married woman mese’f [...] An’ I hab de right fer sleep wid mi husban’ all de tim’ cepen’ when him not at home. Ah doan’ shame nuttin’. Ah doan’ blieb in no sintimonious primsin’ an’ actin’ lak I was an angel when Gawd knowns Ise a woman. An’ de Bible says plain dat Gawd made woman as a hopmeet fer man” (p. 207). Los ejemplos que podrían citarse son, en fin, incontables y a cada cual más delicioso para el filólogo cuya aproximación a la lengua sea humildemente poética y admirativa en lugar de pedantemente normativa y academicista.

Bita, sin embargo, no retorna a la “Negro tongue”, ni tampoco se une a Hopping Dick. Tras separarse de la misión en términos amistosos, acaba por casarse con otro criolloparlante, Jubban, el mozo de Jordan Plant, ahogado mientras tanto en el río a causa de las lluvias tropicales que suceden a la larga sequía sufrida por la isla. Hay un emotivo y valiente episodio en que Bita y Jubban hacen el amor en el campo, en la misma carreta que transporta el ataud de Jordan, el padre de la muchacha: “It was strange and she was aware of the strangeness that in that moment of extreme sorrow she should be seized by the powerful inevitable desire for love which would not be denied. She was not oblivious of her father’s body in the back, but her conscience fortified her with a conviction of the approval of his spirit. He who had seemed to understand her all her life would understand now. Her spirit was finely balanced between the delicate sadness of death and the subdued joy of love and over all was the glorious sensation of life triumphant over death” (p. 289).

Jubban es, simplemente, un buen hombre que quiere a Bita con locura. Por supuesto, la sociedad de Banana Bottom critica a la muchacha por derrochar su educación y posición de semejante modo casándose con Jubban. Para ellos la decisión de Bita demuestra que siempre ha sido una campesina en el fondo de ella misma y que ahora retorna a su verdadera condición después del fallido experimento por parte de una ilusa pareja blanca de transformarla en “lady”. Pero, indiferente a las críticas y sin renegar de nada de lo aprendido, Bita manifiesta una inaudita capacidad para librarse de su condicionamiento educativo, y consciente, deliberada, autónomamente, seguir a partir de aquí su propia senda vital.

June 2009

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