A Domingo Bretón, con admiración y afecto.
Estos últimos días, del 28 al 30 de Junio, he tenido el privilegio de asistir en Barcelona a las Jornadas del Centenario de la Policía Científica merced a las plazas —a mi modo de ver demasiado pocas, pero en cualquier caso dignas de toda nuestra gratitud— que los organizadores del evento reservaron para el alumnado del Máster de Criminalística de la UAB. Once ponencias, una mesa redonda, más una breve ceremonia de inauguración y otra de clausura han conmemorado los cien años del nacimiento de una sección de la policía española que encuentra su misión, y su vocación, en el esclarecimiento del hecho delictivo por vía de una metodología científica tan irrefutable como las circunstancias lo permitan. A mi modo de ver, teniendo en cuenta la importancia de este acontecimiento y dado que la criminalística es el tema de moda gracias a series televisivas de éxito como CSI, Bones, Castle y muchas otras, las Jornadas han estado lejísimos de la repercusión mediática y social que merecían.
A decir verdad, no pareció que prometiesen mucho durante los quince minutos que duró el rito inaugural a cargo del delegado del gobierno en Cataluña. Un hombre gris, con cara de fatal aburrimiento, leyó un texto escrito por otro y al que, resultaba evidente, era la primera vez que le concedía una mirada. Leyó pésimamente además, lo que no importaba mucho en cualquier caso porque el texto era poco más que una sarta de obviedades protocolarias sin más semántica que la que comparten dos desconocidos en un ascensor durante los segundos del trayecto. Éste, para decirlo todo, ni siquiera fue ascendente. Sólo cuando habló por fin el Comisario Principal Sr. Sánchez Galache, que actuaría posteriormente de presentador de los conferenciantes y moderador de la mesa redonda, tuvimos la sensación de que en el área presidencial había un organismo vivo. El delegado, gracias a Dios, desapareció enseguida entre apretones de mano y parabienes urgido por su siguiente, e inefable, compromiso ceremonial.
Desvanecido el zombi, y con el comienzo de la primera ponencia, a cargo del Comisario Principal Sr. Otero Soriano, la sala se llenó de vida, de palabras vivas, de interés. El título que se le había dado a esta conferencia era el de Inicios de la Policía Científica, su recorrido histórico. La Comisaría General de Policía Científica: presente y futuro, un enunciado demasiado largo y ambicioso en vista del poco tiempo —algo más de 50 minutos, en el mejor de los casos, aunque alguno lograría estirarlo hasta los 65— que se les concedía a los oradores para desarrollar sus temas respectivos.
Me pregunto hasta qué punto este límite crítico de los 50 minutos condicionó la diversidad de estilos oratorios de los que tuvimos la ocasión de disfrutar, porque, en última instancia, cada conferenciante se veía obligado a responder al reto temporal de un modo u otro. Lo que sí es seguro es que a aquellos cuyas charlas tenían un carácter más informativo —el Comisario Sr. del Amo, que habló de la actuación de la Policía Científica en casos de víctimas múltiples en la 3ª Ponencia; el Inspector Jefe Sr. Reñones, que expuso el tema de la infografía forense en la 7ª Ponencia; el Inspector Jefe Sr. de la Fuente, que trató de informática forense en la 8ª Ponencia; y el Comisario Principal Sr. Celorrio, que presentó la cuestión de los bancos de datos policiales en la 11ª Ponencia— la magnitud de los temas escogidos los forzó a un discurso ágil, allegro agitato, a momentos incluso vertiginoso, del que uno no podía sino admirar la calidad de una información que, no por caernos en forma de avalancha, dejaba de ser clara, ordenada y enriquecedora. Otros, como el Inspector Jefe Sr. Pablos, el Doctor Orós y el Inspector Jefe Sr. Bretón, optaron por un discurso más campechano, a menudo autobiográfico, que resultó refrescante y encantador; mientras que las tres ponentes femeninas, la Fiscal Sra. Elena Contreras, la Facultativa Sra. María Jesús González y la Inspectora Jefa Sra. Carmen Solís, parecieron encajar perfectamente, cada una a su propio estilo, con el límite de tiempo prescrito, dejándonos en todo caso a nosotros, el público, con ganas de escucharlas mucho más.
Otero, el primer ponente, desplegó un discurso altamente conceptual, mesurado, vertido en un lenguaje rico y bien estructurado cuyo estilo lo acercaba, sobre todo, al de la última ponente del día, Elena Contreras. Definió el cometido de la Policía Científica como identificar personas a partir de la comparación entre los elementos dubitados y los indubitados; inevitablemente, habló de Bertillon y los comienzos antropométricos de la ciencia forense; declaró a Locard el padre de la criminalística y a su Principio de Transferencia (“Toute action de l’homme, et a fortiori, l’action violente qu’est un crime, ne peut pas se dérouler sans laisser quelque marque”), la base de toda investigación policial; y desgranó a continuación la manera en que la Policía Científica había ido afinando a lo largo del tiempo sus métodos identificativos.
Otero citó dos artículos con los que yo había tropezado recientemente en la Red al prepararme para estas Jornadas, Forensic Sience: Oxymoron? y The Coming Paradigm Shift in Forensic Identification Science, y sentí profundamente que no ahondase más en las ideas que los tejen. Era lógico, por supuesto, que no lo hiciese: primero, porque el límite de tiempo se lo impedía; pero también porque un evento celebratorio del nacimiento de la Policía Científica quizá no fuera el contexto idóneo para dilatarse precisamente en aquellas cosas que subrayan los fallos de la criminalística, ponen en cuestión su metodología y, con ella, su razón de ser. O acaso sí fuera ese contexto... depende de la valentía con la que estemos dispuestos a reconocer las imperfecciones presentes y afrontar los cambios necesarios.
Siguiendo esta secuencia de ideas, la ponencia de Otero me hace saltar en el tiempo a dos momentos consecutivos de la mesa redonda que cerró este ciclo de conferencias: a ese instante en que el Magistrado de la Audiencia Provincial de Barcelona, el Sr. Niubó, proclamó que la confianza de los jueces en los informes periciales de la Policía Científica era prácticamente absoluta; y a ese otro en que la Intendente de los Mossos d’Esquadra, la Sra. Lourdes Puigbarraca, dijo que lo que une a todos los colectivos del sector de la seguridad —y citó explícitamente a policías, abogados, jueces, fiscales, médicos forenses y periodistas— es el HECHO. Y se refería al hecho delictivo, por supuesto, a la dilucidación de la verdad contenida en él. Y aquí justamente radica el problema, eso que es mejor no convertir en tema de debate, si uno quiere celebrar la longevidad del Cuerpo en un clima de razonable optimismo. Porque, por otra parte, tampoco es algo que afecte en concreto a la Policía Científica española, que se desenvuelve extraordinariamente bien, sino a la ciencia forense en general. Y el problema es, desde luego, la cuestión de la cienticificidad, de la fiabilidad última de la disciplina forense.
He escrito más arriba que “la Policía Científica encuentra su misión, y su vocación, en el esclarecimiento del hecho delictivo por vía de una metodología científica tan irrefutable como las circunstancias lo permitan”. Las mentes de inclinación más filosófica recordarán aquí inevitablemente a Popper y me reprocharán la contradicción en los términos en que acabo de incurrir según el ilustre filósofo, quien dictaminó que la característica fundamental del método científico es la de ser falsifiable, esto es, refutable. La brillante Carmen Solís —si es que logré hacerme con su particular estilo y vocabulario— habría empleado el término “contundente” donde yo he usado “irrefutable”. El suyo sería sin duda mejor, pero no me habría permitido hacer la excursión conceptual que exigía mi introducción al tema dejado en suspenso por Otero y que a mí me resulta de especial interés porque es lo que me trajo a la criminalística desde un territorio intelectual muchísimo más abstracto como es el de la epistemología, la “ciencia” crítica del conocimiento, esa rama del saber humano que persigue criterios para calibrar la robustez del conocimiento y el quilate de la verdad atesorada en él.
Formulémoslo de este modo: la ciencia forense, en su búsqueda de la verdad del hecho y de las pruebas que hagan manifiesta esa verdad a ojos humanos imparciales, es una epistemología cruenta de cuyas conclusiones depende, no una solución abstracta, o una posición filosófica, o una metodología científica... sino una o varias vidas humanas. La epistemología como tal puede permitirse coquetear con —y en cualquier caso está obligada a tener en cuenta— toda esa vertiente fenomenológica de la filosofía que desde Kant, cuando menos, afirma la absoluta trascendentalidad, y por tanto incognoscibilidad para la razón humana, del hecho en sí, de la cosa en sí. La epistemología como tal puede, por ello mismo, llegar a la conclusión de que todo conocimiento humano es ilusorio y que no hay más HECHO que el hecho de que percibimos cosas cuya realidad última desconocemos: percipio ergo sum. Pero esa otra epistemología cruenta que es la ciencia forense habita en un plano muy distinto: un mundo de urgencias que le exige dar respuestas claras a hechos que atentan contra la supervivencia de la sociedad... o, al menos, de la sociedad tal como nos gustaría que fuese. La epistemología como tal ha prescindido hace décadas del concepto de “objetividad”, que considera inalcanzable, para conformarse con el mucho más modesto de “intersubjetividad”. Pero la epistemología cruenta de la criminalística se ve forzada a seguir operando como si la visión objetiva de las cosas fuese posible, porque ¿cómo podría un juez privar de la vida o de la libertad a un acusado sin razones “objetivas”?
Y, sin embargo, las complejidades de la vida, le recuerdan a menudo a la ciencia forense la poca objetividad de sus razones. En el artículo de Michael J. Saks y Jonathan J. Koehler citado por Otero, The Coming Paradigm Shift in Forensic Identification Science, los autores introducen una tabla de factores asociados con sentencias condenatorias erróneas en los casos de 86 convictos que fueron posteriormente exonerados gracias a pruebas de ADN. Según la tabla, el 17% de esas sentencias se vio influida por falsas confesiones; también el 17%, por falsas declaraciones de los testigos; el 19%, por la incompetencia de la defensa; también el 19%, por informadores fraudulentos; el 27%, por falsos testimonios de parte de peritos forenses; el 28%, por malas prácticas fiscales; el 44%, por malas prácticas policiales; el 63%, por errores en las pruebas forenses; y el 71%, por errores de los testigos. La suma de todos estos porcentajes supera con mucho el 100% porque varios de los casos se vieron afectados por más de uno de los factores antedichos.
Dejando aparte los falsos testimonios de los peritos forenses, que afectan a la integridad de las personas, no a la salud de la ciencia, 54 de esas 86 personas inocentes (54,18 para ser exactos, pero todavía no he visto nunca el 0,18 de un convicto) fueron condenadas por errores criminalísticos, un número muy alto para que, de acuerdo con el Sr. Niubó, la confianza de los jueces en las periciales forenses sea prácticamente absoluta. Un número altísimo también para aceptar sin más esa noción idealista hasta la ingenuidad de la Sra. Puigbarraca según la cual el HECHO es lo que une a todos los profesionales de la seguridad. No, el HECHO es incuestionablemente el punto de convergencia física de los seis colectivos citados por Lourdes, pero también el foco de discordancia de sus particulares narrativas del HECHO, condicionadas en cada caso por intereses personales y funcionales: el periodista busca exprimir el HECHO en sabroso jugo mediático; el abogado puja por la exoneración del incriminado; el fiscal, por su condena; la policía y el médico forense tienen un lógico interés en que se valoren sus trabajos y se vean confirmadas sus tesis y conclusiones; en cuanto al juez, digamos que no es poca la presión que padece para estar a la altura del papel semidivino del que lo ha investido la sociedad.
Siguiendo con el artículo de Saks & Koehler, según datos que estos autores extraen de trabajos anteriores en los que se citan tests de competencia a los que fueron sometidos especialistas de distintas disciplinas criminalísticas en Estados Unidos entre 1995 y 2002, “forensic errors are not minor imperfections”: la identificación espectrográfica de la voz llegó a dar en esos tests niveles de error del 63%; la grafística, del 40% acercándose en ocasiones al 100%; la identificación por marcas bucales en caso de mordisco produjo un 64% de errores; las comparaciones microscópicas de cabello usando como criterio el ADN mitocondrial, un 12%; en cuanto al examen dactiloscópico, un cuarto de los especialistas fracasó en su intento de identificar todas las huellas latentes del test y un 20% confundió las huellas dactilares de una persona con las de su hermano gemelo.
No son datos exhibidos aquí para poner en entredicho la criminalística, ni mucho menos deslucir los cien años de la Policía Científica española. Son simplemente datos que llaman a la humildad presente y al rigor futuro; un rigor que Saks & Koehler creen que las disciplinas forenses deberían emular del modelo que les proporciona la más joven de sus hermanas, la identificación mediante pruebas de ADN.
Otero, que habló también de las Reglas de Admisibilidad de la Prueba Científica de acuerdo con el Tribunal Supremo norteamericano a partir del caso Daubert (cf. también Daubert Standard & Frye Standard), de la necesidad de adoptar estándares numéricos en lugar de cualitativos a fin de alcanzar mayores niveles de objetividad en criminalística y del Innocence Project, acabó comentando de modo sucinto el Máster en Ciencias Policiales de la Universidad de Alcalá, del que me resultó particularmente atractivo el proyecto de convertirlo en un estudio online con prácticas a realizar en la zona de residencia del estudiante.
A Otero lo siguió Pedro J. Pablos la mañana del 28. Pablos inauguró un estilo totalmente distinto. Cogió uno de los micrófonos destinados a asistir al público en sus preguntas, que le permitía mayor libertad postural que el anclado sobre la mesa, recostó el tronco en la butaca y, con movimientos evanescentes de sus miembros larguiruchos y una voz muy cercana y amable, nos ilustró sobre los numerosos métodos identificativos que maneja la ciencia forense a lo largo de una ponencia titulada Los métodos de identificación policial: Herramientas. Evolución histórica. El Plan Nacional de Identificación de detenidos. Llamó pesado a Bertillon... y no sin motivo. Pero reconoció la meticulosidad del buen francés al organizar un sistema de más de 7.000 fichas antropométricas. Habló de William J. Herschel, que precedió a Galton en el uso y el estudio de las huellas dactilares; del croata-argentino Juan Vucetich, que instituyó el sistema de identificación dactilar en la policía argentina, la primera del mundo en contar con él; del español Federico Olóriz, padre de la dactiloscopia en nuestro país... y, a medida que los minutos se le escurrían entre los labios, fue apresurando el ritmo de exposición hasta un tempo vivacissimo mientras daba noticia de los métodos identificativos propiamente dichos, actuales y futuros: la poroscopia, pelmatoscopia, los otogramas, la fisionometría, la espectrografía de la voz, los tests de ADN, el escáner de iris, de retina, de mano, el olor corporal, la secuencia del caminar, etc. etc. etc.
Tras Pablos, Antonio del Amo fue el último ponente de la mañana con una conferencia titulada La respuesta de la Policía Científica en sucesos extraordinarios: Plan de Actuación con Víctimas Múltiples. La experiencia del 11-M. (Un inciso a modo de crítica constructiva: no fue una buena idea encabezar las charlas con títulos tan dilatados que podían confundirse con índices temáticos.) Antonio es un tipo joven, ágil, resolutivo que, vestido con traje negro y gafas oscuras, habría parecido un auténtico Man In Black del FBI. Habló de los atentados del 11-M y de la T-4; del tsunami que azotó Tailandia hace casi ya siete años, adonde acudió un equipo de policías y médicos forenses españoles —entre ellos Antonio— para participar en labores de necroidentificación; y comentó finalmente el Protocolo Nacional de actuación médico-forense en sucesos con víctimas múltiples, que en Febrero de 2009 vino a poner orden en la nada fácil ni grata labor de identificar víctimas de catástrofes cuando, muchas veces, no quedan de ellas más que restos dispersos y carbonizados. Del Amo resultó un orador enérgico y capaz, de quien era fácil intuir que manifestaba esas mismas cualidades en sus tareas forenses. Inevitablemente, escuchándolo me asaltaba la paradoja entre la impensable magnitud del drama humano que suponen esas catástrofes y la necesidad de actuar en medio de ellas con perentoria eficiencia y fría objetividad. En el turno de preguntas me habría gustado oírle explicar cómo gestiona él, emocionalmente hablando, esa paradoja... pero por pudor no lo interpelé. De hecho nadie lo hizo. Quizá las imágenes de los desastres que recorrieron la pantalla nos habían dejado a todos en un limbo extraño más allá de las preguntas.
Lo cierto es que no recuerdo exactamente cuándo se produjo aquella mañana la breve intervención de la fiscal Mar Cuesta, si como prólogo a la segunda o a la tercera de las charlas. Mar, una mujer menuda, vestida de negro, con cabello corto y oscuro, ojos penetrantes y rasgos austeros, comenzó su discurso con las palabras: “Había una vez un naviero...” y nos contó que este hombre tenía un buque, muy bregado ya, que necesitaba urgentes reparaciones. Pero las reparaciones eran caras y el naviero las posponía de mes en mes y de año en año diciéndose a sí mismo que, si el barco había aguantado hasta entonces tantas tormentas, sin duda sobreviviría a algunas más; y que, al fin y al cabo, él no era quién para dudar de la experiencia de los armadores; y que, en último caso, la divina Providencia velaría por el pasaje y la tripulación. Y en estas meditaciones exculpatorias se hallaba cuando la nave zozobró y se hundió sin que nadie lograse salvarse. “Aquel naviero”, dijo Mar (y cito, imperfectamente, de memoria), “no tenía ningún derecho a no dudar de la inminencia del desastre. Era culpable de todas aquellas muertes. Actuar como él nos lleva a la apatía, a la ingratitud con estos cien años de existencia de la Policía Científica española, a una irresponsabilidad que marca la diferencia entre la barbarie y la civilización. Una civilización donde reside todo lo que amamos.”
Las palabras de la fiscal sonaron sinceras, apasionadas, y llevaban implícito el elogio al colectivo policial que éste, sin duda alguna, merecía. A mí, sin embargo, me dejaron con una rara sensación de inquietud que no logré explicarme hasta que tuve tiempo de reflexionar al mediodía. Percibí entonces que el motivo de turbación no era otro que la narrativa misma: el alegato condenatorio de la fiscal era un cuento, literalmente. Mar había pretendido introducirse en la mente de un naviero inglés del siglo XVIII, es decir, de una cultura y un tiempo lejanos, para desgranar la secuencia de sus íntimas cogitaciones. Y este acto imposible, permisible en todo caso al novelista, que se mueve en el plano de la especulación imaginativa, es una excursión impropia del acusador, cuyo obligado ecosistema es el de los hechos como tales. Se me dirá que la fiscal hablaba aquí a modo de parábola. Cierto, pero la parábola es una figura literaria que funciona tanto mejor cuanto mayor es su analogía con el espacio referencial.
La cuarta ponencia, Medicina Legal; la sinergia de la Policía Científica y los Institutos de Medicina Legal, primera de la tarde del martes 28, estuvo a cargo del Doctor Miguel Orós, una persona cálida y encantadora que parecía envolvernos a todos con cada frase en un abrazo que, más que sinergia, expresaba profunda empatía. Comenzó instándonos, a todos los presentes, a aprender divirtiéndonos con los magníficos recursos que nos ofrece el cine y la literatura. Citó un amplio abanico de autores, desde Edgar Allan Poe y Walter Scott hasta Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, amén de otros más actuales que confieso desconocer. Scott, en particular su novela The Heart of Midlothian, le sirvió para conducir el discurso hacia el origen de la colaboración entre médicos y policías, que Orós situó en una norma británica (concretamente un reglamento del Scottish Statute Book, año 1690, capítulo 21) que volvía sospechosa de infanticidio a toda mujer grávida que no llevase a término su embarazo o que pariese un hijo muerto. Orós al menos lo presentó así, aunque lo cierto es que de acuerdo con el SSB eran incriminables sólo las que hubiesen escondido su situación durante todo el embarazo, o aquellas que hubiesen dado a luz sin buscar ayuda de partera. Sea como fuere, la policía reclamó entonces el concurso de los médicos para descifrar, en los casos contemplados por esta normativa, la muerte de los recién nacidos y eso selló un pacto de colaboración que no ha hecho sino intensificarse hasta tiempos presentes.
Orós repasó el estatuto de los médicos forenses en distintos ámbitos nacionales, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos y España, y defendió que la labor de estos especialistas consiste esencialmente en la aplicación del sentido común y en la humildad necesaria para dejarse guiar por la policía en esos otros conocimientos criminalísticos que escapan a los doctores. No dejó de expresar en todo momento su gratitud al Cuerpo y a miembros concretos de la Policía Científica de Barcelona, y repasó numerosos casos que él, como médico forense, habría sido incapaz de interpretar correctamente sin el consejo de sus colegas policiales. Habló de un modo familiar, interpelando a menudo a los inspectores, sus amigos y conocidos, sentados en las primeras filas, mientras repetía su coletilla de “¿Es verdad o NO?” (un “no” en el que hacía recaer todo el peso tónico de la frase) y clavaba en nosotros una mirada de cordial desafío. Entrañable como era este hombre, acabó la charla proyectando en pantalla sus teléfonos y dirección de e-mail, e invitando a todos los miembros del Cuerpo a visitarlo en el Ampurdán, o más tarde en Bolivia, adonde quiere trasplantarse para dedicarse en exclusiva a labores humanitarias. Yo diría que a nadie dejó indiferente Miguel Orós y que todos salimos de allí un poco mejores como personas gracias a sus palabras.
La tarde no perdió brillantez con la llegada de la fiscal Elena Contreras, cuya ponencia, La prueba pericial de criminalística en el Tribunal del Jurado, cerró las sesiones de la jornada. Si en alguna ocasión he visto expresadas en boca de orador esas exigencias que Descartes le impone al conocimiento racional, esto es, que sea claro y distinto, fue en la charla de Elena. En efecto, un pensamiento claro, distinto y bien estructurado se vertía sin cesar con su discurso en un lenguaje rico, pulcro, preciso, minucioso, que parecía no hacer ningún esfuerzo ni sufrir titubeo alguno para convertirse en la materia fluida de su encarnación. Sin distorsiones, sin refracciones al pasar del incorpóreo raciocinio al medio más denso de la palabra articulada. Por más interesante que resultaba el tema, reconozco que me dejé llevar por sus cadencias casi hasta la hipnosis. Pero me llamó la atención el modo tan positivo en que valoraba los jurados populares, que según ella actúan con notables responsabilidad e inteligencia. Habló de la dificultad de su labor, que según la reglamentación española no se reduce a dictar la inocencia o culpabilidad del acusado —como es el caso norteamericano—, sino a responder de forma razonada, elaborada, a una serie de preguntas planteadas por el juez de las que éste derivará posteriormente el veredicto. Me pareció interesante la noticia porque el efecto Hollywood ha conseguido que, irónicamente, tengamos más familiaridad con el funcionamiento de la justicia, la ciencia, la tecnología, el ejército y hasta finanzas americanas que con las de nuestro país. Elena acabó pidiendo sobre todo a los peritos forenses que sean claros y didácticos en las exposiciones que dirijan a los jurados, pero los tranquilizó asegurándoles que la confianza de estos tribunales populares en la Policía Científica es capital.
La jornada del miércoles 29 se abrió con la ponencia de Domingo Bretón, Documentoscopia: Su protagonismo en el ámbito forense. La pericia caligráfica. Yo tenía ya un particular cariño a Domingo desde el breve pero jugoso intercambio epistolar que sostuvimos tras su paso por la clase del Máster de Criminalística. Me gustó en aquella ocasión, y volvió a entusiasmarme ahora en el Centenario, el desparpajo con el que Domingo es capaz de hablar de algo que, si uno lo reflexiona hasta sus últimas consecuencias, pone en cuestión todo nuestro sistema y en especial el financiero. Más que dar una charla, lo que Domingo hace es llevar a cabo eso que en crítica teatral llamaríamos una performance. Como si sentado entre amigos no explicase otra cosa que las esperables incidencias de un pícnic familiar, este policía repasa una serie de casos que muestran lo indeciblemente fácil que resulta hoy día ver secuestrada la propia identidad documental, la económica, la que sea... sin mucha más inversión, por parte de los falsificadores, que lo que cuestan los cartuchos de tinta de las impresoras. Es espeluznante, al menos para mí. Si Domingo adoptase un tono grave, de ponderosa advertencia, el oyente se diría: “Hombre, ya será para menos.” Pero ante ese discurso, está indefenso. Y no consuela demasiado, la verdad, que la policía resuelva muchos de los casos de fraude mencionados porque éste, con las tecnologías actuales, es un virus mutante cuyas estrategias van siempre por delante de los antiCuerpos protectores. Dan ganas de destruir todas las tarjetas de crédito después de escuchar a Bretón. Pero el fatalismo que percibo en su discurso no es gratuito: el sistema está enfermo, sin duda, pero no podemos prescindir de eso mismo que nos pone en peligro o directamente nos destruye.
A Domingo lo siguió José Francisco Reñones, con la conferencia La infografía forense: Nueva herramienta al servicio de la Policía Científica. De todos los oradores, José Francisco fue el único que prefirió hablar de pie, desde la tribuna. Repasó brevemente la historia de la imagen en la investigación criminalística para centrarse enseguida en el uso que hace hoy la policía de los escenarios y animaciones virtuales en 3D, ya sea para preservar la memoria de una escena del crimen o para ilustrar el desarrollo de un acontecimiento delictivo. Habló de las vistas panorámicas destinadas a este fin, algo así como el Street View aplicado a interiores y exteriores de interés policial. Y recalcó, por fin, la importancia del escáner tridimensional, capaz de registrar escenarios con tanta exactitud en sus proporciones —sin más error que 0,5mm por cada 80m— que en todo momento puede calcularse, a partir de la imagen virtual creada, la distancia entre cualesquiera de sus puntos o elementos cuando la investigación lo exige. La de José Francisco fue una charla altamente informativa, bien ilustrada, de enorme interés por las novedades tecnológicas que presentó y despedida desde la pantalla por una personalidad virtual creada al efecto que parecía el genio de Aladino.
La mañana del 29 la cerró Germán de la Fuente con su ponencia La Informática Forense al servicio de la Criminalística. La pericia informática. Germán habló rápida y ordenadamente, esforzándose por cubrir la amplitud de su tema en el tiempo prescrito, pero refrescándonos una y otra vez con no pocos rasgos de humor. Inauguró su discurso con una reflexión que se me quedó muy grabada: la de que al día siguiente de inventarse el fuego surgió el primer pirómano. La frase ilustraba el giro delictivo que había cobrado la informática nada más nacer.
Sumergiéndose ya en su tema, el ponente aludió al gran problema que conllevan los delitos informáticos: garantizar que la información contenida en un ordenador o soporte sospechoso quede inalterada desde el momento de su intervención por parte de la policía hasta el día del juicio. La solución a este dilema a día de hoy es el HASH, un tipo de código en el que puede transformarse cualquier paquete de información por masivo que sea y que se convierte, por así decirlo, en el número de identidad del volumen de datos procesado. Las ventajas de esta herramienta son fundamentalmente dos: que no puede modificarse la información intervenida sin alterar al mismo tiempo el HASH y que no pueden darse dos volúmenes de datos con el mismo HASH. Sus desventajas, por otro lado, consisten en ser degradable y, además, en que generarlo constituye a menudo un proceso demasiado lento para llevarlo a cabo in situ: hay que esperar a realizarlo en el laboratorio, lo que a mi modo de ver (aunque de la Fuente no lo expresó así) supone una relativa laguna en la cadena de custodia de semejantes pruebas criminalísticas.
Germán habló a continuación del software que emplea la Policía Científica para encontrar, en el laberinto digital del ordenador investigado, la información perseguida, aunque se oculte bajo nombres y extensiones de archivo engañosos. Vimos en pantalla cómo las contraseñas generadas por Office, aun las más complejas, saltan en menos de dos segundos y el ponente nos informó de que la seguridad de una contraseña no depende de la complejidad, aleatoriedad y longitud de su secuencia, sino de la potencia del programa de encriptación. Y citó a este respecto Blowfish (cf. asimismo Official Blowfish Website) como uno de los más robustos. Advirtió Germán también del peligro de compartir archivos en la Red, porque el usuario difícilmente puede controlar lo que penetra en su disco duro durante ese proceso de intercambio; y se dilató en la enorme capacidad de supervivencia que tienen los datos, una vez creados, para sobrevivir al borrado, al formateo e incluso a los intentos de destruir físicamente el soporte magnético que parasitan. Nada de esto resulta tranquilizador, para qué engañarse. Sumada a la ponencia de Bretón, es imposible no pensar en la facilidad con la que, en esta era tecnológica, uno puede acabar en el lado equivocado de la justicia sin saber siquiera cómo, cuándo, cuánto y por qué ha cruzado la línea roja... o bien que otro, camuflado entre los bits del ciberocéano en que flotamos, la ha cruzado por él.
Si realmente puede hacerse una crítica a estas Jornadas, es la de haber fijado dos ponencias muy similares para la tarde de aquel 29. A María Jesús González se le atribuyó la charla La Huella genética. Descubrimiento. La identificación genética. Procedimientos. El Laboratorio Territorial de Biología de ADN de Barcelona (nuevamente esta irritante vocación de índice temático en los títulos), mientras que Carmen Solís hablaría a continuación de la Regulación legal de los indicadores obtenidos a partir de ADN. Ley Orgánica 10/2007. Acreditación de Laboratorios. La Comisión Nacional para el uso de ADN. En la práctica, sin embargo, ambas charlas se solaparon y, al final, el contenido de la primera quedó subsumido en la segunda gracias al poder de síntesis de Carmen y a su uso magistral del Power Point. No es en absoluto trivial este último punto. Pocos son hoy los profesores o conferenciantes que no recurren a la proyección de las secuencias de texto e imagen hiladas con este célebre software. La mayoría lo usa a modo de ilustración o acompañamiento del discurso, como si esta cultura no fuese ya capaz de prestar atención a lo que no ve en una pantalla, sea de ordenador o de televisión... Y en gran medida yo creo que es así. Carmen, sin embargo, pertenece a ese otro pequeño grupo que sabe extraer del Power Point su inmenso potencial explicativo. Mientras hablaba, esquemas claros y sintéticos de lo que decía se generaban a la vista de todos nosotros traduciendo su discurso complejo (para quien no fuera biólogo) en semánticas visuales bien estructuradas y perfectamente asimilables. Eran el reflejo de una mente ágil y brillante. Carmen, además, resultaba muy cercana, hablaba de modo cordial pero lúcido, nos hacía reír, nos hacía aprender y nos deslumbraba. A mí me recordaba a la detective Kate Beckett, de la serie Castle, y me transportaba a ese sugestivo mundo a medio camino entre la realidad y la ficción.
Las biólogas explicaron el modo en que opera la identificación forense mediante el examen de ADN. De los distintos tipos de ADN que manejan los especialistas sólo el nuclear no codificante (el que a menudo aparece denominado “ADN basura”) les sirve para individualizar a las personas con una fiabilidad de uno entre trillones; el cromosoma Y les permite establecer linajes paternos, pero no especificar individuos; el cromosoma X identifica relaciones padre-hija, pero no distingue entre las hijas; el ADN mitocondrial (el único que se encuentra en los cabellos, a menos que éstos hayan sido arrancados con el bulbo capilar) determina linajes maternos, pero tampoco diferencia entre individuos. Como en todo el resto de las disciplinas criminalísticas, en ésta se necesita también el concurso de una muestra dubitada y otra indubitada (que Carmen llamaba familiarmente “dubi/indubi”) a fin de establecer correspondencias de relevancia judicial. La primera requiere un elemento de la escena delictiva portador de ADN que no se haya degradado hasta el punto de hacer inviable el análisis; la segunda no siempre puede conseguirse sin permiso de la persona sujeto de investigación.
Carmen pidió a los inspectores la mayor contención posible, dentro de lo razonable, a la hora de enviar muestras al laboratorio; la avalancha que reciben a menudo los biólogos forenses supera con mucho los recursos humanos y económicos de que disponen. La crisis ha traído consigo recortes adicionales, de manera que en estos momentos los laboratorios cuentan para todo el resto del año con el presupuesto que, en condiciones normales, cubriría sólo dos meses. Eso significa que únicamente podrán atender casos de extrema gravedad en adelante, lo que constituye una excelente noticia para todo el que se halle preparando ahora mismo delitos o incluso crímenes de moderado calibre. Pero, mientras podamos seguir costeando los sueldos, pensiones vitalicias, coches oficiales, escoltas y billetes de primera clase de ese desfile de mediocridad que es nuestra clase política, qué importa que la Policía Científica languidezca. Ya se encargarán nuestros presidentes y ministros y diputados y gobernadores de tejer con sus mentiras, al calor de ese foco mediático que tanto les gusta, la ilusoria atmósfera que anestesie nuestras inquietudes.
Con la ponencia Los bancos de datos policiales. La eficacia de la información multidireccional (SAID, CODIS, IBIS, PERSONAS DESAPARECIDAS...), a cargo de Francisco Celorrio, se inauguró la mañana del jueves 30 y se cerró este estupendo ciclo de conferencias que tendría su epílogo, después del desayuno, en una mesa redonda y en la ceremonia de clausura. Celorrio, que como varios de sus predecesores hablaba rápido a fin de tener tiempo de agotar la magnitud de su materia, nos llevó de vuelta a los orígenes de la Policía Científica y su consubstancial necesidad de reunir bancos de datos accesibles y bien estructurados. Bertillon, Herschel, Henry, Galton, Vucetich y Olóriz cruzaron de nuevo el escenario de la historia sonando esta vez —la tercera o cuarta ya— un tanto recurrentes. Pero Celorrio introdujo en esta ocasión sabrosos episodios que aún no habíamos escuchado, como el de que el sistema antropométrico del meticuloso francés —el bertillonage— murió al demostrarse que Bertillon no había sido capaz de identificar al ladrón del cuadro de la Mona Lisa a pesar de haber tenido desde el principio la ficha policial del malhechor en algún recoveco de sus monumentales pero inmanejables archivos. Pasando a la historia más reciente, nos contó Celorrio que el primer sistema de identificación automático se estableció en Tokio ya en 1982 y que fue en el 85 cuando España comenzó a digitalizar las 500.000 impresiones dactilares de las que disponía la policía, lo que con el tiempo daría lugar al Sistema Automático de Identificación Dactilar (SAID). Celorrio recorrió entonces, apresuradamente, las grandes bases de datos automatizadas de las que se ayuda hoy la Policía Científica en sus investigaciones —el IBIS o Sistema Integrado de Identificación Balística; el IBIN o Interpol Ballistic Information Network; el SICAR, para huellas de pisadas y de neumáticos; el CODIS, Combined DNA Index System, etc.—, aludió a los protocolos de colaboración europea e internacional y estiró los minutos bastante más allá del límite fijado percibiéndosele la angustia de no poder transmitirnos todo lo que nos traía preparado.
La mesa redonda que siguió media hora después a esta última intervención tuvo, a decir verdad, bien poco de circular. Los invitados hicieron sus respectivas presentaciones de modo consecutivo, tomando como punto de partida la pregunta que el Comisario Sánchez Galache les dirigió por turno; pero, dado que el tiempo que se tomó cada uno de ellos fue in crescendo, no quedó espacio para el debate. Tampoco es que hubiese muchos puntos de disensión entre ellos, pero sí habría resultado interesante la esgrima entre el Catedrático de la UAB Manuel Ballbé y el Catedrático de la UB Joan J. Queralt, cuyos puntos de vista en lo que afectaba a sus respectivas apreciaciones de la nación española —optimista hasta lo iluso el primero, rozando el pesimismo el segundo— colisionaron recatadamente.
A la derecha del moderador, Andrés Sánchez, se sentaba el Magistrado Niubó, cuya intervención inauguró la mesa. Fue discreta, amable, obediente al tiempo atribuido, sujeta a la pregunta de Sánchez y muy elogiosa con la Policía Científica. Al lado de Niubó estaba la Intendente Puigbarraca, que por alguna razón, no venía anunciada en el programa distribuido entre los asistentes. Fue la última en tomar la palabra pero, una vez lo hizo, se mostró reacia a desprenderse de ella. La pregunta del moderador quedó muy atrás en el tiempo mientras ella se expandía en lo que a todas luces resultaba una ponencia genuina con la que parecía vengarse de no haber tenido su conferencia autónoma. Quizá para los policías, mossos y guardia civiles entre el público su informe tuviese interés, no lo sé; yo reconozco que desconecté a los diez minutos y que sólo recuerdo del resto el eco EPSI, EPSI, EPSI, EPSI... que debía de ser algo importantísimo para la buena señora.
A la izquierda de Sánchez Galache se sentaba Celorrio, que ya había tenido su oportunidad de dirigirse a nosotros y que no habló hasta el ciclo de preguntas; más allá, los catedráticos Ballbé y Queralt. La exposición del primero fue aguda, chispeante, en buen ritmo oratorio y perfecta sintonía con el público... todo lo contrario del segundo. Personalmente, estaba en desacuerdo con casi todo lo que Ballbé decía, pero disfruté en todo momento de cómo lo decía. Del elogio a la Policía Científica centenaria pasó a atacar lo que denominó el complejo de inferioridad de los españoles intentando convencernos de la excelencia de nuestra nación con una serie de cifras descontextualizadas —un crimen por cada 100.000 habitantes contra los 5 de EEUU; 125 presos por cada 100.000 habitantes contra los 600 de Rusia y los 700 norteamericanos, etc.— que presentaban una España segura, bien alimentada y hasta sana económicamente, si desestimamos los ataques especulativos de los países envidiosos que nos rodean. Lo de “bien alimentada” no era poco importante a efectos criminalísticos porque, según Ballbé —que no se abstuvo de darnos consejos dietéticos—, la etiología que subyace a las personalidades y hechos criminales es bien fácil de determinar: exceso de plomo en los alimentos, avitaminosis del bebé durante el embarazo y, en otro orden de cosas, golpes recibidos en el lóbulo frontal. Me sorprendió, la verdad, esta visión monocausal, reduccionista, en un hombre inteligente como Ballbé. Me sentía trasplantado a aquel armonioso universo newtoniano-laplaciano de otras eras en que la realidad al completo se ofrecía a la razón humana en simples términos de acción y reacción. Y para un intelectual que ponía lo español por delante de todo lo demás y, por supuesto, del sobrevalorado modelo estadounidense, me asombró todavía más que certificase la garantía de sus cifras sociológicas con el mítico “como queda demostrado en estudios recientes de científicos americanos”... que es hoy día el modo de sellar conclusiones sin perderse en demasiados argumentos como en otros tiempos más píos lo fuera “palabra de Dios”.
Aun así disfruté con Ballbé y me aburrí soberanamente con Queralt, que intentó defendernos del optimismo de su predecesor recordándonos que el pecado capital del español es la soberbia. Eso mismo dijo el penalista y en un tono bastante jesuítico, por cierto. De lo soporífero y deshilachado de su intervención, sí recuerdo cuando menos un gesto de mal gusto. Fue como si de pronto no quisiera aparecer a los ojos del público como detractor de lo nacional y tratase de elogiar a España por encima incluso de Ballbé. Así que, un tanto a contrapelo, se descolgó con la afirmación de que no sólo somos un país seguro comparado con América, sino que incluso dentro de la Unión Europea ocupamos el segundo lugar del ránking, sólo por detrás de Portugal. Pero los portugueses, alardeó despectivamente, son de encefalograma plano y apenas tienen actividad. No sólo fue un comentario injusto, desagradable y ofensivo para las personas entre el público que tuviesen lazos de afecto con nuestros hermanos ibéricos, sino que además era un argumento estúpido que se volvía contra aquello que pretendía ensalzar; pues lo mismo valía para España, si se compara su nivel de actividad en cualquier área imaginable con la de nuestros socios europeos del norte y no digamos ya con la de los EEUU.
Desafortunadamente no pude quedarme a la ceremonia de clausura, el único momento que me perdí de las Jornadas. Me fui de allí con cierta nostalgia y buen sabor de boca, satisfecho de lo que había aprendido y orgulloso de los profesionales entre los que había estado. Esta crónica es un homenaje a todos ellos, a los oradores y al público silencioso.